La batalla de Algeciras de 1801
Asegurada la superioridad naval en el Mediterráneo, se podría
continuar con la aventura egipcia o repatriar al ejército. La flota británica
del Mediterráneo se encontraba al mando del almirante John Warren, que,
una vez derrotada la escuadra francesa en Aboukir, había quedado bastante
reducida, para poder incrementar el poderío naval en el resto de los océanos.
En las cláusulas del Tratado se disponía que, dos
contingentes navales galos, al mando de los contralmirantes Linois y Dumanoir,
saldrían de Tolón y Cherburgo, para unirse en Cádiz a la escuadra del almirante
Moreno, que se trasladaría desde su base del Ferrol. Quedaba sin definir
el mando de dicha flota combinada, aunque Moreno era teniente general (vicealmirante),
mientras que los otros eran contraalmirantes. Además, España ponía mucha más
fuerza, y es costumbre que, la nación que expone más tropas ostenta el mando.
Pero la Francia revolucionaria, no podía consentir que un francés estuviera a
las órdenes de un extranjero. Pero fue esta circunstancia, la principal causa
del fracaso de esta campaña, a pesar de tener todo a su favor. Se puedo
comprobar que, dicho fracaso, se debió a la inexistencia de un mando único, lo
que provocaba la necesidad de unanimidad para afrontar cualquier acción, algo que
en la guerra no se puede dar.
Linois parte de Tolón con tres navíos y una fragata. Durante la
travesía se encuentran con un buque enemigo, del cual se desconoce la
nacionalidad o si era mercante o de guerra. Tras la batalla, el almirante Moreno
asume el mando de la flota combinada, junto a Linois, al dar a conocer
las circunstancias de ese encuentro, se mencionan dos: un bergantín de 14
cañones y un bajel de 8, aunque sin mencionar los nombres. Este bajel podría
ser de corso, ya que, por estas aguas, los jabeques de corso español
controlaban el área marítima del Estrecho, aunque también hay que tener en
cuenta que los ingleses habían iniciado una campaña contra el corso español,
dando patentes a diversos buques, tanto a ingleses como a sus aliados. A la
entrada al estrecho de Gibraltar, se les cruza el Speedy, un bergantín de
14 cañones, que ejercía el corso en estas aguas y cuyo capitán, lord Cochrane,
había adquirido bastante fama, ya que había capturado 33 presas, en su mayoría
españoles y franceses. Cochrane, consciente de que su fama podría
costarle cara, presentó una batalla desigual, intentando evadirse del cerco. Aunque,
a pesar de sus esfuerzos, tuvo que rendirse ante la superioridad numérica
francesa. En Algeciras, las autoridades españolas quisieron juzgarlo como
pirata, pero Linois, fiel a la palabra dada, y alegó que era prisionero
de Francia.
Comienza el combate naval de Algeciras
En la mañana del día 6 de junio aparecieron, por Punta Carnero,
los navíos Caesar, insignia de Saumarez, de 80 cañones, y Pompée,
Venerable, Hannibal, Spencer y Audacious, de 74
cañones y la fragata Thames de 40. Los cuales, confiados en su
superioridad, pretenden realizar la misma maniobra que Nelson en Aboukir, es
decir, remontar, con una parte de su flota, en toda su longitud la línea francoespañola,
por la parte más cercana a la costa, en tanto que los restantes atacaban por el
lado del mar abierto, y así cogerles entre dos fuegos, despreciando las
baterías de costa.
La escuadra inglesa navega en línea, con el Venerable en
primer lugar, el cual cruza por delante de las baterías de San García, que
rompen el fuego, a las 08:25, sin responder al mismo. Asimismo, cruza la primera parte de la línea francesa, ocupando su posición en el extremo norte
de la misma. Le sigue el Pompee, efectuando una maniobra similar, colocándose
en el centro del despliegue hispanofrancés. Detrás, el Audacious, Caesar,
Spencer y Hannibal, iniciando un intenso fuego sobre los navíos franceses.
