Flavio Heraclio Constante (Constante II) del 641 al 668
DINASTÍA HERACLIANA
Constante II, popularmente “el Barbado”, nació en Constantinopla el 7 de noviembre de 630, hijo de Constantino III Heraclio y de la emperatriz Gregoria, fue nombrado heredero en un ambiente turbulento. A la muerte de su padre, su tío Heracleonas accedió al poder, en un momento en que, la sospecha de que Constantino III había fallecido envenenado desató una oleada de descontento. Un levantamiento promovido por Valentino obligó a Heraclonas a nombrar a Constante como coemperador, recibiendo el nombre de Constantino en los documentos oficiales aunque, cotidianamente, siguió siendo Constante. Valentino traicionó a Heraclonas y a Martina desterrándolos, lo que dejó establecida la sucesión de Constante II como gobernante único, y en noviembre fue proclamado por el ejército, con apenas once años de edad.
En un principio, la regencia recayó sobre el patriarca Pablo II de Constantinopla y sobre el Senado; y el poder efectivo en Valentino, quien, desde 642, mediante alianzas matrimoniales, fue consolidando la influencia de Fausta, su hija, vinculándola al joven emperador. Tanto la regencia como la tutoría lucharon por mantener la cohesión imperial y responder a las pérdidas territoriales en el oeste. La política exterior se dedicó a recuperar las provincias que habían caído en manos de otros pueblos, aunque con escaso éxito. En Italia, los lombardos se extendieron desde los Alpes Marítimos hasta la Toscana, empujando a la exarca de Ravenna al borde de la retirada; mientras que, en el Cáucaso y al este, Armenia y Chipre quedaron sometidas a los árabes. Estas pérdidas supusieron un fuerte impulso moral para revertir las quiebras territoriales, pero las decisiones resultaron ser complejas y a veces dependieron de apoyos exteriores y de alianzas inciertas. Constante II procuró aumentar la defensa ante las amenazas exteriores; buscó evitar que las derrotas se consolidaran y, al mismo tiempo, mantener la integridad del imperio frente a las invasiones.
Un episodio clave fue su intento por recobrar Alejandría y Egipto, territorios que culminaron con las conquistas árabes de la región. Constante II buscó apoyo externo, incluso se dirigió al poderoso imperio chino, a fin de coordinar esfuerzos que permitieran frenar la expansión árabe en el Mediterráneo. Implicar a un aliado tan lejano, nos demuestra la magnitud de la crisis y la voluntad de explorar opciones fuera de las alianzas tradicionales. La superioridad árabe en el mar se hizo cada vez más notoria. Tras la retirada de las fuerzas bizantinas frente a Amr ibn al-As, Alejandría y el delta quedaron bajo presión. Pero, la cooperación entre distintos grupos cristianos, incluidos monofisitas y otros actores, facilitó gestos que favorecieron a Bizancio. El resultado fue un progresivo debilitamiento de la capacidad de respuesta en la frontera africana y un menor dominio de las vías marítimas mediterráneas.
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En lo que se refiere a la política interior, Constante II centró su atención en la Iglesia ortodoxa; el monotelismo había causado tensiones internas, y para contenerlas, en el año 648 emitió un edicto que prohibía seguir discutiendo dicha doctrina. La medida provocó resistencia en la Iglesia de Roma y fue motivo de conflictos entre el poder imperial y el papado. El monotelismo no logró ser aceptado por la mayoría, y Constante II tomó represalias contra quienes se oponían, incluyendo el exilio de figuras notorias de la curia.
La intervención papal fue decisiva en este asunto. Tras la muerte del papa Teodoro I, el papado vivió una crisis que desembocó en la elección de Martín I como papa, nombramiento que tuvo que ser ratificado por el emperador. Martín I aceptó convocar un concilio que terminó rechazando tanto el Typos, lo que llevó al emperador a intensificar la confrontación. La tensión entre poder civil y religioso fue una constante. La influencia del emperador sobre la Iglesia atravesó momentos de incierta cooperación. Constante II utilizó su autoridad para influir en las designaciones papales, a la vez que intentaba reforzar su control sobre la jerarquía eclesiástica, para mantener la unidad doctrinal que consideraba necesaria para la defensa del imperio. Sin embargo, estas maniobras produjeron un clima de tensión entre Roma y Constantinopla que se sostuvo durante gran parte de su mandato. Intentó afirmar la autonomía eclesiástica de ciertas sedes. En el 666, decretó la autocefalia de la Iglesia en Ravenna, una medida que, al permitir la elección de su obispo sin la ratificación papal, suscitó un fuerte debate entre las autoridades romanas y el gobierno imperial. Decisión que fue interpretada como un intento de reformar la relación entre la sede romana y el resto del mundo bizantino.
Entre los años centrales del reinado de Constante II, varios historiadores de la posibilidad de que haya sido responsable de una reorganización administrativa, especialmente en torno a los thema y a la forma de articular el poder civil y militar. Aunque no es seguro, algunos textos señalan que estas reformas, si bien permitieron sostener un ejército considerable, también afectaron la distribución de responsabilidades y la estructura de la administración provincial. Los stratiota recibían tierra para cultivar, en lugar de sueldos, lo que transformaba la lealtad personal hacia la provincia en una motivación económica y de defensa local. La figura del strategos absorbía funciones civiles y militares, concentrando las decisiones estratégicas en una sola autoridad. La reducción de costos militares, gracias al pago en tierra, permitió mantener un importante ejército, a pesar de la pérdida de provincias prósperas. La reforma militar y la centralización del poder en una autoridad única se inscriben ante amenazas externas y ante la necesidad de garantizar una presencia constante en las fronteras orientales y occidentales.
