jueves, 5 de julio de 2018

Egipto: Akenatón, el faraón que cambio Egipto


Akenatón había conseguido darle presencia en el mundo de lo terrenal a una forma invisible de poder, que con sus tentáculos mágicos –y a veces severos hasta la crueldad–, buscaban en la tierra un lugar en el que asentarse y ser el primero entre la melé de religiones y filosofías imperantes en la época. Su apostasía o herejía de la ortodoxia convencional, dominante en aquella antigua y milenaria civilización, hizo de él el primer gobernante que se atrevería a desafiar a los omnipotentes dioses locales, mientras desmontaba el enorme poder del clero mediante radicales transformaciones religiosas; cambios estos de tal contundencia y magnitud que desbaratarían para siempre el tradicional orden establecido en el Egipto de los faraones. 

Esta idea consistía básicamente en la sustitución de los dioses de toda la vida por el nuevo culto al disco solar como referencia exclusiva y excluyente. Para resumir, Akhenatón pretendía cambiar la tradición religiosa politeísta -cuyo poder ostentaban los ambiciosos sacerdotes de Amón-, en un culto monoteísta al dios Atón. 

Es posible que, más allá de las motivaciones rituales o de estrategia política, hubiese razones de peso en el cambio, dejar Tebas y trasladarse a Aketatón (Amarna actual). Es bastante probable que hubiera un intento de asesinato del faraón a cargo de los agraviados y descontentos. Akenatón, más que un monoteísmo, establece una nueva tríada divina; Atón, él mismo y su reina. Solo el faraón y la bella Nefertiti poseen las claves del nuevo culto. En realidad, "el atonismo" se convirtió en una herramienta pragmática de control político. El Dios de la religión de Akenatón era en definitiva, él mismo. 

El valor de este gran faraón, radicaba en su profundo convencimiento en la existencia de un Dios único, lo que ahorraba en debates teológicos, discusiones, y pérdidas de tiempo innecesarias. Pero no todo el mundo estaba de acuerdo. Los sacerdotes del Templo de Amón, una autoridad fáctica indiscutible y con un poder casi omnímodo sobre las cautivas y temerosas almas de los egipcios, recelaban de que no era saludable que los creyentes tuvieran más visión que la del ángulo de siempre, y en consecuencia, se pusieron manos a la obra para combatir aquella sospechosa herejía que amenazaba el poder que detentaban desde tiempos inmemoriales. 

Por entonces, Atón, empezaba a tener una importancia inusual y ganaba enteros entre las gentes de a pie, pues simplificaba mucho la vida cotidiana; los sacerdotes del Templo de Amón, vivían en un desasosiego de difícil solución. 


Mientras estas cosas ocurrían, una de las más bellas y enigmáticas mujeres de la antigüedad, mujer celebrada por su ingenio y arrollador atractivo, compartía con él esta nueva mirada espiritual, con un toque místico y otro mágico a la par. Como primer reformador religioso del que se tiene constancia históricamente, su probable y atrevida decisión de eliminar la burocracia en la mente y el alma pasaría al futuro perpetuando su memoria. Teniendo la talla de Ramses II, Sesostris o Tutankhamon, se embarcaría en la renovación de Egipto, y acompañado de su inseparable mujer, que tenía una presencia y un peso enorme en la corte real. Los cartuchos y las estelas descubiertos por arqueólogos, demuestran esta perfecta simbiosis entre ambos. 

La Dinastía XVIII, a las alturas de Amenhotep -el padre de Akhenatón- y este último, liberadas del yugo Hicso y con fronteras al Mar Rojo, Nubia, y por el norte con Siria y Canaán, era el fulcro sobre el que pivotaba la entera vida de Oriente Medio. Su poder económico indiscutible le permitía una obra civil dinámica e imaginativa, mientras que el comercio latía en todo el país como un corazón único. 

El faraón que promovía un camino más corto hacia el creador tenía una empresa saneada y mucha imaginación. Y entonces pensó en buscar un lugar mágico para su reto vital. En las arenas que habitan en perfecto maridaje y comunión con el Nilo, antes de desaparecer este en el África profunda, hoy yacen semienterradas unas enigmáticas ruinas batidas por el viento crepuscular del desierto, sin acabar de dar una respuesta cerrada sobre lo que realmente aconteció en aquel tiempo. 

Conforme discurren los días, los años, los siglos, no acaba de quedar claro qué razones tenía la arena para enterrar cualquier vestigio de aquella llamada Herejía de Tell-el-Amarna. La noche egipcia es heladora y el día inmisericorde. ¿Cómo se podía sobrevivir en aquel lugar que era la viva representación de la hostilidad extrema? No hay indicios de alineaciones relacionadas con los solsticios u otras alternativas planetarias, más bien parece que la aleatoriedad es el sello que impregna todas las construcciones de la ciudad mágica de Aketatón-Amarna. 

La arqueología nos ha reportado sobre la abandonada ciudad de Amarna, a través de las estelas y glifos descubiertos, que la intención de Akenatón de posicionarse entre el Dios Atón y los simples mortales, no necesitaba intermediarios ni sacerdotes; en consecuencia la autoridad real salía ampliamente reforzada en el plano espiritual y en el político, que venía a ser lo mismo. La idea no era descabellada, pero a unos cientos de kilómetros más allá los ingresos de los sacerdotes de Amón empezaban a sufrir serios recortes y en Tebas y Karnak, los conspiradores no se ocultaban demasiado mientras que agitaban la cuna discretamente. 

A mitad de camino entre Menfis y Tebas, en un paraje desértico y absolutamente desolador, la ruptura con el pasado se vería consumada. Un cambio radical en las formas y modos de oficiar las ceremonias religiosas y la contraposición de espacios abiertos al alcance de todos los súbditos, con las consiguientes insolaciones que el sol administraba con generosidad, hizo que la presencia del creador fuera más democrática y menos selectiva. Los antiguos templos cerrados, húmedos y oscuros, restringidos a las élites, eran ya cosa del pasado. 

Akenatón abandonó el espacio en el que las cosas ocurren en el año dieciocho de su reinado, y es altamente probable que fuera enterrado en la tumba que él mismo se hizo construir en la necrópolis de Tell-al-Amarna. Sin embargo, su cuerpo, jamás sería encontrado. Cabe la posibilidad de que un airado furor iconoclasta, borrara cualquier vestigio sobre su obra y restos mortales. Nadie a día de hoy ha podido conjeturar una hipótesis sostenible sobre los últimos días de este enigmático faraón. 

Fue una época apasionante este período del Antiguo Egipto en su tránsito al Imperio Nuevo (1.300 antes de Cristo). Hubo de todo, revolución teológica, conspiraciones, incesto y probables indicios de asesinato. 



FUENTE: El Confidencial

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