lunes, 6 de noviembre de 2017

Don Juan de Austria


Escudo de Armas


Al ser hijo natural de Carlos I, en su escudo se modificaron las particiones de las armerías de su padre. Era un escudo partido en el que figuraban, en su diestra, las armas de Castilla y de León situadas en un cortado y no cuarteladas como es habitual. A la siniestra, partidas, Aragón y Aragón-Sicilia. Sobre el todo, en escusón, Austria y Borgoña Antiguo. En el escudo de Juan de Austria no se incorporaron los blasones de Granada, Borgoña Moderno o Franco Condado, Brabante, Flandes y Tirol que sí se encontraban en las armas de su padre. En el exterior, rodeando el escudo, el collar de la Orden del Toisón de Oro.


Uno de los más importantes militares y amigos de confianza de Felipe II.

Aunque las fuentes consultadas no se ponen de acuerdo, parece ser que nació en Ratisbona, Sacro Imperio Romano Germánico, el 24 de febrero de 1545 ó 1547, era hijo natural de Carlos I y de Bárbara Blomberg. Carlos I decidió que se criara en España. Su mayordomo, don Luis de Quijada, acordó el 13 de junio de 1550, en Bruselas, con Francisco Massy, violista de la corte imperial, casado con una española, Ana de Medina, a que se encargara de la educación de don Juan.

Todo sale a pedir de boca. En el verano de 1551 Jerónimo llega a Leganés, donde todos le dan por el hijo bastardo de Massy, cosa que el músico no negó para guardar lo que él creía que era la verdad. Pero con la pronta muerte de Francisco Massy, la poca seriedad con la que el cura Bautista Vela se tomó la tarea de educarlo en las primeras letras y el analfabetismo de Ana Medina, que no pudo más que asegurar al chico una cama, la comida y el vestir, el futuro don Juan de Austria vivió tres años en Leganés en total libertad. Pasará sus días con los niños y pícaros del pueblo, ricos o pobres, con quienes cazará pájaros y jugará a representar grandes batallas de la reconquista. En algunas de esas representaciones, irónicamente, ya que aún no sabía quien era su verdadero padre, emulaba a Carlos I.



Luis de Quijada visitará personalmente al niño a Leganés para informar al rey de su crecimiento, y lo que se encontró fue un niño con siete años y unas carencias enormes de educación elemental. A duras penas podía Jerónimo recitar el abecedario entero. Es por ello que resolverán cambiar drásticamente el medio donde el niño había de desarrollarse y es llevado a Villagarcía, señorío de Luis de Quijada. Todos en Leganés se sorprendieron al ver llegar un lujoso carruaje al pueblo en 1554, pero más se sorprendieron al ver que el carruaje abandonaba el pueblo con el pillo de Jerónimo en su interior. Don Luis de Quijada, que en ese momento se encontraba ausente al cargo del emperador, anuncia la llegada de Jerónimo a su mujer, Magdalena de Ulloa, mediante la siguiente carta:

"En nombre del amor que os tengo y del que vos me tenéis a mí, os ruego prestéis a ese niño vuestra protección maternal y cuidéis de él. Es hijo de uno de mis mejores amigos. No puedo deciros su nombre, pero os aseguro que procede de una estirpe nobilísima. Debe ser educado como el hijo de un noble, aunque su padre desea que vista con sencillez y que no se le estimule el orgullo ni la ambición".

En Villagarcía, Magdalena criará Jeromín, así lo llamaba ella de forma cariñosa, como el hijo que nunca tuvo. Nada más confirmar el retraso de la educación del niño, procuró buscar buenos maestros que le dieron la educación que su marido le había solicitado en su carta. Lo nombra su paje y contrata también a un escudero para que le enseñe equitación y el manejo de las armas, despertando en él aún más sus habilidades para la estrategia y la batalla. Cada vez que Luis de Quijada, al que Jeromín llamaba tío, iba por su señorío, el niño pasaba largas horas escuchando absorto todas las historias que le contaba: las sutilezas del juego diplomático, los problemas surgidos a raíz de la reforma, las traiciones entre príncipes, o el temor del emperador ante la amenaza turca. Luis de Quijada introducía al niño, a sabiendas o involuntariamente, en su historia actual y en la política internacional.

Poco antes de abdicar, Carlos I redactó un codicilo, fechado el 6 de junio de 1554, en el que decía: “estando yo en Alemania después que enbiudé (sic), hubo un hijo natural de una mujer soltera, el cual se llama Jerónimo”.

