Marco Aurelio Valerio Majencio (Majencio) del 306 al 312

 


DIOCLECIANO Y LA TETRARQUÍA




Aunque se desconoce, con exactitud, la fecha del nacimiento de Majencio, parece que pudo ser alrededor del año 280, en el seno de una familia privilegiada, ya que su padre, Maximiano, fue el elegido por el emperador Diocleciano como su coaugusto para gobernar Occidente; mientras que su madre, Eutropia, era de origen sirio. Teniendo en cuenta su linaje, Majencio parecía destinado a ocupar un lugar de importancia en la nueva jerarquía imperial. Además, su posición se vio reforzada por su matrimonio con Valeria Maximila, la hija del augusto de Oriente, Galerio, con lo que se unían las dos principales familias del poder tetráquico. Sin embargo, el destino le tenían reservado un camino diferente.
    El 1 de mayo del año 305, Diocleciano y Maximiano fueron protagonistas de un acto sin precedentes en la historia de Roma: su abdicación voluntaria y simultánea; con lo que, el poder, pasaba a sus césares, Galerio en Oriente y Constancio Cloro en Occidente, que ascendieron al rango de augustos. El siguiente paso consistía en nombrar a dos nuevos césares. Todas las expectativas se centraban en los hijos naturales de los augustos salientes, de un lado, Constantino, hijo de Constancio, y del otro Majencio, los cuales eran jóvenes, de sangre imperial y contaban con el apoyo del ejército y la aristocracia. No obstante, Diocleciano y Galerio tenían otros planes, ya que consideraban que el principio dinástico, basado en los lazos de sangre, era la causa de la inestabilidad pasada. La Tetrarquía se basaba en los méritos y la lealtad al sistema, no en la herencia. Por ello, para sorpresa de muchos, los elegidos fueron dos oficiales de confianza de Galerio: Flavio Valerio Severo (Severo II) para Occidente y Maximino Daya (Maximino II) para Oriente. Esta decisión fue un duro golpe para las aspiraciones de Majencio y Constantino. Aunque, mientras Constantino, que se encontraba en la corte de Galerio, pudo reaccionar uniéndose a su padre en Britania; Majencio, se retiró a una de sus villas en las afueras de Roma, siendo un ciudadano privado despojado de cualquier honor o responsabilidad militar, a pesar de ser yerno del emperador más poderoso del momento.

