14 mar 2017

Carlos III


Hijo primogénito de Felipe V y de su segunda esposa Isabel de Farnesio, nació en Madrid el 20 de enero de 1716. De naturaleza tímida, su infancia se desarrolló sin sobresaltos, aunque su madre le sometió a una intensa preparación sobre política italiana y sobre las costumbres del país, con el objetivo de la mano de Alberoni de recuperar las posesiones perdidas en Italia, y que fueran transferidas a sus hijos. Tras la caída en desgracia de Alberoni, el nuevo ministro barón de Ripperdá, consiguió en el Tratado de Viena de 1725 que Carlos fuera nombrado duque de Parma y Plasencia, al morir Antonio Farnesio, a donde llegó en 1731. 
España y Francia sellaron en 1733 el Primer Pacto de Familia, por el cual Luis XV de Francia se comprometía a ayudar a España a expulsar a los austriacos de Nápoles y de las Dos Sicilias, Carlos atacó Nápoles conquistándola y nombrando a su padre, Felipe V, rey de Nápoles, aunque fue Carlos el que gobernó en su nombre. Una vez instalado y con el apoyo de la burguesía napolitana, limitó el poder de la nobleza terrateniente, a la que puso bajo sus órdenes. Hizo una recopilación de todas las leyes del reino en 1735, promulgando en 1752 el Código Carolino. 

En cuanto a política exterior, participó junto a Francia y España en la Guerra de Sucesión Austriaca, tras la firma de la Paz de Aquisgrán en 1748, su hermano Felipe obtuvo los ducados de Parma y Plasencia y él los derechos sucesorios a la corona de España, en el caso de que Fernando VI no tuviera descendencia. 

El año 1738 había casado por poderes con la princesa María Amalia de Sajonia. De esta unión nacieron trece hijos, de los cuales solo sobrevivieron siete. El primogénito, duque de Calabria mostró una manifiesta imbecilidad; el segundo, padeció una falta de inteligencia sobre todo lo que cualquier asunto fuera de lo común o normal, resultando ser un mediocre Príncipe de Asturias, pero accediendo al trono como Carlos IV. Al morir Fernando VI, sin descendencia, Carlos obtuvo la corona española con el nombre de Carlos III. Carlos abdicó el trono napolitano en su tercer hijo, Fernando, y el segundo, Carlos Antonio, embarcó en calidad de Príncipe de Asturias, con él hacia España. 

El 17 de octubre entró Carlos en Barcelona, siendo recibido con salvas lanzadas desde Montjuich, mientras que en Madrid fue acogido con bastante recelo, Carlos III pretendió desde el primer momento, introducir un espíritu innovador en una España inmovilista, Carlos fue todo un representante del Despotismo Ilustrado, apoyó a las clases medias que, carentes de privilegios, tenían ganas de enriquecerse, esto hizo que la burguesía fuese acaparando más poder y decisión. El nuevo monarca como auténtico representante del Despotismo Ilustrado (gobierno para el pueblo, pero sin el pueblo), volvió la mirada hacia los intelectuales reformistas de la época, creando las "Sociedades Económicas del País".

Su primer gobierno lo formaban los ministros de Fernando VI, aunque en el año 1763 Ricardo Wall, Secretario de Estado y Guerra, fue sustituido por Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache en la Secretaría de Guerra y por el marqués de Grimaldi en la de Estado. Las primeras medidas fueron encaminadas a ir solucionando problemas. El primero fue reformar la Hacienda, ya que el país estaba amenazado por multitud de acreedores y deudas, que se remontaban a tiempos de Carlos I, constituyendo la Junta de Catastro en 1760, para inventariar toda la propiedad y riqueza de España y así instaurar una contribución única; y reorganizando el Consejo de Castilla en 1762. 

En 1765, se abolió la tasa general de granos, liberalizando así la compra, venta y transporte, se liberalizó también el comercio de ciertos artículos y se suprimió el impuesto arancelario, se unificó el sistema monetario y se emitió deuda pública, así como la creación del Banco de San Carlos y la Lotería Nacional. 

En lo social dispuso leyes contra vagos y mendigos, enrolándolos en la Armada. Se desarrolló una política de acogida para huérfanos y ancianos en asilos, prohibición de portar armas de fuego y del juego en sitios públicos. Se adoptaron medidas para el saneamiento de las ciudades, en especial Madrid, que fue empedrada y alumbrada como correspondía a su rango de capital del reino. 

