Adriano (117-138)
Publio Elio Adriano nació el 24 de enero del año 76 de nuestra era, en Itálica, una ciudad de la provincia romana de Bética, situada en Hispania. Desde muy pronto, destacó en áreas como la literatura y la cultura griega; gracias a lo cual se le dio el sobrenombre de graeculus (pequeño griego). Cuando contaba diez años, murieron sus padres, siendo adoptado por su tío Trajano, también emperador, lo que marcó el comienzo de su carrera política.
Trasladado a Roma, cultivó su admiración por la civilización helénica. En la capital del Imperio, la figura de su tío Trajano, fue crucial en su vida, no solo como mentor, sino también como impulsor de su ascenso político. Una vez ingresado en el cursus honorum (carrera política romana), ocupó diversos cargos relevantes: cónsul en el año 91 y tribuno en las legiones romanas. Con motivo de la primera guerra dacia marchó, el año 101, acompañando al emperador, a ese territorio en calidad de comes Augusti; no obstante, no se mantuvo a su lado durante toda la campaña, puesto que regresó a la capital, para desempeñar su tribunado de la plebe. Tras el estallido de la segunda guerra dacia volvió con el emperador, el año 105, esta vez al mando de una legión, la I Minervia. Al término del conflicto fue nombrado gobernador de Panonia Inferior, y, aunque, tres años después, fue elegido cónsul sufecto, es posible que se mantuviera en el cargo un año más. Entre los años 110 y 111 se trasladó a Atenas, donde conoció al filósofo estoico Epicteto, con quien entablará una gran amistad. El contacto directo con la cultura helena le causó una enorme impresión; es probable que, entonces adquiriera la costumbre de no afeitarse la barba, algo inusual entre los nobles romanos, aunque frecuente entre los griegos. Su amor a la cultura helena le llevó a aceptar, entre los años 111 y 112, desempeñar el cargo de arconte honorífico, un oficio al que muy pocos romanos habían accedido anteriormente. La municipalidad ateniense celebró su nombramiento y le concedió la ciudadanía ateniense. Años más tarde, siendo ya emperador, será arconte de Delfos en dos ocasiones: años 126 y 129.
A partir de esos, fue destacando y obteniendo importantes ascensos, hasta que, el 11 de agosto del año 117, tras la muerte del emperador Trajano, fue proclamado emperador. Adriano fue un emperador que, además de consolidar el poder del Imperio Romano, también emprendió una serie de reformas trascendentales. Una de sus primeras decisiones como emperador fue establecer una paz exterior con los partos. Abandonó las recientes conquistas, al otro lado del Éufrates, que incluyó la retirada de Mesopotamia, al tiempo que renunciaba a la anexión de Armenia, con lo que establecía un equilibrio que favorecía la estabilidad en las delicadas fronteras del Imperio Romano. Esta política exterior, aunque exitosa en lo que se refiere a la pacificación de los territorios, generó tensiones con un sector del Senado romano, que entendía que, la renuncia a las conquistas era una muestra de debilidad. Esto provocó una conspiración contra el emperador, encabezada por Cornelio Palma y Lusio Quieto, que fue rápidamente abortada el año 118, una muestra del control efectivo que Adriano mantenía sobre el poder.
Adriano dedicó una gran parte de su tiempo, como emperador, a fortalecer las extensas fronteras del Imperio. Entre los años 121 y 125, realizó un largo viaje a través de las provincias, para observar in situ, las defensas del Imperio, prestando una especial atención en las regiones de Agri Decumates y el norte de Britania. Como resultado de estos viajes, hizo construir el famoso Muro de Adriano, una impresionante fortificación de piedra que se extendía a lo largo de 100 kilómetros, desde la desembocadura del río Tyne hasta el golfo de Solway First, en lo que hoy es el norte de Inglaterra. Este muro además de reforzar las defensas del Imperio Romano, se convirtió en un símbolo del poder imperial.
