jueves, 24 de mayo de 2018

Castillo de Berlanga de Duero, Castillos de Castilla


Hay hallazgos arqueológicos del Calcolítico y la Edad de Bronce, referentes a la ocupación de esta zona. También se han descubierto restos de una población romana altoimperial, tiempos en los que Berlanga pudo ser conocida con el nombre de Valeriánica, como ya afirmaba el Arzobispo de Toledo Jiménez de Rada en su crónica De Rebus Hispaniae. Pero no será hasta el siglo X cuando encontremos las primeras referencias escritas de Berlanga. Sería una población sin fortificar o con una pequeña fortaleza, situada en plena zona fronteriza entre los reinos cristianos y musulmanes. Nos encontramos en plena reconquista, con la consiguiente repoblación de los territorios más orientales del Duero. Es en esta época donde situamos los orígenes del castillo medieval de Berlanga de Duero.

La población, a pesar de los intentos de conquista del reino de León y del Condado de Castilla, permaneció en manos musulmanas hasta que el rey Fernando I de Castilla, aprovechándose de la debilidad del poder musulmán, llegó con sus tropas hasta la zona el año 1060 y conquistó varias plazas, entre ellas Berlanga.

Durante los siglos XI y XII se hizo una gran política repobladora de la Extremadura castellana, con el fin de consolidar las tierras conquistadas. Para conseguir atraer a nuevos pobladores, se concedieron nuevos privilegios y normas que acabaron dando lugar los fueros locales. Poco a poco se fue consolidando una población estable, que favoreció que Berlanga se erigiera, como cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra formada por 33 aldeas. Gracias a la llegada de estos nuevos pobladores, la villa fue creciendo, y se fue estructurando en torno a varias iglesias que configuraron los barrios en su alrededor.​


En los siglos siguientes, Berlanga continuó en un territorio fronterizo y conflictivo por los continuos enfrentamientos y disputas entre los diferentes reinos cristianos, especialmente a partir de finales del siglo XIII, cuando la nobleza intentó aprovecharse de la creciente debilidad monárquica, a lo que se sumó la pretensión al trono por parte de Alfonso de la Cerda, apoyado por Aragón y Francia. De esta manera, Berlanga fue escenario de nuevos acontecimientos, ya que se encontraba en la frontera que servía de corredor y zona de paso al rey de Aragón para entrar en Castilla.

En el siglo XIV, la villa formó parte de los dominios del Conde don Tello, hijo natural del rey Alfonso XI. Don Tello tuvo varios hijos e hijas bastardas entre las que destacó Leonor Téllez de Castilla, a quien dejó en su testamento las villas de Berlanga, Peñaranda de Duero y Aranda, quien se casó con el Almirante de Castilla Juan Fernández de Tovar.

Así, tras los continuos conflictos y cambios constantes de mano, serán los Tovar, quienes se convertirán desde 1380 en los últimos señores de Berlanga, permaneciendo bajo su dominio hasta el siglo XIX.


El III señor de Berlanga del linaje Tovar, Juan de Tovar, marcó un punto de inflexión en la historia de la villa puesto que en 1430 decidió fundar un mayorazgo sobre los bienes de su familia, que comprendían la Casa de Tovar y las villas de Berlanga, Gelves y Astudillo. Falleció en 1468 dejando el mayorazgo en manos de su primogénito Luis y, tras su muerte, lo heredaría su única hija, María de Tovar. María casó en 1482 con el segundo hijo del Condestable de Castilla, Iñigo Fernández de Velasco. Bajo su dominio Berlanga vivió su periodo de mayor esplendor, promovieron un gran programa de renovación arquitectónica que incluía la construcción de la colegiata, el palacio, una fortaleza artillera, además de jardines y fuentes.

Así, a partir de 1522 comenzaron a construir una fortaleza artillera, en torno al antiguo castillo medieval, que fuera capaz de resistir a la artillería. Desde 1526 se comenzaron a derruir las diez iglesias medievales de la villa, para poder construir un único edificio religioso, la Colegiata. Una obra que supuso un gran coste, tanto económico como temporal, lo que conllevó que algunas partes del edificio quedaran inconclusas, como ocurrió con la torre sur, o partes que ni tan siquiera se comenzaron, como el claustro.

Junto a la colegiata se proyectó el nuevo palacio de los Tovar, un conjunto monumental que se situaría en la plaza de San Andrés. Finalmente, los planes cambiaron a la muerte de María de Tovar, y su hijo Juan decidió construir el palacio a los pies del cerro del castillo.


El traslado de la residencia de los marqueses a Madrid a comienzos del siglo XVII conllevó una etapa de decadencia en algunas de las propiedades de los señores de Berlanga, aun así continuaron vinculados a este lugar. En 1633 Bernardino Fernández de Velasco fundó el convento de frailes franciscanos en torno a la antigua ermita de Paredes Albas aprovechándose la cabecera de la misma para construir la iglesia. Sin embargo, la escasa inversión de recursos en edificios, como el castillo, produjo un progresivo empeoramiento de su estado. A este abandono se sumó un incendio ocurrido en 1660, además del expolio al que se vio sometido en las décadas siguientes para reutilizar los materiales en nuevas obras y reformas del palacio. Las estructuras del castillo fueron desapareciendo poco a poco hasta que, a finales del siglo XVIII, quedó tan solo un esqueleto de piedra.

La Guerra de Independencia a comienzos del siglo XIX trajo consigo la visita de las tropas napoleónicas a Berlanga, que saquearon la colegiata y otros edificios y acabaron con una buena parte de las casas nobles de Berlanga, además de incendiar el palacio de los Marqueses de Berlanga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario