sábado, 15 de julio de 2017

Serafín María de Sotto Ab-Ach


Nacido en Barcelona, el 12 de octubre de 1793. Era el único hijo varón de Raimundo de Sotto Langton, conde de Clonard, y de Ramona Ab-Ach Casaviella, marquesa de Granada. Destinado desde niño a la carrera militar. Ingresó, con una dispensa real a la edad de diez años, en el tercer batallón de las reales guardias españolas de la guarnición de Barcelona, en octubre de 1805. Igual de prematuro fue el ejercicio de la profesión, obligado por la Guerra de la Independencia, teniendo presente que la ciudad condal, fue muy pronto ocupada por las tropas francesas. En noviembre de 1808 se presentó para ofrecer sus servicios ante el mando del ejército de Cataluña, iniciándose así su participación en el conflicto bélico.

En 1809 se incorporó en Cuenca al ejército del Centro, pasando después, ya como alférez y ayudante de campo del segundo general de la tercera división que operaba en La Mancha.

Ascendido en julio a teniente, participó en agosto en la batalla de Almonacid, donde fue herido, y luego en noviembre en la de Ocaña. En 1810 estuvo con la expedición del general Luis Lacy en la acción de Benadalid; marchando después a Cádiz, donde participó en la defensa de las líneas atrincheradas de la isla de León y en marzo del siguiente año en la acción de Sancti-Petri y en la batalla de Chiclana. Durante 1812 estuvo destinado al 4º ejército al mando del general Francisco Ballesteros, participando en abril en las acciones de Arola y Campillo. Ascendido en junio a primer teniente de cazadores, contribuyó de nuevo a la defensa de la isla e intervino en septiembre en acciones de Padul y Alendín en la provincia de Granada. Incorporado al ejército de reserva de Andalucía, en 1813 colaboró en varias acciones y en agosto en la de San Marcial, resultó herido.



Terminada la guerra formó parte del ejército de Andalucía que dio cobertura en mayo de 1814 a la entrada en Madrid de Fernando VII. En los dos siguientes años se le reconoció su actuación en el conflicto bélico mediante distintas condecoraciones, el abono de seis años en su hoja de servicios y la concesión en mayo de 1815 del grado de coronel de infantería, si bien hasta 1821 no ascendería a capitán de la Guardia Real. Con un batallón de este cuerpo estuvo en Toledo durante el sexenio absolutista. De nuevo en Madrid, en marzo de 1820, le encontramos custodiando el Palacio Real, cuando se inauguró el trienio constitucional con el restablecimiento del código político de 1812.

Fue un tiempo de grandes cambios en su vida. Primero, a nivel personal, ya que en noviembre de 1820 contrajo matrimonio con María Joaquina Campuzano González, hija de Antonio Campuzano, consejero honorario de guerra y oficial mayor del Ministerio de Marina. Segundo, a nivel profesional, al ser ascendido en abril de 1821 a capitán de la 4ª compañía del 3º batallón de fusileros de la guardia real. Tercero, a nivel político, al sufrir las consecuencias de la fallida rebelión absolutista de la guardia real de Madrid durante la primera semana de julio de 1822.

A pesar de no participar en el mismo, ya que se encontraba de permiso en la costa vasca. Sin embargo, su calidad de oficial de la guardia real no le libró del arresto en Tolosa y Burgos, ni tampoco que con la disolución de ese cuerpo militar fuera exonerado del cargo de capitán. Quedando agregado en plaza y destino desde abril de 1823 en Sevilla, en junio obtuvo la licencia. Decisión desacertada porque, su ausencia del levantamiento de julio anterior, con su implacable represión, se convirtió en demérito. De camino a Madrid fue apresado en Toledo, aunque se le permitió retirarse a su domicilio, se le recogió el despacho de capitán de la antigua guardia real hasta la resolución de proceso de purificación que se le abrió. Tuvo que esperar hasta abril de 1826, cuando la junta de generales de la comisión militar correspondiente expidió el certificado favorable.