Pero no todo fueron logros militares, Adriano llevó a cabo importantes reformas legislativas; bajo su gobierno, se promulgó, el año 131, el Edictum Perpetuum, que unificó y sistematizó los edictos romanos, proporcionando una base legal más coherente y efectiva. También promovió leyes que favorecían a los pequeños propietarios, como la lex Hadriana de rudibus agris, que incentivaba la explotación de tierras no cultivadas y garantizaba exenciones fiscales a aquellos campesinos que trabajaran esas tierras. Estas reformas reflejan su interés por la justicia social y la consolidación de la propiedad y la estabilidad económica en las provincias del Imperio.
Hoy en día, Adriano es recordado, principalmente, como un emperador militar, sino también como un hombre con vastos intereses intelectuales y culturales. Fue un gran amante del arte, la filosofía y las ciencias. Fundó el Athenaeum, institución dedicada a la enseñanza de diversas disciplinas y un centro de saber en el Imperio Romano. Su afición por la cultura griega influyó notablemente en su gobierno y en la política cultural del Imperio. Tertuliano lo describió como un «explorador de todas las curiosidades», subrayando su insaciable sed de conocimiento.
No obstante, su legado no estuvo exento de controversia. La muerte de su joven favorito, Antinoo, un adolescente que conoció en Bitinia cuando este tenía trece o catorce años, y que falleció durante una travesía a través del Nilo; al parecer, el joven cayó a este río el 30 de octubre del 130, cerca de la ciudad de Besa, en el Egipto Medio, y se ahogó ante la mirada de Adriano. Antinoo, fue enterrado en un mausoleo construido en la orilla occidental del Tíber, en Roma, un edificio que se transformará en una fortaleza cristiana —el castillo Sant'Angelo—, con unas dimensiones concebidas para tener una extensión levemente mayor que la del Mausoleo de Augusto.
Los últimos años del reinado de Adriano transcurrieron en la capital; el año 134 tomó un nuevo saludo imperial con motivo del término del conflicto en Judea, y en el 136 ordenó la construcción del Templo de Venus y Roma en el emplazamiento de la Domus Aurea de Nerón.
Con el objeto de resolver la cuestión sucesoria adoptó a uno de los cónsules ordinarios del año 136, Lucio Ceyonio Cómodo, que tomó el nombre de Lucio Elio César, aunque, el que con toda certeza iba a ser emperador tras la muerte de Adriano falleció el 1 de enero del 138. Tras la muerte de éste, Adriano adoptó a Tito Fulvio Boionio Arrio Aurelio Antonino, uno de los cuatro legatus consularis de Roma, que había ostentado el proconsulado de Asia. Una de las condiciones de la adopción de Antonino era que éste adoptara a Lucio Vero y a Marco Aurelio.
Los últimos años del reinado de Adriano fueron una época marcada por los conflictos y la infelicidad. El conflicto sucesorio se acentuó cuando Adriano ordenó el asesinato de dos importantes candidatos al trono: Lucio Julio Urso Serviano y Lucio Pedanio Fusco Salinator. En el momento de su muerte, Serviano dijo: «Sabéis muy bien, dioses, que no soy culpable de nada malo. En cuanto a Adriano solamente pido esto: que ansíe la muerte y no pueda morir». El vaticinio se cumplió; Adriano sufrió hasta el final a causa de una dilatada enfermedad, y sus sirvientes le impidieron suicidarse en más de una ocasión.
Adriano falleció el 10 de julio de 138 en su villa de Baiae; al parecer por una insuficiencia cardíaca. Fue enterrado, primero, en Puteoli, cerca de su villa, en una residencia que había pertenecido a Cicerón. Poco después, se ordenó el traslado del cuerpo a Roma, donde le enterraron en los Jardines de Domicia, cerca de las obras de su mausoleo. Tras el término de la construcción, en el 139, se incineraron sus restos y se trasladaron las cenizas al mausoleo, donde ya estaban las de Vibia Sabina y las de Lucio Elio César, al que el emperador había adoptado y que había muerto un año antes. Antonino Pío lo deificó ese mismo año y trasladó sus cenizas al Templo del Campo de Marte.
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