La Masonería: Portugal, objetivo de los masones españoles
Siempre ha sido Portugal, un espacio
preferente para los desahogos demográficos que, en la época contemporánea,
convirtieron en exiliados y emigrantes a un considerable número de españoles.
Un intenso flujo de idas y venidas, a veces sin vueltas, entre los dos países.
Aunque es cierto que París y Londres fueron destinos prioritarios, no debemos
despreciar el flujo hacia Oporto y, fundamentalmente, Lisboa. Referencias
constantes de la emigración española a lo largo del siglo XIX, tanto de los que
necesitaban amparo político, como los que buscaban salida a sus necesidades
económicas.
A partir del tercer cuarto del siglo
XIX, las logias masónicas tuvieron su mayor relevancia, en los emigrantes de
media y larga duración. Tenemos constancia de la existencia de cuerpos
masónicos formados por españoles afincados en Portugal. Un buen número de
refugiados españoles fueron masones. La extensión de la frontera, su
permeabilidad y la puesta en funcionamiento de la línea ferroviaria Lisboa -
Madrid, acentuaban la opción natural de todos aquellos que buscaban una salida
fácil y rápida del territorio español. A esto se suma el poco interés, en
ocasiones, de ambos gobiernos para controlar el flujo de emigrantes. Bajo la
hegemonía del moderantismo, moderados en España con Narváez, y cartistas en Portugal con Costa Cabral, el entendimiento en lo
que se refiere a los exiliados, fue completo. Salustiano de Olózaga, exiliado en
Portugal tras ser defenestrado al frente del gobierno, fue el primer en sufrir
la presión ejercida por el ministerio de González Bravo, contrariado con el
gabinete luso, por permitirle la estancia. Bravo requirió la expulsión,
requerimiento que el duque de Terceira se vio obligado a admitir, enviando a Olózaga a Inglaterra. A esta
solicitud corresponderá Narváez prestando completa
colaboración en la detención de los refugiados que atravesaron la frontera en
1844, con motivo de la sublevación liderada por José Estevâo.
Como hemos podido constatar, el
trasiego de exiliados de un país a otro, fue continuo. Llegamos así a 1863,
cuando el derrotero revolucionario que tomaba, en Portugal, la oposición
política y las sospechas de que viniera a trabajar a favor de la aceptación por
parte de Luis I, entronizado tras la muerte
de su hermano Pedro V, de la corona española y
proclamarse emperador de una futura Iberia, los ministerios de Arrazola y Mon, pusieron especial interés en la vigilancia de los emigrados
españoles. El ministro de Portugal en Madrid, Luis Pinto de Soveral, avisaba del compromiso iberista de los
progresistas Olózaga y Prim, que utilizaban la bandera de
la Unión Ibérica, con una clara intención política y estratégica.
La fallida sublevación militar
encabezada por Prim en Villarejo de Salvanés, iba
a hacer patente la colaboración del gobierno portugués, ya que esta intentona
del conde de Reus, era considerada por la opinión pública como una acción claramente iberista,
destinada a destronar a Isabel II, y pretender la unión con
Portugal bajo el cetro de Luis I. Prim y el reducido grupo e
oficiales que le secundaron: Manuel Pavía,
Lorenzo Miláns del Bosch y José Merelo, junto a los redactores de
La Iberia: Carlos Rubio y Federico Gómez, establecieron su
residencia en Lisboa, mientras que el resto de la oficialidad y los soldados de
los regimientos sublevados, fueron destinados a los depósitos de Leiría,
Setúbal y Cascáis. El propio Prim se encargaría de desmentir que
el pronunciamiento tuviera que ver con las pretensiones iberistas.
Al poco, el gobierno Aguilar, tras la
publicación en la prensa portuguesa del manifiesto "A los españoles", de autoría del conde de Reus, donde
criticaba al régimen vigente en Portugal, se veía en la obligación de
expulsarle del país. A comienzos del mes de marzo, Prim, acompañado por Miláns, Pavía,
Campos, Monteverde, Damato y Carlos Rubio, embarcaban hacia Southampton.
La presencia de Prim y el resto de refugiados
españoles, coincidió con un aumento de la actividad masónica en Portugal. Las
logias lusas despertaron de su letargo y se radicalizaron, lo que favorecía a
los intentos revolucionarios que iban a sucederse en España. Esto colocaba al
gobierno portugués en una situación muy difícil, por el apoyo de la opinión
pública a los refugiados españoles. La sublevación del cuartel de San Gil el 22
de junio, con la participación de demócratas y elementos civiles, trajo consigo
el retraimiento de Prim y otros líderes progresistas.
Los soldados españoles internados en Portugal, encabezados por 18 oficiales
fugados, ese mismo día, de los depósitos de Aveiro y Leiría, secundaron desde
la frontera a los sargentos sublevados. El gobierno portugués detuvo a los
oficiales escapados, enviándoles a archipiélagos atlánticos o expulsándolos del
país. Mientras, en Madrid, corría como la pólvora que se había sublevado
un regimiento en Braganza, en apoyo de los españoles sublevados. El bulo
pretendía, de nuevo, el establecimiento de la Unión Ibérica.







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