Barrio de Las Letras en Madrid

 



Caminando por la carrera de San Jerónimo, viene a la memoria la novela de Benito Pérez Galdós “La Fontana de Oro” cuya acción transcurre en aquel famoso establecimiento, el cual estaba situado en la esquina con la calle la Victoria. Un poco más adelante, en el número 8, el famoso Restaurante Lhardy, que fue fundado, como pastelería, en el año 1839 por el francés Emilio Huguenin Lhardy, y que aún sigue ofreciendo sus delicias de pastelería y cocina. Llegamos a la plaza de Canalejas, donde nos adentramos en el barrio de Las Letras, también conocido como de los Literatos y de las Musas, formando parte del distrito Centro de la capital, la zona queda delimitada, hacia el oeste, por la calle de la Cruz y la plaza de Jacinto Benavente; al este, por el paseo del Prado; al norte, por la carrera de san Jerónimo; y, al sur, por la calle de Atocha. En el barrio podemos encontrar calles muy emblemáticas, tal es el caso de la calle de las Huertas, la calle del Prado, la calle de Echegaray, y las plazas del Ángel y de Santa Ana.
    El barrio debe su nombre a la actividad literaria que se fue desarrollando en esta zona a lo largo de los siglos XVI y XVII. Aquí fijaron su residencia algunos de los literatos más destacados del Siglo de Oro español, como Miguel de Cervantes, Quevedo, Góngora —que como dato anecdótico, vivió en la misma casa que su antagonista literario, Quevedo—, o Lope de Vega y su idolatrada Marta de Nevares. Era inevitable que, con tales protagonistas, en este marco se instalaran los primeros corrales de comedias de Madrid, los cuales ya aparecen en el plano de Frederic de Wit y Antonio Marcelli, hacia 1622-1635, donde se señala la localización aproximada de los antiguos corrales de comedias existentes en Madrid; dos de ellos, el de la Cruz y el del Príncipe, se convirtieron en importantes coliseos a lo largo de los siglos siguientes. También tuvo espacio y lugar el Mentidero de los Cómicos (o de los Representantes), en la entonces calle del Mentidero y luego calle del León, lugar donde se apalabraba la contratación de las compañías y las obras a representar en los referidos corrales de comedias.
    En el número 6 de la plaza de Canalejas, abre su puerta una pequeña confitería “La Violeta”, fundada en 1915 por Mariano Gil Fernández. Desde sus inicios, la empresa gozaría de aceptación, sobre todo entre las clases acomodadas, intelectuales y actores, principalmente por ser un punto habitual de paso. En la lista de afamados clientes debemos incluir al rey Alfonso XIII, que adquiría las famosas violetas, no solo para la reina Victoria Eugenia, también para su amante, Carmen Ruiz de Moragas.





Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, en la plaza de Canalejas confluyen: la calle Sevilla (que se sale del barrio), la carrera de San Jerónimo, la calle del Príncipe (que desembocará en la plaza de Santa Ana) y la calle de la Cruz; estas dos últimas forman parte del barrio, mientras que la carrera de San Jerónimo representa uno de los limites.


Tiene la calle del Príncipe una leyenda que me gustaría relatarles: En el año 1588, en una casona contigua al Corral de las comedias del príncipe, vivía Prudencia Grilo, la cual estaba enamorada de un alférez del rey Felipe II, dispuestos a celebrar su su boda, él fue, inoportunamente llamado para embarcarse en la Armada Invencible. En la triste despedida, él le juró a ella amor eterno y que si moría en la batalla sería la primera en saberlo. Poco después, una mano fantasmal abrió la gaveta del dormitorio de Prudencia y corrió las cortinas. Efectivamente, a las pocas semanas se confirmó la catástrofe naval.
    Como suelen concluir con estas leyendas (lo que hace sospechar del estamento de sus creadores), Prudencia fundó una comunidad religiosa de Agustinas Recoletas en el Convento de la Visitación de Nuestra Señora, más conocido como el de las Salesas Reales.
    No abandonaremos la calle de la Cruz, sin mencionar el Corral de comedias, con uno de sus sucesos más recordados: en 1627, estando el rey Felipe IV en su aposento privado salió a escena María Inés Calderón, era una actriz de 16 años por la que suspiraba media Corte (la masculina) ante el escándalo de la otra media (la femenina). El monarca decidió poner paz entre las dos mitades. Alertado por el duque de Medina de las Torres sobre cierta propiedad oculta de la cómica, quiso comprobarlo personalmente. De dicha comprobación nacería don Juan de Austria, el único bastardo reconocido de entre los 15 o 30 que tuvo el Rey Planeta.