El nuevo orden tetráquico no tardó en mostrar sus fisuras. La ciudad de Roma, durante siglos, centro del mundo, se sentía cada vez más marginada, puesto que, los emperadores tetrarcas gobernaban desde capitales más cercanas a las fronteras: Tréveris, Milán, Nicomedia o Sirmio. Aunque Roma seguía siendo la capital simbólica, pero había perdido su primacía política y administrativa. El descontento alcanzó su punto álgido en el año 306 por dos motivos: en primer lugar Galerio, afanado en racionalizar la fiscalidad imperial, decidió eliminar los privilegios de Italia y la propia Roma, hasta entonces, exentas del impuesto sobre la tierra. La llegada de censores para registrar propiedades y personas fue vista como una afrenta por el Senado y el pueblo; y en segundo: el nuevo augusto de Occidente, Severo II, siguiendo órdenes de Galerio, decretó la disolución de las cohortes pretorianas que aún quedaban acuarteladas en la ciudad; las cuales, aunque muy reducido su poder e influencia desde los tiempos de Diocleciano, seguía siendo un símbolo de la grandeza de Roma. Todo esto, creó caldo de cultivo para la insurrección, y un grupo de oficiales pretorianos, junto a influyentes ciudadanos, buscaron un líder que pudiera canalizar esta ira popular. Su elección fue Majencio, hijo del amado emperador Maximiano, que residía cerca de la ciudad y compartía su resentimiento hacia el gobierno de Galerio y Severo.
    El 28 de octubre del año 306, los conspiradores acudieron a su villa y le ofrecieron la púrpura imperial. Majencio, tras vacilar en un principio, acabó por aceptar. Fue escoltado a Roma y aclamado emperador por las tropas y una multitud enfervorecida. En un principio, adoptó el título, más modesto de princeps, quizás, para no provocar una reacción violenta de los augustos legítimos. Su primer acto consistió en restaurar la dignidad de Roma y asegurar el control de Italia central y meridional. El prefecto de la ciudad fue asesinado y el poder de Majencio se consolidó rápidamente en la capital. Decidido a legitimar su posición y ganar un apoyo militar, envió las insignias imperiales a su padre, Maximiano, retirado en Lucania, rogándole que regresara a la vida pública para gobernar junto a él. Maximiano, aburrido de su retiro forzoso y ansioso por volver al poder, aceptó entusiasmado. Su reaparición, otorgó a la usurpación de su hijo una apariencia de legitimidad y, sobre todo, una experiencia militar indispensable para la guerra que se avecinaba.
    La reacción de Galerio fue de furia, ordenó a Severo II, que marchara desde Milán para aplastar la insurrección —era la primavera del 307—, cuando Severo avanzó al frente de un ejército considerable. Pero, cometió un error de cálculo, que le sería fatal: gran parte de sus tropas habían servido durante años bajo el mando de Maximiano, y cuando se encontraron, ya frente a las murallas de Roma, con su antiguo general que les arengaba, su lealtad se desmoronó, y el ejército de Severo, se vio obligado a retirarse hacia Rávena. Las tropas de Maximiano y Majencio lo persiguieron, y en Rávena, Maximiano, utilizando su prestigio, convenció a Severo para que se rindiera con la promesa de perdonarle la vida; fue llevado, como rehén, a Roma. De esta forma, la primera gran amenaza había sido neutralizada con facilidad, consolidando el dominio del padre y el hijo sobre toda Italia.
    En el verano del año 307, la respuesta de Galerio fue contundente: invadió Italia con un poderoso ejército procedente de oriente, con el objetivo de vengar a Severo y destruir al régimen rebelde; pero Majencio puso en marcha una estrategia brillante, consciente de que no podía derrotar a las veteranas legiones de Galerio en campo abierto, se atrincheró tras las inexpugnables Murallas Aurelianas de Roma, al mismo tiempo, desplegó una campaña de sobornos y propaganda entre las tropas de Galerio. La estrategia funcionó a la perfección, y el ejército de Galerio, frustrado por no poder tomar la ciudad y con la moral minada por las deserciones, comenzó a flaquear. Galerio, temeroso de sufrir el mismo destino que Severo, ordenó una retirada, durante la cual sus tropas saquearon la llanura del Lacio. La invasión había fracasado. Por venganza, Severo II fue ejecutado o forzado al suicidio. Tras esta doble victoria, la relación entre Majencio y Maximiano comenzó a deteriorarse. Maximiano esperaba que su hijo actuara como su subordinado, mientras Majencio, habiendo sido el artífice de la rebelión y contando con el apoyo incondicional de los pretorianos y el pueblo de Roma, no tenía intención de ceder el poder real. La tensión culminó en un enfrentamiento público en Roma. Maximiano intentó arrancar la púrpura a su hijo delante de las tropas, pero los soldados, leales a Majencio, se pusieron de su lado. Despojado de su autoridad, Maximiano se vio forzado a huir de Italia. El conflicto familiar tuvo profundas repercusiones políticas: en noviembre del 308, Diocleciano salió de su retiro para presidir una cumbre imperial en la ciudad de Carnuntum, con el objetivo de restaurar el orden en La Tetrarquía. A la conferencia también asistieron Galerio y Maximiano. Maximiano fue obligado a abdicar por segunda vez, Licinio, un oficial de confianza de Galerio, fue nombrado nuevo augusto de Occidente (en sustitución de Severo), marginando las aspiraciones de Constantino; y —lo más importante para Majencio —, fue declarado hostis publicus (enemigo público del Estado romano). La guerra total era inevitable. Declarado enemigo oficial pero asentado en su territorio, Majencio gobernó Italia y las provincias africanas durante los siguientes cuatro años. Este período, le revelan como un gobernante eficaz y con una clara visión política.
    Majencio entendió que su poder emanaba de Roma, y a diferencia de los otros tetrarcas, que veían a la ciudad como una reliquia, él la convirtió en el centro de su gobierno; restauró el prestigio del Senado; acuñó monedas con la leyenda conservator urbis suae (conservador de su ciudad), presentándose como el protector de las tradiciones y la grandeza romanas. Esto le granjeó la lealtad de la aristocracia senatorial.
    En lo respecta a la religión, la propaganda de Constantino le retrató como un pagano perseguidor de cristianos, aunque la realidad es mucho más compleja, ya que puso fin a la persecución contra los cristianos, inmediatamente después de tomar el poder; restituyó a la Iglesia las propiedades confiscadas durante la "Gran Persecución" de Diocleciano. Es decir, su política fue de tolerancia.
    Posiblemente, el testimonio más duradero del reinado de Majencio es su programa de construcción. En una época en que otros emperadores construían en sus nuevas capitales, él lo hizo, masivamente, en la Ciudad Eterna. Su obra más famosa es la Basílica de Majencio y Constantino en el Foro Romano. Sus enormes bóvedas de cañón y su vasto espacio interior representaron una revolución en la ingeniería romana y sirvieron de inspiración para los arquitectos renacentistas y posteriores. En la Vía Apia, construyó un gran complejo que incluía un palacio, un circo para carreras de carros —segundo más grande de Roma después del Circo Máximo—, y un monumental mausoleo circular, dedicado a su hijo Valerio Rómulo, fallecido prematuramente en el 309. Estas construcciones no eran actos de vanidad; eran una declaración política, demostrando que Roma seguía siendo el centro del Imperio, y que él era su legítimo soberano.


