miércoles, 30 de mayo de 2018

Enrique I, rey de Castilla


Nacido el 14 de abril de 1204, era el hijo menor del rey de Castilla Alfonso VIII y de la reina Leonor, pasó los primeros años de su vida rodeado de atenciones y cuidados en la corte, bajo la atenta vigilancia de su madre. Podemos afirmar que Enrique desde 1204 hasta 1211 ocupó un puesto privilegiado, aunque secundario, en la corte castellana, ya que permaneció a la sombra de su hermano, el infante Fernando, el cual hasta la fecha de su muerte, en 1211 fue oficialmente declarado, heredero al trono de Castilla. Esta muerte del infante Fernando trastocó los planes sucesorios de Alfonso VIII, el cual en previsión de que se produjera su fallecimiento sin que Enrique hubiera alcanzado la mayoría de edad, decidió confirmar el testamento que había elaborado el 8 de diciembre 1201, por el cual se establecía que la reina debía hacerse cargo de la custodia de su sucesor, hasta que éste tuviera edad suficiente para ocuparse del poder.

Dicho testamento fue aceptado por todos los notables del reino tras producirse la muerte del rey, ya que tanto su hija doña Berenguela, como el obispo de Toledo Jiménez de Rada, hicieron que se respetara su última voluntad. Así tras la coronación de Enrique I, cuando este contaba con 10 años de edad, la reina Leonor fue nombrada tutora del monarca, aunque esta situación no iba a mantenerse por mucho tiempo, puesto que sintiéndose enferma a los pocos días de la muerte de su esposo, ésta decidió ceder la custodia del nuevo rey a su hija, la ya citada doña Berenguela, la cual era legitima sucesora de su hermano, según especificaba el testamento de Alfonso VIII, hasta que éste tuviera descendencia.

Debió ser un golpe muy duro para Enrique perder a sus progenitores en apenas un mes, debido a su corta edad, aunque probablemente el joven encontró consuelo junto a sus hermanas, especialmente en Berenguela que tras asumir la regencia encomendó al caballero palentino García Lorenzo que se encargara de su cuidado. Ignoramos como le afectaron las maniobras llevadas a cabo por Álvaro Núñez de Lara y sus dos hermanos, para hacerse con el control, aunque probablemente permaneció ajeno a las intrigas que se tejían a su alrededor. Tras permanecer algunos meses bajo la custodia de García Lorenzo, fue entregado por éste a don Álvaro, lo cual provocó la reacción inmediata de doña Berenguela, que tras recibir la noticia decidió negociar con la familia Lara, con el fin de evitar el estallido de la guerra civil. Así aunque la infanta impuso importantes restricciones a don Álvaro para abandonar su cargo de regente, éste comenzó a ignorar el acuerdo alcanzado, motivo por el cual se iniciaron las tensiones entre los partidarios de ambos, especialmente cuando utilizó sin reparos la figura del rey para favorecer sus aspiraciones políticas. En la primavera del año 1216, pidió a Enrique I que enviara una carta a su hermana solicitándole la salida de su hijo, el futuro Fernando III, de Castilla, puesto que podía dificultar alguna de sus maniobras.

Las tensiones entre doña Berenguela y don Álvaro fueron en aumento, sin que Enrique I fuera consciente de la situación. Pero los apoyos de Berenguela suponían una amenaza cada vez mayor para el regente, motivo por el cual éste concertó el matrimonio de su pupilo con la hija de Sancho I de Portugal, aunque dicho compromiso no pudo llevarse a cabo, ante la amenaza del papa de excomulgar a ambos contrayentes, debido al grado de parentesco que había entre ellos. Así deseoso de reafirmar su autoridad y con el objetivo de mejorar sus relaciones con Alfonso IX de León, don Álvaro inició las negociaciones para que quedara sellado el compromiso matrimonial de Enrique I con doña Sancha, la hija de éste, aunque finalmente se vio obligado a renunciar a esta idea por la negativa del monarca.

A pesar de la pasividad con la que parece que se comportó don Enrique I durante todo su reinado, podemos percibir como a finales de 1216 realizó un tímido intento por sacudirse la autoridad de su tutor. De este modo tras el asesinato de uno de los emisarios de Berenguela en Maqueda, ésta preparó la huida de Enrique I de la corte, al parecer contando con el beneplácito del monarca. Así la infanta envió a Rodrigo Fernández de Valverde para ayudar a escapar al rey. Pero los planes de doña Berenguela fueron descubiertos por don Álvaro, que tras destituir al mayordomo real, controló en mayor medida los movimientos de Enrique I, circunstancia que provocó la salida de importantes personajes de la corte y que agudizó las tensiones en el reino.

Tras pasar la Semana Santa en Valladolid Enrique I formó parte del ejército que don Álvaro condujo a la Tierra de Campos, donde se encontraban refugiados los partidarios de Berenguela, ya que el regente pretendía aprovecharse una vez más del control que mantenía sobre el rey, para apoderarse de fortalezas como la de Montealegre, que se encontraba bajo el control de Suero Téllez. Éste tras conocer la presencia del rey en las filas del regente, decidió entregar la plaza sin condiciones, puesto que su honor le impedía enfrentarse directamente a su soberano. El comportamiento de Suero Téllez fue el habitual entre los partidarios de doña Berenguela, que se vieron obligados a refugiarse en Autillo y en Cisneros.

Satisfecho por la campaña realizada, don Álvaro decidió trasladar a Enrique I a Palencia, con el objetivo de reorganizar sus ejércitos para acabar definitivamente con los partidarios de la hermana del rey. Pero muy pronto la suerte del regente iba a cambiar, puesto que el 26 de mayo de 1217 Enrique I sufrió un terrible accidente, mientras jugaba en el patio del palacio episcopal en compañía de otros niños de la corte. Así parece que tras ser arrojada una piedra sobre una de las torres, una de las tejas se desprendió, cayendo sobre la cabeza del joven monarca, que inmediatamente quedó inconsciente. Don Álvaro convencido de la necesidad de guardar en secreto el fatídico accidente, decidió que lo mejor para salvaguardar sus intereses era ocultar al rey, motivo por el que con la máxima discreción consultó con todos los médicos de la corte, los cuales fueron unánimes a la hora de afirmar que debía practicarse una trepanación, para eliminar el coágulo que se había formado. Practicada la arriesgada intervención sólo quedaba esperar, aunque esta no obtuvo los resultados que don Álvaro esperaba, ya que Enrique I falleció el 6 de junio siguiente. Confirmada su defunción los restos del rey de Castilla fueron trasladados con el máximo secreto al castillo de Tariego, ya que don Alvaro pretendía prorrogar su mandato el máximo tiempo posible.

Muy pronto conoció doña Berenguela la suerte de su hermano y se proclamó reina de Castilla, aunque por poco tiempo, ya que ésta renunció a sus derechos en favor de su hijo, el infante Fernando. Fernando III tras su coronación ordenó que los restos mortales de su tío fueran trasladados a Burgos, donde fueron enterrados en el panteón real del monasterio de las Huelgas.





Fuentes utilizadas:

Mcnbiografias y Wikipedia

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