El deseo del emperador de que su vástago tomara el hábito demostraba un desconocimiento total de la personalidad de Jerónimo. Una vez en Yuste, Carlos enviará una carta a Magdalena de Ulloa invitándola a visitarlo con su paje. Luis de Quijada esperaba que el emperador reconociera la paternidad del niño, pues su mujer le acusa a él de ser el verdadero padre de Jerónimo y de ocultarlo todo el tiempo. Es anecdótico que durante un incendio acaecido en Villagarcía, Luis de Quijada puso más interés en salvar al niño que a su propia mujer, lo que despertó en ella aún más sospechas. Pero el pobre de Luis aguantará el chaparrón siempre sin revelar la verdad en pos de la promesa hecha al emperador.



Llegados al convento extremeño el emperador se alegró de ver a su hijo tan crecido y bien educado, pero no pronunció la revelación que don Luis de Quijada tanto deseaba; ni ese día, ni en los meses sucesivos. Así fue como el 21 de Septiembre de 1558 muere Carlos V sin reconocer a Jerónimo, dejando en las manos de Felipe II revelarle su verdadera identidad. Pero para desgracia de don Luis, el monarca se encontraba de viaje y no volvería hasta 1559.

La princesa Juana, regente en ausencia de Felipe II, pidió conocer al niño, lo que hizo en Valladolid en mayo de 1559, coincidiendo con un auto de fe. Su medio hermano Felipe lo hizo a mediados de septiembre de 1559, y siguiendo las indicaciones dadas por su padre Carlos, en el codicilo de 1554, reconoció al niño como miembro de la familia real. Se le cambió el nombre por don Juan de Austria, y se le otorgó casa propia, a cuyo frente se puso a don Luis de Quijada.

Don Juan completó su educación en la Universidad de Alcalá de Henares, donde acudió con sus sobrinos, el Príncipe Carlos de Habsburgo y Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma, otra hija ilegítima del Emperador Carlos. Allí tuvieron como maestro a Honorato Hugo, discípulo de Luis Vives. 

En 1565, los turcos atacaron la isla de Malta. Para acudir en su defensa, se formó una flota en el puerto de Barcelona. Don Juan de Austria solicitó al rey permiso para unirse a la armada, pero le fue denegado. A pesar de ello, don Juan se dirigió a Barcelona, sin poder alcanzar la flota. Felipe mediante una carta le hizo desistir de su plan de alcanzar la flota de García de Toledo.



Visto que su hermano no tenía inclinación por la carrera eclesiástica prevista por su padre, el rey Felipe II lo nombró Capitán General de la Mar, rodeándole de consejeros de confianza, como don Álvaro de Bazán y don Luis de Requesens y Zúñiga.

El príncipe don Carlos, confió a don Juan de Austria sus planes de huir de España y pasar a los Países Bajos desde Italia, para lo cual necesitaba galeras. A cambio de ello, le prometió el reino de Nápoles. Don Juan le dijo que ya le daría su respuesta y marchó inmediatamente a El Escorial a relatárselo al rey. El rey regresó a Madrid el 17 de enero de 1568 y al día siguiente, toda la familia acudió a misa. Don Carlos llamó a don Juan de Austria a sus habitaciones, para interrogarle sobre su decisión. Don Juan debió decirle que no lo iba a ayudar y que posiblemente lo había delatado, por lo que sacó la espada y atacó a su tío, quien pudo defenderse hasta que llegó la servidumbre y lo redujo a sus habitaciones. El arresto del príncipe Carlos motivó que don Juan de Austria vistiera de luto, pero el rey Felipe le ordenó quitárselo.

Don Juan de Austria volvió al Mediterráneo a hacerse cargo de la flota. Después de reunirse con sus consejeros en Cartagena el 2 de junio de 1568, se hizo a la mar para combatir a los corsarios. Durante tres meses recorrió toda la costa y llegó a desembarcar en Orán y Melilla.

La reina Isabel de Valois y el príncipe Carlos murieron en ese año de 1568. Don Juan llevó la flota a Cartagena y marchó a Madrid. Después de presentarse ante el rey, visitó a doña Magdalena de Ulloa y se recluyó por un tiempo en el convento franciscano de El Abrojo, en Laguna de Duero.


Cómo se puede llegar a ser inmortal: la victoria inapelable de Don Juan de Austria

Era un otoño frío, gris y ventoso, más allá de la superficie feliz de las apariencias, el mar Mediterráneo se teñía de la sangre que manaba a borbotones de los más de ocho mil cristianos y los treinta mil hijos de Allah caídos en la que podría ser la batalla mas brutal y feroz de las libradas sobre estas aguas. Con veinticuatro años, Juan de Austria, dirigía la escuadra formada por cerca de trescientas galeras y fragatas que se enfrentarían en la batalla más sangrienta del siglo XVI a una flota turca que más bien parecía una interminable, terrorífica y mortífera alfombra cubriendo la entrada del Golfo de Corinto.



