jueves, 1 de marzo de 2018

Las Guerras Carlistas: Primera Guerra, Capítulo Primero


Una vez fallecido Fernando VII, el 29 de septiembre de 1833, hubo una serie de levantamientos armados, que dieron lugar a la proclamación de Carlos María Isidro, dejando la solución al veredicto de las armas. El conflicto llegó a un punto de no retorno tras la convocatoria de las Cortes el 20 de junio de 1833, para realizar la jura de la princesa Isabel. Don Carlos refugiado en Portugal, se niega a jurar lealtad a su sobrina. La situación de guerra civil no tardaría en producirse, llegamos así a la “Primera guerra carlista”.

El 1 de octubre, don Carlos, apoyado por Miguel I de Portugal, firmó en Abrantes, un manifiesto reivindicando su derecho al trono. La reina María Cristina, respondió el día 4 con otro, en el que abogaba por la defensa de la religión y el mantenimiento de la monarquía absoluta, prometiendo reformas administrativas, en la línea de los gobernantes de la “década ominosa”.
La noche del día 2, los Voluntarios Realistas de Talavera de la Reina, se rebelaron, encabezados por el administrador de correos Manuel María González, proclamando rey de España a don Carlos.

Infante don Carlos María Isidro
Se han distinguido tres fases en el conflicto armado. La primera abarca desde las primeras proclamaciones de Carlos V, a comienzos de octubre de 1833, hasta el fallecimiento de Zumalacárregui, a mediados de 1835. La segunda etapa desde junio de 1835 hasta el fracaso de la expedición real en octubre de 1837. La tercera y última etapa se inició con el repliegue de don Carlos al Ebro a mediados de octubre de 1837. El cansancio, las disidencias internas y el agotamiento de los recursos, llevó a finalizar la guerra en el país vasconavarro, mediante el convenio de Vergara, el 29 de agosto de 1839. La desesperada resistencia de Cabrera en el Maestrazgo y Cataluña hasta julio de 1840, solo fue el epílogo del derrumbamiento social, político y militar de la alternativa legitimista.

El pronunciamiento del 2 de octubre en Talavera de la Reina, marcó la pauta de una serie de levantamientos de partidas e insurrecciones, que estallaron tras la muerte de Fernando VII. En Logroño, controlado desde el 7 de octubre por Basilio García, Pablo Briones y Santos Ladrón de Cegama, y en Burgos donde el guerrillero Jerónimo Merino, recorrió el territorio hasta Soria y las inmediaciones de Madrid. En Cataluña, Josep Garcelán se rebeló en Prat de Llusanés el 5 de octubre, pero fue sofocada por el general Llauder. En Morella se proclamó a Carlos V el 13 de noviembre, siendo ocupada la población por fuerzas liberales el 10 de diciembre.
Las rebeliones más importantes se desarrollaron en el País Vasco. En Bilbao, paisanos armados y clero, encabezados por el marqués de Valdespina, el coronel de Voluntarios Realistas Pedro Novia de Salcedo, y el brigadier Fernando de Zabala, asumieron la dirección del municipio y de la Diputación, la tarde del 3 de octubre; trataron de extender la insurrección, pero sufrieron una primera derrota en Valmaseda.
En Vitoria, el comandante de los “naturales armados” de la ciudad, Valentín de Verástegui, proclamó a don Carlos el 6 de octubre. Ese mismo día le secundaron en Salvatierra, José Uranga y Bruno Villarreal, aunque San Sebastián y Tolosa, permanecieron al margen. La insurrección navarra se frustró tras la batalla de Los Arcos el 11 de octubre.
El proceso insurreccional se fue extendiendo como una marea desde el país vasconavarro y el centro y sur de Cataluña, durante el mes de noviembre al norte de Castilla, Asturias, La Mancha, Extremadura, Andalucía, Valencia y Aragón
La victoria del general “cristino” Sarsfield en Peñacerrada, la recuperación de grandes núcleos de población: Logroño a finales de octubre, Vitoria el 21 de noviembre, Bilbao el 25 de ese mismo mes; reveses como el sufrido en Morella a mediados de noviembre, por el coronel Carlos Victoria y Rafael Ram de Viu, barón de Hervés (que fueron fusilados); unido a la lealtad por algunas autoridades y, sobre todo, a la inactividad de un pretendiente refugiado en Portugal; fueron determinantes para dar el levantamiento por frustrado.

