jueves, 5 de julio de 2018

Castillo de Alba de Aliste, Castillos de León


De lo que fuera un castillo inexpugnable, apenas se mantienen en pie los cimientos y un esbelto torreón. Tanto éste como el pueblo fueron cabecera del señorío de los Alba de Aliste, ilustres parientes de Fernando el Católico, que dejaron de visitar su principal morada sumiendo a la zona en el abandono. Las aguas del río Aliste y una minúscula aldea, conforman el escenario de Castillo de Alba. Un paisaje perdido en campos de Zamora. 

El amplio surco de agua que es el río Aliste sigue protegiendo el promontorio donde se alza el Castillo de Alba. Mientras que, al lado contrario, un arroyuelo, casi siempre desecado, completa el cinturón de esta fortaleza, en tiempos, inexpugnable. Su perfil, a pesar de la ruina en que se encuentra en la actualidad, todavía se muestra insolente, dando fe del poderío que debió ejercer en tiempos pasados. Su elegante torreón conserva todo el sabor del medievo. Y es que la situación de Castillo de Alba fue codiciada desde los vettones, que construyeron sus hogares en el promontorio, y por civilizaciones posteriores. Así, los romanos ocuparon el lugar y ejercieron su influencia sobre aquéllos, del mismo modo que el Condado de Aliste decidió situar en este cerro el centro de operaciones de su señorío. 


Enrique Enríquez de Mendoza, primer conde de Alba de Aliste, contaba por ascendencia materna con la sangre de los Ayala y Mendoza, emparentado por ella con la más alta nobleza castellana del siglo XV. Por parte paterna, procedía de los reyes de Castilla, ya que era biznieto de Alfonso XI, pero por su abuela paterna tenía sangre judía. Paloma, que así se llamaba, era natural de la sevillana Guadalcanal y su padre Alonso fue quién tomó el apellido Enríquez, en agradecimiento a su tío Enrique II. La belleza de la joven Paloma ha sido relatada en diversas crónicas. De estos Enríquez, que no han de confundirse con la saga de Salamanca, desciende también doña Juana Enríquez de Córdoba, reina de Aragón, madre de Fernando el Católico y prima del segundo conde de Alba de Aliste. Además, varias hijas de don Alonso Enríquez dejaron descendencia en las más nobles casas de Castilla. 

El absentismo de los condes de Alba de Aliste en la cabecera de su señorío y la pobreza del terreno, ayudaron al deterioro de esta bella fortaleza y al empobrecimiento, aún palpable, de la población. 


La derruida fortaleza fue construida sobre un antiguo castro vettón, debió estar fuertemente romanizada, pues es posible encontrar algunas aras con inscripción latina formando parte de los muros de la fortaleza y en el cercano pueblo del mismo nombre. 

Su historia medieval se pierde entre los enigmas de la Orden de Caballeros del Temple o Templarios. Esta orden fue una más de las ordenes religiosas que estaban sometidas a los votos de pobreza, castidad y obediencia, pero que se fueron transformando en militares al añadir como cuarto voto la obligación de cumplir sus fines con las armas. El valor derrochado en combate les valió todo tipo de concesiones y privilegios, por lo que acumularon grandes riquezas. Su llegada a España debió ser gracias a la simpatía que cultivaron en el rey aragonés Alfonso el Batallador. Pero sus propias riquezas causaron su caída. Los Templarios llegaron a poseer más de diez mil fortalezas y conventos por toda Europa, una gran flota, pero sobre todo una poderosa banca. Sus actividades degradaron hacia la especulación y las finanzas y las normas dictadas para ellos por Bernardo de Claraval fueron perdiéndose en el tiempo. Motivo por el cual Felipe IV, el Hermoso de Francia, buscando apoderarse de sus bienes, les acusara ante la Inquisición. 


Los Templarios poseyeron el castillo hasta 1310, fecha en la que el Comendador de Alba de Aliste, Fray Gómez Pérez, se refugió en él, después de la expulsión de Castilla de esta orden, unos años antes de que fuera reprimida por la bula “Vox in excelso” otorgada por el Papa Clemente V en 1312. De esta época, data el soberbio torreón de planta cuadrada y suaves formas piramidales con saeteras en lo alto. En 1430, pasó a ser propiedad del infante don Pedro de Aragón, de quién pasó a don Alvaro de Luna y, de éste, a su sobrino del mismo nombre. En 1445, fue cedido a don Enrique Enríquez de Mendoza, que ostentó el cargo de conde de Alba de Aliste desde 1449 y debió de construir la torre principal de la cual sólo permanece un ángulo. El castillo y el pueblo del mismo nombre se convirtieron en cabecera del señorío jurisdiccional de los Condes de Alba de Aliste, que, más tarde, construyeron un esbelto palacio en la ciudad de Zamora. 




FUENTE: www.revistaiberica.com

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