martes, 27 de febrero de 2018

LAS GUERRAS CARLISTAS: Antecedentes


Las Guerras Carlistas fueron los conflictos bélicos más decisivos de la España del siglo XIX. Liberales y carlistas se enfrentaron en tres ocasiones para imponer sus diferentes fórmulas políticas y estilos de vida. La Primera Guerra Carlista, llamada Guerra de los Siete Años (1833-1840), fue una verdadera guerra civil que asoló toda España, con altas cotas de violencia, ya que sólo los muertos del ejército liberal supusieron la suma de todos los fallecidos en los dos bandos de la Guerra de 1936. Los carlistas, pese al apoyo de parte de la sociedad española, fueron finalmente derrotados, aunque muchos consideraron que la partida había finalizado en tablas. Tras un breve paréntesis, partidas carlistas se alzaron en Cataluña, extendiéndose el conflicto nuevamente el noreste peninsular, bajo el liderazgo del mítico general Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo. Sin embargo, la guerra de los Matiners (1846-1849) supuso una nueva derrota para los partidarios de don Carlos. Y cuando toda la clase política europea consideraba muerta la causa legitimista, la crisis del Estado y el triunfo de la revolución de 1868, llevaron a la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), que volvió a poner en jaque a la España liberal, que vio a sus enemigos unidos bajo el liderazgo de un joven Carlos VII. Las batallas se sucedieron y los soldados carlistas volvieron a ser vencidos, mientras su rey cruzaba la frontera. La España liberal asentó sus pilares, pero, tras un largo período de paz, la proclamación de la Segunda República fue un catalizador para las dormidas huestes carlistas que, emergieran de su letargo y se prepararan para participar en un nuevo conflicto: la Guerra Civil Española.
(Prólogo obtenido gracias a DILVE)



Las palabras carlí o carlin y su plural carlins son de origen catalán, apareciendo después las castellanas carlista, carlismo. Todas ellas sirvieron para designar la posición política de aquellos que prestaron su adhesión a la figura y la ideología de don Carlos Maria Isidro de Borbón,  hermano del rey Fernando VII. Carlos reclamó su primacía con las armas en la mano, a la sucesión de su hermano, por parte de su hija Isabel.

Los primeros carlistas fueron los continuadores y herederos del grupo político que, habia mostrado en las Cortes de Cádiz su oposición a la nueva ideología liberal, partidarios del absolutismo monárquico y el viejo régimen social. Fue este movimiento el que acabaría identificándose como carlista cuando el absolutismo o realismo encontrase en don Carlos el monarca ideal para acaudillarlo.

La primera materialización de un movimiento realista capaz de enfrentarse abiertamente al liberalismo se produciría en el trienio liberal o constitucional de 1820-1823. Los primeros focos se dieron en 1821, que acabaron en una guerra civil en ciertas zonas del país entre 1822 y 1823. Constituyendo, en definitiva, la primera  guerra civil de España. 

El gobierno liberal  tuvo un momento de especial gravedad, en la sublevación de la Guardia Real en Madrid el 7 de julio de 1822. Un episodio oscuro lleno de acciones ocultas y con instigación del rey. La radicalización del liberalismo fue inmediata. Las insurrecciones en el campo adoptaron desde el principio, la forma de "partida", grupos que practicaban la guerrilla rural. Las partidas tuvieron su máxima expresión en Cataluña,  Navarra,  el Maestrazgo, Castilla, Aragón, Murcia, Galicia, etc; teniendo escaso o nulo desarrollo en el Sur del país. Entre los militares y cabecillas, figuran: el cura Merino, El Trapense, Costa Misas o Jaime el Barbudo,  junto a generales como el barón de Eroles, brigadieres como Santos Ladrón de Cegama, Vicente Quesada, Romagosa, Mir, Malavilla, y los coroneles Adame, Cuevillas, Cuesta, Batanero, Morales o Gorostidi, entre otros.

