viernes, 20 de julio de 2018

Marco Fabio Quintiliano


Nació en Calagurris Nassica Iulia, actual Calahorra, entonces provincia romana, la Tarraconense. Hizo sus primeros estudios en Roma, donde su padre era rétor o abogado; allí estudió con Remio Palemón y Servilio Nonanio literatura y con Domicio Afer elocuencia. Regresa a Hispania en el año 61 cuando Nerón nombra a Galba gobernador de la Tarraconense. Durante siete años, es profesor de elocuencia y abogado. 

Vuelve a Roma en el año 68 tras el asesinato de Nerón, cuando es proclamado Galba emperador, y desarrolla su carrera como abogado y profesor de retórica en la Roma de Vespasiano, Tito y Domiciano. Abrió una escuela pública de retórica, siéndole encomendada la educación de los sobrinos de Domiciano y los hijos de la emperatriz Domitilla. 


Su fama la obtiene por ser, junto a Isócrates, el mejor profesor de retórica del mundo antiguo. Alcanzó tal prestigio que se le nombró profesor oficial de la materia con retribución pública. Era amigo del científico Plinio el Viejo; el escritor romano Plinio el Joven fue alumno suyo y quizá lo fue Tácito. Se retiró el año 89 para dedicarse a escribir rodeado de honores. En el fin de su vida hay una serie de dramas familiares: el mismo año de su retiro, perdió a su mujer, que tenía 19 años; un año después, a su hijo primogénito, que contaba cinco; y en el 95, al segundo, con diez.

El Greco: La Crucifixión


Realizado entre 1597 y 1600. Óleo sobre lienzo de 312 X 169 cm. 

Pintada para el retablo mayor del Colegio de la Encarnación (Madrid), un seminario agustino más conocido por el nombre de su fundadora, doña María de Córdoba y Aragón. La Anunciación se encontraba en la parte central del piso inferior del retablo, flanqueada por la Adoración de los Pastores (actualmente en Bucarest) y el Bautismo, mientras que en el centro del piso superior se situaba esta Crucifixión, y a ambos lados la Resurrección y el Pentecostés. En esta obra encontramos una de las versiones más originales y extremas del asunto representado, fundamental en la iconografía cristiana. Cristo acaba de morir en la cruz ante el dolor desgarrado de María y la desolación de san Juan. María Magdalena y tres ángeles se afanan mientras tanto en recoger la sangre de Cristo que brota de sus heridas. Un cielo oscuro y quebrado por resplandores de tormenta envuelve la escena, convertida en un impactante nocturno que sigue el texto bíblico: era cerca de mediodía y se produjo oscuridad sobre toda la región (Lucas, 23, 44). El interés por subrayar el alto valor de la sangre de Cristo, tan cuidadosamente recogida, fija el significado eucarístico del tema, en conexión con tradiciones medievales que estaban presentes en la pintura veneciana, en estampas alemanas (incluyendo a Durero, inspirador frecuente de muchas composiciones del Greco) e igualmente en los medios locales toledanos. El pintor hubo de valerse de algunas de estas fuentes pero proyectando una versión nueva, sumamente original, marcada por la eliminación de las referencias espaciales, la inestabilidad de las figuras -alargadas hasta la exageración y provistas de unos rostros que oscilan entre el patetismo y la alucinación- y la creación de una atmósfera nocturna y claustrofóbica, iluminada por destellos de luz que subrayan el ácido y frío cromatismo de la tela. La obra está firmada al pie de la cruz. 





FUENTE: Museo de El Prado

jueves, 19 de julio de 2018

Alejandro Magno: El regreso


Su ejército, a medida que se iban fundando nuevas Alejandrías, fue perdiendo hombres. El resto se sentían agotados, debilitados, hasta que en 326, al llegar a Hifasis (el punto más oriental que llegaría a alcanzar), tuvo que reemprender el camino de regreso tras el amotinamiento de sus soldados. Durante el regreso, el ejército se dividió: mientras el general Nearco buscaba la ruta por mar, Alejandro conducía el grueso de las tropas por el infernal desierto de Gedrosia. Miles de hombres murieron en el empeño. Aunque diezmado, el ejército consiguió llegar a su destino, y con la celebración de las bodas de ochenta generales y diez mil soldados se dio por terminada la conquista de Oriente. 

Ya en Babilonia, mandó ejecutar a los macedonios que se le oponían. Tenía como proyecto la creación de un nuevo ejército formado por helenos y bárbaros para abortar así las tradiciones de libertad macedonias. Quería construir una nación mixta, y asumió el ritual aqueménida mientras buscaba y obtenía el apoyo de familias orientales. Creía asegurar de esta forma el éxito de sus planes de dominación universal. A pesar de que prosiguió sus campañas y continuó proyectando otras nuevas hasta que, en su lecho de muerte, ya no pudo hablar, hubo un hecho, sin embargo, que desmoronaría todas sus certezas: la muerte de Hefestión. 


Alejandro se había casado con Roxana durante una campaña en Bactra, de cuya unión nacería póstumamente Alejandro IV, su único hijo. También se casó con Estatira, en Susa, cuando, llevado por su afán de integración racial, hizo celebrar varios matrimonios entre sus soldados macedonios y mujeres orientales. Estatira era la hija mayor de Darío III; Dripetis, casada también entonces con Hefestión, la menor. Confiaba en Tolomeo, pariente suyo (quizá su hermanastro) y oficial de su alto mando. También tenía en Nearco, uno de sus oficiales, un camarada y amigo desde la infancia. Pero Hefestión había sido más que todos ellos: su amigo, tal vez su amante, pero sobre todo un hombre inteligente que compartía sus ideas de estadista; ambos experimentaban una admiración recíproca. 

