martes, 26 de junio de 2018

Los siete infantes de Lara


Cuenta la leyenda que, en tiempos del segundo conde de Castilla, García Fernández, allá por el año 970, se estaba preparando la boda de Lambra, prima carnal del conde, con Ruy Velázquez, señor del alfoz de Lara. A los festejos que durarán cinco semanas, acudirán señores de todos los reinos peninsulares, Sancha Velázquez, hermana de Ruy, y su esposo, Gonzalo Gustios, señor de Salas; acompañados de sus siete hijos. A estos se les llamaba “infantes de Lara”, por pertenecer el pueblo de Salas al alfoz de Lara aunque, debieran habérseles llamado “infantes de Salas”. 

En las celebraciones, los caballeros demostraban sus habilidades a caballo, empleando armas y halcones. Uno de los premios era que se obtenía a quien consiguiera romper la tabla más inaccesible del entarimado. Alvar Sánchez, primo de la novia, consiguió golpearla. Por lo que Lambra le proclamó el mejor caballero. Al oír esto, Gonzalo González, el menor de los infantes, bajó del palco, montó en su caballo y golpeó también con su espada la tabla del premio. Las aclamaciones del público superaron a las dedicadas a Alvar Sánchez, por lo que éste se sintió ofendido e insultó a Gonzalo. 

Los otros infantes bajaron del palco para interponerse, no pudiendo evitar que Gonzalo le diera a Alvar un puñetazo que le hizo caer del caballo, con tan mala fortuna que la caída le causó la muerte. Doña Lambra comenzó a gritar que ninguna mujer había sido tan ultrajada el día de su boda. Su esposo Ruy Velázquez, montó en un caballo y arremetió contra su sobrino Gonzalo, golpeándole con una lanza en la cabeza. Éste advirtió a su tío que no lo volviera a hacer, porque entonces le respondería. Velázquez lo atacó de nuevo, Gonzalo cogió del brazo de su escudero el halcón que llevaba, lanzándolo contra la cara de su tío. Los siete infantes se apartaron, mientras el conde García Fernández y el Señor de Salas, trataban de evitar la pelea. Restablecida la calma, el padre de los infantes le ofreció a su cuñado que los infantes pasasen a su servicio, acompañándole a la guerra cuando él así lo dispusiera. Tal gesto fue muy valorado por Ruy Velázquez. De ese modo el Señor de Lara se reconcilió con su cuñado el Señor de Salas y sus sobrinos. 


Finalizadas las fiestas, el Señor de Lara y su cuñado el Señor de Salas acompañaron al conde García Fernández en un viaje de inspección por Castilla. Los infantes se fueron a un huerto situado entre la casa y el río, se desnudaron y se bañaron; Gonzalo se metió en el agua, jugando en ella con su halcón. Doña Lambra consideró que bañarse desnudos frente a su ventana era una provocación más, ordenando a uno de sus sirvientes que cogiera un gran pepino, lo llenara con sangre y se lo lanzara al infante Gonzalo. El criado, temeroso de la reacción del infante, se resistió a obedecerla; Doña Lambra insistió, asegurándole que lo protegería de cualquier represalia. 

El criado lanzó el pepino a Gonzalo, dejándolo recubierto de sangre; corriendo a continuación de vuelta a la casa. Los hermanos se rieron del manchado, pero consideró que había sido una provocación para deshonrarles. Su hermano Diego les propuso, para salir de dudas sobre la intención del criado, vestirse y regresar a la casa con un arma escondida debajo del manto, si al acercarse al criado se mostraba relajado, habría sido una broma; en cambio, si buscaba la protección de su señora, eso implicaría que había sido una ofensa deliberada. Sugiriendo Diego a sus hermanos, que en ese caso, mataran al criado. Al verlos venir, el sirviente, corrió a refugiarse bajo el manto de Doña Lambra. Ella proclamó que estaba bajo su protección y ella haría justicia. Pero fue inútil, los infantes lo mataron, a continuación los infantes y su madre y se marcharon a su pueblo de Salas. La Señora de Lara rindió homenaje al cadáver del sirviente, y decidió vengarse de quienes en pocos días había matado a dos de sus allegados. 

