Lucio Domitio Aureliano (Aureliano) desde el año 270 al 275

 


CRISIS DEL SIGLO III (235 al 284)

Emperadores Llirios


Aureliano nació el 9 de septiembre del año 214 o 215, aunque se desconoce el lugar de nacimiento; especulándose que fuera en Serdica o Sirmio, ambas localidades de la provincia de Moesia. Desconocemos mucho de su infancia, excepto que provenía de orígenes modestos y que su padre era colono de un senador llamado Aurelio. Durante el reinado de Galieno, tuvo una exitosa carrera, a pesar de lo cual, participó en la conspiración que le acabaría dando muerte. Con el ascenso del usurpador Claudio II, Aureliano fue hecho dux, comandante de la caballería. A pesar de los éxitos obtenidos en los enfrentamientos contra godos, vándalos y jutungos en la frontera del Danubio, el reinado de Claudio tuvo su fin cuando este sucumbió a la plaga del año 270. El hermano de Claudio, Quintilo, le sucedió como emperador, aunque solo reinó durante unos pocos meses. Pronto, Aureliano, se alzó como un rival de Quintilo, y cuando fue aclamado emperador por las tropas, se deshizo de su rival en septiembre o noviembre del 270.




Una vez en el poder, se apoderó de la ceca imperial de Siscia, en la actual Croacia. Acuñando monedas de oro que distribuyó, como donativos, entre sus soldados para garantizar su lealtad. A continuación volvió su atención a la guerra contra los jutungos y los vándalos, que no habían sido derrotados por Claudio II. Los jutungos habían invadido la península y, tras saquear el norte, se dirigieron de regreso a sus tierras con un importante botín, cuyo peso hacía mucho más lenta la travesía. Como consecuencia, después de ser alcanzados, los jutungos prometieron a Aureliano contribuir con 40.000 jinetes y 80.000 soldados en el ejército romano. Tras esto, el emperador se dirigió contra los vándalos en Panonia. Localizado el grueso del ejército vándalo, en lugar de atacarlos puso en práctica la táctica de tierra quemada. Táctica que funcionó, por lo que los vándalos pronto buscaron la paz, ofreciendo a Aureliano el servicio de 2.000 de sus jinetes, a cambio de recibir alimentos para no morir de hambre en su regreso a casa.

Con estos asuntos resueltos, Aureliano regresó a Roma, donde se tuvo que enfrentar con una revuelta de los trabajadores de la ceca imperial. Éstos, en ausencia del emperador, se habían declara tan independientes que se había acercado a la insubordinación. Tal comportamiento llevó a algunos a la corrupción, llenándose los bolsillos con monedas imperiales. Al parecer, los esfuerzos de Aureliano para abordar el problema de la moneda al comienzo de su reinado pudo haber incomodado a los trabajadores. Otra posible causa, podría haber radicado en el hecho de que su líder, el rationalis Felicísimo, el funcionario fiscal jefe, pudo haber sido instrumento de los intereses senatoriales y ecuestres que se sintieron amenazados por el gobierno de Aureliano. En cualquier caso, la revuelta duró muy poco antes de ser sofocada por Aureliano, quien cerró la ceca de Roma. Otras amenazas internas, incluyeron cuatro intentos de usurpación por parte de Septimino o Septimio y Domiciano, los cuales fueron rápidamente descubiertos y aplastados. Aureliano hizo todo lo posible por ganarse el apoyo del pueblo, cancelando deudas al tesoro y quemando los registros relevantes. Esto hizo que cayera mal a los ricos y les aplicara impuestos punitivos. El Senado que desconfiaba de él, al darse cuenta de que poco podía hacer al respecto, le concedió su aprobación.

En el año 271, Aureliano tuvo que defender al imperio de nuevas incursiones de los jutungos, alamanes y marcomanos. Tras pactar una paz con los jutungos en Milán en el año 271, la tribu rompió su palabra y atacó a los romanos, infligiéndoles una importante derrota, aunque, Aureliano, les derrotó en Fano Fortuna, Metauro y Tesino, cerca de la actual Pavía. Pero estas batallas no supondrían el final del conflicto, ya que los invasores se reagrupaban y continuaban sus ataques en otros lugares. Aureliano debían anticiparse a los movimientos del enemigo, encontrarlos y derrotarlos; algo que logró, regresando a Roma tras esta campaña. Sus victorias solo le habían brindado un breve respiro.