Los enfrentamientos fueron feroces, aunque puede decirse que la insurrección estaba prácticamente controlada por las fuerzas gubernamentales, hasta la entrada del ejército del duque de Angulema, que reavivó la insurrección al tiempo que incorporaba a los guerrilleros. El movimiento realista, casi derrotado, acabó como auxiliar de las tropas francesas. La Regencia de Mataflorida fue marginada y sustituida por otra encabezada por el duque del Infantado. La vuelta al absolutismo, no supuso el triunfo del "absolutismo puro", y a ello se deben las posteriores derivas carlistas.


Si bien don Carlos y su camarilla habían permanecido en silencio, en medio de todas estas convulsiones, la cuestión sucesoria cambio su actitud. Las viejas normas sucesorias, basadas en las Leyes de Partida, de Alfonso X, establecían la sucesión directa del rey por su hijo primogénito, siendo indiferente que fuese hombre o mujer. Pero la norma habia sido cambiada por el Auto Acordado entre Felipe V y las Cortes, promulgado en 1713, qué dio lugar al llamado "Nuevo Reglamento para la Sucesión de estos Reinos", donde se establecía la preferencia en la sucesión, de cualquier varón de la familia del rey, aunque fuese de más lejana línea y grado, sobre una posible heredera. En realidad esto pretendía impedir que, en un futuro, las coronas de Francia y España, pudieran unirse.

En las Cortes de 1789, que proclamaban heredero a Fernando VII, el conde de Campomanes presentó una proposición, para la derogación del Auto. Pero no fue promulgada. En 1830, ante el estado de buena esperanza de la reina Maria Cristina, Fernando VII se propuso asegurar la sucesión directa del rey, cualquiera que fuese el sexo de la criatura. La Pragmática que el rey promulgaba, no podía derogar un Auto Acordado, como el de 1713, por lo que el gobierno fernandino lo presentó como mera "promulgación".

El 10 de octubre de 1830 nació la infanta María Isabel Luisa y la oposición de los carlistas al régimen fernandino se recrudeció. El enfrentamiento político y dinástico tuvo como acicate los acontecimientos que ocurrieron en la Corte en el verano de 1832, conocidos como los "sucesos de La Granja". El empeoramiento de la salud del rey, enfermo de gota, favoreció las intrigas. Entre el 18 y el 22 de septiembre, los partidarios de don Carlos emplearon todos los argumentos posibles, que hicieron mella incluso en el ánimo de la reina Maria Cristina, que aceptó la derogación. Francisco Tadeo Calomarde hizo que el rey, enfermo de muerte e impresionado por las admoniciones, firmara la derogación el 18 de septiembre de 1832. El heredero volvía a ser don Carlos.

La primera reacción contraria la protagonizó la infanta Luisa Carlota, esposa de don Francisco de Paula, hermano menor del rey, y hermana ella de la reina María Cristina, que, de regreso a la Corte desde Cádiz, impuso el criterio contrario el día 22, y protagonizó un episodio, seguramente apócrifo, conocido como "la bofetada de Calomarde": la propinada por ella al ministro al conocer su intervención. 

La reina, durante el periodo en que ejerció la regencia, puso al frente del gobierno a Francisco Cea Bermúdez, un absolutista reformista. El rey se repuso milagrosamente de su enfermedad, asumiendo sus funciones en diciembre de ese mismo año, y publicando el día 31 un decreto que declaraba nula la derogación, y que ponía la Pragmática en todo su vigor.

A comienzos de 1833 los acontecimientos se precipitaron, don Carlos sublevó a los Voluntarios Realistas de León. Al poco Carlos abandonó Madrid, junto con su familia y servidores, marchando en marzo a la Corte de Portugal. Fernando convocó Cortes para la jura de la heredera y pidió a su hermano que reconociera a Isabel, a lo que se negó don Carlos. El 20 de junio de 1833 se procedió a la solemne jura de la infanta Isabel, como princesa heredera. Al morir Fernando, el conflicto se desbordó, en octubre comenzaba un nuevo y más grave conflicto armado.


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