Al regresar al alfoz de Lara, los dos cuñados supieron del suceso, el Señor de Lara se quedó en Barbadillo del Mercado, mientras que el Señor de Salas continuó hasta su pueblo. Tras escuchar a su mujer, Ruy Velázquez se indignó por la afrenta cometida en su propia casa, al día siguiente envió un mensaje a su cuñado para que viniera a verlo con sus hijos. Por seguridad, se encontraron a medio camino entre Barbadillo y Salas. Después de clarificar los hechos, los infantes le pidieron a su tío y Señor que se pronunciara acerca de quién tenía razón; éste respondió de forma conciliadora. 

A los pocos días Velázquez llamó a su cuñado y vasallo, Pidiéndole que viajase al territorio musulmán para recoger el regalo de boda que le había prometido su amigo Almanzor, el Señor de Salas se encaminó hacia Córdoba con una carta escrita en árabe por Ruy. En esa misiva le explicaba al caudillo musulmán las afrentas cometidas por sus sobrinos. Le propuso matar a todos los Salas, pues de ese modo le resultaría más fácil ocupar Castilla, pudiendo repartirse los territorios con Velázquez. Le sugirió que en Almenar de Soria los musulmanes preparasen una emboscada, dejando a la vista mucho ganado, de tal modo que los infantes trataran de llevárselo. En ese momento la tropa de Almanzor podría capturarles y matarlos. 


A Almanzor le interesó la propuesta, sabía del peligro que implicaba esa familia; pero consideró innecesario asesinar al Señor de Salas, decidió retenerlo en su palacio y le pidió a su hermana que le ofreciera las comodidades acordes a su rango. Ésta al encontrarse con el Gonzalo, se enamoró de él. 

Al conocer el de Lara que Almanzor estaba de acuerdo, llamó a sus vasallos y les propuso acompañarle en una razzia de saqueo por tierras musulmanas. Sus siete sobrinos se ofrecieron a acompañarle junto a sus propios guerreros de Salas. El día de la partida Nuño Salido, responsable de la Casa de Salas en ausencia del padre, les llamó la atención sobre la extraña forma de chillar de unos pájaros: signo de mal agüero; les rogó que se quedaran hasta que cambiara la situación pues presentía que morirían. Los infantes de Lara tomaron a broma la advertencia, uniéndose a su tío con doscientos de sus vasallos. Para proteger a los infantes, el viejo Nuño les siguió. Al llegar al lugar de encuentro Nuño se puso a discutir sobre el plan con Velázquez; tras llegar a un acuerdo, todos juntos continuaron hacia la frontera musulmana. A llegar al pueblo de Almenar, los infantes y sus vasallos se pusieron a reunir el ganado que pastaba por los campos. Entonces aparecieron unos diez mil moros a caballo. 

El Señor de Lara se dirigió a los musulmanes, animándoles a que mataran al grupo de Salas. Nuño Salido y los de Salas cargaron contra los moros; pero dada la desproporción fueron muriendo bravamente. Los infantes quedaron rodeados, cuando cayó muerto el primero, Diego les gritó a los musulmanes que le dieran una tregua caballeresca; y estos se la concedieron. Entonces se acercó al lugar desde donde su tío y los guerreros de Lara presenciaban el combate, le pidió que les ayudara, y al negarse, Diego les rogó al resto de los guerreros que no les abandonaran en manos de tantos moros. Muchos de los de Lara estaban indignados por la encerrona que estaban presenciando, por lo que decidieron auxiliar a los infantes. El Señor de Lara trató de disuadirles, argumentando que se lo tenían merecido por lo que habían hecho; y que en última instancia, el mismo los ayudaría. Finalizada la tregua se reanudó el combate; y al cabo de unas horas los caballeros de Lara, yacían muertos. Los seis infantes restantes quedaron de nuevo solos. 

Los moros, impresionados por la valía de los infantes, les concedieron una nueva tregua, invitándoles a recobrar fuerzas en su tienda. Al ver esto, el Señor de Lara se dirigió al campamento musulmán conminando a los jefes moros a que degollaran a los infantes, tal y como había convenido con Almanzor. Los musulmanes dejaron libres a los infantes y les instaron a reanudar el combate. Después de una lucha encarnizada, los seis hermanos fueron capturados. Los jefes moros ordenaron que los infantes fueran decapitados inmediatamente; uno a uno, Gonzalo aún tuvo fuerzas de arremeter contra el verdugo de sus hermanos cuando éste estaba decapitando a uno de ellos. 


