viernes, 16 de febrero de 2018

LOS DESPROPÓSITOS DE UNA MONARQUÍA: Tercera Parte


Napoleón está aquí y José se irá cinco años después


Ya tenemos a Napoleón en Chamartín, a tiro de piedra de Madrid. No se encuentra muy decidido a entablar una lucha urbana a la que no está acostumbrado, él prefiere el campo abierto y dos ejércitos preparados para acometerse. Por eso, celebra una entrevista con el representante de la Junta de Madrid, don Tomás Morla. No hay acuerdo, y Madrid se dispone a la defensa, con los pocos medios que cuenta.
Tomás Morla

La artillería francesa no pierde el tiempo y bate las tapias del Retiro, por el boquete abierto entran, como un vendaval de fuego, los fusileros de la Guardia Imperial. Madrid no puede contenerlos y tiene que capitular. El acta se firma el 4 de diciembre, con unas condiciones llevaderas: se conservará la religión católica; a nadie se perseguirá por sus ideas políticas, se respetarán las vidas humanas; se conservarán las leyes y Tribunales de justicia; no habrá nuevas contribuciones; las tropas, previa entrega de las armas, podrán salir de la ciudad; y los generales podrán conservar su rango y títulos, o si lo prefieren, abandonar la ciudad.


Francia reclama la vuelta de Napoleón, pues la situación en Europa es complicada, pero antes quiere darse una vueltecita por el Palacio de los Reyes de España, esos Reyes que tan “amablemente” le han cedido todos sus derechos, y que él, altruistamente, ha pasado a su hermano José. Entra en Madrid por Recoletos, sube por la calle de Alcalá y por Arenal, desemboca en la explanada desde donde se ve el Palacio. Ha hecho el trayecto montado a caballo, al llegar a la puerta, se detiene y descabalga, entrando en la residencia real; sube por la escalinata y le dice a su hermano:

-Estáis, hermano, mejor alojado que yo.

Mientras acaricia la cabeza de un león, como hablando consigo mismo dice:

-Por fin es mía esta España que he deseado tanto.

Sus botas de caballería resuenan a medida que va recorriendo los salones: Salón del Trono, de Embajadores, de Carlos III,… De pronto un retrato llama su atención y se queda mirándolo, es el de Felipe II. Un poco más tarde abandona Palacio, monta de nuevo y emprende el regreso a su residencia en Chamartín. Volverá a Francia enseguida. Europa le espera.
Pilar Acedo

José, que se ha tenido que oír toda clase de reproches por parte de su hermano, pronto encontrará consuelo con la marquesa de Montehermoso. Se habían conocido en Vitoria, durante la huida de Madrid, es la mejor casa de la ciudad y allí se alojó. La marquesa, en el otoño ya, tenía una gran belleza, era ingeniosa y culta, y hablaba perfectamente el italiano y el francés. Pilar Acedo, que así se llamaba entró en el corazón de Bonaparte, convirtiéndose en su favorita oficial. El Rey premia al marqués de Montehermoso nombrándole su primer gentilhombre de cámara, y le concede la grandeza de España. Pilar le acompañará cuando de nuevo tenga que partir de Madrid.

Pero este no es el único amor de José de España, una dama cubana Teresa Montalvo,
Teresa Montalvo
que estaba casada en Cuba con el conde de Jaruco. El conde había sido nombrado por Carlos IV inspector general de tropas en la isla de Cuba. Allí muere. La joven viuda cierra sus salones en Madrid, abriéndolos de nuevo una vez pasado el luto. José Bonaparte reina en España, y la casa de Teresa se abre a saraos y fiestas. Su tío es el general O’Farril, ministro de la Guerra y esta relación le permite adentrarse en Palacio.

Pilar Acedo, la Montehermoso, ve como su belleza va llegando al ocaso. No tarda en surgir el amor entre el Rey José y la condesa viuda. Se ven en secreto, y Bonaparte compra un palacio en la calle del Clavel, donde podrán verse con mayor intimidad. Pero es frágil la salud de la condesa de Jaruco, enferma y se agrava rápidamente. Teresa Montalvo muere, y el Rey llora desconsoladamente ante los restos. Restos que son llevados al recién inaugurado cementerio del Norte, pasada la puerta de Fuencarral. Esa misma noche algunos hombres, entran en el cementerio, desentierran a la condesa y trasladan el cadáver a la calle del Clavel, cavando una fosa en el jardín y en ella la entierran.

