jueves, 22 de febrero de 2018

Los despropósitos de una monarquía: Capítulo Quinto


La sucesión, una cuarta boda y el germen de una guerra civil.



Tras la vuelta a Palacio, todo parece volver a la normalidad, incluidas las escapadas galantes del rey. El encargado de la vigilancia en el Real Sitio de Aranjuez, es el coronel don Trinidad Balboa, que en un parte menciona su preocupación por la salud del rey, en sus continuas salidas. Disgustado Fernando, le hace saber que: “Cierta clase de indagaciones podrían concluir con un viaje a Ceuta”. Mientras comienza una durísima represión contra todos los que apoyaron las ideas constitucionalistas, e incluso en Valencia se celebra un auto de fe.



Palacio de Aranjuez 

En el Real Sitio de Aranjuez, muere el 18 de mayo de 1829, la reina María Josefa Amalia. Posiblemente fue la menos amada de las esposas del rey. No había tenido ningún hijo, por lo que el problema sucesorio seguía vivo. Poco antes de la muerte de la reina, Fernando VII declaraba en un testamento escrito de puño y letra por su ministro Calomarde: “Quiero que si a mi muerte dejase yo hijos varones, hereden éstos, por el orden de primogenitura y el que establecen las leyes de Partida, todos mis Reinos y señoríos de España y de las Indias, y todos los derechos y acciones de la Corona…”.

Comienza una batalla en torno a una nueva boda del rey, apareciendo quienes creen que no debe tomar nuevo matrimonio, y que la Corona debe recaer en su hermano don Carlos. Pero el rey está decidido a casarse, y este grupo comienza los movimientos para imponer una candidata que sea partidaria de las ideas que ellos representan, como lo fue la fallecida reina doña María Amalia. Se lo hacen saber al rey y la contestación de éste es contundente:

- No más rosarios.

María Cristina de Borbón dos Sicilias 

El rey elige a doña María Cristina de Borbón dos Sicilias, hija del rey Francisco I de Nápoles y de la infanta doña María Isabel, que es sobrina de Fernando. Ha nacido en Palermo el 27 de abril de 1806. Se suceden las cartas, encendidas de amor, entre los novios. El 30 de septiembre de 1829, hace cuatro meses del fallecimiento de la reina, sale de Nápoles la futura reina. En el camino hay una parada en Valencia, desde donde María Cristina escribe a su tío y futuro marido, agradeciéndole sus cartas. La contestación de Fernando merece señalarse: “Pichona mía, Cristina: Anoche, antes de cenar, recibí tu cariñosísima carta del 29 y tuve el mayor gusto en leer que tú, salero de mi vida, estabas buena y ya más cerca de quién te adora, y se desvive por ti, y no piensa más que en su novia, objeto de sus más dulces pensamientos. Puedes creer que todos los días más de una vez, cuando estoy solo, canto aquel estribillo:

Anda, salero
salerito del alma
cuánto te quiero”.


La novia llega al Real Sitio de Aranjuez el 8 de diciembre, celebrándose los desposorios en la capilla del Palacio, en poderes delegados en don Carlos, hermano del rey. El día 10 llega Fernando VII a Aranjuez para conocer a la reina, come con ella y parten hacia Madrid. La reina entra oficialmente en Madrid al día siguiente. Su belleza, distinción y su abierta sonrisa, seducen desde el primer momento al pueblo. Por la noche, en Palacio, se celebra la ceremonia de desposorios, y al día siguiente, en la Real Basílica de Atocha, las velaciones.

Se piensa que la reina pueda influir en Fernando VII, para aplacar en alguna medida el rigor del absolutismo. España apenas a conocido la paz: la guerra de la Independencia, primero, y la continua discordia civil más tarde, han ensangrentado el suelo español. Lágrimas, luto y cárcel. El 8 de mayo “La Gaceta” anuncia que la reina doña María Cristina ha entrado en el quinto mes de embarazo. La gente se acerca a Palacio, para saber noticias. Una tarde, el 10 de octubre, la multitud mira hacia un ángulo de Palacio. A las cuatro y cuarto es tremolada, en la llamada punta del Diamante -esquina noroeste del edificio- una bandera blanca: la señal de que acaba de nacer una Princesa.