La muerte de Hefestión en octubre de 324, mientras se hallaban en Ecbatana, le causó un dolor tan hondo que él mismo fue decayendo hasta su propia muerte, ocurrida pocos meses después. En 325, al volver de la India, durante su marcha a lo largo del Indo había recibido una peligrosa herida en el pecho; su regreso por el desierto de Gedrosia en condiciones extremas volvió a quebrantar su salud. Casi al final del verano de 324, decidió descansar una temporada y se instaló en el palacio estival de Ecbatana, acompañado por Roxana y su amigo Hefestión. Su esposa quedó embarazada. Su amigo enfermó repentinamente y murió. Alejandro llevó el cuerpo a Babilonia y organizó el funeral de Hefestión. 


Inició de inmediato una nueva campaña explorando las costas de Arabia. Mientras navegaba por el Bajo Éufrates contrajo una fiebre palúdica que sería fatal. Antes de morir, en junio de 323, en un todavía imponente pero ya derruido zigurat de Bel-Marduk, Alejandro, ya menos imponente, entregó su anillo real a Pérdicas, su lugarteniente desde la muerte de Hefestión. Alejandro tenía treinta y tres años. A su lado estaba Roxana. Estatira permanecía en Susa. Aquel mismo día, libre de fabulosas esperanzas, sin nada que legar a los hombres excepto su mísero tonel, con casi noventa años, moría también en Corinto su desabrida contrafigura, el ceñudo filósofo Diógenes el Cínico. 

El extraño fenómeno de la no corrupción del cuerpo de Alejandro, más notable aún con el calor imperante en Babilonia, habría dado pie, en tiempos cristianos, al creer que se trataba de un milagro, a santificarlo. En el siglo IV a.C. no existía una tradición semejante que atrajera la atención de los hagiógrafos. Tal vez la explicación más acertada es que su muerte clínica ocurrió mucho después de lo que se creyó entonces. 


Alejandro IV, su hijo, y Roxana, su esposa, fueron asesinados por Casandro cuando el niño tenía trece años. Casandro era el hijo mayor de Antípatro, regente al partir Alejandro Magno al Asia, y después de ese asesinato fue rey de Macedonia. Cleopatra, su hermana, siguió gobernando Molosia durante muchos años después de que él muriese. Olimpias, su madre, disputó la regencia de Macedonia con Antípatro y en el 319 a.C. se alió con Poliperconte, el nuevo regente; cuando había conseguido el objetivo perseguido durante toda su vida, fue ejecutada en el 316 a.C. en Pidnia. Ptolomeo sería más tarde rey de Egipto, donde inició una dinastía, la de los Ptolomeos, que perduraría hasta el 30 a.C., año de fallecimiento de la célebre Cleopatra, la última reina de Egipto.

Castillos de Castilla: Torrelobatón


Es uno de los castillos de Castilla y León mejor conservados. El castillo de los Comuneros se impone sobre los Montes Torozos y es visible desde varios kilómetros a la redonda. Se sitúa en Torrelobatón, Provincia de Valladolid. ​ 

Se comenzó su construcción en el siglo XIII con la intención de vigilar el valle del Hornija, aunque se construyó en su totalidad a mediados del siglo XV, gracias a Gómez de Isla, que trabajaba en la Catedral de Palencia siguiendo el modelo de castillo llamado escuela de Valladolid. La torre del homenaje tiene en la fachada los escudos de la familia de los Enríquez, almirantes de Castilla (un león debajo, la divisa de las áncoras o anclas marinas en la orla y dos castillos separados). También aparecen los escudos de Juana de Mendoza, de Diego Fernández Quiñones y María de Toledo. En 1392 Alfonso Enríquez, futuro Almirante de Castilla, compra Torrelobatón y consigue la licencia de Juan II para edificar un castillo. El blasón principal es colocado por don Fadrique y permitido por Juan II. Fadrique, pierde la propiedad por apoyar a los Infantes de Aragón frente a Juan II, que la transfiere a Alonso Pérez de Vivero; y no la recupera hasta 1455, cuando regresa del exilio perdonado por Enrique IV. Construye entonces un nuevo castillo señorial aprovechando el existente. 


Tuvo un papel importante en la guerra de las Comunidades de Castilla, al ser escenario de una gran victoria de los comuneros, al vencer estos tras ocho días de asedio a la fortaleza en febrero de 1521. Los defensores de este fueron rodeados en la torre del homenaje. Los daños sufridos por la fortaleza en pretiles, almenas y puerta de entrada durante la Guerra de las Comunidades se reparan en 1538, es una reconstrucción de gran dificultad que le da sus almenas tipo buzón de la actualidad. 

Es destacable señalar que desde Torrelobatón salieron las tropas de los Comuneros, mandadas por Padilla, rumbo a Toro el 23 de abril de 1521, camino de Villalar, donde fueron derrotadas. 

La titularidad del castillo ha permanecido en manos de la familia Enríquez hasta el siglo pasado. Actualmente pertenece al Ministerio de Agricultura que lo destinó a silo durante la segunda mitad del siglo pasado. Tras ser rehabilitado y acondicionado, desde 2007 alberga el Centro de Interpretación de la Guerra de las Comunidades, promovido por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, la Fundación Villalar-Castilla y León y el ayuntamiento de Torrelobatón. 


Las torres de homenaje de Medina del Campo, Peñafiel y Fuensaldaña repiten las proporciones de la de Torrelobatón. Se emplea para su construcción sillería y hormigón. Los muros son muy altos y forman un cuadrado con cubos circulares en tres de sus esquinas y una torre cuadrada del Homenaje. 