A partir de entonces las cosas le fueron mejor. Así, tras reincorporarse al regimiento de la guardia real del ejército de Cataluña, en marzo de 1827 fue nombrado caballero de la real y distinguida Orden de San Hermenegildo y en septiembre fue ascendido a primer comandante. En calidad de tal, en el otoño participó en la represión de la sublevación ultrarrealista de los “malcontens”. Es trasladado a Barcelona como comandante del 3º regimiento de la guardia real; en octubre de 1829 fue ascendido a teniente coronel del 2º regimiento de granaderos de dicho cuerpo y en enero de 1833 a coronel-brigadier de infantería. Tras la muerte de su progenitor, le sucedió en marzo de 1833 en el título de conde de Clonard, otorgado a su abuelo paterno en 1771.



Con la muerte en septiembre de Fernando VII no hizo más que afirmar su apoyo a Isabel II. Primero en Cataluña haciendo frente a las partidas que pululaban por el territorio y, después, en Navarra desde noviembre de 1835 al mando de la brigada de reserva del ejército de Norte. Una actuación lo suficientemente decorosa como para que en julio fuera ascendido a mariscal de campo y en agosto se le confiriera el mando del ejército de operaciones de Navarra.

Superada la etapa del Estatuto Real y abierto un nuevo proceso constituyente tras restablecerse el Código político gaditano en agosto de 1836, el carlismo inició una serie de expediciones para intentar ampliar las adhesiones. Durante seis meses, a partir de marzo de 1837, fue el Capitán General de Andalucía. Duró seis meses en el cargo debido, por un lado, por utilizar los mismos métodos empleados contra los carlistas para hacer frente a las movilizaciones liberales y, por otro lado, porque el gobierno, una vez fracasada la expedición real, rechazó su plan para impedir las incursiones carlistas en Andalucía.

Los meses de septiembre a noviembre, en los que el conde de Clonard estuvo de cuartel en Sevilla, fueron de cambios políticos que supusieron la sustitución en el poder de los progresistas por los moderados. Éstos le encargaron en noviembre el gobierno militar y político de la provincia de Cádiz, para recuperar la tranquilidad. Inmediatamente lo logró, declarando del estado de sitio, el desarme y depuración de la milicia nacional y el arresto de los principales responsables. Por lo que en enero de 1838 se le concedió la Gran Cruz de la Orden Americana de Isabel la Católica y se le asignó en comisión la Capitanía general de Andalucía.

En estrecha colaboración con los generales Alejandro González Villalobos y Juan Palarea, hizo extensivo a la región el modelo ya ensayado: declaración de la ley marcial y sometimiento de la prensa, de la milicia nacional y de las corporaciones locales. Se planteó el proyecto moderado de establecer un ejército de reserva que, bajo la dirección de Ramón María Narváez, neutralizara la autoridad adquirida por el comandante en jefe del Ejército, Baldomero Espartero.

El contraataque de éste, logrando imponer en octubre a un afín, Isidro Alaix, al frente del Ministerio de la Guerra, y las disensiones entre los generales vinculados al conservadurismo lo hicieron fracasar. Dentro de éstas se enmarca el levantamiento en noviembre de Sevilla, en el que, involucrados los militares moderados Luis Fernández de Córdoba y Ramón María Narváez, se vieron obligados a huir a Portugal ante la cruenta represión desencadenada por el conde de Clonard. Aunque el gobierno de Evaristo Pérez de Castro aprobara su conducta, todo indica que el ministro de la Guerra no compartía sus métodos. De ahí que, tras sofocar en febrero de 1839 una conspiración en Ceuta, al mes siguiente fuera apartado de la Capitanía y destinado de cuartel a Sanlúcar de Barrameda. Esto no obstó para que se le concediera la Gran Cruz de San Hermenegildo.

