martes, 10 de julio de 2018

El Greco: San Andrés y San Francisco


Realizado hacia 1595. Óleo sobre lienzo de 167 X 113 cm. 

Bajo un cielo cubierto por tormentosas nubes de color gris plomizo, san Andrés y san Francisco de Asís aparecen de pie en actitud de conversar. El apóstol, a la izquierda del espectador, se cubre con una túnica azul cobalto y manto verde forrado en seda morada de reflejos grisáceos. Se le ha representado de frente, apoyado en la característica cruz aspada y con la cabeza dirigida hacia su izquierda, el lugar donde se halla San Francisco. Éste aparece con la cabeza de perfil y el cuerpo en tres cuartos, girado hacia San Andrés. El franciscano viste el tradicional hábito gris, con un largo cíngulo atado a la cintura y cubierta la cabeza con una capucha monacal. El diálogo entre los dos personajes se refleja en los gestos de las manos: san Andrés dirige la derecha hacia adelante; el de Asís por su parte, lleva la derecha al pecho, unidos los dedos corazón y anular, al tiempo que el brazo y la mano izquierda se extienden hacia el frente. Los dos santos se sitúan en un primer plano, sobre una superficie irregular, rocosa, marcada por las poderosas e irreales sombras que los dos proyectan. Al fondo, y sobre una línea de horizonte muy baja que potencia la monumentalidad de las dos figuras, se esboza el paisaje. En el lado izquierdo, detrás del apóstol, un bosquejo parcial de Toledo, una visión nocturna del Alcázar al que se accede a través de una vereda sinuosa, salpicada de algunos árboles. A la derecha, cerrando la perspectiva que se sitúa detrás de san Francisco, se ha representado una montaña luminosa y cubierta de nieve. A los pies del de Asís aparece la firma, en un cartellino con cuatro dobleces y apoyado en una roca, supuestamente adherido por un lacre, en un recurso que el Greco emplea también en otras representaciones de San Francisco como en San Francisco y el hermano León. Dada a conocer durante la Guerra Civil, la tela de San Andrés y san Francisco apareció en el madrileño monasterio de la Encarnación, señalándose como obra donada por los duques de Abrantes en honor a su hija, sor Agustina del Niño Jesús, quien había tomado el hábito en 1676. 





FUENTE: Museo de El Prado

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