El interior de la torre del homenaje consta de tres pisos, a los que se subía por una escalera de 143 peldaños que estaba interrumpida por multitud de puertas. Los tres pisos poseen bóvedas. La antigua puerta de la torre estaba situada a mitad de su altura y comunicaba con el adarve por un puente. Tiene en la parte baja una antesala situada en el muro que era el primer acceso desde el patio. El piso inferior se cubre con un cañón apuntado y la parte de abajo del muro pertenece a la primitiva y antigua torre construida por Alfonso Enríquez. La torre parece una torre de influencia portuguesa de segunda mitad del siglo XIV. 


La segunda altura de la torre es más propia de finales del siglo XV y tiene una bóveda de crucería. En el tercer piso destaca una gran sala con bóveda que probablemente estuvo dividida en dos alturas. En las reparaciones de después de las Comunidades se cambian las puertas de entrada a la torre, pasando a ser conopiales. Se realizó con excelente piedra de cantería. 

Sobre esta Torre, hay ocho torreones circulares que sirven para vigilar y atacar. Al oeste quedan restos de una antigua barbacana desaparecida. El castillo está rodeado de restos de un foso. Poseía originalmente un sistema de almenas en todos sus niveles. Los cubos angulares del castillo, que poseían capacidad para diez soldados, y las troneras superiores se usaban para disparar desde ellas con ballestas y arcabuces. Antiguamente existía una entrada secreta al patio de armas, esa entrada era estrecha y muy difícil de encontrar, estaba situada en el foso del muro norte. El arco de entrada antiguo aún se conserva actualmente, es de medio punto, también se conservan las troneras verticales y el hueco para el rastrillo. Esta puerta llevaba directamente al patio de armas. 


El aljibe se ubica a unos cincuenta metros del castillo, frente a la iglesia de Santa María y actualmente es una bodega particular. Es posible que este conecte con el castillo a través de un paso subterráneo. Es de sillería y bóveda de cañón. 



FUENTE: Mentidero Literario 
                 Wikipedia 

FOTOGRAFIAS: CID Delgado

El Greco: Cristo abraza la Cruz


Realizado hacia 1602. Óleo sobre lienzo de 108 X 78 cm. 

La obra muestra a Jesucristo de más de media figura, vestido con túnica roja y manto azul. Lleva sobre el hombro izquierdo la cruz, que sostiene entre las manos, mientras que la cabeza se eleva ligeramente y los ojos, acuosos y de mirada resignada y serena, miran hacia el cielo. Sobre la cabeza, la corona de espinas es potenciada por un nimbo romboidal de naturaleza luminosa. En la corona, de un realismo preciso, se aprecia con detalle el trenzado de las tiernas ramas de las que surgen pequeños brotes. Perfectamente encajada sobre la frente de Jesús, sus espinas le han provocado pequeñas heridas y algunas gotas de sangre le caen por el cuello. Sin embargo, en su rostro no hay signos de dolor o de angustia, tampoco de esfuerzo físico por cargar con la cruz. El santo madero parece un ligero instrumento al que Jesús se abraza, y sobre el que descansa sus grandes y delicadas manos. La imagen se potencia por la perspectiva de sotto in su -vista desde abajo hacia arriba- con que se ha concebido la figura, que coloca al espectador en un punto de vista muy bajo. Como fondo aparece el característico cielo tormentoso de El Greco, obviándose cualquier referencia narrativa, para concentrar la máxima atención del espectador sobre la figura de Cristo y su relación con la cruz. 

Esta composición es una de las variantes autógrafas de uno de los temas de El Greco que, sin ser completamente original, hubo de alcanzar mayor aceptación en la época. En alguna ocasión se ha señalado la genialidad de El Greco a la hora de transformar una representación de carácter tradicionalmente narrativa en un asunto devoto, lo cual se explica por la mentalidad contrarreformista de la espiritualidad española. El modelo físico de Jesús coincide con el del Expolio, el célebre cuadro realizado por El Greco para la catedral de Toledo en 1578. 

Las imágenes de Cristo llevando la cruz en su ascensión al Monte Calvario fueron relativamente frecuentes en la iconografía cristiana, y ya desde el arte paleocristiano existen ejemplos que se ligan a textos donde se hace referencia al papel simbólico de la cruz como instrumento de salvación y consecución de la vida eterna. El Greco transformó las visiones más descarnadas del Cristo doliente, apesadumbrado por el cansancio y el castigo físico en su ascensión por la Vía Dolorosa, que habían tenido importante repercusión en la segunda mitad del siglo XVI, tanto en Italia (Sebastiano del Piombo, Correggio o Tiziano) como en España, donde las pequeñas tablas devocionales de Luis de Morales (hacia 1515-1586), tuvieron entre las décadas de 1560 y 1580 una estimable aceptación. Morales dio a la cruz un innegable carácter alegórico que enlazaba con las meditaciones medievales atribuidas al Pseudo-Buenaventura (Meditationes vitae Christi). El carácter devocional de sus obras permanece en las composiciones de El Greco, quien sin embargo sustituye el fondo oscuro y neutro que es habitual en las obras del pintor extremeño, por sus espectaculares celajes. Por otro lado, El Greco forzó de forma notable la visión de sotto in su de la figura, en una concepción casi escultórica y quizá relacionada con las imágenes de las procesiones de Semana Santa, tan importantes en la religiosidad española del momento en las que, sin embargo, se mantiene la visión doliente que invita a la compasión y al dolor del creyente. 

Esta versión del Museo del Prado es un ejemplar de gran calidad, de una ejecución brillante, con un colorido e iluminación muy conseguidos. Destacan las manos, con las características uñas nacaradas de El Greco, modeladas con gran sensibilidad. La fecha de ejecución se sitúa en torno a, en un momento posterior a la realización del retablo del Colegio de doña María de Aragón, Madrid y el conjunto del Hospital de la Caridad de Illescas, Toledo. 

La obra llegó al Museo del Prado en 1872, procedente del desaparecido Museo de la Trinidad, que recogió las obras procedentes de los conventos suprimidos por las leyes secularizadoras de Juan Álvarez Mendizábal. 





FUENTE: Museo de El Prado 

miércoles, 18 de julio de 2018

Alejandro Magno: La conquista del Imperio Persa


Al regresar a Macedonia, comenzó la preparación de la guerra contra el Imperio persa, campaña comenzada por su padre, y que se había visto interrumpida tras su muerte. Entre los meses finales de 335 hasta la primavera de 334 realizó distintos viajes a Epiro y Atenas. En Epiro reinaba su hermana Cleopatra, la reina de Molosia, quien contó con su consejo. En Atenas Lisipo, el escultor de Sicione y amigo de Alejandro, hizo de él varios bustos, algunos de los cuales podrían datar de esa época. 

La conquista del Imperio persa 

Mientras preparaba su partida hacia Persia le comunicaron que la estatua de Orfeo, el tañedor de lira, sudaba, y Alejandro consultó a un adivino. El augur le pronosticó un gran éxito en su empresa, porque la divinidad manifestaba con este signo que para los poetas del futuro resultaría arduo cantar sus hazañas. Después de encomendar a su general Antípatro que conservara Grecia en paz, en la primavera del año 334 a.C. cruzó el Helesponto con treinta y siete mil hombres. No regresaría jamás. Alejandro ocupó Tesalia y declaró a las autoridades locales que el pueblo tesalo quedaría para siempre libre de impuestos. Juró que, como Aquiles, acompañaría a sus soldados a tantas batallas como fueran necesarias para engrandecer y glorificar a la nación. 

Cuando llegaron a Corinto, Alejandro sintió deseos de conocer al filósofo Diógenes, famoso por su desprecio por la riqueza y las convenciones, quien, con ochenta años, conservaba sus facultades intelectuales. Sentado bajo un cobertizo, calentándose al sol, Diógenes miró al rey con total indiferencia. El monarca le dijo: “Soy Alejandro, el rey”, a lo que Diógenes le contestó: “Y yo soy Diógenes, el Cínico”. “¿Puedo hacer algo por ti?”, le preguntó Alejandro, y el filósofo respondió: “Sí, puedes hacerme la merced de marcharte, porque con tu sombra me estás quitando el sol”. Más tarde el rey diría a sus amigos: “Si no fuese Alejandro, quisiera ser Diógenes”

Tiempo después, capturado y conducido a su presencia, Diónides, pirata famoso, no se arredró ante la amonestación del rey cuando éste le dijo: “¿Con qué derecho saqueas los mares?”, Diónides le respondió: “Con el mismo con que tú saqueas la tierra”; “Pero yo soy un rey y tú sólo eres un pirata”. “Los dos tenemos el mismo oficio -contestó Diónides-, si los dioses hubiesen hecho de mí un rey y de ti un pirata, yo sería quizá mejor soberano que tú, mientras que tú no serías jamás un pirata hábil y sin prejuicios como lo soy yo”. Dicen que Alejandro, por toda respuesta, lo perdonó. 


En junio de 334 logró la victoria del Gránico, sobre los sátrapas persas. En la cruenta batalla Alejandro estuvo a punto de perecer, y sólo la oportuna ayuda en el último momento de su general Clito le salvó la vida. Conquistada también Halicarnaso, se dirigió hacia Frigia, pero antes, a su paso por Éfeso, pudo conocer al célebre Apeles, quien se convertiría en su pintor particular y exclusivo. Apeles vivió en la corte hasta la muerte de Alejandro. A comienzos de 333, Alejandro llegó con su ejército a Gordión, ciudad que fuera corte del legendario rey Midas, importante puesto comercial entre Jonia y Persia. Allí los gordianos plantearon al invasor un dilema en apariencia irresoluble. Un intrincado nudo ataba el yugo al carro de Gordio, rey de Frigia, y desde antiguo se afirmaba que quien fuera capaz de deshacerlo dominaría el mundo. Todos habían fracasado hasta entonces, pero el intrépido Alejandro no pudo sustraerse a la tentación de desentrañar el acertijo. De un certero y violento golpe ejecutado con el filo de su espada, cortó la cuerda, y luego comentó con sorna: "Era así de sencillo". Alejandro afirmó así sus pretensiones de dominio universal. 

Cruzó el Taurus, franqueó Cilicia y, en otoño del año 333 a.C., tuvo lugar en la llanura de Issos la gran batalla contra Darío III, rey de Persia. Antes del enfrentamiento arengó a sus tropas, temerosas por la superioridad del enemigo. Alejandro confiaba en la victoria, y con un golpe de audacia decantó la balanza del lado de los griegos. Con el resultado de la contienda todavía incierto, el cobarde Darío huyó, abandonando a sus hombres a la catástrofe. Las ciudades fueron saqueadas y la mujer y las hijas del rey fueron apresadas como rehenes, de modo que Darío se vio obligado a pedir a Alejandro la paz, con unas condiciones extraordinariamente ventajosas para el macedonio. Le concedía la parte occidental de su imperio y la más hermosa de sus hijas como esposa. 

