7 nov 2018

Marina de Guerra de los siglos XVIII y XIX: Comparativo



A raíz de repasar los enfrentamientos que, durante esos siglos tuvieron lugar entre las Armadas de España, Francia y Gran Bretaña, y que dieron lugar a grandes victorias y a penosas derrotas, siempre ansiosos por conseguir, sobre todo, asegurar el trafico entre Europa y el Nuevo Continente Americano, he pensado que podría ser interesante hacer una comparación entre ellas.

Comenzaremos por analizar la cantidad de unidades navales de que dispusieron cada uno de los contendientes:

- En el periodo comprendido entre 1685 y 1700, la Armada Española contaba con 21 unidades entre navíos y fragatas, listos para el combate; la Armada Francesa tenía unas 143 unidades disponibles; mientras que la Royal Navy podría poner en esa situación un promedio de 151 unidades. La diferencia en este periodo de la Royal Navy con la Armada Francesa, no era excesivamente grande, pero si los efectivos de ambas con la Armada Española.


- A lo largo del siglo XVIII, los promedios variaron, situándose la Armada Española en 75 unidades disponibles; la Armada Francesa siempre contó con unas 100 unidades, referido en todos los casos a navíos más fragatas; la Royal Navy, sin embargo siguió con su aplastante superioridad, promediando 250 unidades lista para el combate.


- No variarían mucho las diferencias ya existentes a lo largo de la primera década del siglo XIX.


Como hemos podido comprobar, en lo que respecta a los barcos disponibles, la superioridad británica era considerable con respecto a españoles y franceses.

Veamos ahora cómo estaban en cuanto a hombres.

En lo que respecta a la OFICIALIDAD, en la Royal Navy eran necesarios seis años embarcados y al menos dos de ellos como guardiamarina o Primer Oficial. Mientras, españoles y franceses eran menos rigurosos, aunque tenían un mayor bagaje cultural náutico, pero los británicos eran verdaderos "lobos de mar", ya que los barcos británicos estaban continuamente en movimiento, cosa que no ocurría con los barcos españoles y franceses. Lo que nos lleva a la conclusión de que, estaban más entrenados, ya que su superioridad en unidades, obligaba a sus enemigos a permanecer en puerto, bloqueados.

Aunque en la Armada Española hubo personas de humilde condición, como Antonio Barceló o Mourelle de la Rúa, que llegaron a los más altos cargos, tanto en esta como en la Francesa se exigió a los aspirantes pruebas de nobleza, cosa que no pasaba en la Royal Navy.

En la Royal Navy se castigaban las malas conductas y los errores, cosa que no pasaba ni en la Armada Francesa ni en la Española. Los ingleses separaban del mando a los dos capitanes que menos hubieran hecho en el combate, aunque acabara en victoria.

Los oficiales titulados en la Armada Española eran más o menos un 4%, muchos oficiales y aspirantes no habían sido guardiamarinas, y con frecuencia pasaban del ejército a la Armada, donde estaban mejor considerados.

En cuanto a la MARINERÍA, en la Royal Navy, se basaban en el voluntariado, estimulado con una prima en metálico o redención de pena, en su caso. Desde 1796 el "Quota Act" obligaba a todos los condados del Reino Unido a proporcionar un número de reclutas en función a su población. De no conseguir la necesaria cantidad de efectivos, se recurría a la leva, muchas veces violenta tanto en puertos como en alta mar. En 1805 el 10% de la dotación del Victory de Nelson. La Royal Navy tuvo una larga cadena de motines, desde la Bounty a la Fragata Hermione. Estos, sin embargo, no se dieron ni en la Armada Española ni en la Francesa.