Como prueba de que habían cumplido las órdenes recibidas, los jefes musulmanes volvieron a Córdoba llevando consigo las cabezas de los siete y la del ayo Nuño Salido. Tras la marcha del Señor de Lara y su mesnada, los cuerpos descabezados de los siete infantes fueron recogidos del campo por unos cristianos piadosos que los trasladaron hasta el monasterio de Suso, en San Millán de la Cogolla; allí siguen todavía hoy sus sepulcros. 

Al llegar a Córdoba, los jefes moros mostraron a Almanzor las cabezas que traían consigo, Almanzor ordenó que fueran lavadas con vino y después las pusieran en forma de hilera, encima de una sábana blanca, según el orden de menor a mayor edad, y al lado de la de su ayo Nuño Salido. Después mandó llamar a su prisionero, el Señor de Salas, que al ver las cabezas cayó desplomado. Una vez recuperado, fue cogiendo una a una las cabezas, mencionando a Almanzor las cualidades caballerescas de cada uno de ellos. Tuvo un arranque de ira, le arrebató la espada a uno de los guardianes y atacó a los que tenía más cerca, matando a siete de ellos. La escolta del palacio acabó por desarmarle, mientras reclamaba a gritos que lo mataran. Conmovido e impresionado por su valor, Almanzor ordenó que no le hicieran daño. 

En ese momento, la hermana de Almanzor, le dijo a Gonzalo Gustios que, ella había perdido en una sola batalla a los doce hijos que parió. Y que si ella lo había superado, él también podría hacerlo. Almanzor, pensando que el escarmiento a los de Salas había sido suficiente y que los castellanos habían quedado debilitados, decidió dejar en libertad a Gonzalo y darle los medios para que pudiera volver a Salas con su mujer. Además, le autorizó a llevarse las cabezas de sus hijos. Antes de partir, la hermana de Almanzor le confesó que estaba esperando un hijo suyo; preguntándole lo qué quería que hiciera cuando naciese. Éste le contestó que si naciera varón le dijera quién era su padre y se lo enviara a Salas al cumplir la mayoría de edad. A continuación, partió en dos un anillo y le entregó una mitad con el encargo de que se lo diera al niño. 

Al nacer el niño, la princesa mora le puso de nombre Mudarra González (el mismo apellido de los siete infantes). El entrenamiento guerrero lo recibió de su tío Almanzor, convirtiéndose en un gran caballero. Cuando Mudarra alcanzó la mayoría de edad su madre le contó la macabra historia de su padre y de sus hermanastros, entregándole la mitad del anillo. Mudarra, impresionado, fue a pedir permiso a su tío Almanzor para ver a su padre, éste estuvo de acuerdo, y le facilitó un numeroso grupo de guerreros para que le acompañaran. Mudarra se presentó ante Gonzalo Gustios, le repitió lo que le había contado su madre y le entregó la mitad del anillo. Su padre lo reconoció, lo acogió en su casa y pasaron unos días juntos; Mudarra le confesó a su padre que había venido a vengarse; pero que quería conseguir su permiso. Puestos de acuerdo, y junto a trescientos caballeros, se dirigieron a Burgos para hablar con el conde Garcí Fernández (el primo de Doña Lambra). Allí estaba también el Señor de Lara; Mudarra desafió allí mismo a Ruy Velázquez; éste negó las acusaciones y les llamó mentirosos. Mudarra se abalanzó espada en mano; pero el conde intervino, decretando tres días de tregua entre las partes. Mudarra y su padre se retiraron, en tanto que el Señor de Lara pernoctó en el castillo del conde, con la intención de amparado en la noche, alcanzar su casa de Barbadillo del Mercado. Pero de camino hacia sus dominios, fueron sorprendidos por una emboscada preparada por Mudarra; en ella el Señor de Lara y los treinta caballeros que lo escoltaban perecieron. Mudarra capturó a doña Lambra en su casa de Barbadillo; haciéndola quemar viva. Con el paso del tiempo, el pueblo de Gonzalo Gustios y los infantes pasó a llamarse Salas de los Infantes; aunque estos han pasado a la historia con el apelativo “de Lara” el nombre de su pérfido señor feudal y del alfoz donde está Barbadillo del Mercado y el mencionado pueblo de Salas. 



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