Pero la vida sigue traspasados los muros de Palacio, más allá de Madrid, la semilla del 2 de mayo ha cuajado y madurado en una firme decisión de resistencia. En Zaragoza y Gerona, los hombres y mujeres sufren y mueren, mientras rezan y cantan. “La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa…” El Rey quiere basar su reinado en bases de paz y convivencia, pero los mariscales que le rodean, y su hermano desde Francia, le aconsejan mano dura. José escribe a su hermano: “Mi poder real no se extiende más allá de Madrid, y en Madrid mismo soy diariamente contrariado por gentes… Me acusan de ser muy benigno. Yo no soy Rey de España más que por la fuerza de vuestras armas, podría llegar a serlo por el amor de los españoles; pero para ello es necesario que gobernara a mi manera”.
El toisón de oro

Trata que la realeza se manifieste con toda su pompa. Conserva la antigua etiqueta de la casa de Borbón, añadiendo, como es natural, las modificaciones que requiere el cambio de dinastía. Reforma el escudo real y crea la Orden de España, al tiempo que suprime las que existían anteriormente, exceptuando la del Toisón de Oro. Según el “Reglamento para la servidumbre y Administración de la Casa Real de su Majestad Católica, el Señor Rey Don Josef Napoleón I”, son seis los grandes oficiales de la Corona o jefes de la casa Real: el limosnero mayor, el mayordomo mayor, el camarero mayor, el caballerizo mayor, el montero mayor y el gran maestre de ceremonias. Bajo las órdenes de estos, los restantes oficiales civiles.

El rey impulsa la mejora de Madrid, abriendo nuevos espacios en la abigarradas callejas y plazuelas, llenas de conventos e iglesias, así nacen plazas como las de Santa Ana, del Carmen, del Rey, de los Mostenses, de San Ildefonso, o de San Martín. El pueblo, siempre presto a la burla, ya no solo le llama “Pepe Botella”, ahora ha agregado el de “Pepe Plazuelas”. Sus paseos por las calles de Madrid, habitualmente por motivos piadosos, se ven rodeados de la más grande indiferencia; ni un aplauso, ni una señal de afecto o de respeto. Recibe la tremenda hostilidad silenciosa y latente.

La guerra para los franceses, se está convirtiendo en un total fracaso. Lucha junto a los españoles lord Wellington, y Napoleón aconseja a su hermano que, se traslade a Valladolid y traslade todas sus fuerzas al Norte. José no quiere hacerle caso, sería una segunda huida de Madrid. Pero los acontecimientos se precipitan, se impone la salida de Madrid. El Palacio se convierte en un ir y venir de gentes, que trajinan con cajas y baúles; son descolgados cuadros, desmontadas esculturas, guardados papeles y joyas. Largos convoyes salen por los caminos del Norte. Al rey le acompañan muchos españoles comprometidos con él; van con sus familias temerosos de la venganza de aquellos que desde el 2 de mayo de 1808, llevan ahora cinco años de lucha.

El pasmo de Sicilia

A la vista de Vitoria, tropas españolas e inglesas acosan al ejército del Rey José, un gran convoy consigue librarse de la persecución, en el van “El pasmo de Sicilia” y la “Virgen del pez” de Rafael, junto a cuadros de Murillo y Tiziano. Al poco se entabla la batalla, el equipaje del Rey José, con cuadros, joyas, dinero, documentos y armas, cae en manos de las tropas que intentan liberar a España. A punto esta el Rey de caer en manos de la caballería inglesa. Rápidamente se dirige a Pamplona y desde allí tras una penosa marcha a San Juan de Luz, adonde llega el 28 de junio de 1813.
La Virgen del pez

Napoleón se encuentra en Dresde, donde está tratando la paz con sus enemigos de Europa. Encolerizado da órdenes al general Soult para que se ponga al mando de las fuerzas que aún quedan en España. José Bonaparte ha llegado a Bayona, donde recibe la noticia de que ha sido sustituido. Piensa que es obra de Soult, y abandona la ciudad de incógnito, haciéndose pasar por el general Palacios. En París le espera la marquesa de Montehermoso. Se ha perdido una batalla decisiva y un Trono pero, se ha salvado un amor.
Juan Martín Diez, el Empecinado

El general Hugo, padre de Victor Hugo, ha salido de Madrid. Entran entonces los soldados españoles. El país entero se embriaga de alegría. Son las tropas del Empecinado las que ocupan Madrid. La Regencia se instala en el Palacio Real, y Las Cortes, quedaban instaladas en el teatro de los Caños del Peral, muy cercano a Palacio.





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