lunes, 11 de junio de 2018

Piratas: Edward Teach, Barbanegra


Durante los dos años (1716-1718) en que ejerció su actividad, Barbanegra dejó tal impacto en el pueblo, que su época fue conocida como la Edad de Oro de la Piratería. Su nombre real era Edward Teach y debió nacer en Bristol, aunque no existen datos sobre su infancia y juventud. Teach impresionaba por su elevada estatura, a la que añadía una imagen impactante: le gustaba mostrarse en público tocado con un tricornio con plumas y armado con espadas, cuchillos y una pistolera con tres juegos de pistolas. Para rematar, acicalaba su poblada barba con mechas que le colgaban como adornos navideños y que encendía cuando entraba en combate. Quienes le vieron luchar decían que parecía un diablo, con su terrorífica mirada y una nube de humo en torno a la cabeza. Fue el verdadero inventor del look pirata. 

Con todo, su barco, La venganza de la Reina Ana no ha pasado a la historia únicamente por aterrorizar a mercaderes y por estorbar los intereses de la Royal Navy. Este imponente bajel guarda un misterio que los investigadores luchan por resolver: las extrañas causas en las que se hundió el 10 de junio de 1718. Y es que, en la actualidad apenas se sabe que el navío encalló en un pequeño canal cercano a Beaufort (Carolina del Norte) y que, posteriormente, fue evacuado por Barbanegra. El accidente podría haber pasado desapercibido, pero todo ocurrió en unas circunstancias muy extrañas. Y es que, el capitán no solo se olvidó rápidamente de su buque insignia, sino que huyó de la zona en un navío más pequeño que, por si fuera poco, cargó hasta los topes con el oro que había robado en Charleston. Todo ello, dejando atrás a la mayor parte de su tripulación. Un comportamiento que ha llevado a algunos investigadores a pensar que el pirata embarrancó La venganza de la Reina Ana para tener una excusa con la que abandonar a sus hombres, llevarse el inmenso tesoro que había logrado amasar y repartirlo entre menos.  


La venganza de la Reina Ana poco tenía, en un principio, de barco pirata. De hecho, no siempre enarboló la bandera de la calavera, fue una fragata botada por la Royal Navy en 1710 y capturada por Francia en 1711, aunque, algunos expertos, afirman que este barco fue construido realmente en Francia. Lo que sí es seguro es que, a partir de la segunda década del siglo XVIII, navegó bajo pabellón franco. Se llamaba Le Concorde, era propietario el prominente comerciante francés René Montaudoin, que operaba desde el puerto de Nantes. Podía transportar hasta 200 toneladas de carga y tenía 103 pies de eslora (unos 32 metros) y casi 25 de manga (aproximadamente 8 metros). 

Montaudoin utilizó Le Concorde como barco esclavista, los buques negreros dejaban Nantes en primavera y viajaban por la costa occidental de África. Allí, su capitán compraba un cargamento de esclavos africanos para transportarlo al Nuevo Mundo. Los informes del gobierno francés señalan que, antes de ser capturada por Barbanegra, la fragata llevó a cabo tres viajes de este estilo en 1713, 1715 y 1717. Para entonces era un bajel nuevo, considerablemente rápido y lo suficientemente armado para rechazar a los piratas que surcaban el Caribe, pues sumaba unos 16 cañones en total.  


El último viaje que hizo como Le Concorde comenzó el 24 de marzo de 1717. Zarpó bajo el mando del capitán Pierre Dosset y del teniente Francois Ernaut, del puerto de Nantes. Ambos dejaron claro en sus informes posteriores que partían con el objetivo habitual: adquirir esclavos en África para venderlos en el Nuevo Mundo. Casi cuatro meses después, el 20 de julio, la fragata arribó al puerto de Benin, donde recogió 516 esclavos y un poco de polvo de oro. Desde allí inició viaje hacia las Américas en un trayecto que duró ocho semanas, y en el que fallecieron 16 tripulantes y 71 africanos debido a las enfermedades. Cansados, faltos de víveres, y hartos de las penurias del viaje, se hallaban los galos cuando se toparon con Barbanegra cerca de la Martinica el 28 de noviembre de 1717. 

Para entonces, Barbanegra, todavía no se había forjado la leyenda que le haría pasar a los libros. Por entonces no era más que Edward Teach, un nuevo pirata. La batalla fue rápida y humillante para los franceses. Apenas tuvieron que disparar un par de balas de cañón y mosquete para que el capitán Dosset, sabedor del mal estado de salud de sus hombres, rindiera Le Concorde. Acto seguido, los bucaneros se trasladaron a su nuevo buque y ofrecieron a los tripulantes galos una de sus balandras para que volviesen a tierra. Barbanegra descargó a los esclavos, algunos miembros de la tripulación y la carga de Le Concorde en Bequia, La fragata pasó en principio a Hornigold. Sin embargo, finalmente se convirtió en el buque insignia de Barbanegra, quien la rebautizó como La venganza de la Reina Ana, al ser un barco de esclavos era rápido, estaba bien armado y podía ser reconvertido en un buque de guerra aún más formidable. Nuestro protagonista aumentó el número de cañones a 40, con lo que convirtió su nuevo juguete en una auténtica máquina de matar. 


Con la retirada definitiva de Hornigold comenzó la verdadera carrera delictiva de Barbanegra, fue entonces cuando Teach saqueó y robó hasta hartarse. Las aguas que surcó con La venganza de la Reina Ana, no tienen parangón, así como la ingente cantidad de buques que cayeron bajo sus cañones. A día de hoy, la lista de puertos e islas que vieron sus ojos sigue sorprendiendo: San Vicente, Santa Lucía, Nevis, Antigua, Puerto Rico, la Hispaniola o Belice son solo algunas de ellas. Su paseo por el Caribe le llevó incluso hasta las Caimán, donde capturó una balandra española que unió a su flotilla. 

En abril de 1718 Barbanegra se encontraba en la cúspide de su poder. Contaba a sus órdenes con cuatro centenares de hombres, una pequeña flota y una reputación temible. Esta le daba una gran ventaja, pues no pocos capitanes, al ver frente así a La venganza de la Reina Ana, se rendían sin entrar en combate. Fue un capitán que supo aprovechar el terror en su favor, después de capturar un barco, asesinaba a toda la tripulación. Teach se esforzó, durante toda su vida como criminal, en mostrarse como un demonio ante sus enemigos. Tenía su base en la isla caribeña de New Providence, llegando a apresar, en menos de seis meses, veinte mercantes ingleses, españoles y franceses. 


Con todo, el acto más deleznable de Barbanegra sucedió en mayo de 1718. Teach atacó Charleston, una de las colonias más próspera de Gran Bretaña, con La venganza de la Reina Ana y tres barcos más. La ciudad sufrió una semana de asedio durante la cual ningún bajel pudo entrar ni salir de su puerto. La flota pirata desvalijó en ese tiempo a 9 mercantes y tomaron como rehenes a varios miembros de la alta sociedad de Charleston. El terror fue total. Barbanegra no liberó a los prisioneros hasta que la ciudad cumplió sus exigencias. Envió al teniente Richards al frente de una partida de piratas para reclamar al gobernador un botiquín con todos los suministros médicos necesarios, con la amenaza de que, si no los entregaba, degollaría a todos los prisioneros, los enviados sembraron el caos en la urbe mientras esperaban alguna respuesta. Cuando nuestro protagonista recibió un baúl repleto de medicamentos, retiró el bloqueo. 

Barbanegra se dirigió entonces hacia Carolina del Sur. En junio, y sin una razón aparente, ordenó a sus marineros atravesar un pequeño canal cercano a Beaufort. El terreno era sumamente peligroso para un buque con el calado del insignia de Teach, pero sus marineros confiaban en su pericia. La maniobra inicial se llevó a cabo de forma satisfactoria el 10 de junio de 1718. Sin embargo, al poco tiempo La venganza de la Reina Ana embarrancó en la arena. Este es el instante en el que la realidad linda con la leyenda. Según las investigaciones llevadas a cabo, parece que Barbanegra intentó liberar el buque del canal de Beaufort pero, al ver que era imposible, se limitó a cargar todo el oro que pudo en un barco más pequeño y salir, abandonando a su tripulación. Al parecer decidió que eran demasiados hombres para repartir el tesoro. Fuera cual fuese la causa, el terrorífico bucanero se la llevó a la tumba, así como la ubicación, si es que le quedaba algo, del supuesto tesoro, pues murió seis meses después a manos de los británicos. 


Como todos los pájaros de mal agüero, él también tuvo su final. El gobernador de Virginia envió una expedición para liquidar al pirata al mando del teniente Robert Maynard. El 21 de noviembre de 1718 se llevó a cabo el abordaje. Maynard saltó a un lado. El corsario lo persiguió con su sable. Cuando caía la hoja, uno de los hombres de Maynard asestó al pirata una cuchillada en el cuello. La sangre salió a borbotones. Los hombres de Maynard contaron al final cinco balazos de pistola y una veintena de tajos de chafarote en el cuerpo de Barbanegra. Le cortaron la cabeza y la ataron al bauprés de una chalupa. Pero no pudieron evitar ya que la leyenda del pirata más famoso de la historia floreciese desde aquel día. 

La popularidad de Barbanegra se disparó tras su muerte, celebrada como el final de una gran guerra. Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de América, compuso un poema con ocasión del acontecimiento. Se escribieron canciones, cuentos y comedias. Centenares de aventureros y curiosos buscaron en cuevas solitarias a lo largo de toda la costa atlántica del continente americano los arcones de tesoros que escondió. Tenía un sistema peculiar de enterrarlos. Conducía un baúl a tierra en un pequeño bote con uno de los miembros de la tripulación y hacía que el marinero cavase un gran hoyo y colocase el arcón en el fondo. Cuando el agujero estaba a medio rellenar, Barbanegra asestaba al marinero un tremendo golpe en la cabeza, lo arrojaba al fondo y cubría con paletadas de tierra el boquete, sepultando así el tesoro y el cuerpo juntos. “Nadie más que el diablo y yo sabemos dónde está”, solía jactarse aludiendo a su tesoro. “Y el que viva más tiempo de los dos se lo llevará todo”. 


En 1996, los restos de La venganza de la Reina Ana, fueron descubiertos en el Océano Atlántico y varias de sus partes, han sido desde entonces reconstruidas y recuperadas.


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