martes, 27 de febrero de 2018

Juana de Trastámara, la Beltraneja


Había nacido en Madrid, el 28 de febrero de 1462, fruto del matrimonio de Enrique IV de Castilla con su esposa Juana de Portugal. Los adversarios de Enrique la acusaron de bastarda, en virtud de los rumores sobre la impotencia del rey, el cual había anulado su primer matrimonio acusando a su esposa, Blanca de Navarra, de no haberle dado un heredero, hecho que no evitó los rumores de impotencia del rey; y la frivolidad de la reina. De ahí proviene su apodo “La Beltraneja”, pues decían que era hija del favorito Beltrán de la Cueva.


El 7 de marzo de 1462, una niña de 11 años sostenía en sus brazos a un bebé que iba a recibir el bautismo. Esta niña era Isabel, a quien la historia conocería como La Católica; el bebé, su ahijada, era Juana. Tía y sobrina, madrina y ahijada, no sabían en aquellos años que con el tiempo serían enemigas y dividirían las tierras castellanas en una cruel guerra de Sucesión.

A pesar de los rumores, Juana fue jurada en las Cortes de Madrid como Princesa de Asturias y se convirtió en heredera legítima al trono de Castilla. Un trono que le sería ofrecido y vetado en demasiadas ocasiones a lo largo de su vida. La vida disoluta de la reina Juana de Portugal, y el poco carácter de Enrique fueron aprovechados por una nobleza ávida de poder. Por consecuencia Juana se convirtió en el chivo expiatorio. No tardaron en levantarse voces dudando de su legitimidad. El supuesto parecido con Beltrán de la Cueva al parecer amante de la reina dieron pie a las calumnias. De ahí el triste apodo que acompañaría a Juana, la Beltraneja.

En 1464, los nobles encabezados por don Juan Pacheco, Marqués de Villena, redactaron el Manifiesto de Burgos, en el que consideraban públicamente a Juana como hija bastarda de la reina. Es en ese momento, cuando entra en escena el príncipe Alfonso. Enrique IV era hijo de Juan II y María de Aragón. Juan II tuvo otros dos hijos de su segundo matrimonio con Isabel de Portugal, Alfonso e Isabel. Ambos, medio hermanos de Enrique, habían estado en la sombra, desde que Juana llegara al mundo y se convirtiera en la primera en la línea sucesoria.

Los nobles descontentos con Enrique, habidos de poder, y en contra de Juana, utilizaron a Alfonso para eliminarlo a él y su descendencia de la línea sucesoria. Enrique fue incapaz de solventar aquella situación, que dio lugar a uno de los hechos más rocambolescos de la historia de España: La Farsa de Ávila.

El 5 junio de 1465, la nobleza encabezada por don Juan Pacheco, Marqués de Villena, depuso la efigie del rey y puso la de Alfonso en su lugar. Lo que ha pasado a la historia como la Farsa de Ávila, y que supuso el punto álgido del descontento nobiliario. La nobleza demostraba con este hecho que iba a defender los derechos dinásticos de Alfonso. La Farsa de Ávila trajo enfrentamientos armados, que terminaron con la sospechosa muerte de Alfonso, tres años después. Con toda seguridad, fue envenenado. Pero a la nobleza rebelde, le quedaba otra oportunidad en la persona de su otra hermana, Isabel, quien no quería ningún problema con el rey. Pronto cambiaría de opinión. Mientras el reino se levantaba en armas, Juana y su madre vivían refugiadas en varios castillos y custodiadas por algunos miembros de la nobleza.

El 19 de septiembre de 1468 en la explanada de los conocidos como Toros de Guisando, Enrique IV ratificaba unos acuerdos, pactados previamente con la nobleza rebelde. Entre otras cosas, proclamaba la ilegitimidad de su propia hija y aceptaba a Isabel como su heredera. Entre otras condiciones indicadas en el pacto, figuraba una que Isabel debería casarse con la aceptación de su hermano el rey. Un año después de la firma del Pacto de Guisando, Isabel se casaba, en secreto, con Fernando de Aragón, sin esperar la aprobación de Enrique. Esto sirvió para la reacción del rey, que revocó lo firmado en Guisando mediante la Declaración de Valdelozoya. Juana volvía a ser la legítima heredera.


Los hechos se precipitaron. Mientras Enrique buscaba un marido fuerte para Juana, que defendiera sus derechos dinásticos, daba un paso en falso reconciliándose con Isabel. De poco serviría, pues el Impotente moriría súbitamente, también pudo ser envenenado, el 11 de diciembre de 1474.

Castilla quedaba sin rey, con una heredera dudosa y pocos partidarios y una tía, ambiciosa, que supo aprovechar la situación. Solamente dos días después de la muerte de Enrique, Isabel se autoproclamaba en Segovia reina legítima de Castilla. Juana, apoyada por la familia Mendoza, consiguió el apoyo de su tío el rey de Alfonso V de Portugal con quien se casó el 12 de mayo de 1475. Alfonso entró por Extremadura acompañado de un importante ejército, dispuesto a luchar para defender sus derechos. La guerra de sucesión al trono castellano no había hecho más que empezar.

Juana y Alfonso tuvieron que hacer frente al ejército de Isabel y su esposo, Fernando de Aragón, mucho más preparado y efectivo. La lucha se alargó hasta que el 1 de marzo de 1476 en Peleagonzalo, a las puertas de Toro, el ejército portugués era definitivamente derrotado. Las armas habían dado la legitimidad a Isabel. Juana era derrotada para siempre. Juana de Trastámara huyó a Portugal, abandonada por todos. Francia hizo oídos sordos a sus peticiones de ayuda decantándose por Isabel y Fernando. Incluso la mano de los Reyes Católicos llegó hasta el papado que revocó la dispensa por consanguinidad emitida años antes.

El 4 de septiembre de 1479, terminaba oficialmente el conflicto sucesorio con la Paz de Alcaçovas. Portugal reconocía a Isabel y Fernando como reyes de Castilla. A Juana se le propuso casarse con su primo Juan, hijo de los Reyes Católicos o ingresar en un convento. La primera opción fue desestimada. Tenía apenas 18 años cuando ingresó en el Convento de Clarisas de Coimbra. Allí pasó el resto de su vida, aunque se le permitió salir bajo supervisión. Conocida como La Excelente Señora, allí sobrevivió a todos los que le negaron lo que ella siempre creyó su herencia, la corona de Castilla. La historia no le permitió que su nombre apareciera junto al rango de monarca, algo a lo que ella nunca se resignó. Hasta su muerte, acaecida el 12 de abril de 1530, Juana firmó todos sus documentos como “Yo, la Reina”.


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