Flavio Heraclio (Heraclio I) del 610 al 641
DINASTÍA HERACLIANA
Heraclio nació en Capadocia en torno al año 575, era hijo de Heraclio, gobernador de Cartago, quien le eligió, el año 610, respondiendo a una petición del Senado de Constantinopla para que acudiera a liberarlos de Focas. A Heraclio se le dio el mando de una flota que, al ser avistada desde Constantinopla, provocó el derrocamiento de Focas, siendo proclamado emperador, en un momento en que el Imperio se desmoronaba, y, además, estaba en bancarrota.
Sus primeras campañas militares fueron un desastre, siendo derrotado por los persas, perdida Jerusalén en el año 614 y, parte de Egipto en el año 618, este último era la principal fuente de cereal. Pero no acabaron aquí los reveses militares, puesto que continuaron en el norte de África hasta el año 629. La situación era tan grave que Heraclio consideró regresar a Cartago y establecer allí su capital, pero el obispo de Constantinopla, Sergio I, y la población, sabedores de cuál sería su destino, lo convencieron para que se quedara.
A partir del año 622, la situación, en Oriente, mejoró, al lanzarse Heraclio al ataque con un ejército bien preparado, logrando vencer al rey persa, Cosroes II. Pero, en casa las cosas no iban tan bien, pues mientras el emperador estaba en campaña, el año 626, 80.000 ávaros y persas, sitiaron la capital; por lo que tuvo que enviar a un tercio de su ejército para defender Constantinopla. La capital tuvo que resistir dirigidos por el general Bonos y Sergio, quien hizo marchar a la población, alrededor de las murallas, portando un icono de la Virgen María. Aunque fueron las formidables fortificaciones de Constantinopla las que ofrecieron una eficaz protección. Debilitado el ejercito persa por el envío de tropas para atacar Constantinopla, quedó destruido, el año 627, en la Batalla de Nínive. Cuentan las crónicas que, Heraclio, al frente de su ejército, mató al general Razates, en combate singular, contándole la cabeza de un solo golpe. Gracias a dicha victoria, las arcas del Estado bizantino recibieron un apoyo económico muy necesario tras el saqueo de Ctesifonte tras la batalla. Cosroes II fue derrocado, y el año 630, tras una negociación de paz, el Estado persa se derrumbó. Cuatrocientos años de guerras entre los dos imperios llegaron a su fin.
Heraclio pudo recuperar una reliquia de la Vera Cruz (la cruz de madera en la que fue crucificado Jesucristo), fragmento que había sido robado por los persas en Jerusalén. Cuando los árabes amenazaron Jerusalén en el año 635, el emperador lo hizo trasladar a Constantinopla para que descansara en la Iglesia de Santa Sofía.
El Imperio bizantino adquirió confianza en su emperador, que era capaz en el trono, considerando que era el momento adecuado para romper algunos de los antiguos lazos con el Imperio romano, desaparecido hacía mucho tiempo. El griego se convirtió en la lengua oficial, dejando de lado el latín, una lengua en desuso que solo perduraba en las leyes. Los títulos romanos de augusto y cesar, hasta entonces utilizados, se sustituyeron por el griego Basileus (rey). Sin embargo, el año 636, a pesar de este optimismo, la suerte de Heraclio se desplomaba de nuevo, al obtener, los árabes, una victoria decisiva en la Batalla del Yarmuk., donde el ejército bizantino fue masacrado. Los árabes, que parecían haber surgido de la nada, estaban liderados por el brillante general Jalid, que había formado un ejército de gran movilidad a base de incluir camellos. La derrota en el Yarmuk, afluente del río Jordán, dio a los árabes el control de Siria; pero no se detendrían ahí y cuatro años más tarde, coincidiendo con el final del reinado de Heraclio, el califato árabe controlaba también Mesopotamia, Armenia y Egipto. Bizancio no disponía de los medios necesarios para impedir la desintegración de la parte oriental del imperio.
Durante su reinado, la Iglesia siguió dividida por las disputas teológicas, en particular el debate entre el monofisismo y el diofisismo: los primeros sostenían que la naturaleza de Cristo era a la vez divina y humana (o simplemente divina), mientras que los segundos defendían que tenía dos naturalezas separadas. Heraclio intentó resolver algunos de los debates con su decreto del 638, la Ekthesis, que apoyaba el monotelismo, idea que fue rechazada por el nuevo papa Severino y condenada por el Concilio Ecuménico (680-681). En cualquier caso, su plan para pacificar a las dos partes de la Iglesia se hizo innecesario cuando Bizancio perdió las zonas orientales del imperio.
Como si Heraclio no tuviera suficientes problemas en el exterior, había muchas intrigas desde dentro. La principal causa parecía ser Martina, la segunda esposa del emperador que también era su sobrina. Tanto la Iglesia como el pueblo habían criticado este matrimonio incestuoso, pero los éxitos obtenidos contra Persia habían acallado las críticas. Pero, cuando los ejércitos árabes fueron saqueando una ciudad tras otra, el pueblo comenzó a murmurar que Dios había abandonado a los bizantinos a causa del pecado de su emperador. El que seis de los nueve hijos de la pareja nacieran con deformidades o murieran en la infancia echó más leña al fuego. También el emperador tenía su propio mal, en forma de una enfermedad que lo envejeció prematuramente. Heraclio murió el 11 de febrero del año 641, siendo enterrado en el mausoleo imperial de la Iglesia de los Santos Apóstoles, en Constantinopla.
Martina, por su parte, conspiró para que su propio hijo, Heraclio II, fuera nombrado próximo emperador. Algo que logró a medias, ya que Heraclio II compartió el trono con su medio hermano Constantino III (hijo del primer matrimonio de Heraclio con Eudocia). Constantino murió apenas tres meses después que su padre, de tuberculosis, lo que le dio a Martina la oportunidad de manipular a su hijo y poder gobernar como regente. La pérdida de Alejandría a manos de los árabes no les ayudó. Y cuando Valentino Arsakuni los derrocó en septiembre del 641; cortó la lengua a Martina y la nariz a Heraclio II, además de exiliarlos a Rodas. Las mutilaciones eran una marca de que no eran aptos para el cargo, convirtiendose, a partir de entonces, en una práctica habitual. El propio Arsakuni fue derrocado unos meses más tarde por Constante II, hijo de Constantino III, quien no tuvo más éxito que Heraclio I a la hora de frenar el declive territorial del Imperio bizantino.
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