Justiniano II del 685 al 695 y del 705 al 711

 



DINASTÍA HERACLIANA

ANARQUÍA DE LOS VEINTE AÑOS




Justiniano II, también conocido como "nariz cortada" vino al mundo en Constantinopla en el año 669, era hijo del anterior emperador Constantino IV y de Anastasia. Su padre mandó mutilar a sus hermanos Heraclio y Tiberio, como forma de asegurar su ascensión al trono; por lo que en el año 685, con 16 años, Justiniano sucedió a su padre. Su primer reinado (desde el año 685 al 695) comenzó con buenas perspectivas, ya que, debido a las victorias de su padre, las fronteras orientales del Imperio eran estables y el califa Abd al-Malik pagaba un tributo al emperador, también recuperó parte del control de Chipre, además de acordar con el Califato Omeya el reparto de los ingresos procedentes de las provincias de Armenia e Iberia.
    La paz acordada en Oriente le brindó la posibilidad de dedicar su atención hacia los Balcanes. En los años 687-688 transfirió tropas de caballería desde Asia Menor a Tracia para someter a búlgaros y eslavinios que se habían asentado en tierras del Imperio. Con ese mismo ejército, emprendió una campaña contra los eslavos en los años 688 y 689. Después de un primer choque con los búlgaros avanzó en dirección a Tesalónica. Esta campaña, nos indica la situación existente en los Balcanes: para llegar de Constantinopla a Tesalónica, tuvo que abrirse camino a través de un territorio ocupado por los eslavos. Se consideró un gran éxito militar la brecha abierta hasta Tesalónica. Los prisioneros eslavos obtenidos en dichas campañas fueron enviados al thema de Opsikion (Anatolia) donde repoblaron las zonas que habían quedado devastadas en las guerras contra los árabes. Esto tuvo excelentes resultados, contribuyendo a la reactivación económica y demográfica de buena parte del Imperio.
    El asentamiento de eslavos en Asia Menor fue la más importante, pero no la única medida de política colonizadora en aquella época; puesto que también se trasladó a los mardaítas, un pueblo de cristianos desplazados por los invasores musulmanes que habitaba en los confines orientales del Imperio y que, habiendo prestado antaño un buen servicio a los bizantinos en su lucha contra los árabes, había ido pasando, poco a poco, al servicio de aquellos, a que entrasen en territorio imperial para asentarse como marineros en el Peloponeso, en la isla de Cefalonia, en la ciudad portuaria de Nicópolis, en el Epiro y también en la región de Attalia (en Panfilia, en la costa sur de Asia Menor). Finalmente, Justiniano II desplazó a los habitantes de Chipre a la región de Cícico, que había sufrido mucho durante el asedio de Constantinopla y que carecía sobre todo de marinos experimentados. Este traslado afectó sensiblemente los intereses del Califato, y al rechazar Justiniano II, con menosprecio, las objeciones del califa Abd al-Malik, se reanudó la guerra. Entre los años 692 y 693, lanzó una fallida campaña contra los árabes, puesto que las nuevas tropas eslavas se pasaron al enemigo. Lo que tuvo como consecuencia la grave derrota de los bizantinos cerca de Sebastópolis (Armenia), donde perdió Bizancio lo que les restaba de este territorio. Siguiendo el ejemplo bizantino, los árabes asentaron a estos tránsfugas en Siria, utilizándolos como soldados en las luchas contra el Imperio.





