martes, 20 de febrero de 2018

LOS DESPROPÓSITOS DE UNA MONARQUÍA: Episodio Cuarto


El Deseado, el Esperado, Fernando VII entra en Madrid



Aquel 13 de mayo de 1814, pasará a la historia de Madrid, por el regreso de Fernando VII. Siempre la ciudad amó estos espectáculos callejeros: la llegada de grandes personajes, los cortejos reales, los desfiles de las bodas; y esta es una nueva ocasión de “alegría”. Recibe la ciudad clamorosamente al Rey, y no se han acabado las fiestas, cuando un nuevo personaje hace su entrada, es lord Wellington. Pocas veces hubo en Madrid una primavera tan bella como ésta. Toros, luminarias, bailes populares, desfiles, tonadillas.

Tras la comida de gala en Palacio, la vida va recuperando su ritmo normal. Han sido cinco años de fiebre heroica y de sobresaltos. De nuevo hay un Rey español. En Palacio, entretanto, se perfilan las dos tendencias que ensangrentarán de nuevo la tierra española. Por un lado, el espíritu liberal, y por otro, el absolutista. La soberanía nacional y el Rey. En la antesala de la cámara real se reúne la “camarilla”, formada por: el infante don Antonio, el canónigo Escoiquiz, el duque de San Carlos y Chamorro (el antiguo aguador de la fuente del Berro). Forman tambien parte de la “camarilla” los religiosos: Ostoloza, Castro y Creux, y más tarde el núcleo de los militares: Elio, Eguía y Eroles. Todos ellos encarnan la tendencia absolutista.



No quiero ser irrespetuoso, pero a esta parte que va a continuación yo lo llamaría; la pasarela de las reinas fernandinas, La primera fue María Antonia de Nápoles. Se casaron cuando Fernando era Principe de Asturias, y fue un matrimonio breve e infortunado. La Princesa escribió en una carta: “El Principe es un infeliz, que no ha sido educado. Es bueno, pero no tiene instrucción, ni talento natural, ni tampoco viveza. Es mi antípoda, y yo, para mayor desgracia, no le quiero nada”. La vida entre ellos no fue fácil, son numerosas las anécdotas desagradables. Como muestra este comentario de un embajador francés a la madre de María Antonia: “Una tarde que la Princesa quiso retirarse a su cuarto después de comer, empeñóse el Principe en que se quedara. Negóse ella, él insistió y, como siguiera resistiendo, la cogió violentamente por el brazo y le dijo: Aquí soy yo el amo; tienes que obedecer, y si no te conviene te marchas a tu tierra, que no he de ser yo quién lo sienta”. Murió Maria Antonia el 21 de mayo de 1806, en el Palacio de Aranjuez, de tuberculosis.



Ahora hay que pensar en una nueva boda, y como siempre tras repasar todas las posibles, se impuso la razón de Estado, pero serán dos bodas, Fernando y Carlos, se casarán con dos hijas del Rey de Brasil, María Isabel y María Francisca. Ambas hermanas hacen la travesía desde Brasil, en un navío portugués, el “San Sebastián”

De camino a la capital del Reino, una comitiva se acerca, son los hermanos Fernando y Carlos, que rompiendo el protocolo, han querido conocer a sus esposas antes de que hagan su entrada en Madrid. Tras las presentaciones continúan juntos el camino. Una vez más los madrileños se vuelcan en las calles. 

Fernando VII es realmente feo, pero tiene un atractivo popular. Gusta de la compañía femenina, aún casado, se habla de amoríos con Pepa la Malagueña, a quién visita en la calle Ave María, escoltado por el duque de Alagón (Paquito de Córdoba). Se comentan los frecuentes viajes a Sacedón, a donde visita a una muchacha. Los amoríos llegan a conocimiento de María Isabel de Braganza, ésta espera su regreso, cuando Fernando llega acompañado por el de Alagón, la Reina se lo recrimina dando detalles de sus salidas gentiles. Fernando se encoge de hombros y deja que se calmen los ánimos de María Isabel, para seguir su alegre vida.

