martes, 4 de julio de 2017

EL HUNDIMIENTO DEL WILHELM GUSTLOFF

Existe una catástrofe desconocida para muchos, pero que, a día de hoy, sigue siendo el mayor desastre marítimo del mundo: el del Wilhelm Gustloff, un buque nazi en el que, tras ser torpedeado, murieron más de 9.000 refugiados y militares del Reich en las postrimerías de la II Guerra Mundial.
En muchos puntos la historia del hundimiento del Wilhelm Gustloff, es similar a la del Titanic. En ambos los botes salvavidas eran insuficientes; en los dos hubo que emplear armas de fuego para controlar a los pasajeros y en ambos hubo una gran cantidad de fallecidos, aunque en la catástrofe del buque nazi fallecieron seis veces más personas. La construcción estuvo a cargo de los astilleros Blohm & Voss por mandato de Adolf Hitler, quien ordenó además que el buque debería ponerse a las órdenes de la Kraft durch Freude (KdF), organización nazi dedicada a establecer las vacaciones de los alemanes. El 5 de mayo de 1937 este transatlántico fue botado por el mismísimo Führer.
Aunque se barajaron varios nombres, finalmente se decidió llamarle Wilhelm Gustloff en honor de un político nazi asesinado algunos años antes.
Con 208,50 metros de eslora y 23,50 metros de manga, este buque no contaba con la envergadura del Titanic (que le superaba en 60 y 5 metros respectivamente). Hitler había ordenado construir varios buques de recreo que pudieran ser utilizados en combate. El Gustloff fue ideado para transportar 1.465 pasajeros, a los que había que agregar los aproximadamente 500 tripulantes, para lo cual necesitaba unas colosales instalaciones. Alimentar a casi 2.000 personas no era tarea fácil. Este buque contaba con una curiosa característica: no contaba con clases, todos los camarotes eran de un lujo considerable y similar, con una sola excepción; el Camarote del Führer.
Después de una travesía inaugural realizada el 23 de marzo de 1938 sin incidentes, el Wilhelm Gustloff comenzó a llevar todo tipo de ostentosos viajes a múltiples partes del mundo. De hecho, pronto comenzó a hacerse famoso por efectuar un trayecto a la isla de Madeira. Para sus pasajeros, cruzar los mares a bordo de este inmenso transatlántico era todo un honor y un privilegio.

Tras unos meses como barco de recreo, el Gustloff llevó a cabo la primera misione militar, y es que el 22 de mayo de 1939 el Führer ordenó a este trasatlántico dirigirse a Vigo, para recoger a la Legión Cóndor. Pocos días después, el Gustloff amarró en el puerto ante los aplausos de los militares españoles. El 26 de mayo de 1939 miles de fascistas estaban en el puerto para decir adiós a sus compañeros de armas.
No obstante, todo cambió para el Gustloff aquella mañana del 1 de septiembre de 1939 en que Hitler hizo oficial el inicio de la II Guerra Mundial. Aquella mañana mediante un discurso ordenó a multitud de buques servir de apoyo a las Fuerzas Armadas convirtiéndose en barcos hospital. Y es que, como Alemania tenía prohibida la construcción de cualquier buque que pudiera ser utilizado para la guerra, había ordenado construir barcos que pudieran reconvertirse rápidamente en hospitales y armas flotantes. Uno de ellos era el Gustloff, en poco tiempo se modificó, se pintó de blanco sólo atravesado por una gruesa línea verde, se añadió en su chimenea el símbolo de la cruz roja.
A partir del 1 de septiembre de 1939 se terminó el sueño del buque de recreo, de las travesías marítimas para los trabajadores, de los espléndidos viajes a Madeira, alrededor de Italia y a los fiordos noruegos. Fue un breve sueño como buque de la KdF que duró apenas un año y 116 días. El tiempo de la alegría había terminado. Tras entrar a formar parte de la Armada, el Gustloff participó en varias misiones de rescate y curación de heridos a lo largo de toda la costa. A su vez, fue uno de los buques hospital movilizados por Hitler para llevar a cabo la Operación León Marino, que finalmente no se llevó a cabo.

Después de cancelar dicha Operación, el Gustloff fue dado de baja como buque hospital y reconvertido, el 21 de noviembre de 1940, en una vivienda para la Sección II de la Segunda División de Instrucción Submarina. Para darle una mayor apariencia militar, se volvió a repintar de forma similar a los buques de la Kriegsmarine y se le añadieron algunas ametralladoras antiaéreas como posible defensa ante los cazas aliados. Acabó anclado en el puerto de Stettin durante más de cuatro años, convertido en el alojamiento de los cadetes de la base de instrucción en guerra submarina, Cuando parecía ya nunca volvería a navegar, el Gustloff recibió su última misión, la que condenaría a casi 10.000 personas a la muerte.
El Wilhelm Gustloff tenía una estructura de mando doble. Como barco civil se hallaba a las órdenes del capitán Friedrich Petersen de la marina mercante y como navío de alojamiento para tripulantes de submarinos estaba al mando del comandante Wilhelm Zahn.

En enero de 1945 recibió la orden de dirigirse a la región de Gdynia, en Polonia, para rescatar a los refugiados alemanes que huían del avance del ejército rojo en la Prusia Oriental. Formaba parte de la Operación Hannibal, un plan mediante el que los nazis pretendían, con la ayuda de 1.100 buques, desplazar a más de dos millones de refugiados a territorio seguro, fuera del alcance de la guerra. No obstante, lo que no sabían los altos mandos era que, a pesar de salvar a un gran número de civiles, las aguas del Báltico quedarían teñidas de rojo con la sangre de los fallecidos en el hundimiento del transatlántico. Todos los buques disponibles en el Báltico fueron destinados a la evacuación. Durante la gélida noche del 30 de enero de 1945, más de 60.000 refugiados alemanes de ambos sexos se apretujaban, luchando contra el pavor y el frío, en el muelle del puerto báltico de Gotenhafen. En medio de una selva de empujones, golpes y gritos, se afanaban desesperadamente por subir al crucero Wilhelm Gustloff, a bordo del cual podrían llegar a Dinamarca. Mientras los oficiales intentaban contabilizar y distribuir lo mejor posible a los pasajeros, eran muchos los que subían a bordo desordenadamente burlando la guardia.

Eran momentos desesperados, quedarse en tierra significaba una muerte casi segura. Por ello, y a pesar de que se habían asignado una serie de pasajes para el Gustloff, fueron miles los que lograron hacerse un hueco a costa de la incapacidad moral de los guardias, quienes no pudieron negar la entrada a nadie.
Las últimas investigaciones dicen que a bordo del Gustloff se hacinaron 8.956 refugiados, 918 oficiales y marineros de la 2ª División de Submarinos, 373 mujeres del cuerpo femenino auxiliar de la armada, 173 auxiliares y 162 heridos graves, lo que hacía un total de 10.582 personas. Es decir, el transatlántico partía nada menos que con una carga 9 veces superior a la aconsejable.
Sin embargo, el problema no era solo que no quedara ni un resquicio libre en el veterano buque, sino que no había a bordo botes suficientes para todos los pasajeros, únicamente existían balsas de salvamento para unas 5.000 personas.
Con todos estos problemas, a las 12.30 del martes 30 de enero de 1945 cuatro lanchas remolcaron el Gustloff fuera del muelle para que pudiera alejarse del puerto. En ese día, los alemanes celebraban la subida de Adolf Hitler al poder en Alemania. Los ánimos no estaban para fiestas, el frío sacudía a los que se encontraban en las cubiertas superiores y la baja temperatura del mar hacía imposible la supervivencia al que resbalara y cayera al mar. La tripulación militar del buque tampoco celebraba este viaje, sabían que estaban indefensos ante cualquier ataque, temían sobremanera un asalto marítimo debido a la presencia en el Báltico de multitud de submarinos soviéticos y a la escasa escolta que había recibido el Gustloff: un torpedero, el Löwe, que poco podría hacer.
A las 21:08 del día 30 de enero de 1945, el Wilhelm Gustloff navegaba entre la Bahía de Danzig y la isla danesa Bornholm, casi a la altura de Stolpmunde en Pommerania Tras algunas horas de viaje, un mensaje llegó a los capitanes nazis. Las noticias no podían ser peores. Una unidad de dragaminas alemana navegaba en su dirección y había peligro de colisión. Era necesario encender las luces de posición del navío, hasta ahora apagadas, para que los barcos pudieran esquivar al poderoso Gustloff. Tras una acalorada discusión en el puente, los oficiales dieron la orden y las luces se encendieron. Exactamente como temían, el breve momento en el que estuvieron activadas reveló la posición del transatlántico, visto por el submarino soviético S-13 al mando de Alexander Marinesko. Él sumergible no lo dudó, cargó cuatro torpedos y tomó posiciones para atacar el flanco de un buque cargado de civiles y tropas del ejército de Hitler.

A las 23:00 hora de Moscú, el submarino se colocó en posición de disparo. El S-13 se acercó a unos 1.000 metros del objetivo. Marinesko ordenó preparar los torpedos de proa para un ataque en superficie y sumergirse luego a una profundidad de tres metros. Cuando la proa del enorme buque fue reconocible en el centro de la retícula del periscopio del S-13, Marinesko dio la orden, No había vuelta atrás, el sumergible ruso había lanzado los cuatro torpedos.
A las 21:15, tres impactos hicieron blanco en el costado de estribor del Gustloff. El primero impactó sobre la proa, provocando el cierre de los mamparos de seguridad que evitaban que el barco se fuera a pique. En un suceso similar al acaecido en el Titanic, miles de personas se quedaron aisladas en la sección delantera del barco, ahora sellada, sin posibilidad de subir al exterior. Estaban condenadas a morir ahogadas. El segundo torpedo estalló en la piscina interior de la cubierta más baja del Gustloff, la cual se había vaciado para acomodar en ella varias decenas de enfermeras auxiliares de la marina. La muerte las sorprendió mientras dormían. Finalmente, el tercero chocó contra la parte trasera del barco, mientras que el cuarto no llegó a salir, debido a un fallo mecánico, del S-13.
Casi automáticamente a sabiendas de que los botes eran insuficientes, una avalancha humana se lanzó sobre ellos mientras el barco se escoraba a estribor. En apenas 10 minutos el terror se apoderó de toda alma a bordo. Desde el puente, la orden fue clara: ¡Mujeres y niños primero! Pero, como era de esperar, muchos hombres no aceptaron esta premisa y cargaron contra los botes y los oficiales que los custodiaban. Algunos soldados se vieron obligados a abrir fuego con sus pistolas sobre los pasajeros.
Mientras la gente buscaba desesperadamente en la cubierta superior del Gustloff alguna posibilidad de salvación, muchos seguían luchando en el interior del buque contra un destino horrible; yacían heridos o aturdidos en los camarotes, por los corredores y en las salas, estaban tirados, tumbados en el suelo o corrían desesperados de un lado a otro. En pocos minutos los botes se acabaron a pesar de que aún quedaban miles de mujeres, niños y hombres a bordo. La desesperación se hizo más palpable mientras cientos de personas trataban de aceptar el cruel destino que les esperaba en aquellas gélidas aguas.
El Gustloff no tardó mucho en irse al fondo del mar llevándose consigo a todas esas almas en su interior. Tal fue la impotencia de algunos pasajeros que, un oficial alemán prefirió disparar a su familia –una mujer y dos niños menores de cinco años- antes de que estos murieran ahogados.
Finalmente, y aproximadamente una hora después de que el S-13 disparara sus mortales torpedos contra el navío nazi, el Gustloff se fue al fondo del Báltico junto con 9.400 personas. Los que habían conseguido alcanzar un bote o nadaban desesperadamente fueron recogidos por el torpedero alemán T-36 y otro barco de características similares que, como aquel, pertenecía a una pequeña flotilla de escolta que acompañaba al crucero pesado Admiral Hipper. 
Aunque muchos de los pasajeros recogidos murieron a causa del frío, entre los supervivientes hubo algunas mujeres embarazadas. Incluso en el curso de la noche nacieron tres niños que fueron atendidos por soldados convertidos en improvisadas comadronas,
El torpedero T-36, entretanto, fue objeto de nuevos ataques submarinos y en una de las ocasiones en las que tuvo que maniobrar para esquivar un torpedo algunos de sus pasajeros cayeron al agua y murieron. Sin embargo, sobre las 14.00 horas del 31 de enero de 1945, ambos barcos llegaron con su carga a Sassnitz. De los más de 10.000 embarcados habían logrado salvar entre ambos a 996 personas. Finalmente los supervivientes fueron acogidos a bordo del barco hospital danés Rey Olaf. 
La tragedia del Gustloff constituyó el mayor desastre naval del siglo XX sextuplicando las 1.495 víctimas del Titanic. Y tan grave como el aspecto cuantitativo es el cualitativo, ya que el naufragio no se debió a un accidente por causas naturales. Las motivaciones del comandante soviético Alexander Marinesko para hundir el barco de refugiados fueron, según todos los indicios, más personales que militares. Marinesko había tenido en los últimos tiempos roces con sus superiores y se rumoreaba que podía ser detenido y deportado en cualquier momento. El marino soviético llegó a la conclusión de que un éxito militar como el hundimiento del Wilhelm Gustloff podía sacarlo de tan comprometida situación y actuó en consecuencia. No se equivocó en sus cálculos. La muerte de más de 9.000 militares y civiles fue considerada por las autoridades soviéticas un hecho lo suficientemente meritorio como para condecorar a Marinesko con la medalla de Héroe de la URSS. 
Desde ese momento, el episodio se convirtió en un tema tabú. Los aliados occidentales no deseaban arrojar sombra de duda sobre la honorabilidad de los soviéticos y éstos no tenían interés en destacar la brutalidad con que habían actuado. Tampoco la dictadura comunista de la RDA pretendía recordar cómo habían entrado en Alemania sus mentores políticos. Hubo que esperar al año 1955 para que una película titulada Nacht fiel über Gotenhafen tratara el tema, y hasta fechas más recientes para que un libro, SOS Wilhelm Gustloff, de Heinz Schon, abordara el estudio histórico del trágico episodio. Al fin y a la postre, la existencia de testigos supervivientes había convertido en imposible la tarea de echar tierra sobre un episodio en el que habían quedado de manifiesto las peores pulsiones de la naturaleza humana. 
Diez días después de hundir el Wilhelm Gustloff, el S-13 comandado por Marinesko hundió el crucero auxiliar General von Steuben. Hubo 3,000 muertos y muy pocos sobrevivientes. Poco después del fin de la guerra, fue convocado por el Comisario del Pueblo Nikolai Kuznetzov a causa de una disputa que tuvo, estando ebrio, con el comandante de la división. Finalmente, Marinesko presentó su renuncia, la cual fue aceptada. Sin embargo, el temor al castigo seguiría atormentando al capitán. 
Alexander Marinesko entró como intendente en el Instituto de Transfusiones Sanguíneas de Leningrado donde sería procesado poco después por dilapidación de los bienes socialistas. En el domicilio del héroe se encontraría poco después una vieja cama plegable, de un valor de 54 rublos, que pertenecía al instituto. Se levantó un acta y, en 1948, una jueza temblorosa condenó al ex comandante de submarino a tres años de prisión y enviado a cumplir su condena en la península de Kolyma, entre delincuentes y prisioneros alemanes de todo tipo: SS, Polizei, soldados... 

Al salir de prisión, Marinesko ya no podía ser aceptado en la marina. Nacido en 1913 murió en diciembre de 1963, víctima de un cáncer de garganta. Durante sus últimos meses de vida, tuvo que alimentarse a través de un tubo y no pudo hablar. En la habitación de 10,20 metros cuadrados que ocupaba en un apartamento comunitario se reunieron más de cien personas el día de su funeral. Su entierro fue simple, como cabe a un militar ortodoxo. Este fue el trágico final de un marino al que muchos siguen considerando un héroe.

1 comentario:

  1. Muy bueno...

    La historia ha querido barrer bajo la alfombra a este feo suceso. Todos recuerdan a las víctimas del Titanic, tal vez porque en buena parte era gente de la alta sociedad, pero estos muertos son una verdadera molestia.

    Si el submarino hubiera sido alemán, sería uno de los hechos más comentados de la 2GM y sería considerado un horrendo crimen.

    No digo que no hubiera sido un blanco legítimo, pero esa gente no debe ser olvidada. Son parte de los horrores de la guerra, horrores que debemos tener presentes en todo momento.

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