jueves, 21 de febrero de 2019

YAHYA AL-MUHTAL, califa de Córdoba



Desconocemos la fecha de nacimiento de Yahya b. al Nasir al Mutasim bi-llah, octavo califa almohade, adoptó el título de al Mutasim bi-llah, era hijo de Muhammad al-Nasir, cuarto soberano almohade, y hermano de Yusuf II al-Mustansir. A partir de la derrota de su padre en las Navas de Tolosa en 1212, la descomposición del califato se aceleró, aunque no estalló en toda su plenitud hasta el año 1224, cuando se produjo la muerte inesperada y accidental de Yusuf II al Mustansir, momento en el que se rompe la unidad del califato, iniciándose un periodo de trece años de enfrentamientos internos debido a la doble proclamación del anciano Abd al-Wahid en Marrakech y de al-Adil en Murcia. 

Cuatro años después, en 1227, a la muerte de al-Adil, tío de Yahya, de nuevo se repite la misma situación, debido a la doble proclamación del propio Yahya, por un lado, y de su tío, hermano del califa fallecido, Abu-l-Udra Idris. Simultanearon el poder durante cinco años, entre 1227 y la muerte del segundo en 1232, momento a partir del cual fue sucedido por su hijo Abd al Wahid, conocido como al-Rasid. De esta forma las circunstancias no le fueron favorables, salvo durante dos años, siendo su gobierno poco afortunado. Yahya apenas llegó a ejercer como verdadero soberano, ya que en sus nueve años de gobierno hay que distinguir dos etapas: una inicial en la que tuvo que hacer frente a la rivalidad de su tío al Mamun y la segunda en la que combatió a su primo al Rasid, con el que mantuvo la pugna hasta su muerte en 1236. 

La existencia de dos soberanos que se disputaban la legitimidad, más una situación de división y enfrentamientos a lo largo de varios años, son claro testimonio del estado de crisis en el que se vio sumido el imperio almohade desde 1224. Yahya fue proclamado califa con el apoyo de los jeques de Marrakech, mientras que al Mamun había hecho lo propio en al Andalus, consagrando de esta forma la división en dos partes del imperio almohade. 

La primera fase de su gobierno estuvo, pues, centrada en hacer frente al desafío por parte de su tío. En mayo de 1228, tuvo que refugiarse en el Atlas puesto que al Mamun para debilitar sus competencias pidió auxilio a Ibn Yuyyan; este no solo se lo dio sino que además consiguió el apoyo del caudillo de los Jult y del jefe de los Haskura. Sin embargo, Yahya, volvió a Marrakech dispuesto al saqueo. Al Mamun no pudo evitarlo ya que Ibn Hud, se había rebelado en Murcia, en mayo de 1228, convirtiéndose en el principal desafío de su autoridad. Por lo que al-Mamun tuvo que retirarse; tras firmar un acuerdo con Fernando III, volvió a Marrakech. 

Yahya estaba allí preparado para el combate, pero fue derrotado por la milicia cristiana de al-Mamun, teniendo que buscar refugio en las montañas del Atlas. Muchos de los que le habían acompañado fueron ejecutados. Las penas impuestas fueron duras pues al-Mamun, no se contentó con derrotar a su sobrino Yahya, sino que a los jeques que le habían sido infieles, les persiguió y dio muerte. Poco después, al Mamun perdía todas las posibilidades de control sobre al Andalus, ya que Sevilla se había entregado a Ibn Hud. 

Tras sucederse varios episodios sangrientos, y que al Mamun intentase abolir todas las instituciones tradicionales de los almohades, Yahya trató de poner freno a los excesos que se estaban produciendo en Marrakech, pero al Mamun contaba con una enorme superioridad, puesto que los cristianos y los Jult estaban con él. A partir de esta derrota Yahya regresó nuevamente al Atlas pero fue seguido por sus enemigos que desde el 14 de julio hasta el 12 de agosto de 1230 lo acorralaron, saliendo victoriosos. 

