viernes, 20 de octubre de 2017

Felipe González Marquez


Nacido en Sevilla, el 5 de marzo de 1942, la desahogada situación económica de su familia le permitió cursar el bachillerato en el colegio de los Padres Claretianos de Sevilla y el preuniversitario en el Instituto de San Isidoro. Posteriormente estudió Derecho en la Universidad de Sevilla y en 1965, un año antes de licenciarse, asistió a un curso de Economía en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). A su vuelta a España abrió un bufete especializado en litigios laborales.

Fue militante de las Juventudes Universitarias de Acción Católica y de las Juventudes Obreras Católicas. En 1962 se afilió a las Juventudes Socialistas y dos años después ingresó en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que operaba en el exilio. Su actividad se desarrolló, por tanto, en la clandestinidad, siendo detenido en 1971, por haber participado en manifestaciones contrarias al régimen de Franco. Durante un tiempo combinó la práctica legal con la docencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla.

Entre 1965 y 1969 fue miembro del comité provincial del PSOE en Sevilla, pasando desde él al Comité Nacional y a partir de 1970 figuró en la Comisión Ejecutiva. Participó en el XXV Congreso del Partido, de Toulouse en agosto de 1972, como miembro de la Ejecutiva en el interior (existía una Ejecutiva en el exilio). En octubre de 1974 en el XXVI Congreso celebrado en Suresnes fue elegido primer secretario del Partido en sustitución de Rodolfo Llopis. En esa ocasión el sector histórico del Partido, fue arrinconado por los renovadores encabezados por el joven González (conocido como Isidoro), quien se presentó con el apoyo de la mayoría de los militantes residentes en España y el patrocinio de las máximas figuras de la socialdemocracia europea, como el italiano Pietro Nenni, el sueco Olof Palme y el alemán Willy Brandt.

Tras la muerte de Franco, González pasó a liderar una parte de la oposición democrática al frente de la Plataforma de Convergencia Democrática, que en marzo de 1976 se fusionó con la Junta Democrática de España que animaba el comunista Santiago Carrillo. Legalizado en febrero de 1977, el PSOE concurrió a las primeras elecciones democráticas, constituyentes, del 15 de junio de 1977 y se colocó, con el 29,2% de los votos y 118 escaños, como segunda fuerza política por delante del Partido Comunista, su rival por la izquierda, en un sorpasso que sería definitivo.

En estos años como líder de la oposición González presentó un discurso antiatlantista y su antagonismo parlamentario al gobierno de Adolfo Suárez, que no gozaba de la mayoría absoluta, fue muy duro y contribuyó a su erosión. Insistió en la necesidad de eliminar la doctrina marxista del PSOE y su conversión en un partido moderno e interclasista, homologable con la socialdemocracia europea, la cual le respaldó nombrándole vicepresidente de la Internacional Socialista el 7 de noviembre de 1978. Derrotada su ponencia en el XXVIII Congreso del Partido el 16 de mayo de 1979, González presentó la dimisión, pero en septiembre del mismo año un Congreso extraordinario le eligió secretario general con el 85´9% de los votos.



Consolidado como alternativa en las legislativas del 1 de marzo de 1979, el PSOE obtuvo una victoria arrolladora en la edición del 28 de octubre de 1982. El vuelco del panorama político español, pues nunca antes un partido de izquierda había recibido tantos votos en solitario, supuso para el PSOE el regreso al poder ejecutivo. González fue investido por el Congreso de Diputados el 1 de diciembre, el día 2 presentó juramento ante el rey y el 3 formó su gabinete.

La llegada de los socialistas despertó esperanzas de cambios a todos los niveles en un país en que algunos aspectos permanecían atrasados, pero también temores entre los conservadores por las decisiones radicales que pudieran adoptar. No obstante, González moderó considerablemente su discurso, tanto en las formas como en el contenido. Pasó a defender la permanencia en la OTAN; necesaria para su proyecto de inserción del país en las estructuras europeas, para la que obtuvo el voto afirmativo en el referéndum del 12 de marzo de 1986, el cual polarizó a la opinión pública y corrió el riesgo de convertirse en un plebiscito sobre su Gobierno.

De hecho, años después consideraría esta consulta como “el mayor error” en su etapa presidencial. Una labor de gran importancia, fue la reforma del Ejército, conducida por el ministro de Defensa, Narcís Serra. Iniciada en la etapa ucedista y facilitada ahora por la moderación ideológica del PSOE y de González, el apoliticismo y la profesionalización de los mandos alejó definitivamente el espectro golpista.

En el campo social el país experimentó grandes progresos, como la multiplicación de oportunidades educativas y la dotación de un amplio sistema de seguridad social, teniendo como referencia el modelo del Estado del bienestar. En el económico, como ya venían haciendo los socialistas franceses, González se decantó por el pragmatismo liberal y acometió una dolorosa reconversión industrial y otras reformas estructurales, ineludibles para la modernización del país. La reducción de la inflación, de dos dígitos en 1982, constituyó un objetivo declarado desde el primer momento. Si bien la macroeconomía funcionaba, pasando el quinquenio 1985-1989 por una fase de crecimiento expansivo y de entrada masiva de capitales extranjeros, atraídos por los altos tipos de interés, los sindicatos entendieron que aquello se hacía a costa del bolsillo del trabajador, además de poner en cuestión observadores terceros el carácter verdaderamente productivo de ese crecimiento. En esta situación de descontento laboral, el 14 de diciembre de 1988 González afrontó la primera huelga general desde su llegada al poder.

En el exterior, los gobiernos de González confirieron un nuevo impulso a la apertura iniciada por los primeros gobiernos democráticos. Su Gobierno buscó la normalidad y rechazó el unilateralismo. Se establecieron relaciones diplomáticas con Israel, el 17 de enero de 1986, con todo el simbolismo que ello entrañaba, pero sin mermar la tradicional simpatía por la causa árabe. Esta dualidad fue reconocida con la celebración en Madrid, del 30 de octubre al 1 de noviembre de 1991, de la Conferencia que puso en marcha el proceso de paz en Oriente Próximo.

También se fortalecieron los vínculos con Marruecos (Tratado de Amistad del 4 de julio de 1991) y con América Latina, puesta en marcha de las Cumbres Iberoamericanas anuales, y se renegociaron los tratados militares con Estados Unidos, que disminuyó su presencia militar en España. Durante la crisis del Golfo, González se reveló como un aliado sólido de aquel país, si bien no dejó de objetar determinados episodios de la ofensiva aérea contra Irak.

Además, España participó por vez primera en operaciones militares en el exterior con carácter humanitario y pacificador: Angola, Centroamérica, Kurdistán, Bosnia-Herzegovina; asumiendo responsabilidades y aumentando el número de tropas implicadas. Además, de con los países vecinos: Francia, Marruecos y Portugal, los gobiernos socialistas institucionalizaron las relaciones con Italia y Alemania, cuyo canciller, Helmut Kohl, agradeció el gesto de González de apostar por la unificación después del derrumbe del Muro de Berlín con un respaldo económico decisivo a la hora de negociar el reparto de ayudas y subvenciones de la CEE.



El gran hito en la política exterior de González fue el ingreso de España en las Comunidades Europeas (CEE) el 1 de enero de 1986. Desde la primera presidencia semestral española en 1989 hasta la segunda en 1995, el peso específico del país y la influencia de González en la Comunidad fueron parejos a su adscripción a las tesis más europeístas. A finales de 1995, en el último tramo de su mandato, brilló especialmente el protagonismo de González: Madrid fue escenario de la firma de la Nueva Agenda Transatlántica con Estados Unidos, del Congreso Europeo que aprobó el nombre de euro para la futura moneda única europea y del Acuerdo Interregional con el MERCOSUR, mientras que Barcelona acogió la Iª Conferencia Euromediterránea.

A la progresiva erosión electoral del PSOE, natural por el desgate del ejercicio del poder, se añadió desde 1990 una sucesión de escándalos de corrupción protagonizados por conocidas figuras pertenecientes o vinculadas al PSOE. El clima político se enrareció extraordinariamente en el trienio 1993-1995. A los presuntos o probados delitos de financiación ilegal del Partido y otros de enriquecimiento personal, se sumaron diversas revelaciones que apuntaban a altos cargos públicos del PSOE como responsables de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), al parecer estrechamente relacionados con las fuerzas de seguridad del Estado, que entre 1983 y 1987, años de la ofensiva terrorista de ETA, cometió diversos atentados mortales contra individuos sospechosos de pertenecer a la citada organización independentista vasca, lo que dio lugar en su momento a actuaciones judiciales y detenciones.

González, acosado desde múltiples frentes, rechazó las imputaciones y exigencias de dimisión y adoptó una postura de resistencia a ultranza, pero sobre su actuación en los escándalos continuaron gravitando serias sospechas. Por otro lado, en 1990 salieron a la luz sus diferencias con el número dos del Partido y vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, también estrecho colaborador y amigo desde los años sesenta, por cuestiones ideológicas y de organización interna.
A la crispación política se añadió la social, desde que en 1992 el país se sumergiera en una grave crisis económica por la fatal conjunción de una moneda débil, un crecimiento estancado o negativo y el aumento desbocado del desempleo, si bien 1994 se cerró con una recuperación del PIB. Tras perder la mayoría absoluta en las elecciones del 6 de junio de 1993 y verse obligado a pactar con los partidos nacionalistas, el PSOE fue finalmente derrotado por el conservador Partido Popular en la elección del 3 de marzo de 1996, si bien sus resultados no constituyeron el hundimiento que se había augurado, demostrando que pese a los desastres vividos, González conservaba una parte apreciable de su carisma en el electorado socialista. El 5 de mayo tomó posesión como Presidente del Gobierno el dirigente popular José María Aznar.

En su nueva condición de líder de la oposición, González ofreció un bajo perfil y pareció confirmar a quienes sostenían que al líder socialista le aburrían las querellas políticas domésticas y prefería la vida internacional, un área en la que se desenvuelve con total seguridad y cuenta con más unanimidad de criterio sobre su valoración como estadista. En tal sentido, en 1994, había un elevado consenso entre sus colegas comunitarios sobre su idoneidad para sustituir a Jaques Delors al frente de la Comisión Europea, pero González descartó esta posibilidad. A finales de 1998 sucedió lo mismo a la hora del relevo de Jaques Santer, y a pesar de ser propuesto por los portugueses Antonio Gueterres y Mario Soares y por el propio Delors, González declinó el ofrecimiento insistiendo en que no tenía ambiciones internacionales. En diciembre de 1996 González encabezó en Belgrado el equipo de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) que investigó las denunciadas irregularidades en las elecciones municipales serbias y asumió también labores de mediación entre el Gobierno y la oposición.

El Grupo de Contacto para Kósovo le designó en marzo de 1998 como mediador en nombre de la OSCE y la Unión Europea, pero las autoridades de Belgrado le vetaron.

Después de varias advertencias de retirada nunca materializadas, anunció su renuncia a la Secretaría General del PSOE en el XXXIV Congreso el 20 de junio de 1997. Le sustituyó el portavoz del grupo parlamentario socialista, Joaquín Almunia. González no figuró ni en la Ejecutiva ni en el Comité Federal salidos del Congreso, si bien mantuvo el acta de diputado por Madrid. El 29 de enero de 1998 rechazó definitivamente ser el candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno en las próximas elecciones y postuló a Almunia. No obstante, en las elecciones primarias del 24 de abril de 1998 venció José Borrell, partidario de superar el felipismo.

La crisis interna del partido por las dimisiones sucesivas de Borrell como candidato el 14 de mayo de 1999, por la investigación judicial contra un colaborador en su etapa de ministro, y de su sustituto Almunia como Secretario General el 12 de marzo de 2000, por el fracaso electoral en las legislativas, confirmó que el retiro de González en 1997 había creado indefiniciones en el liderazgo por la falta de un sucesor reconocido, además del deseo del propio ex secretario de seguir haciéndose oír en las decisiones de la nueva Ejecutiva, pese a no pertenecer a ella.

De cara al XXXV Congreso, en julio de 2000, González rechazó el puesto honorífico de presidente del Partido, que le ofreció el candidato a la Secretaría General, José Luis Rodríguez Zapatero. Antes y durante el cónclave, considerado decisivo para la recuperación del Partido, permaneció en un discreto segundo plano, sin apoyar explícitamente a ningún candidato a la secretaría general.


Por otro lado, la condena en julio de 1998 a 13 años de prisión del ex ministro del Interior, José Barrionuevo, y del ex secretario de Estado para la Seguridad, Rafael Vera, por su implicación en un secuestro de los GAL, revivió la cuestión de la responsabilidad de González un año después de que el Tribunal Supremo concluyera que no existían evidencias para incriminarle. González se aprestó a solidarizarse con los condenados y asumió su asistencia legal en calidad de abogado, suscribiendo los dos recursos de apelación. El ex Presidente denunció la existencia de un complot judicial y político contra los socialistas, con él como supremo objetivo.



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