lunes, 27 de noviembre de 2017

Los Reinos de Taifas: Historia





El período de los Taifas duró, más o menos, desde 1009 a 1090, representa una época tumultuosa y trágica, durante la cual, virtualmente, desaparece un al-Andalus y nace otro. Acontecimiento de gran transcendencia, tanto musulmanes como para cristianos, siguiendo un proceso lento que pasó de una fase a otra sin bruscos contrastes. Es cierto que la intervención de los Almorávides y su victoria en Sagrajas el 23 de octubre de 1086, detuvo el proceso momentáneamente, pero al ser casi a finales de la época de los Taifas, fue el preludio de su fin.

Durante este proceso vemos a distintas al-Andalus caminar hacia su fin con diferente ritmo. En algunas de ellas, como Sevilla, Toledo y Valencia, la marcha fue acelerada y tormentosa. En otras, apenas cambió la situación, caso de Almería, donde el reinado de Muhammad ibn Ma'n ibn Sumadih, duró cuarenta años, desde 1041 a 1091, como si Almería no formase parte de la al-Andalus de entonces. Igual ocurrió en Santa María de Albarracín, en donde Hudayl ibn Jalaf ibn Razîn y su hijo Abd al-Malik, reinaron casi cuarenta años cada uno (de 1010 a 1058 y de 1058 a 1102 respectivamente).

La época de los Reyes de Taifas se hace más espinosa, para su conocimiento, al adentrarse en las complicadas relaciones, tanto de guerra corno de paz, que los reyezuelos mantuvieron entre sí, por un lado, y con los reyes cristianos por otro. Para un mejor conocimiento, deberemos dividir esta época en tres etapas:


1. - De 1009 a 1031, es la etapa de la lucha por el Califato. Durante esos años no había todavía ni reyes ni reinos de Taifas. La lucha entre los pretendientes se desarrollaba en la capital o en los alrededores, mientras que los gobernadores de las provincias se mantenían a la expectativa. Algunos seguían la marcha de la guerra fratricida, esperando ver restablecida la paz, mientras que otros se preparaban para adueñarse del poder a la menor oportunidad. Ninguno de ellos intentó nada durante esta etapa. 

2. - El 20 de noviembre de 1031, una vez suprimido el Califato, comienza la época de los Taifas propiamente dicha, pero al-Andalus aún no estaba dividida. Cada uno de los pretendientes se había lanzado a transformar su provincia, ciudad o simple castillo, en un reino y ellos mismos en reyes. Las fronteras no estaban todavía delimitadas y el conflicto en torno a las ciudades o castillos era muy encarnizado. A veces, algunos vencidos en la lucha por el califato, o en su carrera hacia las monarquías de provincias, se vieron eliminados u obligados a entregar un sitio para conseguir un nuevo lugar en donde hacerse dueños independientes o vasallos de otro. A veces, algunos de ellos se vieron obligados, incluso, a abandonar al-Andalus. Este período nos lleva hasta 1040 o 1045, ya que entre estos dos años quedó establecido el cuadro general de la al-Andalus de las Taifas, especialmente para Sevilla, Granada, Almería, Badajoz, Valencia, Denia y Zaragoza. 

3. -- A continuación viene la etapa de los Taifas propiamente dichos, que comprende hasta 1090. El estudio termina con la intervención de los Almorávides y la incorporación de los reinos de Taifas -menos el de Zaragoza- a su imperio.


Lévi-Provenzal, en el segundo volumen de su Historia de la España Musulmana, dice: «Menos de un cuarto de siglo había bastado para que al-Andalus viese caer, como un castillo de naipes, el edificio que los Omeyas habían erigido tan trabajosamente sobre su suelo y apuntalado lo mejor que pudieron, siempre que una sacudida demasiado fuerte conmovía sus cimientos. Las causas que provocaron este súbito derrumbamiento se dejan adivinar, aunque estén apenas apuntadas en los relatos de los historiadores árabes. Fueron: la incapacidad de Hisham II y del tercer regente `amirí, prolongada en la de los últimos representantes de la dinastía marwâní; la injerencia creciente y pronto desmesurada, en los negocios públicos, de los pretorianos beréberes y eslavos; la anarquía latente en la plebe de Córdoba; la culpable apatía de las clases burguesas y, sobre todo, la disociación progresiva del poco homogéneo conglomerado de las poblaciones andaluzas, con el despertar de los particularismos étnicos y la formación de partidos políticos fundados en afinidades de origen».