Pero Alejandro ambicionaba dominar toda Persia y no podía conformarse con ese honroso tratado. Para ello debía hacerse con el control del Mediterráneo oriental. Destruyó la ciudad de Tiro tras siete meses de asedio, tomó Jerusalén y penetró en Egipto sin hallar resistencia alguna: precedido de su fama, fue acogido como un libertador. Alejandro, tras visitar el templo del oráculo de Zeus Amón en el oasis de Siwa, se proclamó su filiación divina al más puro estilo faraónico. Aquella visita a un santuario, cuyo dios no era puramente egipcio, tenía una finalidad política. Alejandro Magno no podía dejar pasar la oportunidad de aumentar su prestigio y popularidad entre los helenos. Se cuenta que después de haber solicitado la consulta del oráculo, el sacerdote le respondió con el saludo reservado a los faraones: "hijo de Amón". A continuación, penetró solo en el interior del edificio y escuchó atentamente la respuesta. Sobre esta visita y sobre el alcance de la profecía se han vertido ríos de tinta. La mayoría de los historiadores coinciden en señalar que allí el oráculo habría informado al macedonio de su origen divino, y predicho la creación de su Imperio Universal. El hecho es que no se conoce ningún texto que proporcione información acerca de las palabras del oráculo. 


Al regresar por el extremo occidental del delta, fundó la ciudad de Alejandría, para determinar su emplazamiento contó con la inspiración de Homero. Solía decir que el poeta se le había aparecido en sueños para recordarle unos versos de la Ilíada: "En el undoso y resonante Ponto / hay una isla a Egipto contrapuesta / de Faro con el nombre distinguida". En la isla de Faro y en la costa próxima planeó la ciudad que habría de ser la capital del helenismo y el punto de encuentro entre Oriente y Occidente. Al no poder delimitar el perímetro urbano con cal, Alejandro decidió utilizar harina, pero las aves acudieron a comérsela destruyendo los límites establecidos. Este acontecimiento fue interpretado como un augurio de que la influencia de Alejandría se extendería por toda la Tierra. 

En la primavera de 331 ya hacía tres años que había dejado Macedonia, con Antípatro como regente; pero prosiguió atravesando el Éufrates y el Tigris, y en la llanura de Gaugamela se enfrentó al último de los ejércitos de Darío III, llevando a su fin, en la batalla de Arbelas, a la dinastía aqueménida. Las impresionantes tropas persas contaban en esta ocasión con elefantes. Parmenión era partidario de atacar amparados por la oscuridad, pero Alejandro no quería ocultar al sol sus victorias. Aquella noche durmió confiado y tranquilo mientras sus hombres se admiraban de su extraña serenidad. Había madurado un plan genial para evitar las maniobras del enemigo. Su mejor arma era la rapidez de la caballería, pero también contaba con la escasa entereza de su contrincante. Efectivamente, Darío volvió a mostrarse débil y huyó ante la proximidad de Alejandro, sufriendo una nueva e infamante derrota. Todas las capitales se abrieron ante los griegos. Mientras entraba en Persépolis, Alejandro mandó ocupar casi de forma simultánea Susa, Babilonia y Ecbatana. En julio de 330, Darío moría asesinado. 


Alejandro sometió entonces las provincias orientales y prosiguió su marcha hacia el este. Muchas fueron las anécdotas y leyendas que a partir de entonces fueron acumulándose alrededor de este semidiós que parecía invencible. Vistió la estola persa, para simbolizar que era rey tanto de unos como de otros. Movido por la venganza, mandó quemar la ciudad de Persépolis, dio muerte con una lanza a Clito, aquel que le había salvado la vida en Gránico, mandó ajusticiar a Calístenes, el filósofo sobrino de Aristóteles, por haber compuesto versos alusivos a su crueldad, y que se casó con una princesa persa, Roxana, contraviniendo las expectativas de los griegos. Alejandro incluso se internó en la India, donde hubo de combatir contra el noble rey hindú Poros. Como consecuencia de la trágica batalla, murió su fiel caballo Bucéfalo, en cuyo honor fundó la ciudad llamada Bucefalia. 

Alfonso I el Conquistador, primer rey de la dinastía de Borgoña portuguesa


Alfonso Henríquez el Conquistador, fue el fundador de la monarquía portuguesa. Era hijo de Enrique de Borgoña, conde de Portugal, y de doña Teresa, hija de Alfonso VI de León. Nació en Guimaraes el año 1109, muriendo en Coimbra en 1185. Siendo aún muy niño sucedió a su padre en el condado bajo la tutela de su madre doña Teresa. La minoría de edad del nuevo conde fue muy agitada, debido a los continuos ataques musulmanes, las amenazas de Castilla y los escándalos de doña Teresa, y sus amoríos con el conde de Trava. Pero en la lucha con los moros, aumentaba el ánimo de los portugueses; y en el riesgo de absorción se fortificaba el espíritu independiente de la nobleza y el pueblo. 

Cuando los devaneos de la condesa se hicieron intolerables, el hijo, aunque solo contaba diez y ocho años de edad, contando con el apoyo de los nobles y del pueblo, destituyó a la regente, asumiendo por entero el gobierno de sus Estados. Buscó doña Teresa apoyo en su primo el rey de Castilla, Alfonso VII, y tras varios años de luchas, logró el rey castellano asegurarse el vasallaje del conde portugués, siendo garante Egas Móniz, preceptor de Alfonso Enríquez. 

Poco después, en 1139, Tiene lugar un suceso capital en la historia lusitana, es la victoria de Ourique, contra cinco reyes moros. La tradición ha magnificado el suceso elevando a cifras fantásticas el número de combatientes. Este triunfo valió la corona al afortunado conde, se apresuró a convocar una Asamblea de obispos y después Cortes en Lamego que, posiblemente, se celebraron en la iglesia de Santa María. Don Alfonso se presentó ostentado solamente la espada que ciñó en Ourique. Preguntado el concurso si confirmaba la proclamación del ejército respondió unánime y afirmativamente. El arzobispo de Braga puso sobre la frente del vencedor una corona de oro que, según tradición, habían donado los reyes visigodos al monasterio de Lorvao. 

