jueves, 10 de mayo de 2018

El Renacimiento: El Alcázar de Toledo


A mí personalmente me duele que un edificio, que aparte de su utilización, siendo una parte importante de El Renacimiento, sea recordado por la mayoría de las gentes por un hecho, que independientemente de las significaciones políticas, nos debiera poner la cara colorada de vergüenza. ¿Cómo se puede destruir nuestro arte y nuestra historia, de esa manera? Pero vayamos a describirlo, al menos en la parte correspondiente al ARTE, y dejemos la HISTORIA para otro momento.



Ya en 1536, el emperador había demostrado su interés por reformar el Alcázar toledano, pero no fue hasta 1542, cuando dieron comienzo las obras. En un principio las obras debían haber sido dirigidas por Alonso de Covarrubias y Luis de Vega, pero el 1 de enero de 1543 Carlos I, decidió que fuera el primero, únicamente, quién se encargara del proyecto.

En el momento de iniciarse las obras, el Alcázar estaba formado por un conglomerado de construcciones, que habían ido surgiendo en diferentes momentos, y con variada finalidad. Como problema inicial se le planteó al arquitecto la reforma de las fachadas, delimitadas por cuatro torreones en los ángulos. Su construcción en mampuesto, daba al conjunto un aspecto informe, cosa que se corrigió mediante el uso de un aparejo sistemático y la organización de las superficies con órdenes y entablamentos o por medio de los ejes en que se distribuyeron los huecos. Las fachadas oriental y occidental, se remodelaron distribuyendo los vanos, en manera similar a la empleada en la fachada del palacio de Alcalá de Henares, más la incorporación de medallones, escudos y grutescos.

La actuación de Covarrubias en el frente septentrional, donde se situaría la portada, fue muy distinta. Esta fachada se dividió en tres pisos mediante el uso de entablamentos, distribuyéndose en cada uno de ellos nueve vanos. La diversidad de éstos y la presencia de columnas superpuestas en la unión del muro con los torreones angulares, contribuyen a articular la fachada. Esta cuenta con un aparejo rústico en la zona superior, con el que se ha querido dramatizar y reforzar el efecto visual de la parte alta de dicha fachada. Una inversión de la norma que no está muy lejos del manierismo.


Pero el elemento más destacado de la fachada principal es su portada. Se comenzó en 1546 por Enrique Egas hijo. En su composición, además de los órdenes jónico y compuesto, se recurrió al enriquecimiento plástico, que suponen el almohadillado y los grutescos del arco de ingreso, el escudo imperial y los heraldos del piso alto.


Un año antes de comenzar la portada, ya se había iniciado el vestíbulo, que ubicado tras ella, da paso al patio. Éste, de forma rectangular, fue proyectado por Covarrubias en 1550, interviniendo en la construcción de sus arquerías Francisco de Villalpando. El conjunto, no exento de monumentalidad, destaca por su clasicismo y elegante sencillez. Entre sus detalles más significativos hay que citar la solución de los soportes angulares, como dobles columnas que interiormente se convierten en pilastras. A las citadas galerías, abajo cubiertas con viguería y arriba con bóvedas de arista, se abren una serie de portadas, en su mayoría trazadas por Covarrubias, a partir de 1558.

En estrecha relación con el patio, se trazó la monumental escalera que se abre en el costado meridional del mismo. En 1552, Covarrubias había presentado dos modelos para la escalera, que ofrecían pocas diferencias, ya que el segundo era la magnificación del primero. Sin embargo ninguna de las dos se llevó a cabo, pues en 1553 se decidió ampliar la escalera hasta ocupar toda la anchura del patio. La escalera presenta un solo tiro que se convierte en dos tras un rellano. Está realizada en piedra y ladrillo combinados, en un estilo severo y depurado. Pero de toda la obra, sólo corresponde a Covarrubias, la disposición de los tramos, pues el alzado de la caja es posterior al maestro, gracias a un esquema elaborado por Francisco de Villalpando. El autor de la caja fue Juan de Herrera, a quién también se debe la fachada meridional del Alcázar, ambas dentro de la peculiar estética del maestro.

Veamos las cuatro fachadas:








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