Alejandro Severo (222-235)
Dinastía Severa
Alejandro Severo (Basiano Alejandrino) accedió al trono imperial romano con 13 años tras el asesinato de su primo Heliogábalo por la Guardia Pretoriana. Como otros emperadores de esa dinastía, no fue una elección del Senado sino de su abuela Masa Maesa, cuando reconoció que su bisnieto anterior era un desastre político. Alejandro, a diferencia de Heliogábalo, intentó reformar el imperio desde dentro. Estuvo 13 años al frente del Imperio, lo cual representa una eternidad si lo comparamos con sus predecesores, aunque ese tiempo constituyó un constante forcejeo entre su idealismo juvenil y la brutal realidad del poder militar romano. Mientras la elite urbana y el Senado apreciaban sus reformas y su tolerancia religiosa, el ejército lo veía débil y en esa época, la percepción del ejército era lo único que importaba realmente.
Su asesinato en el año 235 marcó el fin de la Dinastía Severa y el comienzo de la Crisis del Siglo III; fueron cincuenta años en los que Roma tuvo cincuenta emperadores. Severo no fue ni un tirano ni un genio, pero quizás fue el último emperador que intentó gobernar Roma como si fuera una institución civil. Tras él, el imperio se convirtió en lo que siempre había amenazado ser: un estado militar puro.
Al ser asesinado Heliogábalo en marzo del 222, la Guardia Pretoriana necesitaba un nuevo emperador acorde a sus intereses. Masa Maesa, la abuela que había montado la conspiración que llevó a Heliogábalo al trono, apenas cuatro años antes, comprendía que aquel se había convertido en un problema que amenazaba lo que la familia había construido. En lugar de luchar por él —como pudo haber hecho, dado el poder de su familia—, Masa Maesa se adaptó a las circunstancias políticas con un cinismo frío. El joven Alejandro, como hemos visto anteriormente, tenía alrededor de 13 años, era el hijo de Gesio Marciano y Julia Maesa y a diferencia de Heliogábalo, que había sido sacerdote del dios sirio en Emesa, había sido educado más tradicionalmente. Desde su infancia se le presentó como un posible heredero de Caracalla, formando parte del mismo esquema que había hecho de Heliogábalo un «hijo de Caracalla» años antes, pero mientras que éste había llevado esa pretensión a extremos religiosos y personales, Alejandro Severo simplemente fue un adolescente inteligente, educado y moldeable.
Masa Maesa presentó a Alejandro como la solución de todos los problemas creados por su otro bisnieto; era joven como él, pero no era un sacerdote sirio radical; era leal a su abuela y lo más importante: era un lienzo en blanco. La Guardia Pretoriana lo aceptó, el Senado lo aceptó e incluso las tropas provinciales, cansadas del caos del emperador, lo aceptó. Masa Maesa murió poco después de la proclamación de su bisnieto, pero para entonces ya había organizado todo para que su nieta Julia Mamea se convirtiera en la verdadera gobernante del imperio durante la minoría de edad de Alejandro.
Si hay un factor que define el reinado de Alejandro Severo, es el papel extraordinario que tuvieron las mujeres de su familia. Mientras que él era, nominalmente, emperador, fue su madre Julia Mamea quien ejerció el poder durante casi todo su reinado. Un reinado que era visto como un imperio gobernado por mujeres, algo que la masculinidad romana consideraba una vergüenza. Julia Mamea nombró a los principales prefectos, controló el erario y lo más importante, decidió la política militar. A diferencia de su madre Masa Maesa, que gobernaba a través de conspiraciones y manipulaciones, ella gobernaba a través de una administración competente y burocrática. Reorganizó la corte imperial alrededor de consejeros legales y militares capaces, intentando restaurar algo de la estabilidad y la legalidad que el imperio había perdido durante los años caóticos de Caracalla y Heliogábalo. Pero el que una mujer gobernara el imperio, fue lo que socavó la autoridad de Alejandro ante el ejército. En la cultura militar romana, la masculinidad era sinónimo de poder y un emperador que permitía que su madre gobernara no era un emperador verdadero. Según Dion Casio: Alejandro era un emperador gobernado por mujeres, incapaz de controlar ni siquiera su propia corte.
A pesar de todo, Julia Mamea fue, probablemente, una administradora mejor que cualquiera de sus predecesores varones. Bajo su dirección, el imperio experimentó una década de estabilidad administrativa. Fue algo que Roma necesitaba desesperadamente después de décadas de caos. El problema era que esa estabilidad administrativa no podía compensar la percepción de debilidad militar. Durante el reinado de Alejandro Severo, tuvo que enfrentarse a dos frentes militares: los partos en Oriente y los germanos en el norte. Ambos conflictos revelan el dilema de su posición como emperador.