La situación era, a la sazón, de franco desasosiego para la cristiandad. El imperio turco, ejercía un asfixiante control de todas las poblaciones ribereñas y la esclavitud era el precio a pagar por resistir aquella marea humana de jenízaros. Algunos enclaves cristianos sobrevivían en inexpugnables fortalezas, aislados en islas perdidas y abandonadas a su suerte. Chipre acababa de caer y miles de defensores habían sido cruelmente violados sin distinción de sexo, empalados y, los mas afortunados, degollados ‘in situ’.

Tradicionalmente, las antemurale (fortalezas adelantadas) españolas y venecianas en el Mare Nostrum, tales como Chipre, Malta, las plazas fuertes norteafricanas, Sicilia y Calabria, actuaban como reclamo ante las razias turcas. La falta de auxilio desde Europa, la soledad absoluta frente a un peligro salvaje y constante, convertía en héroes condenados a los Caballeros de Malta o a cualquier guarnición lejana. Francia, para perjudicar a los Austrias, había franqueado las puertas mismas de Europa a los otomanos, cediéndoles el puerto-fortaleza de Tolón.

La batalla de Lepanto sería la consecuencia natural a la osadía de los anatolios. Pero tenían un error en su visión de los recursos que manejaban los cristianos en aquel histórico siete de octubre de 1571. Ese ángulo muerto era la arrogancia. La flota cristiana (la Santa Liga) era una armada en la que las galeras, cocas de transporte, pinazas, galeazas artilladas (con quinientos arcabuceros de dos tercios cada una) verdaderos acorazados del momento, brulotes incendiarios, etc, iban acompañados de novedosas fragatas artilladas hasta los límites tolerables para una navegación sana. Además, estaban los más grandes capitanes de la época: Luis de Requesens, Álvaro de Bazán, Alejandro Farnesio, Andrea Doria, Colonna, Barbarigo, Veniero... lo más granado de los estrategas militares de aquel entonces. El joven Austria, además de no estar solo, estaba bien acompañado.

Juan de Austria se había ganado a pulso su fama de militar duro a la par que compasivo. En el segundo alzamiento morisco (el de las Alpujarras), había hecho un planteamiento impecable para dejar sin oxígeno a los alzados. Tenazmente, a la par que sin pausa, había provocado severos escarmientos durante los días de batalla entre las poblaciones sublevadas. Mas, cuando cesaron los combates y los insurrectos se avinieron a razones, conjuntamente con su hermano Felipe II dieron una rendición honorable a los afectados por la Blitzkrieg ensayada en el antiguo reino nazarí. Siempre jugaba con dos barajas; una forma de hacer la guerra fulminante y sin concesiones, y una actitud honorable para con el vencido, producto de sus laboriosas misiones diplomáticas y de su coherente conciencia de creyente.

Espadachín formidable con la daga y la espada, entrenado en el cuerpo a cuerpo por sus tutores alemanes, era un apuesto joven, su hermano Felipe II velaba a través de sus mentores y guardia de corps por su integridad en lo relativo a sus devaneos. Toda esa preparación, una formidable cultura humanista, su haber de polígala y cosmopolita cortesano, su dominio de la etiqueta y un particular saber hacer que le dio prestigio durante toda su vida, además de sus innatas habilidades diplomáticas, dieron como resultado al dios menor que fue en vida ante la sombra de su poderoso hermano.

Muchos han querido ver un enfrentamiento entre él y su hermano Felipe II, pero más allá del asesinato de Escobedo, Juan de Austria tenía carta blanca para las decisiones militares y jamás se le recuerda una palabra más alta que otra ni discusión agria con su hermano de sangre. Lo cierto es, que en aquel día de octubre se dio en el Golfo de Lepanto uno de los más espantosos hechos de armas que la memoria colectiva recuerda. Fue una batalla confusa, trabada, el griterío era terrible. Tiros, fuego y humo, lamentos, peticiones de piedad desoídas, el temor, la esperanza, el furor, el tesón, el coraje, la rabia, la furia, el lastimoso morir de los amigos, palabras de ánimo, cabezas rodando entre piernas trabadas, amputados, hombres miserables frente a hombres dignos, partes desmembradas sin ánima, espíritus emprendiendo su último viaje... La humanidad en su tragedia más exacerbada.