 

Continuamos por la carrera de San Jerónimo y adentrándose hacia el barrio llegamos a la calle de Echegaray, que fue junto a la calle del Prado, una de las primeras que disfrutaron del alumbrado de gas. Nuestra calle se llamó, anteriormente calle del Lobo, y como tantas otras calles madrileñas tiene su propia leyenda.


El nombre original de calle del Lobo procede de una antigua leyenda: Cuenta la tradición que cuando la zona era, solamente, huertas y alquerías, vivía en una cabaña un cazador que tenía colgada sobre su puerta una piel de lobo rellena de paja. Pues bien, resulta que uno de los zagales del entorno tuvo la mala idea de reventar la piel para sacar lo que hubiera dentro. Aquella gamberrada no le hizo ninguna gracia al cazador que en un ataque de furia le dio al chaval una cuchillada, por la que todos lo creyeron muerto. La madre del muchacho, cogió en brazos el cuerpo de su hijo y se lo llevó ante la imagen de la virgen que una dama había comprado a unos gitanos de la vecina calle de Arlabán (antes callejón de los Gitanos) y estaba depositada en el estudio cercano de un escultor. Como resulta, el zagal se curó y la virgencita fue llamada, desde entonces, Nuestra Señora de las Maravillas, y trasladada al convento de las Maravillas de la calle de la Palma. La leyenda milagrera se completa con el vuelo de una paloma que durante todo el traslado acompañó a la imagen.


Cruzamos la calle de Ventura de la Vega, una calle que debe su nombre al escritor y dramaturgo, don Buenaventura José María de la Vega y Cárdenas conocido como Ventura de la Vega, nacido en Buenos Aires, en 1807 y muriendo en Madrid en 1865.
    Tras dejar atrás la calle de Santa Catalina, que debe su nombre por el antiguo Convento de Santa Catalina de Sena, llegamos a continuación a la plaza de Las Cortes, obligada parada en nuestro caminar por el barrio de Las Letras. Un obligado descanso sentado al pie de la estatua de Cervantes. Para los amantes del arte y de la historia, pero para los que amamos Madrid, por mucho que haya quienes quieran tirarla por tierra, la vista te hace reflexionar. Son tantas las cosas que ves:

Un poco más arriba, en la carrera de San Jerónimo: el Palacio de Las Cortes, símbolo de la soberanía de TODOS los españoles, indiferente a sus creencias, incansable ante el paso del tiempo, con Daoíz y Velarde cuidando de la seguridad de su puerta principal, cañones que fueron transformados en leones, tras ser capturados en la Batalla de Wad-Ras, un penoso viaje desde el norte de África, por el triste recuerdo de los españoles que allí quedaban, y su paso final por la fundición de la Real Fabrica de Artillería de Sevilla, donde los transformó de cañones a leones.
    En el número 8, la casa donde vivió el poeta Ramón de Campoamor.
    En el jardín central, en 1834, se coloca la mencionada estatua de Cervantes.
    En el número 7, entre los años 1911 y 1912, fue construido el Hotel Palace. Entre la carrera de San Jerónimo, la plaza de Cánovas del Castillo, la calle del Duque de Medinaceli y la plaza de las Cortes.

Tras un breve descanso y echar una última mirada a lo que, desde aquí, podemos ver, aunque ya esté fuera del barrio de las Letras: La Fuente de Neptuno, el Hotel Ritz y a su derecha el Museo de El Prado, continuamos el recorrido.
    Torceremos a la derecha por la calle del Prado. Nada más abordar la calle, tras pasar ante la Asociación Española de Amigos de los Castillos, llegamos al número 28. Allí está uno de los edificios con más historia del barrio, el amigo lector que sea vecino de la ciudad, ya sabe que me refiero al Ateneo de Madrid. Creado en 1835 como Ateneo Científico y Literario; por el han pasado seis presidentes de Gobierno y casi todos los Premios Nobel españoles, muchos políticos de la Segunda República y diversos integrantes de la generación del 98, de la del 14 y de la del 27.
    Seguimos por la calle del Prado, llegando al cruce de la calle del León, en cuya esquina estuvo desde 1868 (pocos días antes de La Gloriosa, a 1960, el Café del Prado, en un local donde, anteriormente, estuvo el Mentidero de los Comediantes. Por el café pasaron, entre otros: Tomás Bretón, Isaac Albéniz, Gustavo Adolfo Bécquer, Menéndez Pelayo, Ramón y Cajál, Luis Buñuel o Federico García Lorca.
    Tiene la calle del León una anécdota que no me resisto a contar:




El milagro de Catalina Flores. Cuenta la historia que la actriz Catalina Flores, estaba casada con el buhonero Lázaro Ramírez, y que al quedar tullida tras un mal parto, le dedicó una novena a una Virgen pintada en un retablo instalado en un nicho en la esquina de la calle del León con Santa María. Pasó Catalina nueve días, día y noche ante la imagen, y en premio, el 15 de julio de 1624, último día de la novena, la tullida colgó las muletas al pie de dicha imagen y se fue contenta a su casa. Es tradición que los cómicos, por razón de este milagro, tomasen aquella imagen como patrona de su cofradía, dándole el título de Nuestra Señora de la Novena y trasladando el retablo a una capilla en la vecina parroquia de San Sebastián, donde se ultimó la fundación de la cofradía.


En el número 8 de la calle del León tuvo casa don Miguel de Cervantes aunque, al parecer, huyendo de los caseros, hubo de trasladarse al número 20 de dicha calle, esquina a la de Francos, la cual perdió su nombre para pasar a llamarse calle de Cervantes. La calle de Cervantes se sale del ámbito del barrio de Las Letras, aunque no puedo dejar de comentaros que, en el número 11, se encuentra la Casa Museo de Lope de Vega, donde murió en 1635; y a la vuelta de la esquina, en la antigua calle del Niño, tuvo casa don Francisco de Quevedo. Como diría un castizo: “Vaya trío en un palmo de terreno”.
    En el número 21 un edificio con historia. Originalmente llamado Nuevo Rezado, lo construyó Juan de Villanueva a finales del siglo XVIII como casa-almacén de los monjes jerónimos del Monasterio de El Escorial, los cuales contaban con el privilegio de imprimir los libros del rezo divino. Fue, a continuación, Casa del Patriarca de las Indias, y tras de albergar la Biblioteca de la Academia de la Historia, gracias a la desamortización de Mendizábal, pasó todo el edificio a manos de dicha Academia.
    Continuamos por la calle del León, y tras dejar a nuestra izquierda la calle de Lope de Vega (antigua de Cantarranas), llegamos a la calle de las Huertas, que paralela a la calle de Atocha, nace en la plaza del Ángel, acabando su recorrido en la plaza de la platería de Martínez.



Casa Museo de Lope de Vega

Casa de Cervantes

Llegamos a la calle de Atocha, justo en la plaza de Antón Martín, donde giramos a la derecha para dirigirnos hacia el principio de la calle, aunque antes de llegar, a la altura de la plaza de Jacinto Benavente, volveremos a girar a la derecha por la calle de la Cruz, que nos llevará a la plaza de Canalejas, lugar donde dio comienzo nuestro recorrido por el contorno del barrio de Las Letras.

    Sin abandonar la plaza nos encontramos con el monumento a los Abogados de Atocha o El Abrazo,una escultura que sirve como recuerdo a las víctimas de la matanza de Atocha de 1977, cometida por pistoleros de ultraderecha.
    Continuamos nuestro recorrido, a mano derecha, adentrándose en el barrio de Las Letras, se abre la calle de San Sebastián. Esta pequeña calle une la plaza del Ángel con la calle de Atocha; anteriormente se llamó calle del Viento, y en ella se conserva la fachada de poniente de la Iglesia de San Sebastián, que le dará, a la calle, su nuevo nombre en el siglo XIX. Fue a finales del siglo XVIII cuando Nicolás Fernández de Moratín reunió la tertulia de la Fonda de San Sebastián en el local que dicha fonda tenía haciendo esquina a la plazuela del Ángel.





