Flavio Claudio Constantino (Constantino III) el 407 y del 411 al 421

 


DINASTÍA TEODOSIA EN OCCIDENTE



Se desconoce la fecha del nacimiento de Constantino III, así como sus antecedentes familiares.
    La usurpación, igual que otras maniobras políticas, formaba parte de la manera romana de transmitir el poder; y, no fue siempre algo tan destructivo como pudiera parecer. Al comenzar el siglo V, las tropas acantonadas en Britania, temerosas por las noticias de las invasiones que se avecinaban, y sintiéndose abandonadas por el emperador Honorio, se amotinaron; poniendo en el trono a Marco, al que de inmediato depusieron y asesinaron, sustituyéndole por Graciano, que sufrió la misma suerte que Marco, tan sólo pasados cuatro meses. Trás lo cual, el año 407, alzaron como emperador a un soldado raso llamado Constantino. El cual, tras ser elevado al trono, dio comienzo a un proyecto bastante ambicioso: pretendiendo emular en su proceder dinástico a Constantino el Grande, como lo muestran los nombres que impuso a sus hijos: Constante y Juliano; y en sus planes estratégico-militares, similares a los que llevó a cabo Constantino I con Majencio. Pero, sin duda, lo más significativo y lo que le diferencia de los anteriores usurpadores británicos, es que tuvo la intención de poner en marcha un proyecto político (el Imperium Galliarum) a imitación del existente en el siglo III. Entonces, lo que se reclamaba era la figura de un emperador romano en el sentido más puro del término, ya que la situación que se vivía, dos siglos después, en las provincias occidentales de Britania, Galia e Hispania, no era muy diferente.
    Constantino, tan pronto como obtuvo el poder, partió al mando de sus tropas hasta Bononia (Boulognesur-Mer), el puerto más cercano de la costa gala, para hacerse con el control de la Galia; con lo que aseguraba Britania, evitando disturbios, y para reclutar bárbaros que sirviesen en su ejército, escaso de efectivos. Honorio, desde Rávena, incapaz de combatir en todos los frentes que tenía abiertos, tomó al ejército de Constantino como el verdadero problema, haciendo que Estilicón enviase tropas para derrocarlo. En un primer momento, se logró poner en jaque al usurpador, asesinando a su general Justino y a su magister militum, Neobigastes; con lo que Constantino se vio obligado a refugiarse en Valentia, y, tras un asedio de siete días, el atacante se retiró, temeroso de los nuevos generales que Constantino III había nombrado: el franco Edobinco y el británico Geroncio. De nuevo con la suerte de su lado, Constantino emprendió su camino hacia el sur, hasta recalar en la estratégica Arelate (Arlés), donde estableció su capital. Desde allí, por fin podía acometer la ansiada empresa, consistente en completar su dominio de las provincias occidentales, la Prefectura de las Galias (a falta de Hispania) y así ser reconocido por Honorio como coempreador.
    No constituye un secreto que Hispania estuvo, desde el primer momento, entre los planes de Constantino III. Es por ello que, tan pronto llegó a la Galia, envió a Hispania magistrados, que fueron admitidos sin poner ninguna dificultad. En Hispania, el recuerdo de Teodosio todavía era fuerte, además de lazos de parentesco que unían a su hijo Honorio con una parte de la élite hispana. No era una aristocracia terrateniente, sino gente con amplias propiedades y sin cargos, residiendo su poder en sus relaciones con los círculos políticos y de la corte. A pesar de no conocer las motivaciones exactas; posiblemente el temor a la pérdida de su estatus, unido a la defensa de sus derechos, además de factores ideológicos (prestigio, honor, patriotismo), la realidad es que estos personajes organizaron una auténtica resistencia contra el usurpador, encabezada, por los hermanos Dídimo y Veriniano, y por sus primos Teodosiolo y Lagodio.
    Dado el vacío de poder regular, organizaron sus propios ejércitos privados, costeados por ellos mismos, reclutandolos entre esclavos, colonos, clientes, pastores y agricultores de sus propias tierras. Ante estos acontecimientos, Constantino entendió que debía conquistar Hispania, por lo que, elevó a su hijo Constante a la dignidad de césar, enviándole, junto con Apolinar, prefecto del pretorio, y Geroncio, su mejor general, a Hispania. Constante, nada más llegar, decidió establecer su capital en Caesaraugusta, ciudad estratégica por su buena comunicación con el sur de la Galia y el Mediterráneo, además de tener una importante carga simbólica. Los usurpadores continuaron su camino, dirigiéndose en dirección a Emerita (Lusitania). Allí tendrían lugar los primeros enfrentamientos con las tropas resistentes, que debilitaron a los usurpadores hasta tal punto que se vieron obligados retroceder y reclamar refuerzos. La resistencia teodosiana pretendió defender la entrada de los Pirineos, para evitar la entrada de los refuerzos que Constantino III había enviado en auxilio de su hijo. Constante, Geroncio, y sus tropas, acabaron definitivamente con los ejércitos privados de los hispanos. Teodosiolo huyó a refugiarse en Rávena, junto a Honorio, mientras que Lagodio optó por refugiarse en Constantinopla, con Teodosio II. Los otros dos duces, Dídimo y Veriniano, tuvieron menos fortuna, ya que fueron hechos prisioneros por Constante, antes de ser llevados ante su padre en Arlés, donde serían decapitados.

Mientras tanto, sigilosamente, Constantino III, sabiéndose dueño de su propio Imperium Galliarum, aguardó a que la posición de Honorio estuviese lo bastante deteriorada como para reconocerle como colega imperial. Sería, en el 408, poco después de la caída en desgracia y posterior ejecución de Estilicón, cuando las circunstancias le serían favorables para coger desprevenido a Honorio. A principios del año 409, Constantino envió a Honorio una embajada, solicitando su reconocimiento como emperador. Y éste, desbordado por las circunstancias: no andaban lejos los godos de Alarico, y, además, desconocía la ejecución de sus parientes Dídimo y Veriniano, no tuvo más remedio que aceptarlo. El sabor de la victoria, para Constantino III, pese a todo, fue extremadamente breve. Unos meses más tarde, su propio bando, comandado por Geroncio, sería el que lo traicionase. Éste, posiblemente, se sintió amenazado por el nombramiento del nuevo general, Justo, pero el caso es que se levantó contra Constantino y, establecido en Tarraco, nombró a su propio emperador: Máximo. 
    Las luchas desencadenadas por este episodio terminarían con el Imperio de Constantino, con la vida de Constante y con la detención y posterior ejecución de Constantino y Juliano por parte de Honorio. Para Hispania también hubo consecuencias, ya que, las gentes que habían ido entrando hicieron que se vieran cumplidas las dramáticas palabras de San Jerónimo: ipsae Hispaniae iam iamque periturae (Hier. Epist. CXXIII, 16). No puede decirse que perecieran, pero no puede negarse que cambiaron.


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