Su nombre recorrería la entera Europa tras una victoria inapelable. Pero no todo eran genuflexiones y oropel. La muerte le seguía los pasos como lobo a su presa. Flandes sería la antesala de su tumba.
Antonio Pérez, secretario personal del Rey, le odiaba, posiblemente pura envidia, e hizo todo lo posible para generar diferencias entre ambos. No lo conseguiría porque la medicina de la época se lo puso en bandeja. Unas fiebres tifoideas le atacaron en la fortaleza de Namur, y mientras se pensaba que algún enviado de Isabel Tudor o Guillermo de Orange le habían suministrado alguna dosis letal de veneno, la realidad se imponía. Un escalpelo con buenas intenciones y malos resultados le abría en canal por su parte menos noble y moría desangrado. En una afrenta póstuma, sería descuartizado para que su cuerpo no cayera en manos enemigas. Mientras, su afectado hermano, ya repuesto de las maniobras de tramoya de su impresentable secretario Antonio Pérez, le haría un espacio solemne en la cripta donde yacen los grandes.

Don Juan de Austria fue trasladado al Panteón de Infantes de San Lorenzo del Escorial, donde fue enterrado en loor de multitud. El problema radica en que si nos detenemos en el tema, la cosa no está tan clara.

Para empezar, la muerte al parecer se produjo en un palomar, que había sido limpiado deprisa y corriendo para acogerlo, decorándolo con tapices y cortinas a las afueras de Namur, lugar en el cual estaba intentando sofocar las revueltas contra los españoles que asolaban Flandes y cuyo ambiente consideraba insano. Oficialmente fue un ataque de tabardillo (tifus), que atacó a muchos de sus capitanes, aunque todos sanaron menos él. Al parecer padecía unas almorranas que los matasanos de campaña trataron de la peor forma posible: No se les ocurrió otra cosa más que perforarla con una lanceta, produciéndole una hemorragia, que se llevó al pobre Don Juan en menos de cuatro horas.

Don Juan de Austria había deseado ser enterrado en el Panteón de los Infantes de El Escorial, pero su hermano, Felipe II, decidió que fuera enterrado en Namur, con el homenaje de los ejércitos para los cuales era muy querido. Mucho boato, sí, pero en Flandes, para que no molestase demasiado. A los cinco meses, Felipe II ordenó que fuese trasladado a El Escorial, pero con la máxima discreción y secretismo que fuera posible, por lo que se procedió a desenterrar el cuerpo embalsamado de Don Juan de Austria y prepararlo para tan largo viaje, aunque fue preparado de una forma un tanto especial.

El cuerpo, que fue arreglado y convenientemente "perfumado", se decidió que, para un mejor transporte, el cadáver sería cortado en tres trozos, los cuales una vez llegasen a su destino, serían recompuestos. Dicho y hecho. Se cortó la momia por dos sitios, una por el "cabo de la espina" (¿por la base del cuello?) y otra por las rodillas, de tal forma que en el momento del entierro definitivo el cuerpo estuviera otra vez entero. Se metieron las tres partes en sendas bolsas y se metieron en un cofre cerrado que sería llevado a lomos de caballo. Un mes después de haberlo sacado de la tumba, el 18 de marzo de 1579, iniciaron a pie el retorno hacia España con el cofre con los restos de Don Juan y una comitiva de unas 80 personas sin ningún estandarte de ningún tipo.

Desde Namur, se dirigieron a Nantes, de aquí en barco a Santander y de aquí, retomando la peregrinación, fueron a la Abadía de Párraces, en Segovia, donde todo lo gris y secreto que había sido el viaje, pasó a ser todo lujo y esplendor. Se transformó en una comitiva real, donde no faltaba ni un solo personaje influyente de la corte. Alcaldes, capellanes, frailes de El Escorial, caballeros, incluso el secretario del rey y el obispo de Ávila con su séquito, salieron todos en procesión con el cuerpo de Don Juan de Austria ya recompuesto, y puesto en un ataúd de dos puertas, que fue llevado en volandas durante los 60 km que separan la abadía de Párraces de El Escorial. Comitiva a la cual se iba añadiendo más gente a cada pueblo que pasaba y que acabó por formar un gran gentío en el momento de su entierro definitivo en el Panteón de Infantes de El Escorial el 25 de mayo de 1579, ¿qué había pasado para este cambio súbito?

Pues que Felipe II sospechaba de la traición de su hermano Don Juan, gracias a su propio secretario, Antonio Pérez. Mientras confió en él, Don Juan de Austria y todo el que le rodeaba era sospechoso, pero cuando Felipe II descubrió el pastel, se dio cuenta de la fidelidad a ultranza de Don Juan, por lo que decidió, a última hora, darle todos los honores reales en su definitivo entierro. De esta forma, en seis meses pasó de ser, un apestado, a ser "su hermano -ilegítimo- querido del alma", con el colofón de exequias reales y todo. Definitivamente, lo que se tuvo que retener Don Juan dentro de su cofre para no pegarle una patada a más de uno, no está escrito... Normal. No se encontraba las piernas.



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