La defensa del imperio frente a los árabes y a las incursiones eslavas dominó gran parte del reinado de Constante II. A comienzos del año 648 se firmó una tregua de dos años con los invasores, lo que permitió a los bizantinos reforzarse; mientras tanto, los árabes se lanzaron contra Nubia y Etiopía. Tras finalizar la tregua, se reanudaron los combates y se inició una campaña contra Sicilia, registrándose avances de la marina musulmana. En Chipre, los árabes impusieron un fuerte tributo, aunque se evitó la ocupación gracias a la llegada de refuerzos, que alentaron la recuperación de la isla. Entre los años 650 y 652, el esfuerzo árabe continuó en Asia Menor y en Cilicia, y la bahía del Mediterráneo fue escenario de nuevas pérdidas territoriales. En Anatolia, la presión árabe coincidió con una campaña bizantina, pero la flota árabe se impuso derrotando a las fuerzas romanas en varios frentes. En esa fase, la guerra arábigo-bizantina demostró que la superioridad naval árabe era un factor decisivo para el control de rutas marítimas y puertos clave de la región oriental. El intento de Constantinopla de detener el avance musulmán se vio complementado por campañas para contener la presencia eslava en los Balcanes. A partir del 659, Muawiya dispuso una tregua para concentrar fuerzas en la lucha interna entre Muawiya y Ali en el califato, lo que supuso una pausa en las hostilidades contra Bizancio. Constante II ordenó operaciones para debilitar a las tribus eslavas, con el objetivo de proteger Grecia y las rutas hacia la península bítica. Los frentes eslavos sufrieron derrotas que supusieron el traslado de poblaciones hacia Asia para uso militar, una maniobra que indudablemente alteró el equilibrio demográfico de la región.
La gran ambición de los árabes era capturar Constantinopla y establecer una flota capaz de proyectarse hacia Trípoli y Siria. Sin embargo, este plan topó con la resistencia de una red de comunidades cristianas que lograron retardar la conquista de la capital. Entre los años 651 y 654, los bizantinos perdieron algunos de sus dominios en la región arábigo-siria, y Rodas cayó en manos árabes. En el 654, la pérdida de Rodas supuso un golpe que afectó la capacidad de comunicaciones y la moral de las tropas. El imperio intentó recuperar territorios en Asia Menor, aunque la campaña encontró una fuerte resistencia árabe y la derrota en varias ciudades costeras. Estas campañas, a su vez, alimentaron la discusión sobre la conveniencia de mantener una defensa costosa y la conveniencia de reorganizar las tropas en torno a las provincias y a los recursos locales.
El conflicto balcánico y la defensa de Grecia continuaron siendo prioritarios. Constante II llevó a cabo campañas para contener la presión eslava y, a la vez, para sostener una línea defensiva en el sur de Italia. En la península itálica, las fuerzas lombardas continuaron su avance, devastando Calabria y otras zonas, hasta dejar solo pequeñas franjas costeras en manos de Bizancio. En este contexto, la estrategia imperial se orientó a buscar apoyos en otras potencias cristianas y a reorganizar la defensa naval para impedir la consolidación de la supremacía árabe en el Mediterráneo. La mirada del emperador, se extendió a África; intentó recobrar Cartago y otras ciudades que habían pasado a tributarias de los árabes. En esta región africana se generaron nuevas tensiones, lo que provocó la necesidad de consolidar la presencia territorial mediante sistemas administrativos y militares que permitieran sostener la defensa ante posibles incursiones. Constante II asumió un papel activo en las operaciones y en la negociación de acuerdos.
Con el paso de los años, la hostilidad hacia Constantino II, creció entre los italianos y entre sectores influyentes de Constantinopla, que veían con recelo su política de impuestos y su manejo de las provincias. En Sicilia, Calabria y Cerdeña, la presión fiscal y las políticas de control le ganaron desafección incluso entre quienes habían sido leales. El descontento culminó en el 668 con una conspiración que terminó con su vida, el 15 de julio de ese año, en Siracusa, a la edad de treinta y ocho años, mientras se bañaba en el recinto termal de Dafne. Se dice que la muerte fue obra de un sirviente; algunas versiones mencionan también la intervención de Mececio, que sería proclamado usurpador tras el hecho. La caída de Constante II dejó un vacío de poder que provocó que su hijo Constantino IV emprendiera una expedición para vengar la muerte de su padre y restablecer la autoridad. La campaña logró derrotar al usurpador en el 669, devolviendo la autoridad a la dinastía y restaurando la continuidad de la monarquía en el interior de la estructura imperial. La capital, sin embargo, siguió debatiéndose entre la centralidad de Constantinopla y las pruebas que exigía la nueva realidad geopolítica en el Mediterráneo.
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R.Martín









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