Un suceso servirá de punto divisorio en la política interior de Carlos III, el llamado Motín de Esquilache, acaecido entre los días 23 a 26 de marzo de 1766, protesta del pueblo madrileño contra el ministro italiano, marqués de Esquilache, cuyas reformas tenían soliviantados a los vecinos de la capital, la medida que mayores protestas provocó fue la prohibición de utilizar el tradicional sombrero de ala ancha, sustituyéndole por el sombrero de tres picos y la capa recortada. Ese 23 de marzo dos paisanos embozados se enfrentaron con los guardias en la plaza de Antón Martín, cuando estos les pidieron que se quitaran los embozos, al momento se organizó un tumulto y una multitud se encaminó a la Casa de las Siete Chimeneas, residencia de Esquilache, echando a la hoguera cuanto encontraron. No paró ahí la cosa y se dirigieron al Palacio Real para transmitir sus quejas al rey la guardia valona disparó contra la multitud, causando varios muertos y heridos. Al día siguiente Carlos III, accedió a atender las reclamaciones del pueblo, aceptando las demandas exigidas: exilio de Esquilache y su familia, libertad de indumentaria, extinción de la Junta de Abastos, salida de Madrid de la guardia valona y bajada de los precios de los alimentos básicos. El rey, enfadado con el pueblo madrileño por haberse amotinado, se marchó a Aranjuez, provocando las iras del pueblo, asunto zanjado al publicarse las peticiones en la Gaceta, la Real Orden. Este motín tuvo continuidad los días siguientes en Zaragoza, Salamanca, Cuenca, Guadalajara, Alicante y Murcia. 

Al caer Esquilache, tiene lugar la segunda etapa reformista de Carlos III. Los decretos eran emitidos por la Secretaría de Estado, o por el presidente del Consejo de Castilla, presidido por el conde de Aranda, nuevo hombre fuerte del gobierno de Carlos III. Pero sin duda la medida de más alcance fue el decreto de Expulsión de la Compañía de Jesús, dictada el 2 de noviembre de 1767. La ideología y autonomía de poder de que gozaba la orden se había hecho molesta, por lo que en el año 1755, el marqués de Pombal, primer ministro portugués, fue el primero en decretar su expulsión, esta medida fue seguida por Francia en 1764 y por España en 1767. En el año 1773 el papa Clemente XIV, ratifico la disposición mediante la bula Dominus ac Redemptor. La renovación industrial adquirió nuevos auges bajo el reinado de Carlos III. Se crearon fábricas agrícolas y textiles; se liberalizó el comercio, se suprimió el impuesto de la Alcabala (vigente desde el rey Alfonso XI). En el año 1778, se concedió la libertad de comercio del aceite y se permitió también el libre comercio con América, de esa manera se rompió el monopolio que detentaban los puertos de Sevilla y luego el de Cádiz. En el año 1784 se declaraban honrosos y compatibles con la dignidad de hidalguía los oficios manuales. De esta época data la orden de plantar un árbol en la plaza Mayor de los pueblos como símbolo de respeto por las leyes y la justicia. Alguno de aquellos árboles todavía se conserva en buen estado, como la olma de Torralba, en Cuenca. El estamento militar también tuvo su reforma. Carlos III implantó la táctica prusiana, la de más prestigio en aquel momento en Europa. Se abrieron tres academias militares: la de Infantería, en el Puerto de Santa María; la de Caballería, en Ocaña; y la de Artillería, en Segovia. Se fundó el Monte Pío Militar. Bajo Carlos III se llegó a tener la segunda flota naval más importante del mundo, con sesenta y siete navíos de línea, cincuenta y dos fragatas y sesenta y dos buques menores. La última gran disposición fue la creación, en el año 1787, de la Junta Suprema de Estado, claro precedente del actual Consejo de Ministros. 
En cuanto a política exterior, el hecho más relevante fue la entrada de España en la Guerra de los Siete Años, que venía enfrentando a Francia e Inglaterra. Esta decisión intervencionista vino determinada por la realidad de la situación internacional. En realidad a España, la Guerra de los Siete Años no le afectaba en sus intereses continentales, pero sí en su vertiente atlántica, ya que no podía quedarse al margen ni adoptar una actitud pasiva en el conflicto anglofrancés por el dominio de los mercados coloniales. Las relaciones angloespañolas llegaron a su momento de mayor tensión cuando se produjeron las aplastantes victorias inglesas sobre los franceses en Canadá, esta victoria inglesa amenazaba directamente a España, ya que la hegemonía marítima inglesa se hizo muy peligrosa. El marqués de Grimaldi, embajador español en Versalles, firmó el Tercer Tratado de Familia, el 15 de agosto de 1761, entre España y Francia. Esta nueva alianza francoespañola ya no estaba motivada, como las anteriores, por puros vínculos familiares, sino por necesidades ofensivas y defensivas de ambos países ante un enemigo común: Inglaterra. Los ingleses se apoderaron de La Habana y de Manila. La Paz de París, firmada en el año 1763, cerró las hostilidades, España pudo recuperar Manila y La Habana y recibir de Francia la Luisiana.