Por el año 1142 se firmó en Zamora la paz de Valdévez, aunque más preocupados ambos monarcas por el peligro mahometano, ni el de Castilla ni el de Portugal pusieron gran empeño en respetar las cláusulas y el condado quedó convertido en reino independiente, no sin que Alfonso Enríquez rindiera homenaje a la Santa Sede, de la cual se declaró vasallo. 

Alfonso I de Portugal se consagró al ensanche de las fronteras. Ganó a los moros las plazas de Santarem, Cintra y Lisboa que, perdidas y recobradas diversas veces, quedan definitivamente por el cristiano en 1147. En Cintra estaba el bello palacio de los Walis moros, la Alhambra portuguesa, hoy convertida en el famoso pazo de Cintra, una de las más hermosas residencias reales y de los más pintorescos sitios del país. 

Lisboa quedó por Alfonso I gracias al auxilio de una flota de cruzados que, al mando del flamenco Aarschot, se dirigía a Jerusalén por vía marítima. Muchos de estos caballeros quedaron en la corte portuguesa, repoblando tierras que el rey les confió. El monarca conmemoró estas victorias con la fundación del monasterio de Alcobaça, cuya primera piedra se puso el 2 de noviembre de 1148. Al parecer, el rey al salir a campaña, formuló el voto de donar a la orden del Cister las tierras que abarcaban sus miradas por el lado del mar; y así cumplió su voto de creyente cuando vio coronado por la victoria su esfuerzo de guerrero. 

La conquista de Évora por Giraldo Giraldez, permitió la ocupación de Palmella, D´Almada, de Zecimbre y de otras plazas, así como la heroica expedición a Ceuta capitaneada por Fuas Rouphino que, aunque con resultado adverso, permitió a los portugueses castigar al musulmán en sus propias guaridas africanas, cubriendo de gloria y esperanzas los comienzos de la nueva monarquía. 

En el 1171, tuvo lugar la invasión de los almohades, y las discrepancias en 1178, entre el rey portugués y el rey Fernando II por cuestiones fronterizas en Galicia y Extremadura. La invasión almohade, retrasó la conquista del Algarve, y las querellas con León dieron lugar a una guerra donde el portugués pudo perder la vida y buena parte del reino. Benignamente se limitó el rey leonés a asegurar los territorios objeto de litigio. Con mejor suerte volvió Alfonso I sus armas contra los almohades, consiguió levantar el sitio de Santarem, defendida por el infante don Sancho. 

Murió al año 1185, siendo inhumado en el monasterio de Santa Cruz con muestras de sincera veneración pública. En su época se fundaron las Órdenes religiosas de San Miguel, para perpetuar la toma de Santarem, orden que se extinguió pronto, y la de Avís, que llegó hasta nuestros días y que tuvo por primer gran maestre a don Pedro, hermano del rey.

El Greco: Bautismo de Cristo


Realizado entre 1597 y 1600. Óleo sobre lienzo en 350 X 144 cm. 

Pintada para el retablo mayor del Colegio de la Encarnación (Madrid), un seminario agustino más conocido por el nombre de su fundadora, doña María de Córdoba y Aragón. La Anunciación se encontraba en la parte central del piso inferior del retablo, flanqueada por la Adoración de los Pastores (actualmente en Bucarest) y este Bautismo, mientras que en el centro del piso superior se situaba la Crucifixión, y a ambos lados de esta la Resurrección y el Pentecostés. Según los textos evangélicos, tras ser bautizado Jesús con el agua del río Jordán se abrieron los cielos y se vio al Espíritu Santo descender en forma de paloma y posar sobre él, al tiempo que una voz venida de los cielos decía: Éste es el Hijo mío, el amado, en quien me complazco (Mateo, 3, 16-17). El Greco ha representado en esta obra el momento en que san Juan vierte el agua sobre la cabeza de Jesús, y la complacencia gozosa de Dios Padre. Para ello, el artista ha concebido una escena marcada por la imbricación de los registros terrenal y celestial, en línea con las otras dos telas que ocupaban el piso inferior del retablo de doña María de Aragón. Elemento fundamental para esta conexión espacial es la presencia de los ángeles que acompañan a los personajes fundamentales de la escena: Jesús, el Bautista y Dios Padre. Muchos de ellos repiten las disposiciones con las que aparecen en otras pinturas del cretense, siendo los más significativos los ángeles adultos con las manos recogidas en el pecho en señal de reconocimiento, pero también los acrobáticos querubines, que aparecen como ráfagas de luz en el espacio intermedio. Se han incluido además un grupo de ángeles que sostienen sobre la cabeza de Cristo un paño rojo, posible alusión al sacrificio martirial que se dispone a emprender Jesucristo. Cerca del Bautista, de ascética y descarnada anatomía, se sitúa un hacha apoyada en un tronco, referencia al sermón de san Juan tras el bautismo de Jesús: Dios puede hacer de estas piedras hijos de Abraham. Ya está puesta sobre el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego (Mateo, 3, 7-10). La obra está firmada en el papel fijado en la roca en la que se apoya Jesucristo. 





FUENTE: Museo de El Prado 

martes, 17 de julio de 2018

Los grandes inventos de la historia: El Papel


Los egipcios fueron los primeros en utilizar lo que hoy se conoce como el papel. Fue el papiro el papel empleado hace miles de años, utilizando cañas de bambú que se cortaban en tiras largas y finas, los tallos se mezclaban con agua y azúcar, una vez seca la pulpa resultante, se hacían las hojas de papiro. El ¨papyrus¨ fue el material empleado también por griegos y romanos para escribir mensajes y desarrollar manifestaciones artísticas. Este fue el primer intento en la creación del papel, de ahí que la palabra ¨papel¨ provenga del término del cual fue originado. 

