Claudio Flavio Julio Constantino (Constantino II) del 337 al 340
DINASTÍA CONSTANTINA
En el año 316, cuando Constantino nace en Arlés, el Imperio Romano estaba experimentando una de sus transformaciones más profundas. Su padre, Constantino I, había consolidando su poder en Occidente tras su victoria en el Puente Milvio del año 312. La Tetrarquía, instaurada por Diocleciano para estabilizar el Imperio, mediante un gobierno de cuatro emperadores, se había desmoronado en una serie de guerras civiles. Su nacimiento, como primer hijo varón de Constantino y su segunda esposa, Fausta, fue un evento de importancia. No era solamente el nacimiento de un niño; era la promesa de una nueva dinastía, un alejamiento de La Tetrarquía hacia un modelo hereditario que aseguraría el poder en su linaje.
El 1 de marzo de 317, en Serdica (actual Sofía), con tan sólo un año de vida, fue proclamado césar. El nombramiento, junto con el de su hermanastro Crispo (hijo de Constantino con su primera esposa, Minervina) y su primo Licinio (hijo de Licinio, el emperador de Oriente), fue un claro mensaje político, ya que estaba diseñando el futuro, colocando a sus vástagos en la línea de sucesión. La púrpura de césar confería una autoridad real, aunque subordinada, marcando el inicio de una vida dedicada al servicio y al mando del Estado.
La infancia y juventud de Constantino II transcurrieron en las Galias (actuales Francia, Gran Bretaña, España y partes de Alemania) con capital en Augusta Treverorum (Tréveris), una ciudad que su padre había convertido en una de las capitales oficiosas del Imperio Occidental, aunque no era un remanso de paz, era un centro neurálgico militar, la primera línea de defensa contra las incursiones de las tribus germánicas al otro lado del Rin. Crecer en este entorno forjó el carácter del joven césar. Su educación fue la que se esperaba de un príncipe romano del siglo IV. Fue instruido por los mejores, con una preparación intensa sobre la literatura latina y griega, el derecho romano y la historia, con un estudio profundo de las hazañas de los grandes generales como Alejandro Magno, Escipión el Africano y, por supuesto, su propio padre. Pero donde adquirió mayor formación, fue en el entorno de la corte y el campamento militar. Su padre puso especial énfasis en que su nombre se asociara con el éxito militar; a pesar de que las campañas fueran dirigidas por generales experimentados, siempre se llevaban a cabo en su nombre. En las operaciones que tuvieron lugar en el año 330 contra los alamanes recibió el título honorífico de Alamannicus. Aunque, más significativa fue la campaña del 332, que tuvo lugar en la frontera del Danubio, cuando los godos tervingios cruzaron el río, amenazando la estabilidad de la región. Fue entonces cuando Constantino I envió a su hijo —con dieciséis años—, al frente del ejército, aunque de forma nominal. Las legiones romanas infligieron una seria derrota a los godos, matando a miles y forzándolos a un tratado que les obligaba a proporcionar reclutas al ejército romano. La victoria, celebrada con gran pompa, se le atribuyó, consolidando su imagen como digno heredero militar.
Durante estos veinte años como césar, también tuvo responsabilidades de carácter administrativo; presidía tribunales, supervisaba proyectos de construcción y era el punto de referencia del gobierno imperial en Occidente. También aprendió el complejo arte de gestionar a la aristocracia senatorial galo-romana, un poderoso grupo, orgulloso con vastas propiedades y una arraigada identidad cultural. Gobernó sobre una región de una gran importancia económica, crucial por el suministro de grano de Britania y los metales preciosos de Hispania. Esta larga experiencia como gobernante subalterno, bajo la atenta mirada de su padre, le proporcionó una sólida formación, que pudo sembrar en él un profundo sentido del derecho y una gran impaciencia por ejercer el poder supremo de forma independiente.