A lo largo del reinado de Justiniano II se reordenó la administración territorial imperial en themas, evolucionando en Asia Menor y extendiéndose a algunas regiones de la península balcánica. Un documento de Justiniano, fechado el 17 de febrero del 687, menciona, aparte de los dos exarcas de Italia y África, los cinco themas cuyos estrategas toman parte en las sesiones del consejo imperial: el thema europeo de Tracia y los themas asiáticos de Opsikión, de los Anatólicos, de los Armeniacos así como el thema marítimo de los Caravisianos. Mientras que los themas de Asia Menor remontan a la época de Heraclio, el thema de Tracia fue fundado bajo Constantino IV, en defensa contra los búlgaros. Bajo Justiniano II surgió el thema de la Hélade, en la Grecia central.
    La renovación interior vivida por el Imperio bizantino desde el siglo VII consiste, ante todo, en el auge de una clase campesina fuerte y en la formación del nuevo ejército stratiota, es decir, el fortalecimiento del minifundio, ya que los stratiotas eran también propietarios de su pequeño terreno. Los campesinos libre y los stratiotas se convierten en el puntal de la política de defensa del Imperio bizantino.
    Justiniano II fue un príncipe muy creyente, siendo el primero de los emperadores bizantinos en grabar la efigie de Cristo en el reverso de las monedas. También se distinguió por perseguir a los maniqueos. Durante su reinado se celebró, entre los años 691 y 692, en Constantinopla el denominado Concilio Quinisext, en el que se completaron las decisiones dogmáticas de los dos concilios ecuménicos anteriores, el quinto del año 553 y el sexto de los años 680 y 681, por lo que fue conocido con el nombre de Quinisextum, también llamado Concilio Trulano por el lugar donde se celebraban las sesiones: la sala cupulada o sala trullos del palacio imperial de Constantinopla. Los 102 cánones del concilio regulan diversas cuestiones de la organización eclesiástica y al rito, dando especial importancia a la consolidación de la moral entre el pueblo y entre el clero. Al censurar varios usos y costumbres, inmorales o de origen pagano, nos ofrecen interesantes nociones sobre la vida popular de la época. Sin embargo, el mayor significado histórico de dicho Concilio, corresponde a aquellas decisiones que ponen de manifiesto las divergencias de las dos iglesias, la oriental y la occidental. Así, por ejemplo, se admite el matrimonio de los sacerdotes y se rechaza el ayuno sabático romano.
    Entre las disposiciones destacan la de proclamar la igualdad entre los patriarcados de Roma y Constantinopla, así como la consagración de prácticas características de la Iglesia oriental. El Papado rechazó las decisiones del Quinisextum; por lo que, actualmente la Iglesia católica sigue sin considerarlo como concilio ecuménico, aunque la Iglesia ortodoxa sí. Justiniano II envió un mandatario a Roma encargado de detener al papa Sergio y traerle a Constantinopla para presentarle ante el tribunal imperial. Sin embargo, la autoridad imperial en Italia había decaído, y la posición del papa se había consolidado. La milicia de Roma, y especialmente la de Rávena, se opuso a las pretensiones del enviado imperial, y éste tuvo que apelar a la generosidad del Papa para poder salvar la vida. Este desafío al poder imperial quedó impune, ya que poco después Justiniano II era destronado.
    La política de la dinastía heracliana, que hizo de la pequeña propiedad de los stratiotas y de los campesinos libres el principal pilar del Imperio, no fue del agrado de la aristocracia bizantina; lo que llevó a la oposición a una situación extrema. Justiniano II no retrocedía ante la violencia, sino que respondía con más violencia aún, y llegó a amenazar a la aristocracia con ser totalmente aniquilada si no se avenía a la política imperial.
    Justiniano II cavó su tumba política al llevar a cabo una dura política fiscal, necesaria para costear las suntuosas construcciones con las que quería emular a su tocayo el gran Justiniano; lo que le convirtió en una figura impopular. Su tesorero Esteban, un eunuco persa, y el logoteta público, el monje Teodoto, recurrieron a la tortura y a la prisión con el fin de procurarse el dinero necesario para las obras. Capataces y trabajadores eran azotados y lapidados si no estaban a la altura de las exigencias. El resultado fue el engrandecimiento del palacio imperial, donde hizo levantar dos salas inmensas y suntuosas que comunicaban la sala del trono, el llamado Chrysotriclinium, con el palacio de Dafne. Finalmente, en el año 695 el hastiado pueblo de Constantinopla se amotinó. A la revuelta, dirigida por los Azules, pronto se unieron los militares, y el estratega del thema de la Hélade, Leoncio, fue proclamado emperador, en tanto que Esteban y Teodoto fueron linchados y arrastrados por las calles de Constantinopla. Justiniano fue capturado, y Leoncio procedió con él de un modo que por entonces se consideraba misericordioso: le amputaron la nariz y le desterraron al Quersoneso (Crimea), en la creencia de que nadie con tan grotesca apariencia podría volver a gobernar. En el año 698 Leoncio fue derrocado por Tiberio III, que le sustituyó en la Corona, le encerró en un monasterio y ordenó que también le cortaran la nariz.
    Ni el exilio en el lejano Quersoneso ni la cruel mutilación habían podido aplacar el espíritu inquieto de Justiniano. Disconforme con su destino, pensaba en su retorno y en la venganza. La deposición de Leoncio en el 698 le animó, su actitud se hizo cada vez más sospechosa, de manera que las autoridades locales de Quersoneso decidieron enviarle a Constantinopla para enfrentarse a la justicia del nuevo emperador, Tiberio III. Advertido a tiempo, Justiniano huyó y se refugió en la corte de los jázaros, en el año 703 se casó con la hermana de Busir Glavan, jagan (soberano) de los jázaros, que tomó el nombre de Teodora.