Como decíamos anteriormente llegamos a la calle de la Cruz, pero antes de adentrarnos en ella, en el número 18 de la calle de Atocha, se encuentra el Teatro Calderón, que fue inaugurado el 18 de junio de 1917 con el nombre de Teatro Odeón, ocupando una parte del solar que en tiempos ocupara el Convento de los Trinitarios Calzados. Un año después se hace cargo del teatro el Centro de Hijos de Madrid, que lo titulan: Teatro del Centro. Aunque en 1927, pasa la propiedad al duque del Infantado, y es entonces cuando pasó a ser llamado Teatro Calderón. Pero no acabaría aquí los cambios de nombre, ya que, en el 2005 fue adquirido por la Promotora de inversiones Rialto. El 24 de enero de 2007 paso a ser el Teätro Häagen Dazs Calderón por la marca de helados que lo patrocinaba; y en el 2012, será el Teatro Caser Calderón, por la empresa de seguros. A lo largo de su existencia ha sido un teatro para espectáculos líricos.
    Nos adentramos en la calle de la Cruz, que conecta la plaza de Jacinto Benavente, con la plaza de Canalejas (donde se reúne con la plazuela del Ángel). Antes de la calle, el paraje se conocía como cerrillo de la Cruz, por la que existía en su parte más alta. Más tarde, la Cofradía del Cristo de la Piedad, también llamada 'de la Cruz' y 'de la Pasión' (dependiente de la vecina parroquia de san Sebastián).
    En esta calle se produjo el asesinato de Rodrigo Girón a manos del duque de Fernandina, sobrino del cardenal de Toledo, por un lío de faldas. Al parecer, el seductor Giacomo Casanova se alojó en esta calle en 1767. El actor cómico Mariano Fernández fue vecino de la calle, donde falleció en 1890, así como el ministro de Ultramar y gobernador del Banco de España Salvador Albacete, residente en el número 16, y que también falleció en 1890.
    Desde el siglo XVI, las cofradías de La Pasión y de La Soledad, controlaban la explotación de los espectáculos en el Madrid de los Austrias. Al vender los viejos locales que poseían en las calles del Lobo y de la Visitación, compraron en 1579 uno, mayor, en esta calle de la Cruz, junto a la plazuela del Ángel. El nuevo corral de comedias fue inaugurado el 16 de septiembre de 1584, casi al mismo tiempo que el corral del Príncipe. En el siglo XVIII, pasó a manos del ayuntamiento de la Villa, acometiéndose su reforma y transformación en un teatro a la italiana. Las obras, iniciadas hacia 1743, se encomendaron a Pedro de Ribera. El envejecido Teatro de la Cruz, que en 1849 había cambiado su nombre por el de Teatro del Drama, fue derribado en 1856, para facilitar la prolongación de la calle Espoz y Mina y el ensanche de la plazuela del Ángel que se convertiría en plaza.


Plaza de Santa Ana


De esta manera llegamos a la plaza de Canalejas, cerrando el circuito externo del barrio de Las Letras, me he dejado, para el final, las dos plazas internas más representativas del barrio: la plaza del Ángel y la plaza de Santa Ana.


Plaza del Ángel: la antigua plazuela del Ángel, es un espacio formado por la confluencia de las calles: de San Sebastián, Cruz, Espoz y Mina, Huertas, y los esquinazos de la plaza de Santa Ana al Este y la de Jacinto Benavente por el Oeste; en su origen también daba al desaparecido callejón del Beso.
    Según cuenta la tradición, la antigua plazuela del Ángel tomó ese nombre del Ángel de la Guarda que decoraba la fachada de uno de sus edificios. También hay noticia de que a partir de 1683, el extremo de la plazuela donde se reunía la calle de Carretas con la de Atocha, fue demarcación del gremio de mercaderes de lonja para las casas almacenes. En 1810, en los solares de las casas del conde de Baños y de Pedro Velasco de Bracamonte, Silvestre Pérez construyó para los condes de Montijo y Teba, un palacio que alcanzaría categoría entre la aristocracia madrileña durante el siglo XIX. En él, la viuda del conde presentó en sociedad a sus hijas María Francisca y Eugenia, que serían, duquesa de Alba y emperatriz de Francia. También, en este palacio, durante la cena de Nochebuena de 1874, se dio a conocer la proclamación del rey Alfonso XII. En él se instaló, el Casino Militar, el Centro de Instrucción Comercial y, durante un tiempo, fue la vivienda de Canalejas. Una vez demolido, albergó los Almacenes Simeón, y en la actualidad el Hotel Reina Victoria.