Llegamos así, al 22 de mayo del año 337, cuando Constantino el Grande muere en Ancirona, cerca de Nicomedia. Su muerte, aunque no inesperada, dejó un peligroso vacío de poder. Durante más de una década, había sido el único dueño del Imperio Romano, una figura colosal siendo su autoridad indiscutible. Planeó una sucesión por la que dividía el imperio entre sus tres hijos y dos de sus sobrinos. Un plan, que recordaba poderosamente a La Tetrarquía pero que pretendía evitar las guerras civiles que él mismo había librado. Pero, subestimó la ambición de sus hijos y la lealtad del ejército. La noticia de su muerte desató el caos. Constancio II, su segundo hijo, que se encontraba en Oriente, llegó primero a Constantinopla para supervisar los funerales de su padre. Fue entonces cuando se produjo una de las purgas más brutales de la historia romana. Los soldados de la guarnición, indignados ante la idea de que alguien fuera de la descendencia directa de Constantino gobernara, se amotinaron. El resultado fue una masacre sistemática de los parientes masculinos de la familia imperial. Julio Constancio, hermanastro de Constantino el Grande, fue asesinado junto con su hijo. Dalmacio, el césar que debía gobernar los Balcanes, fue ejecutado. Anibaliano, a quien Constantino había nombrado "Rey de Reyes" para que gobernara sobre los territorios recién conquistados de Armenia y el Ponto, también fue eliminado. En cuestión de semanas, la compleja red de sucesión de Constantino quedó reducida a sus tres hijos: Constantino II, Constancio II y Constante. Dos primos, Galo y Juliano (hijos de Julio Constancio), se salvaron milagrosamente, probablemente debido a su aparente irrelevancia política.
El papel de los tres hermanos en esta purga es objeto de debate. Las fuentes antiguas presentan a Constantino como el principal instigador, siendo muy poco probable que una purga de tal magnitud pudiera haberse llevado a cabo sin su conocimiento. El papel de Constantino II es más oscuro, puesto que, al estar en las Galias, no pudo dirigir los acontecimientos, pero fue informado y dio su aprobación, ya que, la eliminación de sus primos consolidaba su poder y eliminaba a potenciales rivales. La masacre del año 337 fue un acto fundacional del nuevo régimen, un bautismo de sangre que demostró que los hijos de Constantino estaban dispuestos a todo para asegurar su herencia.
En septiembre del 337, los tres hermanos se encontraron en Viminacium (Panonia), para formalizar la nueva estructura: proclamaron augustos, asumiendo el título que su padre había ostentado en solitario. Dividieron el imperio entre ellos, siguiendo las líneas de sus anteriores responsabilidades como césares: Constantino II, como hermano mayor, recibió las prefecturas de las Galias, Britania e Hispania, un territorio que conocía perfectamente, al haberlo gobernado durante dos décadas; Constancio II se quedó con la porción más extensa y estratégica: la prefectura de Oriente (Tracia, Asia Menor, Siria y Egipto, siendo su principal tarea, contener la amenaza continuada del Imperio Sasánida; y, Constante, el más joven, que recibió un importante dominio que incluía Italia, África y las vastas provincias de Iliria y los Balcanes. Pero, el acuerdo contenía una cláusula que sembraría la discordia. Debido a la juventud de Constante, Constantino II fue nombrado su tutor. Arreglo que tenía sentido, pues el hermano mayor y más experimentado debía guiar al menor. Así, Constantino II se sentía con derecho a supervisar e intervenir en los asuntos de Italia y África, dos de las provincias más ricas y prestigiosas del imperio. Para él era una jerarquía en la que él ocupaba la cúspide. Esta sería —cuando Constante alcanzara la mayoría de edad—, el casus belli de la inminente guerra civil.
Como Augusto, Constantino II continuó gobernando desde Tréveris. Su prioridad siguió siendo la defensa de la frontera del Rin. El ejército de las Galias era uno de los más profesionales y leales del imperio, y el emperador que lo mandaba gozaba de un inmenso poder y prestigio. Supervisó las fortificaciones fronterizas, negociado con las tribus germánicas a través de la diplomacia y las demostraciones de fuerza, asegurado el flujo de reclutas y suministros.
En el ámbito civil, continuó la política de su padre, fortaleciendo la burocracia imperial y asegurando la recaudación de impuestos. La aristocracia galo-romana fue un pilar de su régimen, y tuvo que equilibrar sus intereses con las demandas del gobierno central. Sin embargo, a pesar de su larga experiencia, su carácter era impetuoso y arrogante. Más allá de la política, el reinado de los hijos de Constantino estuvo dominado por la controversia arriana. El Concilio de Nicea celebrado en el año 325, que fue convocado por Constantino el Grande, intentó zanjar el debate sobre la naturaleza de Cristo, estableciendo que el Hijo era de la misma sustancia que el Padre. A pesar de ello, el arrianismo, que sostenía que el Hijo era una criatura creada por el Padre y, por tanto, subordinado a él, seguía teniendo una enorme influencia, especialmente en Oriente. Los tres hermanos tomaron posturas divergentes en este conflicto: Constancio II en Oriente se inclinó decididamente hacia el arrianismo, convirtiendose su Corte en Constantinopla en un refugio para los obispos arrianos; Constante, en el centro, se erigió como campeón de la ortodoxia nicena, su defensa de los obispos pro-nicenos le granjeó el apoyo del poderoso obispo de Roma; y, Constantino II también se adhirió al Credo de Nicea, uesto que, para él, defender la ortodoxia occidental era una forma de afirmar su superioridad como el verdadero heredero del legado de su padre, desafiando a su hermano Constancio. La manifestación más clara de esta política fue su intervención en el caso de Atanasio de Alejandría, el cual era la figura más importante del partido niceno. Desterrado por Constantino el Grande en el año 335 a Tréveris, se encontraba en el territorio dominado por Constantino II cuando el viejo emperador murió. En el 337, Constantino II no solo le permitió regresar a su sede episcopal en Alejandría, sino que lo hizo con una carta de apoyo que afirmaba que su regreso cumplía los deseos de su difunto padre. Esto fue una bofetada para Constancio II, en cuyo territorio se encontraba Alejandría, ya que instalaba al mayor enemigo de los arrianos en el corazón de su dominio, Constantino II utilizaba la política eclesiástica como un arma para desestabilizar a su rival y afirmar su primacía en los asuntos imperiales.
