jueves, 10 de mayo de 2018

Mitología Azteca (Segunda Parte y última)


Mito fundacional del pueblo azteca




Según señala el mito fundacional de la cultura mexica, los aztecas provinieron del norte de México, desde donde salieron para buscar una señal que les indicara dónde fundar su propio reino. Después de un peregrinaje de años divisaron la señal esperada, y en ese sitio levantaron el primer emplazamiento de Tenochtitlán. Con el tiempo, aquel enclave, acunado por un lago, llegó a convertirse en una ciudad de más de 250.000 habitantes.

Así pues, las siete tribus aztecas partieron de Chicomoztoc (Lugar de las siete cuevas en Nahuatl), sitio asociado con Aztlán, sobre el que se debate su ubicación exacta y su existencia real. En Aztlán los futuros mexicas eran esclavos de los aztecas y llevaban este nombre. Cuando Huitzilopochtli le ordenó a su pueblo que marcharan hacia nuevas tierras, también les ordenó que dejaran de llamarse aztecas porque a partir de ese momento serían todos mexicas.

Según la leyenda Aztlán estaría ubicado en una isla donde había seis calpulli y un gran templo, consagrado a Mixcóatl. La salida del territorio de Aztlán se relaciona con el 4 de enero de 1065. Huitzilopochtli les ordenó que sólo fundaran su reino donde estuviera "un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente". Siguiendo este designio, los mexicas deambularon por varios lugares, siempre en busca de un hecho que indicara cuál era la tierra prometida por su dios. Sin embargo en el camino un grupo de mexicas de Cuitláhuac se separó del resto de los calpulli. Posteriormente, los mexicas llegaron a la región de Tollan-Xicocotitlan, donde Huitzilopochtli les ordenó que desviaran el cauce de un río para crear una laguna en torno de un cerro. Allí vivieron por varios años, casi olvidándose de que su dios les había prometido otra tierra. Observando esto, Huitzilopochtli les hizo salir de ese sitio y continuar la migración. Llegaron entonces al valle de México y pasaron por varios pueblos, hasta que se asentaron en territorio de los tepanecas de Azcapotzalco, a quienes les sirvieron como guerreros mercenarios. Pero finalmente, encontraron el sitio señalado por Huitzilopochtli en un islote del lago de Texcoco. Según cálculos este suceso ocurrió en el año 1325 del calendario occidental, fecha relacionada con la fundación de Tenochtitlán.


La comprensión del panteón azteca está dificultada por sus complejas características. De hecho, sucede que, lo que se considera el nombre de un dios es solamente una de sus cualidades. Por ejemplo, Tezcatlipoca es también conocido como Yohualli; Ehecatl significa noche o viento, cualidad de lo invisible o intangible; Moyocoyani es quien se inventa a sí mismo, también Ipalnemoani es el que da la vida. Pero además los dioses, igual que las personas, tenían un nombre de calendario. El panteón azteca estaba integrado por dioses y diosas con funciones bien definidas.

Encabezaba a todas las deidades un dios supremo, Tloque Nahuaque, cuyo culto se celebraba en un templo ubicado en Texcoco. Le seguía en jerarquía una pareja compuesta por Tonacatecuhtli y Tonacacihuatl, señor y señora de la subsistencia, cuya función era la de paternidad y origen de otras divinidades. Había varios dioses que intervenían en los asuntos humanos y a los que se veneraba por sobre los demás. Por lo general, uno de este grupo era el espíritu tutelar de una comunidad, y se le atribuían poderes supremos.

Tloque Nahuaque o Moyocoyani, es el dios padre de la fe o religión náhuatl, es el principio creador del todo; es el padre del primer dios Ometéotl y el padre también, de Huehuetéotl dios abuelo del fuego. Es la deidad principal de los pueblos náhuatl, y en la mitología mexica es el dios protagonista de la existencia e inexistencia. No se conoce ninguna representación superviviente ni imagen de este dios, tampoco tenía templos y era desconocido para la gente del común.

Ometecuhtli, asociado con la creación original, se lo considera una misma deidad, representada tanto como Ometecuhtli (El Señor Dios) y Omecihuatl (La Señora Dios), un solo dios de carácter dual. Representa también la esencia masculina de la creación, en tanto padre de las demás divinidades: Tezcatlipoca rojo (Xipe), Tezcatlipoca negro (Tezcatlipoca), Tezcatlipoca blanco Quetzalcoatl, y Tezcatlipoca azul (Huitzilopochtli). Ometecuhtli reside en Ilhuicatl-Omeyocan, el más alto lugar de los cielos.