Mientras tanto, en Constantinopla, el comportamiento de Justiniano despertaba cada vez mayor inquietud; una delegación del emperador Tiberio se presentó en la corte jázara para exigir la extradición de Justiniano. Con el fin de no turbar las buenas relaciones con el Imperio, Busir decidió corresponder a la demanda del gobierno bizantino y trató de asesinar a su cuñado. Alertado este por su mujer, estranguló con sus propias manos a los dos jázaros que iban a asesinarlo y huyó en un bote pesquero. Navegó hasta Quersoneso, donde reunió a sus partidarios, y tras muchas penalidades, llegaron a la costa occidental del mar Negro, donde entró en contacto con el kan de los búlgaros, Tervel, asegurándose su apoyo a cambio de promesas de dinero y de la entrega de una corona de César. En el otoño del 705 apareció ante Constantinopla acompañado de Tervel, a la cabeza de un considerable ejército búlgaro-eslavo. Sin embargo, este ejército se estrelló contra las murallas de Constantinopla. Las pretensiones de Justiniano al trono fueron contestadas con burlas y sarcasmos. Justiniano, entonces, se introdujo de noche en la ciudad, junto a algunos compañeros, a través del tubo de un acueducto. La ciudad, sorprendida, fue presa de pánico, Tiberio huyó dejando el campo libre a su audaz rival, que no sólo tenía enemigos en Constantinopla, sino también adeptos, por lo que pudo ocupar el palacio imperial y subió al trono de sus padres por segunda vez, después de diez años de exilio.


Durante seis años, los comprendidos entre el 705 y el 711 gobernó nuevamente en la ciudad a orillas del Bósforo el emperador de la nariz cortada, ahora con una prótesis nasal de oro; compartiendo el trono con su esposa Teodora, que había traído consigo un hijo nacido mientras tanto. Este recibió el nombre de Tiberio y fue elevado a coemperador. El kan de los búlgaros, Tervel, recibió su título de césar, y antes de retornar a su país, recibió el homenaje del pueblo constantinopolitano, sentado en un trono al lado del emperador. Este segundo reinado se caracterizó por el establecimiento de un régimen de terror. Justiniano, medio enloquecido por la mutilación, las humillaciones y los diez años de destierro, llevó a cabo una brutal venganza. Mandó ejecutar a sus sucesores en el trono, los generales usurpadores Leoncio II y Tiberio III, cuyos cuellos fueron pisoteados hasta la muerte en el Hipódromo ante el enfervorizado populacho. Sus cabezas fueron clavadas en picas; los siguientes en caer fueron altos oficiales, que acabaron colgados de las murallas de Constantinopla. Como castigo por haber coronado a Leoncio, el patriarca de Constantinopla, Kallinikos I, fue depuesto y le sacaron los ojos. Estas fueron solo las primeras víctimas del terror instaurado para terminar con sus enemigos. Todos sus opositores, así como aquellos sospechosos de serlo, fueron perseguidos y exterminados. Poseído por una furia vengativa insaciable, olvidó sus deberes más urgentes para con el Estado, desatendió la guerra con los enemigos del Imperio y consumió todas sus fuerzas en la pugna contra sus enemigos internos, ya fueran reales o imaginarios.
    Los árabes se beneficiaron de esta situación. En el año 709 asediaron Tiana, una de las fortalezas más importantes de la región fronteriza con Capadocia. El ejército bizantino que les hizo frente era insuficiente y estaba mal dirigido, ya que los hombres mejor capacitados habían sido víctimas del terror, por lo que fue derrotado, a consecuencia de lo cual Tiana se rindió al enemigo. Los árabes sin encontrar la menor oposición en sus incursiones a Cilicia en los años 710 y 711, ocuparon varias fortalezas. Un pequeño destacamento árabe se atrevió a avanzar hasta Crisópolis, a la vista de Constantinopla.
    Mientras tanto el emperador, no satisfecho de las ejecuciones masivas en la capital, mandó emprender una expedición de castigo contra Rávena, en venganza por la actitud hostil que los ravenenses habían adoptado contra él a lo largo de su primer gobierno. La ciudad tuvo que soportar un salvaje saqueo, sus ciudadanos más distinguidos fueron encadenados y llevados a Constantinopla para ser ejecutados allí, mientras que a su obispo le fueron sacados los ojos. Sin embargo, el contencioso con Roma en lo referente a las decisiones del Quinisexto fue resuelto de manera pacífica: a finales del año 710, el Papa Constantino I, invitado por el emperador, se trasladó a Constantinopla donde fue recibido con los máximos honores. Su reinado tiránico, provocó otro levantamiento en Rávena a finales del 710 y principios del 711, Justiniano envió una expedición contra Quersoneso, el lugar de su exilio. El ejército y la flota mandados a exterminar a la población se rebelaron bajo el liderazgo de un oficial armenio llamado Bardanes, que fue proclamado emperador, cuando Justiniano se encontraba de camino a Armenia, siendo incapaz de regresar a tiempo. Fue arrestado y ejecutado en las afueras de la ciudad de Damatrys, en Bitinia, el 11 de diciembre del 711. Su cabeza fue enviada como trofeo a Bardanes y enviada a Rávena para su pública exhibición, ante la alegría de los supervivientes del cruel saqueo. Al oír la noticia de la muerte de Justiniano, su esposa tomó a su hijo de seis años y lo llevó a la iglesia de Santa María en Blaquernas, tratando de evitar que fuera asesinado. Sin embargo los hombres de Bardanes lo sacaron de la iglesia y una vez fuera lo asesinaron, poniendo así fin a la dinastía Heracliana.



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R.Martín

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