Mientras Constantino II utilizaba la religión para competir con Constancio, su mayor fuente de frustración era su hermano Constante. Su tutela, que le otorgaba una autoridad teórica sobre Italia y África, se convirtió en el punto de fricción. A medida que Constante crecía, comenzó a gobernar su territorio de forma independiente, ignorando las directrices de su hermano mayor, rodeándose de sus propios consejeros y generales, y dejando claro que no tenía intención de ceder ni un ápice de su soberanía. Para Constantino II, esto era inaceptable. Se sentía estafado por el reparto del año 337; consideraba que su dominio, aunque estratégico, era menos prestigioso y rico que la de sus hermanos. Creía que Italia, con la antigua capital de Roma, y África, el granero del imperio, eran territorios que le correspondían por derecho de primogenitura. Exigió que Constante le cediera el control de esas provincias, pero, Constante, sintiéndose seguro de la lealtad de sus veteranas legiones ilirias, se negó rotundamente. La correspondencia entre ambas Cortes se volvió cada vez más hostil. A finales del 339, fracasada la diplomacia y convencido Constantino II, de su superioridad militar y moral, decidió tomar por la fuerza lo que creía que era suyo.
Al comenzar la primavera del año 340, Constantino II movilizó a sus ejércitos, cruzó los Alpes y descendió sobre el norte de Italia; pretendía una guerra relámpago. Sus cálculos estratégicos se basaban en supuestos erróneos: subestimó a su hermano, al que consideraba un joven inexperto, creyendo que su régimen se desmoronaría ante una demostración de fuerza; esperaba que las ciudades y guarniciones de Italia le abrieran las puertas, reconociéndolo como el augusto principal; y, por último, eligió un mal momento, ya que, Constante no se encontraba en Italia, sino en la provincia de Dacia, supervisando la frontera del Danubio, lo que significaba que su hermano estaba rodeado por las tropas más duras y experimentadas de todo el ejército romano.
En un principio, el avance inicial de Constantino II tuvo éxito, superando las primeras defensas y avanzando hacia Aquilea, un nudo de comunicaciones vital que controlaba el acceso a la península itálica. Pero Constante reaccionó con celeridad y astucia, algo que su hermano no había previsto. En lugar de regresar él mismo, despachó a un contingente de sus mejores tropas de Iliria, veteranos curtidos bajo el mando de generales competentes y leales. La estrategia de estos generales fue brillante en su simplicidad. En lugar de enfrentarse al ejército invasor en una batalla campal, donde la superioridad numérica del enemigo, podría haber sido un factor determinante, optaron por la guerra de guerrillas, atrayendo al impetuoso Constantino II cada vez más adentro de su territorio, lejos de sus líneas de suministro y en un terreno que ellos conocían a la perfección. Constantino II, ansioso por obtener una victoria decisiva, mordió el anzuelo, y cerca de Aquilea, mientras mandaba una fuerza de reconocimiento, las tropas de Constante, ocultas en los bosques, surgieron de repente, rodeando al destacamento del emperador. El combate fue una masacre y el contingente de Constantino II fue aniquilado. El propio emperador murió en la refriega. Su cuerpo fue recuperado y arrojado al río Alsa.
La noticia de su muerte puso fin a la campaña. Al desaparecer su líder, el ejército, compuesto por tropas más leales hacia el emperador que hacia la causa, se desintegró. Algunos se rindieron, otros desertaron e intentaron regresar a las Galias. Constante, sin haber participado en la batalla, se convirtió en el dueño de todo el Imperio Occidental. La guerra fratricida había terminado casi tan rápido como había comenzado, dejando a uno de los tres augustos muerto, con una tumba anónima y la erradicación de su legado de la historia de Roma.
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