El reclutamiento en la Armada Española y en la Armada Francesa, se basaba en la "Matrícula de Mar", por la que estaban obligados al servicio todos los hombres que trabajasen en el mar y todos los residentes en poblaciones costeras. Cuando éste no era suficiente se empleaban voluntarios atraídos por prima de enganche, La Leva. La mayor carencia fue, siempre, de suboficiales y clases veteranas. Los buques de estas dos Armadas, llevaban más hombres embarcados que en la Royal Navy; pretendían que cada buque llevara las dotaciones completas de las piezas de cada banda, mientras que en la Royal Navy, no. Esta mayor cantidad de hombres embarcados, tendrá como consecuencia que tuvieran más bajas.

La INFANTERÍA DE MARINA: Los soldados más los mandos componían la guarnición del buque, mientras que los marineros eran la tripulación; la suma de ambos era la dotación. Para la Royal Navy la Infantería de Marina supuso un problema en tiempos de Drake, mientras que en el siglo XVIII era imprescindible.

La superioridad en combate de los británicos se pone en tela de juicio, ya que abundan sus derrotas a lo largo del siglo XVIII.


ESTRATEGIA Y TÁCTICA: Debido a que era enorme la superioridad en buques, y en buques de tres puentes de los británicos sobre los aliados franco-españoles, los cuales solo podían reunir, en torno a unos 80 navíos, frente a unos 130 de los británicos, era suicida una confrontación directa. Cualquier victoria franco-española, era pírrica, ya que los británicos podrían reunir otra escuadra, mientras que los aliados, difícilmente podrían recuperarse de las pérdidas. Debido a esto, los franco-españoles procuraban evitar cualquier enfrentamiento directo, o afrontarlo en línea de combate a sotavento.

Ambos bandos practicaban la táctica acuñada por Paul Hoste, S.J., limosnero del almirante francés Touville, que recogía en su Tratado de las evoluciones navales, de 1696, de que todo dependía de formar una línea de combate y de la solidez y continuidad de ésta. Cada escuadra debía dividirse en tres agrupaciones: vanguardia, centro (cuerpo de batalla) y retaguardia, cada una regida por un almirante que llevaría su insignia en el buque más poderoso. El mando de la agrupación correspondía al almirante que mandaba el centro. La fragatas una vez descubierto el enemigo, se situarían a sotafuego, con la misión de repetir las señales de banderas, pero con el espeso humo producido por la pólvora y combatiendo en una larga línea, era obvio que muchos buques tuvieran dificultades para ver las señales. Todo dependía de las órdenes del buque insignia, ningún buque o agrupación, podía actuar por su cuenta. Abandonar la línea, se consideraba un gravísimo delito. Se prefería estar a barlovento del enemigo, lo que permitía iniciar o rehuir el combate. El combate se prefería a unos 100 metros, y si es posible a 500 o más, ya que a menos distancia se corría el peligro de romper la línea. Claro que combatir a grandes distancia, traía el problema de que la artillería de la época, a grandes distancias era poco resolutiva, pues carecían de la potencia necesaria. Los españoles llamaban a los combates a distancia “guerra galana”, prefiriendo combatir a corta distancia, barrer las cubiertas enemigas con su fuego y pasar al abordaje.


Sin necesidad de romper la línea, un almirante podía intentar envolver la línea contraria, cosa que se consideraba muy peligroso, por lo que cada maniobra en ese sentido, era anulada por contramaniobras del enemigo, con lo que se restablecía el combate en líneas paralelas. Un aspecto curioso, es que se daba la batalla por ganada o por perdida, cuando uno de los dos bandos, se veía en inferioridad, retirándose en el mayor orden posible, mientras que el vencedor no le acosaba ni remataba la victoria, se limitaba a permanecer en aguas del combate. El esquema clásico de combate, con españoles y franceses combatiendo a la defensiva a sotavento y los ingleses a la ofensiva a barlovento, explica el que los primeros disparaban preferentemente alto y a las arboladuras, mientras que los ingleses lo hacían a los cascos enemigos. En realidad todo barco que disparara desde barlovento lo hacía inclinado hacia la banda que daba al enemigo, por lo que los cañones de esa banda tendían a disparar bajo, dentro de un ángulo de vaivén por el balanceo, mientras que los situados a sotavento sucedía justamente lo contrario. Al parecer esta situación beneficiaba a los británicos, aunque para dañar el casco de un navío del siglo XVIII, era preciso hacer descargas de gran calibre a corta distancia, mientras que un proyectil disparado a corta o a la larga distancia, era capaz de hacer graves daños en la arboladura y jarcia, vitales ambas para un buque de vela. Durante este periodo, fueron muy escasos y podríamos decir que anecdóticos los casos en que un navío se hundió por cañonazos del enemigo. En realidad todos hacían lo mismo: disparar con sus baterías bajas y de más calibre al casco del contrario y con las altas, de menor calibre, a las arboladuras. Al estar situadas las piezas de mayor calibre en las baterías bajas, atacando desde barlovento, a veces era imposible el tiro por estar muy cerca del agua, sobre todo con mala mar, siendo el caso contrario a los buques situados a sotavento.


Hay que tener en cuenta la velocidad y precisión del tiro. Los artilleros ingleses, mas entrenados, eran capaces de hacer tres disparos en dos minutos, mientras que los españoles solo hacían uno. En el siglo XVIII, los buques llevaban unas sesenta balas por pieza, hasta noventa si contamos palanquetas y sacos de metralla, con lo que a la velocidad mencionada, los buques ingleses consumirían su munición en unos sesenta minutos. Pero como las batallas duraban largas horas, existe una seria duda sobre tal afirmación. Agreguemos, además que, era muy difícil mantener ese ritmo, debido al lógico cansancio, que suponía manejar piezas de entre una y tres toneladas de peso, enteramente a mano. En tercer lugar, es difícil entender cómo se dieron tal cantidad de combates equilibrados, e incluso favorables a los hispano-franceses, si había tal ventaja a favor de los británicos, ya que con tal ritmo de fuego, una fragata de 40 cañones se impondría a un navío de dos puentes, en caso de un combate en paralelo, cosa que nunca se dio en este periodo. Por último, hay que tener en cuenta el calentamiento de los cañones, ya que tras cada disparo había que escobillar y limpiarlos, volverlos a cargar y situarlos en batería, pero había que refrigerarlos, ya que de no hacerlo, el ánima del cañón se ponía al rojo, se deformaba y podía reventar, además la pólvora entraba en ignición nada mas introducirla por la boca, con graves quemaduras y lesiones para el cargador y para el resto de la dotación de la pieza. Por lo que el ritmo de disparo no podía variar mucho de lo que imponía la técnica.

En cuanto a la puntería, disparando las piezas con una mecha encendida o botafuego, con cañones de ánima lisa y gran huelgo entre la bala y el calibre y sin alzas, era problemático hacer puntería, consiguiéndolo las más de las veces por verdadera fortuna. Por lo tanto la superioridad táctica inglesa, es más que discutible, al menos hasta que en el combate de Los Santos en 1782, se implantó la idea de atravesar y envolver la línea enemiga, sus éxitos hasta entonces se debieron a actuar por sorpresa, incluso sin mediar declaración de guerra, como en Passaro en 1718, o con gran superioridad, aunque incluso así sufrieron el revés de Sicié en 1744.


A pesar de todo, por ser objetivos, la Royal Navy era superior a las Armadas Española y Francesa, individualmente y en conjunto. En mi opinión, además de dedicar más medios para actualizar su preparación y sus medios de combate, la Royal Navy se encontraba en continuo movimiento, a lo largo de todos los mares y océanos, mientras que, la Armada Española, desmantelaba la mayoría de los buques, una vez acabado un conflicto, e incluso licenciaba a una gran parte de la marinería. Esto agravado por la racanería ejercida por la Corona a la hora de pagar, tanto sueldos como indemnizaciones, causaba un malestar que repercutía en la labor de los marineros. En cuanto a los artilleros, siendo muchos de ellos procedentes del Arma de Artillería del Ejército, volvían a sus destinos. En cuanto a la Armada Francesa, no olvidemos que, siendo un país continental, dedicaba muchos más medios a su Ejercito de Tierra.

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