Tonacatecuhtli y Tonacacihuatl, “Señor y Señora de Nuestra Carne o del Sustento”. Personifican el sustento diario, el aspecto humano y paternal de los dioses como proveedores del alimento en la vida diaria, simbolizan el aspecto bondadoso y fraternal de lo espiritual. Tonacatecuhtli llamó a Nanahuatzin, el noble dios deforme y enfermo, para que se sacrificara y convirtiera en sol, arrojándose a una gran hoguera. Cuando llegó al cielo, Tonacatecuhtli y Tonacacihuatl lo colocaron en un trono de plumas de garza, convirtiéndose en el Quinto Sol reinante de la era presente azteca, llamado así mismo Tonatiuh. Esta deidad dual es muy confundida a veces con Ometecuhtli.

Chalchiuhtlicue, diosa Azteca de ríos lagos, fuentes, corrientes de agua, de mares y océanos. Fue creada por Tezcatlipoca, considerada protectora de los navegantes. Su falda de jade simboliza las corrientes de agua limpia, pura y cristalina. Sus esculturas están generalmente hechas de piedra verde, como corresponde a su nombre. Se la representa, llevando en su mano derecha un báculo que simboliza el rayo y en la mano izquierda una bolsa de “copal” de donde salen las nubes. En Mesoamérica es venerada y a ella se dirigen los aztecas invocándole como donadora de Principio Femenino de Vida, es patrona de los partos y desempeña un papel protector en los bautismos. En el mito de los cinco soles, ella dominaba el cuarto Sol o cuarta era. En su reinado el cielo era de agua, la cual cayó sobre la tierra como un gran diluvio por intermediación de esta diosa y en ese periodo los seres humanos se transformaron en peces.


Coatlicue, fue madre de todo y de todos, incluso de los dioses aztecas, como el dios de la guerra y el Sol Huitzilopochtli. La leyenda cuenta que quedó embarazada de él, cuando una pluma entro en su vientre mientras ella barría. Esto ofendió a sus otros cuatrocientos hijos, pues una diosa solo podía concebir hijos de otros dioses. Por lo que alentados por Coyolxauhqui su hija, decidieron matar a su propia madre cortándole la cabeza. Pero en ese mismo momento Huitzilopochtli nació armado y mató cientos de sus hermanos y hermanas, convirtiéndose sus cuerpos en estrellas. A Coyolxauhqui la desmembró y tiro su cabeza al cielo la cual se convirtió en la Luna.


Coatlicue, “La de la falda de serpientes”, era la diosa azteca de la vida y la muerte, de la tierra y de la fertilidad. Ella es la Madre Universal y los aztecas le dedicaron toda su devoción. Su representación más conocida es una figura antropomorfa que lleva una falda de serpientes y un collar de manos y corazones arrancados a las víctimas de sacrificios. Su cabeza se forma por dos serpientes enfrentadas, símbolo de la dualidad, un concepto básico de la cosmovisión de las civilizaciones precolombinas. Coatlicue, era una diosa feroz, sedienta de sacrificios humanos. Sus garras afiladas en manos y pies se comparan a la ferocidad del jaguar, animal sagrado por excelencia, y las serpientes que la cubren, simbolizan la humanidad.

Xochiquétzal, es la diosa del amor, la belleza, las flores, la fertilidad, la patrona de las jóvenes, del embarazo, los partos y de los oficios femeninos. Era espléndidamente hermosa, simbolizaba los encuentros espontáneos juveniles y la tentación que hace caer a los hombres castos; su imagen se caracteriza por un tocado de plumas de quetzal unidas en oro y piedras preciosas. Nació del cabello de su madre, y a pesar de haber tenido varios amantes fue la mujer de Piltzintecutli, hijo de la primera pareja homosexual; con él engendró a Cintéotl, dios del maíz. Por otra parte, se cuenta que también dio a luz a Nanahuatzin, quien se sacrificó en el fogón divino para transformarse en el Quinto Sol. Xochiquétzal habitó en Tamoanchan, “cerro de la serpiente”, considerado uno de los paraísos y parte del primer cielo, el Tlalocan, ubicado en la cima del “Cerro de la Malinche”.


Tlazoltéotl, deidad de origen Huasteco, que en la mitología mexica es la diosa de la lujuria y de los amores ilícitos, patrona de la incontinencia, del adulterio, del sexo, de las pasiones, de la carnalidad y de las transgresiones morales; era la diosa que eliminaba del mundo el pecado y la diosa más relacionada con la sexualidad y con la Luna. En los códices se la representaba en la postura azteca habitual para dar a luz o a veces defecando debido a que los pecados de lujuria se simbolizaban con excrementos. En otros códices aparece sosteniendo "la raíz del diablo", planta usada para hacer más fuertes los efectos del pulque (bebida relacionada con la inmoralidad) y disminuir los dolores del parto.