En el año 1231 el sayyid Umran b. al Mansur, hermano del califa, se rebeló en Ceuta. Inmediatamente al Mamun se dispuso a asediar la población, clave en el control del Estrecho y en el mantenimiento del control de las posesiones peninsulares. Lo que aprovechó Yahya para bajar de las montañas del Atlas y razziar Marrakech. El califa, consciente de que la capital corría peligro, volvió a ella, muriendo de forma repentina el 17 de octubre de 1232. 

La muerte de al Mamun no supuso el fin de la discordia ni permitió a Yahya hacerse con el poder, ya que el califa fallecido fue sucedido por su hijo Abd al Wahid, que adoptó el nombre de al Rasid, contando con tan solo catorce años de edad. El apoyo de su madre fue decisivo, ya que dirimió, en secreto junto a los jefes del ejército, la proclamación del futuro califa, para evitar que Yahya se hiciese con el poder: con la ayuda de aquellos y la milicia cristiana, se dirigió a Marrakech con el propósito de enfrentarse a Yahya y disputarle la capital, en octubre de 1232. 

Yahya volvió a enfrentarse a su primo en Marrakech donde los habitantes habían nombrado como protector a Abu l Fald Yafar, cansados de tantas revueltas. Esto inclinó la balanza hacia al Rasid, que tras perdonar a los que habían desertado con anterioridad, consiguió ser reconocido, entrando en la capital el 1 de noviembre de 1234. Todavía pudo Yahya disputar el poder a al Rasid en una segunda oportunidad, aunque de nuevo fracasó. Tras enfrentarse a los Jult y mandar asesinar a su jeque y algunos de sus notables, en 1235 al Rasid hubo de abandonar Marrakech, lo que permitió a Yahya recuperar de forma momentánea el control de la capital. 

Desde su refugio de Siyilmasa, aliado con los árabes Sufian, al Rasid preparó su regreso. Gracias al apoyo de los contingentes cristianos derrotó a Yahya y a los Jult, quienes huyeron, recuperando la capital a mediados de la primavera de 1236. Acto seguido, emprendió una operación de persecución hacia el territorio occidental, donde había buscado refugio Yahya. Abandonado por los Jult, buscó el apoyo de los árabes de al-Maqil, que a cambio le reclamaron todo tipo de donaciones, siendo finalmente asesinado por ellos el 6 de junio de 1236. Su cabeza fue enviada a al Rasid, que ordenó colgarla en una de las puertas de Marrakech. 


FUENTE: Nubeluz

miércoles, 20 de febrero de 2019

AL-QASIM AL-MAMUN, califa de Córdoba

Mezquita de Córdoba

Era un bereber de la dinastía hammudí, originario de Marruecos. Junto a su hermano Alí ben Hammud, apoyaron al califa Sulayman frente a Muhammad II. Por este apoyo, en el 1013 Sulayman le nombró gobernador de Tánger y Arcila mientras que su hermano fue designado gobernador de Ceuta. En el 1014, comenzó a tramar una conjura contra Sulayman contando con el apoyo del al-Qasim. Una vez que se hizo con el califato, en el 1016, al-Qasim fue nombrado gobernador de Sevilla.
Ejerció el califato en dos épocas distintas, en la primera del 1018 al 1021, tuvo que afrontar la sublevación del candidato omeya al califato, Abderramán IV. Pero éste fue traicionado por sus propias tropas mientras se dirigía a combatir al califa hammudí.
Al-Qasim se rodeó de consejeros de raza negra lo cual mermó el apoyo que recibía por parte de los bereberes. Mientras tanto, sus sobrinos, Yahya, gobernador de Ceuta e Idris, hijos del difunto califa Alí ben Hammud, a pesar de que habían reconocido en principio a al-Qasim, se preparaban para reclamar sus derechos. Yahya se sublevó en Málaga, el año 1021 y los bereberes no apoyaron a al-Qasim. Así que el califa tuvo que refugiarse en Sevilla, el 4 de agosto de 1021. Los bereberes mantuvieron el alcázar de Córdoba hasta que llegó Yahya y fue proclamado califa.
En una segunda etapa, el año 1023, al-Qasim volvió a Córdoba tras la deposición del califa Yahya por las tropas bereberes. El 12 de febrero de 1023 fue nombrado califa y mantuvo su gobierno unos siete meses hasta que los cordobeses, por decisión unánime, los sitiaron en el alcázar y luego lo combatieron durante dos meses hasta que, derrotado, huyó hacia Sevilla el 9 de septiembre de 1023.
Pero los sevillanos, encabezados por Abu al-Qasim Muhammad ben Ismail ben Abbad, le negaron la entrada por ir acompañado de bereberes. Así que, junto a sus hijos, se refugió en Jerez. En Córdoba se proclamó califa al omeya Abderramán V. Su sobrino Yahya, se enfrentó a él. Lo asedió y logró derrotarlo. Yahya envió a al-Qasim al-Mamun y a sus hijos presos a Málaga. Falleció allí años después estrangulado.