Zumalacárregui

Fue el coronel Tomás de Zumalacárregui, quién tras forzar el relevo de Francisco Iturralde, el 15 de noviembre, obtuvo el mando de todas las fuerzas vascas en Echarri-Aranaz, reactivando así la rebelión en el Norte. Su estrategia era el avance progresivo, su guerra de guerrillas desplegada entre diciembre de 1833 y junio de 1834, permitió ganar tiempo para la formación de un ejército regular. El fracaso ante Zumalacárregui del general Jerónimo Valdés, condujo a su relevo el 22 de febrero de 1834, siendo sustituido por el antiguo realista Vicente Genaro de Quesada. Su bando de 11 de marzo, alimentó una espiral de represalias que enconó el conflicto.
Tras las victorias de Abárzuza el 29 de marzo y de Alsasua el 22 de abril, Zumalacárregui cambio la táctica de guerrilla, por el control del medio rural y de las comunicaciones. Tras la publicación de sendos manifiestos de los capitanes generales de Cataluña, Manuel Llauder, y Castilla la Vieja, Vicente Genaro de Quesada, el nombramiento al frente del gobierno de Francisco Martinez de la Rosa, el 15 de enero de 1834 y la promulgación del Estatuto Real el 15 de abril, el pretendiente don Miguel fue expulsado de Portugal, mientras que don Carlos, que había encontrado el 18 de junio, un efímero refugio en Inglaterra, decidió pasar al territorio vasconavarro el 12 de julio.

No cabe duda de que la llegada del pretendiente, reactivó la revuelta. Las inclinaciones carlistas de buena parte del clero y el bulo del envenenamiento de las aguas de Madrid, provocaron el incendio de conventos y las matanzas de frailes de los días 17 y 18 de julio de 1834.
El final de la guerra portuguesa con el tratado de Évora-Monte del 27 de mayo de 1834, permitió el reforzamiento militar en territorio vasconavarro. Cuando Espoz y Mina, sustituyó a Rodil en el mando del ejército liberal en Navarra, se produjo una situación de equilibrio, que se tradujo en batallas campales cada vez más violentas, donde habrían de curtirse generales liberales como Manuel Lorenzo, Baldomero Espartero, Leopoldo O’Donnell o Luis Fernández de Córdova.
En abril de 1835, el ministro de la Guerra, Jerónimo Valdés asumió el mando de las fuerzas, tratando de expulsar a Zumalacárregui de su reducto de Améscoas, pero la derrota de Artaza el 22 de abril, permitió al caudillo carlista asentar su dominio en la mitad occidental de Navarra y derrotó a Espartero en Descarga. Esta acción abrió a los carlistas los valles centrales de Guipúzcoa. A partir de aquí se abría una guerra larga, con sangrientas represalias, que trató de ser canalizada con el convenio Elliot, del 27-28 de abril. Los carlistas recibieron de Austria, Prusia, Rusia y Nápoles, dinero y armas.

A mediados de 1835, tras la caída de las guarniciones guipuzcoanas de Treviño, Villafranca, Tolosa, Vergara, Éibar, Durango y Ochandiano, todo el norte estaba en manos carlistas. Zumalacárregui, entonces, creyó llegado el momento de marchar sobre Madrid, con un ejército de 30.000 hombres, pero el cuartel real le impuso, el cerco de Bilbao. Esto fue un error pues distrajo fuerzas considerables en un escenario secundario. Precisamente el 15 de junio Zumalacárregui resulto herido frente a Bilbao y murió nueve días después. Los generales Lastre y Espartero rompieron el cerco el 1 de julio. La retirada de Bilbao, no sólo fue un fracaso militar, acarreó serias consecuencias políticas al carlismo, ya que fue el germen de tensiones internas y dificultó la consecución de nuevos apoyos y ayudas del exterior.

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