Mayahuel o Mayalen, deidad azteca femenina, patrona del maguey y la embriaguez. También es señalada como la diosa del pulque por el mito que da origen a la planta de la cual se produce esta bebida alcohólica. Era representada como una mujer con el cuerpo pintado de azul que se asomaba por una penca de maguey. Otras veces era descrita con una nariguera de jade y cargando una vasija de barro. Sus atributos son la doble cuerda en una de las manos, el malacate de algodón sin hilar, y las manchas amarillas en su cara. Según el mito entre las tribus mexicas, Mayahuel era una joven hermosa, que vivía en el cielo con su terrible abuela, una tzintzimitl (estrellas que diariamente tratan de impedir que el sol nazca). La joven huye con Quetzalcóatl para amarse en un frondoso árbol, convertidos en ramas; la abuela los descubre y envía a sus compañeras tzitzimime a matarlos. Quetzalcóatl se salva, pero Mayahuel muere carcomida por las estrellas. Sus restos son recogidos por Quetzalcóatl y tras enterrarlos, de ellos nace la primera planta de maguey, con la cual se produce el pulque, bebida ritual y ofrenda ceremonial para los dioses.



Cintéotl, En la mitología mexica es el dios del maíz, en ocasiones es considerado como un ser dual, hombre y mujer, o bien solo del sexo masculino mientras en sexo femenino pasó a ser Chicomecóatl. Su nombre, centli: significa grano, y teotl: significa dios, Cintéotl. Se le da este nombre porque en la cultura azteca el maíz era la principal fuente de alimento y a él lo consideraban tan importante como su alimentación. Además de representar al maíz, se le considera el patrón de beber una bebida espiritual embriagante y en cuanto a la deidad femenina, también se le considera diosa de la tierra. Es hijo(a) de Xochiquetzal, considerada diosa de la sexualidad, flores y belleza; y Piltzintecuhtl, dios de los temporales.



Huehuetéotl, es una de los dioses más antiguos en Mesoamérica. Ya estaba muy difundido antes de Teotihuacan. Su postura característica es de brazos y manos reposando sobre las piernas cruzadas. Las arrugas en la cara dan cuenta de su edad avanzada y sobre su cabeza porta un brasero de carbón. Parece haber sido un dios protector de la vivienda y el fogón. A pesar de que Tezcaltlipoca se conoce como el creador del fuego, Huehuetéotl es el patrono del fuego en la cultura Azteca. En algunas urnas Zapotecas se encuentra representado el dios como un brasero. Su culto fue uno de los más antiguos de Mesoamérica, como lo testifican las efigies encontradas en sitios tan antiguos como Cuicuilco y Monte Albán.



Quetzalcóatl, De origen náhuatl, su nombre significa "Serpiente emplumada" y representó para los aztecas al ser supremo. En términos simbólicos representa la Totalidad, en tanto está asociado tanto con la Tierra (lo que repta) como con el Cielo (lo que vuela). Parece haber sido adorado extensamente, aunque bajo diferentes aspectos. Se lo consideraba el gran benefactor de la humanidad. Era uno de los cuatro dioses creadores. Pero también tenía distintos nombres, cada uno de los cuales hacía referencia a un significado diferente. Por ejemplo, podía ser considerado "el Señor de la Casa del Amanecer". En muchos mitos moría y resucitaba. Tenía una gran rivalidad con Tezcatlipoca. El primero, enemigo de los sacrificios sangrientos, exigía a los hombres ofrendas de aves y jade. Tezcatlipoca, en cambio, impuso rituales sangrientos. Por ello ambos llega­ron a un enfrenamiento. Como consecuencia, Quetzalcóatl fue expulsado de la ciudad de Tula y se embarcó en una balsa de serpientes. Tras desaparecer en el horizonte, la profecía aseguraba que algún día volvería por el mismo lugar que había partido. La llegada misma de los españoles fue interpretada como el regreso de Quetzalcóatl, al grado que el rey azteca Moctezuma II creyó ver en Hernán Cortés la representación misma del dios. Este hecho marcó una circuns­tancia singular que facilitó enormemen­te la conquista española y la desaparición del pueblo azteca.

La civilización azteca y sus antepasados creían profunda­mente que las fuerzas de la naturaleza podían obrar tanto para el bien como para el mal. Por ello les parecía lógico personificar a los elementos como dioses y diosas. A juzgar por sus fines y su práctica, buscaban atraer aquellas fuerzas naturales favorables a la exis­tencia humana, a la vez que rechazar las que les eran perjudiciales. La religión azteca no tenía un “salvador de la humanidad", tampoco había un cielo o un infierno para recompensar o castigar las consecuencias de la conducta humana. El reconocimiento y el temor los llevó al intento de dominar las fuerzas de la naturaleza, conocer sus ritmos, descubrir sus variaciones y vibraciones, fue para ellos una forma de asegurar la supervivencia de la comunidad.


Todas las imágenes son gentileza de socialhizo.com


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