«Pero aun apreciando todas estas causas, el vertiginoso derrumbamiento omeya sigue siendo un motivo de asombro. Nos explicaríamos mejor la catástrofe si hubiese sido menos rápida, y si algunas grietas no cerradas o algunas hendiduras mal separadas nos hubiesen predicho su próxima caída. Una vez que el califato cordobés llegó a la cima de su poderío, hubiéramos esperado que se abriese un largo período de progresiva decadencia delatada por un declive continuo de la autoridad real, por repetidos reveses militares o por graves usurpaciones hechas por el enemigo cristiano en el territorio musulmán. Nada de esto sucedió».


Si la caída del califato es un acontecimiento asombroso, lo que siguió no fue menos extraño. Ante tan extraña sucesión de acontecimientos no nos queda más remedio que seguir el paso de los mismos tal y como ocurrieron.

El primer resultado de la caída del califato fue su desmembramiento en principados hostiles entre ellos. Este hecho, encamina a considerar a los Reyes de Taifas como criminales que destruyeron la unidad del califato para nombrarse emires y reyes, que sacrificaron el interés común por el propio. Aunque otra opinión, califica su conducta de estúpida, ya que la considera como indicio de falta del sentimiento nacional e islámico.

Tomemos los dos casos de Ismail ibn Abbad y Yaish, ibn Muhammad ibn Yaish, que se declararon independientes, el primero en Sevilla y el segundo en Toledo. Ismail ibn Abbad, a la muerte de Abd al-Rahman, hijo de Almanzor, en febrero de 1009, era el hombre más destacado de Sevilla, era juez de la ciudad y acumuló inmensas riquezas. Por su cargo y por su rica posición, era la persona adecuada para regir los destinos de su región a falta de un poder superior. Yaish ibn Muhammad ibn Yaish, era el más importante dignatario de Toledo. Además de rico era también juez. Cuando llegó la noticia de la revolución a las grandes capitales, Ibn Abbâd se hizo cargo del poder en la provincia de Sevilla con el consenso general.

En Toledo se formó una Junta de dignatarios hasta que se restableciese el orden. Pero de repente llegó la noticia de la abolición del califato. Sin aspirar a la independencia, hombres como Ibn Abbâd, Ibn Yaish, se encontraron aislados de Córdoba y de las demás provincias del Califato. La situación en que se encontraban, después de aquel 30 de noviembre de 1031, era muy extraña, acostumbraba a ocurrir tal desintegración lentamente. Los jefes, en las provincias, se acostumbraron poco a poco a la ausencia del poder central, se adaptaron con el correr de los años a la vida desamparada, y en todo caso, la dinastía caída fue sustituida por otra nacional o extranjera. Por diversos motivos, siempre había quien se hacía cargo del poder central. Pero aquí, de la noche a la mañana, los notables provincianos se veían obligados a ser independientes. No podían permanecer leales, puesto que no tenían a quién serlo.

Así, los jefes de las comunidades en las provincias no podían escapar de ser príncipes independientes. Tenían que transformarse de jueces, gobernadores provinciales o notables destacados, en príncipes o reyes. El cetro estaba en su poder y podían escoger el tipo de corona más de su agrado y empezar el aprendizaje del difícil arte de ser reyes.


Los jueces seguían el ejemplo de Abú-l-Hazm ibn Yahwar, jefe de Córdoba, que suprimió el califato y asumió el poder en la capital y en su provincia, siguiendo el modelo de Almanzor. El caso de al-Mansur Muhammad ibn Abi `Amir, no fue único en al-Andalus solamente, sino en toda la historia musulmana. Hubo muchos ministros que reinaron en nombre de reyes o califas, despojándolos de toda autoridad, pero no como al-Mansur. Este, con una audacia sin límite, con su ambición, con su aguda inteligencia, pudo subir al poder desde la nada. 

