jueves, 2 de noviembre de 2017

INDALECIO PRIETO TUERO



Fue una de las figuras más interesantes de nuestra Guerra Civil, e incluso de la Historia Política Contemporánea. Había nacido en Oviedo el 30 de abril de 1883, falleciendo en México el 12 de febrero de 1962. Vivió desde su infancia en Bilbao, trabajando como periodista en el diario El Liberal, entrando en contacto con los círculos republicanos, en 1932 llegaría a convertirse en propietario del periódico. Integrándose desde joven en las filas del PSOE, se erigió en líder de la corriente reformista del partido. En 1918 fue elegido diputado por Bilbao, y en 1921, miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE.

Rechazó la dictadura Primo de Rivera, en contra de la opinión colaboracionista de Besteiro y Largo Caballero, que fue la que se impuso en el partido y en el sindicato UGT. Permaneció retirado hasta que cayó la dictadura, y participó a título personal en el Pacto de San Sebastián (1930), encaminado a derrocar a la Monarquía. Exiliado en Francia, regresó al proclamarse la Segunda República (1931). Fue ante todo un espíritu contradictorio, no solamente frente a los demás, sino consigo mismo. Su anecdotario es inagotable. Durante la República antes de la guerra, fue ministro de Hacienda primero y de Obras Públicas después. Desde este último ministerio, para aliviar el paro, se emprendieron muchas actividades estatales, entre ellas la construcción de caminos y carreteras, algunas consideradas inútiles y sin porvenir alguno, como la que bordeaba la Playa de San Juan en Alicante.

Su primer cargo como ministro de Hacienda, fue un desacierto de quienes lo nombraron. Posiblemente el motivo de ese nombramiento fue que, al proclamarse la República se encontraba exiliado en París con otros componentes del Comité Revolucionario, entre ellos el general Queipo de Llano. El fue quién llevaba la administración de los fondos con los que subsistían los refugiados, y se quiso que administrara también los caudales del Estado. Afortunadamente ocupó el cargo durante poco tiempo. El mismo diría con su desvergonzado gracejo: “Me tiro un pedo y baja la peseta”.



Prieto fue la encarnación de lo que hoy llamaríamos “socialismo en libertad”, enemigo de toda dictadura de partido y amante del pluralismo político cuyos principios sostenía hasta los límites más extremos. Baste con recordar su intervención en el Congreso de Diputados de la República, oponiéndose en nombre de la minoría socialista, al procesamiento por tenencia ilícita de armas de José Antonio Primo de Rivera, También se opuso, por el mismo motivo, al procesamiento del diputado socialista Lozano, y aludiendo a ello dijo: “El señor Lozano es miembro de una minoría formada por más de cincuenta diputados, el sector político por nosotros representado, aún por la ausencia de este recinto que podría determinar la condena del señor Lozano, no quedaría sin voz, no quedaría sin representación. Pero el caso del señor Primo de Rivera es completamente distinto. El señor Primo de Rivera personifica de manera individual el sector de opinión que representa, y éste deberían considerarlo los señores diputados en el sentido que, salvados como quedan ya salvados los máximos respetos a la justicia con el voto que acaba de otorgar la Cámara, pudieron suspenderse las actuaciones judiciales en forma que la vos del señor Primo de Rivera, mientras éste Parlamento exista, en nombre del sector político que él representa, pueda ser oída. No me parece la cosa desdeñable”.

A favor del procesamiento de Primo de Rivera votaron los radicales y la CEDA, que entonces representaba en el Parlamento a la mayoría de las derechas españolas. Y en contra de dicho procesamiento, para que la voz del fundador de la Falange pudiera ser oída en la Cámara, las izquierdas, representadas por el Partido Socialista, los partidos de Azaña y Martínez Barrio, y los demás grupos de republicanos de izquierda. Bien es verdad que algunos diputados de signo derechista como Serrano Suñer, Albiñana, Maezta, Calvo-Sotelo, Honorio Maura y algunos más, secundaron las tesis de Prieto y votaron con la izquierda.


¿Qué sucedería si en las actuales Cortes se debatiera un fenómeno semejante, para decidir sobre el suplicatorio de un único diputado ultraderechista, como ahora se llamaría a Primo de Rivera? ¿Saldría del seno de los socialistas una voz tan templada y noble como la del señor Prieto? ¿Votarían las derechas actuales el procesamiento? ¿Si así lo hicieran, habría quienes huyendo del gregarismo intransigente, proclamarían la necesidad de que una voz, aunque mínima en representación, pudiera sentarse en el Parlamento, como hicieron Serrano Suñer y algunos más?

Bajo el posterior gobierno de la derecha, Prieto colaboró en la preparación de la fallida Revolución de 1934, a pesar de su oposición a la corriente revolucionaria mayoritaria en el socialismo español, que encarnaba Largo Caballero. Hubo de exiliarse de nuevo en Francia, desde donde impulsó la formación de una nueva coalición con los republicanos para desbancar a la derecha en las elecciones; así se formó el Frente Popular, que consiguió la victoria en 1936.

La oposición de los largocaballerista le impidió integrarse en el nuevo gobierno Azaña o formar gobierno cuando éste pasó a la presidencia de la República; y cuando el estallido de la Guerra Civil y el peligro inminente de que la República fuera derrotada llevaron a los socialistas a aceptar responsabilidades de gobierno, fue bajo la presidencia de Largo Caballero, ocupándose Prieto de un efímero Ministerio de Marina y Aire (1936-37). Prieto contribuyó a hacer caer del gobierno a su correligionario y aceptó ser ministro de Defensa en el siguiente gobierno, presidido por el también socialista Negrín (1937-38). Pero su pesimismo ante la marcha de la guerra le enfrentó con los comunistas y con Negrín, que acabó destituyéndole.

Prieto se apartó del gobierno y marchó a Hispanoamérica, donde le sorprendió el fin de la guerra. Desde su exilio mexicano reorganizó el PSOE, apartando a los partidarios de Negrín, y definiendo una estrategia de recuperación del poder que pasaba por la unidad de acción con los monárquicos de don Juan y la presión internacional sobre el régimen de Franco. Fracasada aquella estrategia, en 1950 dimitió Prieto, dejando la dirección del PSOE en manos de Rodolfo Llopis.







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