  
Estatua de Calderón de la Barca




Estatua de García Lorca









Plaza de Santa Ana: también conocida como plaza del Príncipe Alfonso, su espacio está delimitado por la calle del Príncipe al este, la calle del Prado al sur, con numeración, unicamente en sus flancos oeste y norte, donde confluyen la plaza del Ángel y la calle Núñez de Arce. Hasta el año 1810, este espacio era ocupado por las dependencias del convento de las religiosas carmelitas descalzas de San José y Santa Ana. Durante el reinado de José Bonaparte, se derribó el conjunto y sus ocupantes se trasladaron al número 26 de la calle del Prado. En 1860 fue bautizada del plaza como del Príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, para, ocho años después, durante el Sexénio Democrático, tomar el nombre del vicealmirante Topete. Para el pueblo madrileño, mantuvo el nombre de la santa patrona del desaparecido convento, aunque para el alcalde Mariano de Cavia fuera la “plaza de la Cerveza”. Oficialmente, la Segunda República Española, le otorgó en abril de 1933 el nombre que conserva en la actualidad. A partir de octubre de 1850, la plaza modificaría una parte de su trazado, al derribarse los últimos edificios de la calle del Príncipe que ocultaban el Teatro Español, que pasó a presidir la plaza. En 1925 se convierte en la primera plaza peatonal de Madrid.




Desde el siglo XVI se observa la presencia, en la plaza, de los corrales de comedias: cerca de 1568, La Pacheca; y en 1582, la del Príncipe, desde 1745 Teatro del Príncipe, y finalmente, desde 1849, Teatro Español.
    Alrededor de la plaza, diversos establecimientos de hostelería, cuyas terrazas cubren la mayor parte de su superficie. Entre ellos: la Cervecería Alemana, fundada en 1904, y donde se pudo ver al torero Luis Miguel Dominguín, o a literatos como Ernest Hemingway; o la cafetería La Suiza fundada en 1879. No olvidemos del antiguo tablao flamenco Villa Rosa, fundado en la década de 1930, con su llamativa azulejería interior y exterior. En otro ámbito, la librería y editorial de Charles Bailly-Baillière, sucursal de la parisina, que estuvo aquí hacia 1860; antes había estado en la calle del Príncipe, como Libería Extranjera, y en la calle de Arango, en Chamberí. En un lateral se levantó a principios del siglo XIX el edificio Simeón, para albergar un hotel y unos grandes almacenes; ocupó el solar en el que estuvo el palacio de los condes de Montijo y Teba, construido hacia 1811; y que fue sede del Casino Militar de Madrid. El edificio, diseñado por Jesús Carrasco-Muñoz y Encina entre 1919-1923, se haría famoso la presencia de los toreros más populares, Manolete entre ellos. En 1986 se convirtió en el Hotel Reina Victoria.

La primera escultura colocada en la plaza, fue una estatua en bronce de Carlos I, obra de León Leoni, concluida por su hijo Pompeyo, y titulada Carlos V y el Furor. Se inauguró el 19 de marzo de 1912, coronando una fuente diseñada por Silvestre Pérez. Dos años después, con el regreso del rey Felón, éste reclamó la estatua, no concedido por el Consistorio madrileño. Sin embargo, diez años después, el Ayuntamiento solicitó retirar la escultura, que fue trasladada a los Jardines del Retiro en abril de 1826, y conservándose en el Museo del Prado. En su lugar se puso un monolito piramidal de piedra.
    Hacia 1872 ya se conoce la existencia en la plaza la fuente del Cisne, que había estado en el paseo de la Castellana. En los comienzos del siglo XXI, se conserva el monumento en mármol y bronce dedicado al dramaturgo Pedro Calderón de la Barca, obra de Joan Figueras Vila concluida el 3 de diciembre de 1879, e inaugurada en enero de 1880. También la presencia de una pequeña estatua del poeta granadino Federico García Lorca, obra de Julio López Hernández de 1986, que se instaló ante el Teatro Español diez años después.




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Bibliografía:

Historia de la Villa de Madrid de José Antonio Vizcaino
Costumbres, leyendas y descripciones de la Villa y Corte en los siglos pasados de Ricardo Sepúlveda
Historia de Madrid de Federico Bravo Morata
Historia de Madrid de la Editorial Complutense bajo la dirección de Antonio Fernández García
Breve Historia de Madrid de Federico Carlos Sainz de Robles
Historia de Madrid en pildoritas de Eduardo Valero
Diversas revistas y publicaciones en la red.
Las imágenes de IA.





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