Así se mantuvo hasta la salida del ejecutivo a finales de año de Isidro Alaix. A partir de entonces la carrera del conde de Clonard recibió un impulso significativo. Primero, en enero de 1840 fue el encargo de la organización del ejército de reserva, que no aceptó. Después, en marzo fue el nombramiento de capitán general de Granada, con idéntico cometido que en ocasiones precedentes: sofocar las movilizaciones populares de Málaga y Almería. Conseguido esto con la firmeza que le caracterizaba, el 14 de abril, reemplazando al subsecretario habilitado Fernando Norzagaray, fue nombrado ministro de la Guerra del gobierno de Evaristo Pérez de Castro.

Es sabido que la reina gobernadora apoyaba el partido moderado, y en razón a ello, el 14 de julio sancionó la controvertida normativa local, y también lo es que éste fue el primer acto del pulso entonces mantenido entre María Cristina y el general Baldomero Espartero. El siguiente acto, ante los disturbios que la promulgación de esa ley provocó en la Ciudad Condal, fue la aceptación de la regente de la exigencia de remoción del gobierno moderado planteada por ese general. De acuerdo con ello, el 18 de julio el ejecutivo de Evaristo Pérez de Castro presentó la dimisión. Seguidamente de Sotto, contando con una licencia con sueldo para el restablecimiento de su salud, se trasladó a Bayona, donde se mantuvo hasta agosto de 1843, en que le fue conferido cuartel en Madrid. Abierta ya la década de los moderados, en enero de 1844 fue nombrado general director de Colegio General Militar.

A lo largo de su gestión en octubre de 1846 con ocasión del enlace regio fue ascendido a teniente general. Dos meses después, nombrado senador vitalicio, prestó juramento en febrero de 1847. Situado en la tendencia conservadora autoritaria del partido moderado, el conde de Clonard el 19 de octubre de 1849 sustituyó a Ramón María Narváez en la presidencia del Consejo de Ministros, asumió a la par la cartera de la Guerra, e interinamente, la de Marina. Se puso al frente de un ejecutivo formado básicamente por tres personajes de su órbita ideológica y personal: su cuñado Vicente Armesto Hernández, ministro de Hacienda; el mariscal de campo Trinidad Balboa Álvarez, ministro de la Gobernación e interino de Instrucción, Comercio y Obras Públicas, y el abogado José Manresa Sánchez, ministro de Gracia y Justicia e interino de Estado, fue el resultado de una intriga palaciega contra el duque de Valencia, en la que se vieron involucrados el marqués Bedmar y el rey consorte, Francisco de Asís, y en la que al parecer estuvo la influencia de los religiosos fray Fulgencio y sor Patrocinio.

Pero duró el tiempo que llevó imprimir los nombramientos en la Gaceta, porque fue tal reacción de la opinión pública, que a Isabel II no le quedó más remedio que, el 20 de octubre, dar marcha atrás en su decisión y otorgar de nuevo la confianza a Ramón María Narváez.

Fue un gobierno puramente anecdótico, al conde de Clonard le significó la pérdida de la dirección del Colegio general militar y ser declarado en situación de cuartel en Madrid. Así, y como senador, se mantuvo hasta el dominio de los afines, en los últimos momentos de la década moderada, que en abril de 1853 le elevaron a la vicepresidencia de la Sección de Guerra y Marina del Consejo Real. Estuvo poco tiempo, ya que suprimida esta institución en agosto de 1854 con el ascenso al poder de los progresistas tuvo que abandonarla. Con el ascenso de los moderados en octubre de 1856 recuperó la dignidad senatorial también abolida durante ese tiempo. A ella sumó en marzo de 1858 la presidencia de la Sección de Guerra y Marina del Consejo de Estado y en julio una vocalía en la Junta Consultiva de Guerra. Ocupando estas posiciones terminó sus días en Madrid el 23 de febrero de 1862.

Le sustituyó en la Presidencia del Gobierno, Ramón María Narváez, del cual ya dimos cuenta en anterior reseña.




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