Este fue el móvil inconsciente -o consciente- que empujó a Abú-l-Hazm ibn Yahwar a suprimir el califato. Representante de una de las más nobles familias de Córdoba, gozaba de facultades excepcionales y disponía de inmensas riquezas. Podía erigirse en regente y haber conservado el califato hasta encontrar una persona capaz de revestirse de la dignidad de califa, en vez de suprimirlo, pero su objetivo no era salvar el régimen, sino transformarse en un pequeño Almanzor. Sus aspiraciones no pasaban de tales límites, y al lograrlos empezaron sus sufrimientos.

Ibn Yahwar dominó Córdoba con su astucia e ingenuidad, así como con el nombre prestigioso de su familia. Ante todo le interesaba el dinero. Llegó a ser el hombre más rico de Córdoba y supo hacer reinar la paz y la tranquilidad en ella después de tantos años de disturbios, saqueos y miseria. Lo que escapó a su astucia, fue el ver que era imposible vivir en una isla de paz rodeada de un mar agitado que la amenazaba. Pocos años después de su muerte, los dos hijos que le sucedieron intentaron seguir su camino; pero la ola de disturbios los sumergió.

Ibn Abbâd de Sevilla hizo lo mismo. Siguió el modelo de Almanzor, pero con más precisión, más crueldad y menos humanitarismo. Tuvo más suerte, ya que su hijo continuó su obra. De pronto Sevilla se convirtió en un verdadero principado, con ejército, gobierno, atributos reales e incluso su corte de poetas. Pero era tan frágil, tan artificial, que se temía su desplome en cualquier momento. La causa de esta fragilidad latente en todos los reinos de Taifas, fue que el modelo de Almanzor no encajaba más que dentro del marco de un estado legítimo. Almanzor era un Hâÿib, gran visir de un califa, de una monarquía sólidamente establecida. Ahí residió su fuerza: la legalidad real de un estado musulmán, se ganaba solamente por la defensa del Islam. Los Omeyas de Oriente, conquistaron la legalidad a través de las grandes campañas de expansión que dirigieron. Lo mismo ocurrió con los Omeyas de Occidente: conquistaron la legalidad mediante sus campañas anuales en defensa del Islam y sus tierras.

Nadie como Almanzor, entendió esto: dirigió dos campañas anuales, no para extender el dominio de al-Andalus, ya que en realidad no lo hizo, sino para conquistar la legalidad de su régimen y, seguramente, si hubiese tenido hijos capaces de continuar el trabajo emprendido, su dinastía hubiera suplantado a la casa Omeya, como los carolingios sucedieron a los merovingios surgiendo de su propio seno.

Esta es la parte de la herencia de Almanzor que sus imitadores se olvidaron de captar. Le imitaron en todo menos en lo fundamental. Estos reinos de Taifas, por su actitud cobarde frente a los enemigos del Islam y los musulmanes, se condenaron de antemano. Se apoderaron del poder, de una manera lógica y casi legal: al desaparecer el poder central. Pero fracasaron en consagrar este poder, en conquistar su legitimidad. Todos fueron elogiados por hacerse cargo del poder, y todos fueron condenados por su comportamiento después. 

Tarde o temprano la dirección del frente musulmán tenía que pasar a manos de los que combatían por el Islam. Esto es lo que trajo a los Almorávides a al-Andalus. No fue la atracción de un país más civilizado, ni las riquezas de al-Andalus. Puede ser que hubiera algo esto, pero ante todo estaba la llamada de la historia. Fatalmente fueron llamados a la Península Ibérica, como lo fueron los cristianos del norte. Los reyes de Taifas, que vivían en el mismo campo de batalla, no estaban a la misma altura del desafío y por consiguiente tuvieron que desaparecer. Este es uno de los casos históricos en donde se aplica casi a la letra la ley del «challenge and response», de Arnold Tonybee.

Algo semejante ocurrió en el Oriente musulmán a finales del mismo siglo once, cuando llegaron los cruzados a Siria. Ni los jefes de los emiratos sirios de aquel entonces, ni los Fatimíes, estaban a la altura del desafío. Otros musulmanes, los atabeks, es decir los regentes de los Selÿûqíes del Irak, eran capaces de enfrentarse al desafío, y en consecuencia se encontraron llamados a responder, por lo que, en la lucha, desaparecieron los principados sirios y el imperio fatimí.


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