Antes de que el papel se inventara en China, utilizaban pergaminos de seda o bambú para escribir. Estos materiales eran poco prácticos dado el peso de su estructura. La primera persona en inventar el papel en China fue Tsai Lun, un obrero que repartía el correo en la corte imperial de Han Ho Ti. Este hombre observó como una abeja fabricaba su nido y así obtuvo su primera hoja de lo que se conoce hoy como el papel. La corteza de las ramas de árboles de moras, las cañas de bambú y algunos pedazos de tela fueron los primeros ingredientes para crear una superficie lisa en la cual se podía escribir. Los chinos guardaban para sí esta fórmula, supuestamente mágica durante 500 años. 


No fue hasta el siglo VIII que la invención del papel llegó a los árabes, los cuales lo emplearon en sus manifestaciones, además le aplicaron algunas innovaciones y se estableció aplicar un tamaño estándar a las hojas. 

A finales del siglo XIV llegó el papel a Europa, donde se utilizaba para escribir los pergaminos de cueros curtidos de ovejas, becerros u otros animales. La invención del papel fue un cambio cultural significativo máxime cuando los métodos empleados con anterioridad eran muy costosos en aquel entonces. La primera fábrica de papel europea se creó en España en el año 1150, estas técnicas fueron expandiéndose, se crearon molinos de papel también en Italia, Francia y Holanda. 

En el año 1840 ante la escasez de materia prima, se comenzó a poner en práctica el proceso mecánico para triturar la madera y luego elaborar el papel. Una década después en el año 1850 se emplea por primera vez en la fabricación del papel un proceso químico, del cual más tarde se obtendrían colores y nuevas texturas. Las producciones de papel en cuanto a procedimientos de su obtención hasta el siglo XVIII y principios del XIX fueron muy artesanales, luego lograron perfeccionarse paulatinamente, ante las demandas y necesidades de sus consumidores. 


La industria papelera adquiere un enorme auge en cuanto a producciones, dada la gran demanda de papel durante los siglos XIX y XX en todo el mundo y aparejado a esto provoca la deforestación y contaminación de los ríos, ya que la elaboración industrial consume abundante agua y general enormes cantidades de desechos. Ante tal problema ambiental los científicos se dan a la tarea de buscar soluciones que favorezcan las producciones y disminuyan los perjuicios. Un ejemplo es fabricar papeles reciclados y combinados a partir de fibras vegetales como la caña de azúcar para así evitar la deforestación que tanto daño causa al planeta. 

Antes las demandas de papel, en cada país existen fábricas elaboradoras de este material capaces de producir gran parte de las necesidades de quienes lo consumen. Actualmente se consumen 115 mil millones de hojas de papel anualmente en oficinas, lo que significa que el consumo anual de papel promedio es de 48 kilogramos por persona a nivel mundial. 

La invención del papel revolucionó la historia de la Humanidad y aunque aparentemente existan muchos avances y equipos tecnológicos que puedan poner en riesgo la perdurabilidad del mismo e incluso su sustitución, este material no caerá en desuso. 


Datos curiosos acerca del papel 

Primer libro: El primer libro que fue impreso en papel se creó en China en el año 868, la obra se titulaba ¨El Sutra del Diamante¨ y fue escrito por Wang Jie. 

Datos en la producción de papel: La producción de papel a nivel mundial representa el 1,2% de los ingresos económicos a nivel global, de ahí que el 35% de todos los árboles talados estén destinados a la fabricación de papel. 


Agua y papel: Para la fabricación de una tonelada de papel se emplean 115 mil litros de agua. 

Papel higiénico: Hasta el año 1880 no existió el papel higiénico, los hermanos Edward y Clarence Scott comenzaron a comercializar este tipo de papel enrollado. Esto generó polémicas, pues se consideraba indecoroso que el papel higiénico estuviera a la vista de todos. 

Reutilización del papel: El papel es un material que puede reutilizarse, se puede reciclar hasta 11 veces en diferentes tipos de cartón y papel. 






Castillos de León: Castillo de Cea


La villa de Cea toma su nombre del río y elevada en su promontorio, bajo la silueta de lo que otrora fue su castillo, forma un enorme cortado arcilloso, con oquedades que dan pleno sentido a su nombre. Fue construido en el siglo XV sobre un castro y un castillo anterior destruido en el siglo XII y que había sido construido alrededor del siglo IX. 

Fue utilizado como prisión de reyes navarros y condes castellanos. El rey de León Fernando I puso preso a su hermano García Sánchez III, rey de Navarra el año 1035. El escudo de armas de esta villa ostentaba en campo de oro la banda negra, propia de la Casa de Sandoval. Cea fue capital de los vacceos y se honra con recuerdos de los primeros siglos del cristianismo, apropiándose los santos mártires Facundo y Primitivo. 


La villa de Cea, la «Ceiam civitaten mirificam», fue repoblada por Alfonso III el Magno en el siglo IX, siendo capital de una extensa jurisdicción. Se dice que Don Pelayo se retiró a Cea huyendo de las persecuciones de Witiza. Fue muy pronto adquirida por la corona de León, con el nombre de Zejia. Sancho de Navarra la unió a Castilla, con todo lo que cae a la izquierda del río Cea. Fue posesión de varios señores: los Alburquerque, los Núñez de Guzmán y los Gómez de Sandoval y Rojas, Duques de Lerma, Denia y Uceda, señores de Cea y su término, en el siglo XVII. 

