jueves, 8 de marzo de 2018

Las Guerras Carlistas: Segunda Guerra, Capítulo Primero

Tras la derrota, el exilio, la crisis y después la guerra.







El tercio de siglo que transcurrió entre las dos grandes guerras civiles del siglo XIX, fueron años de caos y reflujo, primero, y de recomposición después, a partir de 1868. La radicalización de las posiciones, la revolucionaria y la contrarrevolucionaria, recordaba bastante lo sucedido en 1822 y en 1833, desembocando en una nueva guerra civil, la de 1872-1876. El carlismo vivió una época de cambios, pasando a convertirse en una alternativa al régimen liberal. 

En este periodo, el carlismo atravesó varias coyunturas históricas bien diferenciadas. La primera fue la del exilio y los intentos de encontrar una acomodación negociada con el liberalismo. Más tarde reverdecería el ímpetu combatiente, que acabaría en el desastre de San Carlos de la Rápita en 1860. Coincidieron estas dos etapas, con la actividad de un nuevo pretendiente dinástico, Carlos Luis de Borbón y Braganza, el Carlos VI de los carlistas. Avanzados los sesenta se entraría en la fase que, por varios conceptos, fue tenida como una “edad de oro” del carlismo decimonónico, resuelta con una nueva guerra civil, y ligada a la figura de don Carlos de Borbón y de Austria-Este, Carlos VII.

Carlos Luis de Borbón
El resultado inmediato para el carlismo, de la guerra civil de los siete años, fue la aparición de una masa de exiliados y, la imposibilidad de adquirir el carácter de un grupo político normalizado, en el momento idóneo, que representaba la construcción de un nuevo Estado, con transformaciones socioeconómicas importantes. Una gran cantidad de combatientes y simpatizantes tuvieron que pasar a Francia, desde Cataluña, el País Vasco y Navarra, calculándose en unos veintiséis mil. Don Carlos y su familia se establecieron en Bourges. Al tiempo, en el interior de España aparecieron nuevos movimientos guerrilleros rurales, muy dispersos y sin ninguna cohesión, fundamentalmente en Cataluña. Por otra parte en el País Vasco hubo un fuerte intento de insurrección en 1841.

En mayo de 1845, don Carlos, abdicó sus derechos dinásticos, en su hijo primogénito, Carlos Luis, que adoptaría el título de conde de Montemolín. Don Carlos se trasladaría a Trieste, desapareciendo, totalmente, de la vida política.

Carlos VII
Al declararse la mayoría de edad de la reina Isabel, se hizo con el poder un partido liberal moderado, de forma que los primeros años del conde de Montemolín, estuvieron señalados por el intento de conciliación dinástica y política. Se abrían dos posibilidades, una mediante un posible casamiento con Isabel II. Posibilidad abortada, al optar el moderantismo, por la boda de la reina con su primo Francisco de Asís de Borbón, hijo del infante don Francisco de Paula en 1846. En cuanto a la otra posibilidad, la conciliación ideológica, en un principio fue algo más prometedora, ya que existía una fracción acaudillada por el marqués de Viluma, que predicaba un acercamiento de posiciones. Las posiciones de Balmes, reconocían que había que acercarse a las nuevas ideas, pero la muerte del pensador en 1847, acabó con cualquier progresión en ese sentido.

La insurrección rural tomó más fuerza en Cataluña al desencadenarse, a finales de 1846, la guerra dels Matiners (Madrugadores). Comenzaron a aparecer partidas organizadas, a cuyo frente se encontraban nuevos cabecillas, como Bartomeu Porredón (el Ros d’Eroles), Josep Pons (Pep del’Oli), Boquica, mosén Benet (Benito Tristany), su hermano Rafael Tristany, Masgoret, etc. Todo giraba en torno a Cervera. La respuesta gubernamental no se hizo esperar en 1847, y pronto fueron fusilados Ros d’Eroles y Benito Tristany.

En el País Vasco se alzó el brigadier Alzáa, fusilado por Rafael Urbiztondo, antiguo carlista pasado al ejército liberal por el convenio de Vergara. En Navarra, el general Joaquín Elío, sin entrar en el país, emitió una proclama para la insurrección en 1848 que no tuvo efecto.