FUENTE: Condado de Castilla

ABDERRAMÁN IV, califa de Córdoba



Este bisnieto de Abderramán III, en realidad nunca llegó a gobernar. Es su época el final del califato omeya en al-Andalus, dando comienzo los reinos de taifas. Dos de éstos régulos, cuando aún no se habían independizado del poder cordobés, Jayran de Almería y Mundir b. Yahya, los que lo proclamaron en Játiva el 29 de abril de 1018, califa de Córdoba con el nombre de al-Murtada (el que goza de la satisfacción divina). 

Gobernaba en Córdoba, como califa, el beréber de origen africano al Qasim b. Hammud, tras sustituir en el califato a su hermano Ali b. Hammud, que había sido asesinado en 1018, cuando se disponía a dirigirse a Jaén para cortar el paso a al-Murtada. El levantamiento de al-Murtada se produjo en el Levante de al-Andalus, adonde se había retirado en época de las revueltas habidas al final del califato de Hisham II. Desde allí salió en compañía de sus partidarios con dirección a Córdoba. Antes, decidieron pasar por Granada, donde gobernaba el beréber sinhaya Zawi b. Ziri, que había participado en el ejército y en la política cordobesa desde tiempos de Almanzor. Al acercarse a Granada le envió una misiva, exhortándolo a sometérsele, pero Zawi b. Ziri, respondió negativamente. Al-Murtada, enojado, decidió atacar, pero los bereberes se habían organizado para recibirlo y tras varios días de enfrentamientos, derrotaron al pretendiente y a los ejércitos que lo apoyaban, además de poner en fuga a los adversarios, consiguieron grandes riquezas como botín, pues tan seguros de la victoria estaban los atacantes que habían acudido a la batalla con los pabellones llenos de alhajas. 

El primero en huir fue Mundir b. Yahya, seguido de Jayran, mientras que los amiríes con al-Murtada al frente resistieron algo más, ambos le traicionaron, y encargaron matarlo. Mientras ellos llegaban a Almería, Abderramán fue asesinado cerca de Guadix, sin haber reinado un solo día. Su cabeza fue enviada a los traidores, quienes, no conformes con haberle eliminado, la escarnecieron mientras bebían de alegría por su muerte. 

En cuanto a su adversario Zawi b. Ziri, envió el pabellón real de al-Murtada a Qasim b. Hammud, en concepto de botín. Unos años más tarde, en 1025-1026, regresó a Ifriqiya (actual Túnez), de donde era originario y donde acabó sus días honrado por los suyos. 

Al-Murtada es alabado en las fuentes por sus virtudes, como ejemplo de su austeridad, se dice que nunca vistió de seda. De su familia se conocen dos hermanos, al Hakam el Ciego y Hisham III. Este último, después de la batalla de Granada, en la que también participó, se refugió en Alpuente, donde residió acogido por el emir Abdállah b. Qasim hasta 1029, aunque en 1027 había sido proclamado califa con el nombre de al Mutadd. Respecto a sus descendientes, no se menciona más que a su nieto Abderramán b. Sulayman b. al Murtada con el que se interrumpe su linaje.


FUENTE: Nubeluz

ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN-Vista tomada en los Pirineos Navarros



Realizado en 1862, es un óleo sobre lienzo de 108 X 137 cm.
Participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1862 en la que obtuvo una Mención Honorífica.