Ya en Roma, proclamó un triunfo germánico, aunque sabía que esto no aliviaba los temores de los habitantes de la ciudad ante un nuevo ataque bárbaro. Tras reunirse con el Senado, propuso la construcción de una muralla alrededor de la ciudad, para lo cual se movilizó a trabajadores para esta tarea, construyéndose una muralla defensiva de 6,5 metros de altura y casi 19 kilómetros de longitud. A continuación marchó a los Balcanes con su ejército, derrotando a los godos de la zona y matando a Cannabaudes, su líder. A pesar de esta victoria, se dio cuenta de que la provincia de Dacia, situada al otro lado del Danubio, era muy difícil y costosa de defender, por lo que organizó el paso de los habitantes de la provincia al otro lado del río, en la nueva provincia de Dacia Aureliana, que se creó partiendo de la antigua provincia moesiana. El siguiente paso fue contra el rebelde Imperio de Palmira, que había arrebatado gran parte de las posesiones orientales a Roma y las había puesto bajo el control de la reina Zenobia y su hijo Vabalato. Campaña que dio comienzo en el año 272. Aureliano marchó a través de Asia Menor y la reclamó para Roma, encontrando muy poca resistencia. Cuando Aureliano ofreció clemencia a las ciudades que se resistieron, como Tiana, no tomando represalias una vez reconquistadas para Roma, la noticia de esta política conciliatoria se extendió a otras ciudades, que le abrieron sus puertas sin resistencia alguna. A continuación Aureliano derrotó a las fuerzas de Zenobia en la Batalla de Immae y en Emesa. En menos de seis meses, Aureliano y su ejército se encontraban a las puertas de Palmira, que se rindió. Zenobia intentó huir con su hijo al Imperio sasánida persa, pero fueron capturados y obligados a caminar por las calles de Roma en el triunfo que Aureliano celebró posteriormente. Después, Aureliano marchó, de nuevo, hacia el oeste, donde venció a los carpos en el Danubio. Palmira intentó rebelarse, lo que le obligó a regresar al este y saquear la ciudad en el año 273. Palmira no recuperaría el poder del que había disfrutado anteriormente. Más adelante, dirigió su atención al rebelde Imperio galo, en el oeste, que en ese momento controlaba las provincias galas y británicas; derrotándolos en la Batalla de los Campos Catalaúnicos, lo que llevó al emperador galo Tétrico a abandonar a sus tropas y buscar la paz. Aureliano le concedió clemencia, y marchó junto a Zenobia en el triunfo en el que Aureliano celebraba la reintegración de los imperios galo y palmirense en el mundo romano. Para celebrarlo, Aureliano se autoproclamó restitutor orbis (restaurador del mundo).
    Aureliano es conocido por promover el culto a Sol Invictus (dios del sol invicto), para lo que creó un sacerdocio oficial y se erigió un templo en el Campo de Marte. Aunque no pretendía disminuir el papel de los dioses tradicionales del Estado romano, esperaba utilizar a Sol Invictus como un medio para lograr cierta unidad religiosa.
    En el año 275, Aureliano estaba planeando emprender una importante campaña contra el Imperio sasánida, aprovechando el debilitamiento del liderazgo que se había producido en el trono persa tras la muerte de Sapor I alrededor del año 272; pero antes de poder llevarla a cabo, fue asesinado, en el mes de septiembre del 275, durante un complot en Cenofrurio, cerca de la ciudad de Bizancio.
    Aureliano ha sido descrito como un emperador despiadado y cruel. Su apodo, manu ad ferrum, "mano en la empuñadura", sugiere que podría haber resuelto los problemas con la espada en lugar del diálogo. Sin embargo, esto entra en conflicto con el hecho de que ofreciera clemencia en varias ocasiones. El hecho de que se lo describa así puede ser evidencia de un sesgo en su contra por parte de los historiadores que escribieron sobre él. La muerte de Aureliano contribuyó, en gran medida, a eliminar las amenazas existentes, pero no puso fin a la incertidumbre que sufriría el imperio hasta el año 284, con el ascenso de Diocleciano.

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Ramón Martín

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