Basílica de Majencio


Su gobierno no estuvo exento de desafíos; el más grave fue la rebelión de Domicio Alejandro, vicario de África, en el 308. La pérdida de África, el granero de Roma, fue un golpe durísimo que provocó escasez de alimentos y los consiguientes disturbios. Majencio tardó en reaccionar, y en el 310, envió un ejército bajo el mando de su prefecto del pretorio, Rufio Volusiano, que aplastó la revuelta y recuperó la vital provincia.
    Mientras Majencio consolidaba su poder en Italia, la situación en el resto del Imperio se volvía cada vez más inestable, el sistema tetráquico era una ficción con múltiples emperadores: Galerio, Licinio, Maximino Daya, Constantino y el "usurpador" Majencio, compitiendo por la supremacía. Al morir Galerio en el 311, desaparecía la figura central que, a duras penas, mantenía unida la estructura, y desató la carrera final por el poder absoluto.
    Constantino, gobernador de la Galia, Britania e Hispania, y Majencio, señor de Italia y África, eran cuñados, pero su alianza era puramente táctica. Ambos se veían como rivales enfrentados por el control de Occidente. Constantino acusó a Majencio de ser un tirano sanguinario y de haber asesinado a su padre Maximiano; mientras Majencio, por su parte, se presentó como el vengador de su padre y el defensor de la legitimidad romana frente a un bárbaro del norte. En la primavera del 312, Constantino cruzó los Alpes con un ejército de unos 40,000 hombres. Aunque era superado en número por las fuerzas de Majencio, era un ejército más experimentado, compuesto por veteranas legiones de las fronteras del Rin. Majencio, por su parte, contaba con la Guardia Pretoriana y las tropas que habían derrotado a Severo y Galerio, pero disperso por toda Italia. El avance de Constantino fue fulgurante; sus tropas demostraron su superioridad táctica. Conquistó Turín y se enfrentó al grueso del ejército de Majencio, en las cercanías de Verona. La batalla fue la más dura de la campaña. Constantino dirigió el asalto, y tras un combate encarnizado, logró la victoria. El camino hacia Roma estaba abierto, pero, pronto tuvo que tomar una decisión, entre repetir la estrategia que había utilizado, con éxito, contra Galerio, consistente en encerrarse tras las Murallas Aurelianas esperando que el ejército de Constantino se desgastara en un asedio infructuoso. Opción que le fue recomendada por sus asesores y generales, ya que era la más segura desde el punto de vista militar. Sin embargo, Majencio eligió el camino contrario. Es posible que su orgullo le impidiera parecer como un cobarde ante su pueblo, o tal vez que confiara en la superioridad numérica de sus tropas. También es posible que los oráculos y augurios paganos, que consultó, le dieran una falsa sensación de seguridad. Sea como fuere, tomó la fatídica decisión de salir de Roma y presentar batalla a Constantino.
    El 28 de octubre del año 312, seis años después de su aclamación como emperador, condujo a su ejército, cruzó el río Tíber y desplegó sus fuerzas en la llanura de Saxa Rubra, teniendo el río a sus espaldas, una posición tácticamente precaria que limitaba sus posibilidades de retirada, puesto que, el único punto de escape era el Puente Milvio, un estrecho puente de piedra, junto a un puente de pontones construido a su lado.
    El ejército de Constantino, aunque menor en número, avanzó pletórico de moral. Aquí la historia se entrelaza con la leyenda. Según cronistas cristianos, Constantino tuvo una visión; Eusebio habla de una cruz de luz en el cielo sobre el sol con la inscripción Eν Τούτῳ Νίκα (Con este signo, vencerás); mientras que, Lactancio relata un sueño en el que se le ordenaba marcar los escudos de sus soldados con el Crismón, el monograma de Cristo (☧). El ejército de Constantino luchaba ahora no solo por un emperador, sino por un dios que les había prometido la victoria.
    Al comenzar la batalla, la caballería de Constantino, superior en calidad y liderazgo, cargó contra la de Majencio por sus flancos y la puso en fuga. Desprotegidos los costados, la veterana infantería de Constantino se estrelló contra el centro de la línea de Majencio, donde sus tropas, junto a la Guardia Pretoriana, menos fogueadas, comenzaron a ceder. El pánico se apoderó del ejército de Majencio, la línea se rompió y sus hombres emprendieron la huida hacia la seguridad de los puentes. El estrecho cuello de botella se convirtió en una trampa mortal, miles de soldados fueron masacrados o se ahogaron en el Tíber. El puente de pontones, sobrecargado de fugitivos, colapsó, y Majencio, atrapado en la desbandada, fue empujado al río; el peso de su armadura lo arrastró al fondo, donde pereció ahogado. Era el 28 de octubre del año 312. Su reinado, aclamado por el pueblo de Roma, terminaba en las fangosas aguas de su río. Al día siguiente, su cuerpo fue recuperado del Tíber, su cabeza fue cortada, clavada en una pica y paseada por las calles de Roma como prueba irrefutable de la victoria de Constantino. El Senado, que hasta el día anterior le había apoyado, aclamó a Constantino como el único augusto de Occidente y le concedió el título de Maximus Augustus.