La posición privilegiada de Inglaterra en América tras la Paz de París se vio en peligro cuando, el 4 de julio de 1776, el Congreso celebrado en la ciudad de Filadelfia por las colonias británicas, proclamó su independencia de la metrópoli. Fue la ocasión esperada para devolver el golpe a Inglaterra. En un primer momento la Corona española dudó en intervenir directamente en el conflicto, pero, ante las posibles repercusiones negativas que para Inglaterra significaría la total independencia de sus colonias, se decidió a participar en la confrontación. Aunque no participó directamente, lo hizo proporcionando dinero y armamento a las colonias, así como el permiso de utilizar sus estratégicos puertos para la flota rebelde. España también pretendía con esta intervención recuperar Gibraltar y Menorca. Agotada Inglaterra, en el año 1782 se vio obligada, a pesar de su poderío naval, a reconocer la independencia del nuevo Estado y a firmar la Paz de Versalles. España no pudo recuperar Gibraltar, pero sí la isla de Menorca y la Florida. 
A partir de esta fecha, Floridablanca realizó una política de contenidos nacionales, buscando la consecución de tres objetivos: reafirmar el papel político de España en el continente; la búsqueda del equilibrio en el Mediterráneo y en el Atlántico; y por último, la ampliación de los intercambios comerciales, vitales para la recuperación económica de la Corona, la alianza con Portugal, en el año 1779, adquirió una baza importante para España solucionando las disputas territoriales que habían mantenido estos dos países, y concertando un marco de desarrollo propicio para los intercambios comerciales. Para reforzar los acuerdos entre ambas monarquías, se recurrió a la alianza matrimonial entre la infanta española Carlota Joaquina con el infante portugués don Juan, hijo segundo del rey de Portugal. 

En el año 1774 se produjeron sucesivos ataques marroquíes contra Melilla y el Peñón de Vélez. Debido a esto, se preparó una expedición contra la ciudad de Argel, mandada por el general español de origen irlandés O’Reilly, que fracasó estrepitosamente y de la que se culpó al ministro Grimaldi, motivo por el cual cesó en su puesto y fue sustituido por Floridablanca. Éste obtuvo un valioso acuerdo con Marruecos, en el año 1782, y en plena guerra contra Inglaterra, que daría a España positivos resultados comerciales y estratégicos ya que los ingleses tuvieron que abandonar el puerto de Tánger. A esta alianza le siguieron otras con Turquía, en el año 1782, y con Trípoli, Túnez y Argel, todas en el año 1786. 

El reinado de Carlos III representó un paréntesis en el proceso de decadencia que venía padeciendo la monarquía española. Prueba de todo ello fue el rápido declinar a la muerte de este magnífico rey. Con Carlos III penetraron en España los presupuestos y mentalidad que imperaban en la Europa ilustrada, elevando el reino al rango de primera potencia. España pudo mostrar, por última vez, su poderío, no sólo en cuanto a extensiones territoriales, sino también por el tono cultural y europeo que imprimieron a sus iniciativas los sucesivos ministros de los que se sirvió. Carlos III fue el perfecto representante (comparable a sus gloriosos contemporáneos Federico II de Prusia y José II de Austria) del déspota benévolo e ilustrado que intentó implantar, en varias ocasiones, reformas excelentes, pero ajenas y difíciles de arraigar en la sociedad tradicional que gobernaba. Carlos III dotó a España con algunos de sus símbolos de identidad, como el himno y la bandera nacionales. 

Con la muerte de Carlos III el 14 de diciembre de 1788, terminó el reformismo ilustrado en España, el estallido casi inmediato de la Revolución francesa al año siguiente provocó una reacción de terror que convirtió el reinado de su hijo, Carlos IV, en un periodo muy conservador. 


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