Linois, intuye la maniobra británica, y, ante la posibilidad de ser
envuelto, aprovecha una caída del viento, y ordena cortar los cables que
mantenían fondeados a sus buques; los cuales se aproximaran a la costa, encallando
y quedando mejor protegidos por las baterías de costa. Destaca la inmovilidad
francesa, frente a la agilidad inglesa.
A las 10:30, Saumarez se da cuenta del daño que le están
produciendo las baterías de costa, por lo que ordena ponerse al viento. El Pompee,
ha sufrido tales daños que le es imposible navegar, por lo que se ve obligado a
remolcarlo con los botes. Ante el fuego recibido desde la batería de Isla
Verde, el almirante inglés decide efectuar un desembarco, algo que no puede
realizar, ya que, las fuerzas reservadas para ello se encuentran en los botes
que remolcan al Pompee. Mientras, el Hannibal se encuentra
realizando la maniobra de desbordamiento por el norte de la línea francesa, al
objeto de tomarla entre dos fuegos, pero encalla, quedando inmovilizado, y recibiendo
el mortífero fuego de la batería de Santiago, sin posibilidad de recibir
auxilio ante la muralla de fuego que presentaban las baterías de Torre de la
Almiranta, y de Palmones, situadas al este de la de Santiago.
De nuevo intentan efectuar un desembarco los ingleses, pero el
daño sufrido es demasiado grande, y la potente movilidad esgrimida por el almirante
inglés, que disminuía el efecto de los cañones enemigos, desaparece, al decaer
el viento. Poco antes de las 13:00 horas, el capitán Ferris del Hannibal,
ordena arriar el pabellón, incluyendo a las tripulaciones de los botes que le
había enviado su almirante para desencallarlo. Al regresar a Inglaterra, tras
su liberación, el capitán Ferris es procesado, junto a sus oficiales y
tripulación, por rendir al buque.
La batalla se fue haciendo cada vez más encarnizada, una vez que
cesó el viento y el combate se redujo a un intenso y letal cañoneo entre
los contendientes, dada la inmovilidad de los barcos. A las 13:30, el Hannibal
se había rendido; el Pompée se encontraba inmovilizado y cinco de las
lanchas cañoneras españolas habían sido hundidas. La batalla estaba perdida
para los británicos. Saumarez piensa que era posible hundir a todos los
buques franceses, pero le es imposible destruir a las baterías de costa
españolas, que, incansables, lanzan muerte sobre sus barcos. La artillería
británica centra su fuego sobre isla Verde, pero sus fortificaciones son más
fuertes que el maderamen de los barcos. La batería de Santiago es la que más
mortandad causa y también la que más dificultades presenta a los artilleros
ingleses para alcanzarla. Mientras, la ciudad sufre, y son numerosas las balas
de cañón que alcanzan a los edificios. Milagrosamente la Torre de la iglesia de
la Virgen de la Palma se mantiene incólume. La población ha evacuado la ciudad
y mira expectante desde las actuales alturas del barrio de San Isidro. Es
posible que, haya sido la única batalla que ha contado con espectadores, ya que
las poblaciones de Algeciras y Gibraltar fueron espectadores de excepción, unos
desde San Isidro y otros desde la muralla de mar de Gibraltar.
A las 12:30 horas, Saumarez da la batalla por perdida y
ordena retirarse hacia Gibraltar. Como resultado, los ingleses habían perdido
el Hannibal, apresado; el Pompée, en un estado lastimoso y sin
posibilidad de reparación; y muy dañado, el Caesar, que recibió cinco impactos
en su palo mayor y varios en sus otros palos y vergas. Las bajas de esta batalla,
las fijan los historiadores galos en 1.500 muertos y heridos, mientras los
ingleses reconocieron 121 muertos y 240 heridos.
Ramón Martín




Un relato muy bien llevado. Saludos
ResponderEliminarGracias Federico.
EliminarParte de esta historia la leí hace tiempo porque tengo familia en Algeciras y escribí una novela que menciona parte de su historia. Muy buen post. Te aplaudo. Un abrazo
ResponderEliminarMuchas gracias. Un abrazo.
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