Majencio derrotado por Constantino


La victoria de Constantino no fue solo militar, fue también propagandística. Decidido a legitimar su poder, ahora teñido del favor divino cristiano, era esencial desacreditar y demonizar al enemigo vencido, por lo que, decretó una damnatio memoriae contra Majencio: su nombre fue borrado de las inscripciones públicas, sus estatuas fueron derribadas y sus leyes, anuladas. Se apropió de sus proyectos de construcción, finalizando la gran basílica del Foro y dedicándosela a sí mismo, como si hubiera sido su idea original. Los historiadores cristianos, que escribieron bajo el patrocinio de Constantino, se encargaron de cimentar esta imagen negativa. Lactancio, en su obra Sobre las muertes de los perseguidores, y Eusebio, en su Historia Eclesiástica y Vida de Constantino, lo describieron como el arquetipo del tirano pagano, que aterrorizaba a las matronas senatoriales, y un practicante de las artes mágicas más oscuras. Le atribuyeron todos los vicios posibles para que la victoria de Constantino fuera un acto de liberación divina, una cruzada del bien contra el mal. Historia que prevaleció durante siglos, solo el estudios de las fuentes en la historiografía moderna han permitido rehabilitar, en parte, su figura. Hoy, Majencio, es visto como un emperador ambicioso y capaz, un modelo alternativo para el Imperio. La victoria de Constantino en el Puente Milvio fue más que una simple batalla, puesto que marcó el fin de La Tetrarquía, fue la derrota del último emperador residente en Roma, y llevaría al poder a un solo hombre. Un nuevo modelo de emperador, cuyo poder no descansaba en el Senado romano sino en su ejército y en el favor de un nuevo Dios. Al morir Majencio, el centro de poder se desplazó hacia el norte y, poco después, hacia el este, a la "Nueva Roma" que Constantino construiría en Bizancio: Constantinopla. La era del Imperio Romano gobernado desde Roma había llegado a su fin. Majencio fue su último y trágico campeón.


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