FUENTE: Museo de El Prado

ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN-Vista de Granada y Sierra Nevada



Pintado hacia 1915. Es un óleo sobre lienzo de 50 X 67 cm.
Barrio del Mourón, antiguo barrio de Granada.

FUENTE: Museo de El Prado

ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN-Una umbría en Sierra Nevada



Realizado en 1892. Óleo sobre lienzo de 197 X 135 cm.

FUENTE: Museo de El Prado

ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN-Un fuego (batalla)



Realizado hacia 1900, es un óleo sobre lienzo de 38 X 56,5 cm.

FUENTE: Museo de El Prado

ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN-Un fanfarrón



Realizado en 1880, es un óleo sobre lienzo de 93 X 122 cm.

Participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1881, fecha en la que se data la obra según la firma. Sin embargo, en realidad figuró ya en el Salón de París de 1880 por lo que es un año anterior. En el catálogo de la muestra parisina se describía con un fragmento del poema Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla, de Miguel de Cervantes: "Caló el chapeo, requirió la espada / miró al soslayo, fuése y no huvo nada".

FUENTE: Museo de El Prado

ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN-Rincón de un patio toledano



Realizado en 1904. Es un óleo sobre tabla de 48,5 X 30,5 cm.

FUENTE: Museo de El Prado


ANTONIO MUÑOZ DEGRAIN-Recuerdos de Granada



Realizado en 1881, es un óleo sobre lienzo de 97 X 144,5 cm.
Además de su interés por las panorámicas naturales, Muñoz Degrain mostró durante su madurez como paisajista una especial predilección por la recreación de vistas urbanas y, muy particularmente, por las ciudades de Venecia y Granada, que inspiraron al artista las visiones más sugerentes de su irrefrenable fantasía creadora. Así, junto a sus numerosos rincones de la laguna veneciana, casi siempre ambientados bajo nocturnos a la luz de la luna, el maestro valenciano caería rendido al encanto de la ciudad de Granada, recreando en gran cantidad de lienzos la ensoñación evocadora de su pasado nazarí, que tuvieron casi siempre como escenario la Alhambra y sus aledaños, así como los rincones más pintorescos de la ciudad. De la especial fascinación de Muñoz Degrain por esta capital andaluza es sin duda máximo testimonio este espléndido paisaje, quizá el más famoso del artista y también una de las obras emblemáticas de este género en las colecciones del siglo XIX del Museo del Prado. 
Conocido tradicionalmente como Chubasco en Granada, figuró sin embargo en la Exposición Nacional de 1881 como Recuerdos de Granada, título original dado por el pintor que, en efecto, responde con mucha mayor precisión a la naturaleza de esta vista urbana que, lejos de pretender una reproducción fiel y literal de un rincón concreto de la ciudad granadina, se trata por el contrario de una recreación absolutamente transformada por la fantasía del artista de la esquina de la calle que bordea el Darro y que sube hacia el barrio del Albaicín. Efectivamente, la visión del caserío en una desapacible tarde de tormenta, con las calles absolutamente desiertas, las ramas retorcidas de los árboles, la tromba de agua escurriendo por canalones y tejados -deformados en sus perfiles con una imaginación casi de escenografía de novela gótica-, subrayan una vez más la impronta romántica que subyace en la personalidad de Muñoz Degrain, así como la visión subjetiva que envuelve siempre su interpretación de la realidad, en la que reside el atractivo fundamental de su obra y a la que no es ajena su profunda formación literaria, infundiendo así al paisaje una arrebatada melancolía de gran lirismo.
Por otra parte, y a diferencia de otros paisajes de estos años, el artista utiliza aquí su técnica más atenta y detenida, extraordinariamente cuidadosa en la descripción de los diferentes elementos de la composición, como las arquitecturas, las nubes rasgadas por la cortina de agua, la luz del farolillo del callejón o las salpicaduras del chorro del canalillo movido por el viento en el balcón de la portada de piedra tallada. Precisamente en estos detalles se degustan los matices más sutiles de la personalidad creadora de este maestro y su especial instinto para sugerir la atmósfera emocional de sus paisajes, que parecen productos de una ensoñación, cautivando sin reservas la atención del espectador.

FUENTE: Museo de El Prado