Cuando Artajerjes, el nuevo rey parta, invadió las fronteras orientales alrededor del año 230, Alejandro respondió con una campaña militar que en teoría, tuvo éxito. Ya que las fuentes romanas dicen que logró repeler la invasión, pero los historiadores modernos tienen dudas. Con las monedas acuñadas por Alejandro celebraban la victoria sobre los partos, pero los historiadores como Herodiano aseguran que la campaña fue costosa, que los germanos aprovecharon la ausencia del ejército en el Oriente para invadir el Rin y que en general fue un desastre. Lo importante no es si la campaña fue un exito o un fracaso, lo importante es cómo fue percibida. Alejandro regresó a Roma como un emperador que había dejado que los germanos atacaran las fronteras del norte mientras él perseguía una dudosa gloria en el Oriente.
Cuando intentó enfrentarse a la amenaza germana años después, surgió otro problema: sus reformas militares habían entrado en conflicto con los soldados veteranos. Severo había intentado modernizar el ejército, mejorar la disciplina y reducir algunos privilegios que los soldados habían ido acumulado. Eran reformas sensatas desde el punto de vista de la administración, pero los soldados no querían sensatez, querían un emperador que los respetara, que los recompensara, que peleara junto a ellos, pero Alejandro les ofrecía reformas administrativas.
El reinado de Alejandro Severo fue verdaderamente reformador en muchos aspectos, pero sus reformas fueron lo opuesto a lo que el sistema político romano necesitaba en ese momento. En el aspecto legal, intentó restaurar algo de la autoridad y la dignidad del Senado, que había sido reducido a un cuerpo decorativo durante los años de militarismo de Caracalla. Creó un consejo de abogados y juristas que lo asesoraban en asuntos legales, promulgó leyes que restauraban ciertos derechos a las mujeres y reformó la tributación para hacerla menos arbitraria. Estos cambios eran, en teoría, exactamente lo que Roma necesitaba: menos militarismo, más legalidad, más respeto por las instituciones políticas romanas.
En cuanto al aspecto religioso, fue tolerante, no presionando a los cristianos como lo hizo Decio años después, permitiendo la coexistencia de múltiples cultos. Respetó la religión tradicional romana sin intentar imponer un dios único como lo había hecho su primo Heliogábalo. Respetaba a los cristianos y los toleraba en su corte, algo revolucionario para su época.
En todo esto estaba el problema fundamental: mientras Alejandro se enfocaba en reformas legales, religiosas y administrativas, el imperio se estaba desmoronando. Las fronteras eran amenazadas, las monedas estaban siendo devaluadas por la inflación, los soldados no recibían bonificaciones, los germanos estaban atacando y él respondía con reformas legales. En el 235, tras 13 años de reinado, Alejandro se enfrentó al mismo destino que otros emperadores antes que él: una rebelión de tropas en el Rin, dirigida por un oficial llamado Gaio Julio Maximino, conocido como Maximino el Tracio porque venía de la región de Tracia en los Balcanes. Maximino era totalmente opuesto a Severo. Era un soldado puro, sin educación civil, sin refinamiento, sin interés en las reformas legales. Probablemente analfabeto, pero era un guerrero que comprendía lo que el ejército quería: un emperador que peleara, que ganara, que recompensara a los soldados, que fuera uno de ellos. Cuando fue proclamado emperador por las tropas del Rin, Alejandro intentó responder. Pero ahí se puso de manifiesto su debilidad política. No solo no tenía el apoyo del ejército, sino que ni siquiera tenía el apoyo de su propia guardia, que se negó a pelear. Fue una mutilación silenciosa. Alejandro y su madre Julia Mamea fueron asesinados por sus propias tropas, golpeándoles mientras estaban atados a un árbol, en Moguntiacum (actual Maguncia) el año 235.
Este asesinato, ponía fecha al final de la Dinastía Severa y el comienzo de un período que duraría cincuenta años, con cincuenta emperadores diferentes, casi todos militares asesinados por sus propias tropas. Alejandro Severo fue un emperador que intentó poner freno al militarismo que había consumido el imperio a partir de Caracalla. Intentó restaurar el equilibrio entre las instituciones civiles y el poder militar y gobernar como un emperador civil, no como un general disfrazado. El hecho de que fracasara nada tiene que ver sobre la calidad de sus intentos, más bien expresa la realidad política de su época. El imperio romano, después de décadas de guerra civil y de crisis, había entrado en un punto de no retorno. No podía permitirse un emperador que fuera abogado primero y soldado después; necesitaba, y lo que obtuvo después, un emperador que fuera soldado puro. Marca una línea divisoria en la historia romana, ya que fue el último emperador que intentó gobernar como si fuera una institución civil. Después de él vino Maximino el Tracio y con él vino la Crisis del Siglo III: cincuenta años de caos militar en los que el imperio casi se divide en tres, en los que la vida civil prácticamente se detuvo, en los que Roma estuvo al borde del colapso total. Cuando, finalmente surgió, décadas después, un emperador lo suficientemente fuerte para restaurar el orden, Diocleciano, el imperio que restauró fue diferente. Era un imperio militarizado, dividido en provincias, gobernado desde campamentos militares en lugar de desde Roma. El imperio civil que Alejandro Severo había intentado preservar era ya un fantasma histórico.
Ramón Martín










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