También es breve la vida de esta segunda esposa real, y muere el 26 de diciembre de 1818, con solo veintiún años. Madrid y Fernando lloran su muerte. 

- Es la primera vez -comentan algunos- que se le ha visto tan hondamente enternecido.

No han tenido descendencia pues María Isabel de Braganza,  solamente dio a luz una niña que nació muerta. Era necesario encontrar una nueva esposa para el rey, y poder asegurar la descendencia. De nuevo las cancillerías buscando novia para el Rey de España.



La elegida es María Josefa Amalia de Sajonia, que aun no ha cumplido dieciséis años. Es hija del Principe Maximiliano de Sajonia y de la Princesa Carolina María Teresa de Parma, al quedar huérfana de madre muy joven, se ha educado en un convento alemán. Era aniñada, bella y muy femenina. El 31 de julio emprende el camino hacia España, a donde llega por Fuenterrabía, de allí se dirige a Irún, donde se celebra la entrega de la Princesa a la Corte Española. Preside el acto por parte sajona, el barón de Friesen, y por parte española, el marqués de Valverde, que hará la entrega al Rey. En el salón de Embajadores de Palacio, se celebrará la ratificación del matrimonio,  y la misa de velaciones en San Francisco el Grande.



Ese mismo año, muere en Roma la madre de Fernando, la Reina María Luisa de Parma, y poco después en Nápoles,  Carlos IV. Es políticamente, un tiempo de mucha agitación.  Surgen pronunciamientos en favor de la Constitución de 1812, Mina en Navarra, Porlier en Galicia, Lacy en Cataluña, y el coronel don Rafael de Riego se subleva en Las Cabezas de San Juan. Todo es zozobra y confusión en Palacio, mientras el clamor callejero aumenta peligrosamente. El Rey, ante la situación,  firma un decreto, declarándose partidario de la Constitución votada en las Cortes de Cádiz en 1812. La noticia llena de entusiasmo al gentío, que quiere que Fernando jure la Constitución. Otra vez la muchedumbre ante Palacio. La Guardia no hace resistencia y algunos han entrado, subiendo por la escalinata, en busca de Fernando VII, que accede a la petición. Ordena que se constituya el Ayuntamiento constitucional de 1814, los regidores se trasladan a Palacio y le piden, formalmente, el prometido juramento,

En el salón del Trono, ante el Ayuntamiento y seis representantes del gentío, Fernando VII, hace el solicitado juramento. Al día siguiente lanza un manifiesto en el que se sincera de los errores, la última frase es: "Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional". Se entabla así la lucha entre la tendencia absolutista del Rey, y la constitucionalista del Gobierno. Fernando obtiene la ayuda de Francia y Luis XVIII, envía un ejercito, los "Cien mil hijos de San Luis", que entra en España al mando del duque de Angulema. El ejército se extiende por España, mientras el Rey se instala, con toda la familia en Sevilla, trasladándose después a Cádiz. Angulema llega a Cádiz  y el Trocadero cae en sus manos. La paz se impone. Termina así el periodo constitucional y comienza la etapa absolutista.

Firma Fernando VII un decreto que dice: "Son nulos y de ningún valor todos los actos del Gobierno llamado constitucional, de cualquier clase y condiciones  que sean, que ha dominado a mis pueblos desde el 7 de marzo de 1820 hasta hoy, día 1 de octubre de 1823, declarando como declaro, que en toda ésta época he carecido de libertad, obligado a sancionar las leyes y a expedir las órdenes, decretos y reglamentos que contra mi voluntad se meditaban y expedían por el mismo Gobierno".

Dejemos a Fernando VII, asentado en el trono absolutista, gracias a la intervención francesa y, veremos en el siguiente capítulo el tema que surge por la sucesión.






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