Tras un periodo de decaimiento, Ramón Cabrera, entró en junio de 1848 en Cataluña, reuniendo un ejército, y las acciones se recrudecieron. El guerrillero Borjes obtuvo algunas victorias, mientras Cervera derrotaba en Aviñó al general Manzano.






A comienzos de 1849, Cabrera fue herido, teniendo que retirarse, entonces se acudió al recurso de hacer venir a Carlos Luis, en abril de 1849, propósito que no se consiguió al ser detenido en la frontera por la policía francesa. La superioridad gubernamental al mando de Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero, se hizo notoria, derrotando al propio Cabrera en Pinós, teniendo este que cruzar la frontera. En mayo la insurrección estaba controlada y una nueva hola de emigración pasó a Francia.

En los años cincuenta hubo un oscurecimiento del carlismo. El pretendiente Carlos VI, residente en Londres, decidió abdicar en su hermano Juan, abdicación que no fue aceptada, pero que trajo consigo la intervención de la princesa de Beira, cuñada primero y luego segunda esposa de don Carlos María Isidro.

En 1854, se produjo el pronunciamiento encabezado por el general O’Donnell (la Vicalvarada) que ponía fin a una década de gobierno moderado, llevando al poder a los progresistas, bajo la jefatura de Espartero. El carlismo, entonces, intentó un acercamiento a la opinión liberal moderada. En los meses de febrero y marzo de 1855, se cruzaron correspondencia Francisco de Asís y su primo Carlos Luis de Borbón.

Santa Cruz
Coincidiendo con las dificultades socioeconómicas y la consiguiente declaración, por vez primera, de una huelga general, se alzaron partidas en las dos Castillas, Aragón y, con más fuerza en Cataluña. El fracaso fue inmediato, y el carlismo volvió a una fase de menor actividad.

A partir de 1857, la conspiración recibió la adhesión de Jaime Ortega, capitán general de Baleares, con lo que Mallorca se convirtió en eje de la actividad para la consecución de un golpe militar. El pretendiente Montemolín y su hermano Fernando, se embarcaron en Mallorca, desembarcando el 2 de abril, la expedición de Ortega, en San Carlos de la Rapita.

La expedición fue un rotundo fracaso, los soldados se insubordinaron, Ortega, su ayudante Cavero, el general Elío, don Carlos Luis, y don Fernando, fueron apresados en Ulldecona. Ortega y su ayudante fueron fusilados, Elío recibió el perdón bajo promesa de no atentar más contra la reina, y la renuncia de Carlos Luis y Fernando a todos sus derechos al trono, en documento firmado en Tortosa, el 23 de abril de 1860, siendo expulsados de España.

El fracaso provocó un cisma en la familia, Juan reclamó en 1860 los derechos; Carlos Luis y Fernando se desdijeron de las renuncias hechas en Tortosa, y todo volvió a la situación anterior, pero ambos murieron con pocos días de diferencia en Londres, en enero de 1861, con lo cual, los derechos pasaban automáticamente a don Juan de Borbón y Braganza.

La actitud de don Juan, no fue seguida por nadie. La iniciativa para salir de esta situación, la tomó Teresa de Braganza, princesa de Beira, que se había erigido en baluarte de la ortodoxia del carlismo, representando la fracción más radical e intolerante del legitimismo. Mediante un manifiesto, declaraba que la actitud de don Juan, carecía de legitimidad de ejercicio, no había, por tanto, otra decisión que la sucesión de su hijo primogénito, Carlos, nacido en 1848 del matrimonio de don Juan con la princesa italiana Beatriz de Austria-Este. El 3 de octubre de 1868, don Juan renunció a todos sus derechos.

La renovación del partido carlista se operó a partir de 1867-1868, incluyendo el nuevo nombre adoptado como partido legal: La Comunión Católico-Monárquica, denominación con que se le conoció en las Cortes del sexenio.

La reorganización del partido, llevó a don Carlos a encomendar a Ramón Cabrera, que vivía en Inglaterra, la dirección del alzamiento de 1869. El general, tras haberse negado anteriormente, acabó aceptando en octubre, si bien intentando imponer sus propias ideas. Su crítica a la forma de dirigir el partido, sus malas relaciones con un buen número de notables, su oposición a nuevas aventuras militares y, en definitiva, su escasa sintonía con Carlos VII, dieron al traste con su jefatura, de la que dimitió en marzo de 1870.


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