El bautizo es al día siguiente, veintiún cañonazos anunciarán a las doce del mediodía, el inicio de la ceremonia. Se le imponen a la recién nacida los nombres de: María Isabel Luisa.

Isabel II niña 

En “La Gaceta” del día 14 aparece un real decreto que dice: “Es mi voluntad que a mi muy amada hija, la infanta doña María Isabel Luisa, se le hagan los honores como al Príncipe de Asturias, por ser mi heredera y legítima sucesora a mi Corona, mientras Dios no me conceda un hijo varón”.

Al empezar 1832, nace la segunda hija de Fernando y Cristina: la infanta María Luisa Fernanda. El rey no ha cumplido los cuarenta y ocho años, pero está torpe y se mueve con dificultad, la gota le tortura. Se presiente su próximo fin, deseado por muchos: unos por el recuerdo de los trágicos momentos vividos, otros porque esperan que la Corona pase a manos de don Carlos.

Reparte la Corte el año entre los diversos Reales Sitios: en primavera a Aranjuez, en verano La Granja, el otoño es pasado en El Escorial, y parte del invierno en El Pardo. Al comenzar el verano la Corte se traslada, este año, a La Granja. El mal del monarca se acentúa, y los médicos tienen pocas esperanzas. Fernando VII firma, con ilegible letra, un documento por el que priva a su hija del derecho a la Corona. Son las siete y cinco minutos de la tarde del 18 de septiembre de 1832. El decreto deberá ser guardado secretamente, hasta la muerte del rey. Calomarde quebranta lo acordado y comienza a dar notificación oficial del documento.


Pero Fernando VII se recupera y se da cuenta de lo que ha ocurrido. Llega a La Granja la infanta doña Luisa Carlota, hermana de la reina, que recrimina a unos y a otros su actitud, y movida por la cólera, da una bofetada a Calomarde. Éste dirá: “Manos blancas no ofenden”.

Infanta Luisa Carlota 

El martes 1 de enero, ya repuesto el rey, deroga la disposición dictada. La futura reina deberá ser jurada como Princesa de Asturias, son convocadas las Cortes para el 20 de junio a las diez y media de la mañana, en la iglesia de San Jerónimo el Real. Tradicionalmente se celebra en este templo de los Jerónimos la jura de los que han de ser Reyes de España. La primera ceremonia fue, varios siglos antes, la de Carlos I, en 1510. El Rey de armas va llamando desde el crucero a quienes han de reconocer y jurar como heredera al Trono a la Princesa. Pero hay una ausencia, la del infante don Carlos, que se halla en Portugal, y aunque se le ha convocado para la ceremonia, excusó su asistencia, haciendo constar su protesta por el acto. Tras la ceremonia, regresan, casi de noche, al Palacio, ante la aclamación popular.

Infante don Carlos 

Recae el rey y el 29 de septiembre, los doctores, advierten una alarmante inflamación en la mano derecha, aplicándole un parche de cantáridas en el pecho. Solo queda junto a él su esposa, la reina. La cual advierte, de pronto, algo extraño, sale apresuradamente y da órdenes para que se busque al doctor Castelló. Cuando este llega, el rey a muerto. Son las tres menos cuarto de la tarde.

Se viste al rey con el uniforme de capitán general, y se le traslada al salón de Embajadores. El 3 de octubre, a las seis de la mañana, es trasladado al panteón de El Escorial. A media tarde llegará la comitiva a Galapagar, donde pernoctan, llegando a El Escorial a primera hora de la mañana siguiente. El capitán de los Monteros de Espinosa, juran que es el cadáver que se les había entregado. El capitán de guardias, duque de Alagón, pide silencio, y grita gravemente:

-Señor…, Señor…, Señor…

Un patético silencio sigue a cada invocación hecha en el Panteón de los Reyes de España. El capitán habla de nuevo:

-Pues que Su Majestad no responde, verdaderamente está muerto.

Rompe a continuación el capitán su bastón de mando, en dos pedazos y los arroja a los pies de la mesa en que está depositado el ataúd. El mayordomo mayor cierra la caja y entrega las llaves al prior del monasterio. Ha terminado la ceremonia fúnebre.

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