Don Pedro I el Cruel o el Justiciero se lo arrebató a Don Juan Alfonso de Alburquerque, destruyendo la fortaleza cuando en Trianos intentaba seducir a la bella Maria de Padilla. Más tarde, en el 1419, el adelantado Diego Gómez de Sandoval compró el señorío de la villa que luego se elevó a marquesado en tiempos de Felipe III, vinculado a Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, I Marqués y I Duque de Cea.

La fortificación medieval está compuesta por un recinto de murallas, conservadas sólo al norte y oeste, de mampostería con argamasa; están dotadas de almenas y forman un recinto de unos 90 x 40 m. En el extremo oeste se construyó en la Baja Edad Media un torreón del homenaje de planta rectangular, de 17 x 10 m., con torres adosadas a los ángulos. Tiene cuatro plantas, abovedadas, con gran número de elementos defensivos: saeteras, troneras de ojo de llave, almenas; mas algunas estructuras palaciegas: cortejadores, vanos de sillería. El acceso a las plantas superiores se realiza por pasillos practicados intramuros, de piedra y ladrillo. Por el exterior del recinto, al sur y este, puede verse un ancho y profundo foso que reelevó el nivel del castro premedieval, por lo que en sus taludes se recogen abundantes materiales de esas épocas. 


A principios del siglo XX fue utilizado como cantera para construir la nueva iglesia del pueblo, inaugurada en 1909 lo que provocó la ruina total del castillo. Actualmente solo se conservan un torreón y un arco de entrada de la muralla.​ Su propietario actual es el ayuntamiento de Cea, que debido al estado ruinoso en el que se encontraba, en 2015, llevó a cabo obras para evitar su total derrumbamiento. 



FUENTES: www.castillosdelolvido.com 
                   Wikipedia 

El Greco: La Anunciación


Realizado entre 1597 y 1600. Óleo sobre lienzo de 315 X 174 cm. 

Pintada para el retablo mayor del Colegio de la Encarnación (Madrid), un seminario agustino más conocido por el nombre de su fundadora, doña María de Córdoba y Aragón. La Anunciación se encontraba en la parte central del piso inferior del retablo, flanqueada por la Adoración de los Pastores(actualmente en Bucarest) y el Bautismo, mientras que en el centro del piso superior se situaba la Crucifixión, y a ambos lados de esta la Resurrección y el Pentecostés. En esta obra el arcángel Gabriel se dirige a María en el interior de un espacio doméstico que ha sido ocupado por nubes y un nutrido grupo de ángeles que acompañan al Espíritu Santo, la blanca paloma que aparece en el centro. Gabriel está de pie a la derecha de la composición, frente al espectador, con el torso girado hacia la derecha y los brazos entrecruzados sobre el pecho. María contempla al arcángel con gesto sereno y las manos extendidas. Está arrodillado sobre un estrado, ante un atril donde descansa un libro abierto, que sugiere que la milagrosa aparición ha interrumpido un momento de lectura. Entre las dos figuras principales, en primer término, un cesto de costura contiene arrebujados un paño blanco y otro carmesí. Detrás, un zarzal con algunas ramas ardiendo. Coronando la composición ocho ángeles adultos, sentados sobre nubes, ofrecen un concierto. El Greco había tratado el tema de la Anunciación en una decena de ocasiones; cuatro de ellas con anterioridad a esta tela del Prado. En la Anunciación madrileña el Greco culmina un proceso de transformación del episodio en el que simplifica la escenografía, depura la composición y subraya la presencia celestial dando espectacular protagonismo a la luz y el color. Sin embargo, la base compositiva e iconográfica de la Anunciación está tomada de una creación de Tiziano divulgada a través de una estampa de Cornelis Cort: una Encarnación pintada para la iglesia de San Salvador de Venezia, también de la orden agustina, realizada hacia 1564-65, y en la que, además de la composición misma, se mantiene el protagonismo de la luz y la importante presencia angélica. El artista incluyó en varias de sus composiciones, sobre todo de temática mariana, ángeles músicos que, por lo demás, eran bastante frecuentes en la representación de la Anunciación a lo largo de todo el siglo XVI, a buen seguro por influencia de algunos evangelios apócrifos, como el Evangelio armenio de la Infancia que describe la alegría celestial en términos musicales: Y luego que la Virgen recibió el anuncio de su concepción por el Espíritu Santo, vio a los coros angélicos que le entonaban cánticos de alabanza (V. II). En esta tela, los instrumentos que tocan los ángeles forman una curiosa agrupación, sustentada entre las nubes que inundan el espacio de la composición. Los músicos se aprietan en círculo, en torno al ángel de la izquierda que lleva un libro de música y ejecuta con la mano derecha el característico gesto de dirección. Los otros ángeles llevan una flauta dulce, un arpa gótica, un laúd, un virginal y una viola da gamba. Los ademanes de estos músicos, la elegante concentración que destilan, invitan a pensar en un concierto real, aunque tal idea deba descartarse por la mezcla de instrumentos. El virginal estaba relegado a círculos femeninos, y dentro del mundo religioso sólo se utilizaba en conventos de monjas. Su representación aquí es imaginaria, dado que ni la forma de la caja ni el minúsculo teclado se corresponden con la realidad. El arpa gótica por su parte es uno de los instrumentos bíblicos por excelencia, asociado al rey David. Los instrumentos más característicos de la música sacra, los de viento, estarían aquí tímidamente representados por la flauta dulce. Podría interpretarse que tal mezcla de instrumentos pretendiera simbolizar toda la música, la sacra y la profana, participando en un concierto extraordinario en el único lugar donde esa música es posible, el cielo, que se convierte así en un espacio de fiesta. 





FUENTE: Museo de El Prado