miércoles, 23 de agosto de 2017

José Canalejas Méndez

          

Había nacido en El Ferrol, el 31 de julio de 1854. Este abogado madrileño se dedicó a la política, pues había fracasado en las oposiciones a catedrático de universidad. Procedente del Partido Demócrata Progresista, al producirse la Restauración borbónica se incorporó al Partido Liberal de Sagasta, desde el cual fue ocupando cargos políticos de importancia: diputado desde 1881, subsecretario de la Presidencia en 1883, ministro de Fomento en 1888, de Gracia y Justicia en 1888-1890, de Hacienda en 1894-1895 y de Agricultura, Industria y Comercio en 1902; desde ese último departamento impulsó la creación del Instituto del Trabajo.

A raíz de la Guerra de Cuba, que puso fin al dominio español en las Antillas, Canalejas empezó sus ataques contra el líder y fundador del partido, destacándose como cabeza de una corriente izquierdista que defendía ideas democráticas y anticlericales. Consiguiendo, en 1910, unificar las diversas corrientes que pululaban en el interior del liberalismo, aupándose a la Presidencia del Consejo de Ministros. Durante más de dos años y medio en el gobierno, impulsó un programa de reformas: abolió la Contribución de Consumos, estableció el servicio militar obligatorio y limitó la instalación de órdenes religiosas. El ascenso al poder de Canalejas representaba otra oportunidad de afrontar la "revolución desde arriba", en clave liberal, una vez que había fracasado el intento maurista de etiqueta conservadora, una empresa ardua por los viejos problemas derivados del anticlericalismo, del regionalismo, de la ineficacia administrativa, de la incapacidad militar, del conflicto marroquí y de la lucha obrera.



Consiguió imponer su autoridad, en las filas de un liberalismo en las que habían desaparecido o iban perdiendo sus posiciones, los notables de la generación anterior, hombres como: Vega de Armijo, López Domínguez, Moret, Montero Ríos, etc, y se dispuso a abordar los temas pendientes. Manifestó a la Santa Sede su intención de reducir las instituciones religiosas en España. Pero su propósito de llegar a la total separación de la Iglesia y el estado de forma negociada, encontró una fuerte oposición, tanto en círculos vaticanos como entre los clericales españoles, los cuales desarrollaron una intensa campaña contra la política gubernamental en el verano de 1910. Canalejas promulgó, en diciembre, la llamada “Ley del candado”, prohibiendo durante dos años la instalación de nuevas órdenes y congregaciones religiosas, si no contaban con autorización previa. Al cabo de este tiempo se preveía la publicación de una nueva Ley de Asociaciones.

Además de ésta, las mayores preocupaciones de Canalejas se manifestaron en diversos aspectos de la política social. Su rechazo del impuesto de consumos y la nueva Ley de Reclutamiento Militar, que intentaba poner límites al sistema de redenciones en metálico, conectaban estrechamente con el sentir popular. No obstante, se encontró con un recrudecimiento de las tensiones socio-laborales, particularmente intenso en Asturias, Barcelona, Madrid, Valencia y Vizcaya. En materia de orden público, hubo de emplear la fuerza para reprimir el intento de sublevación republicana de 1911 (motín del guardacostas Numancia y sucesos de Cullera) y la huelga ferroviaria de 1912. Pero no pudo realizar las esperadas reformas políticas que transformarían el régimen liberal en una verdadera democracia, acabando con el caciquismo y el fraude electoral.



La ausencia de respaldo a su política reformista, quedó de manifiesto cuando quiso aplicar, no ya un proyecto de expropiación de tierras cultivadas o incultas con indemnización, que fue bloqueado, sino algunas normas laborales emanadas durante su mandato, como la prohibición del trabajo nocturno de la mujer y la limitación del horario laboral en las minas a nueve horas diarias y a 72 semanales en el sector textil, incluyendo el descanso dominical.

Puso también camino al asunto del regionalismo, abordando posibles reformas para la administración catalana, pero apenas pudo avanzar en tema tan complicado, frente a las maniobras de algunos miembros de su propio partido, como era el caso de Romanones o Moret. En política exterior, visitó Marruecos con el rey Alfonso XIII en 1911 y ordenó la ocupación de Larache, Arcila y Alcazarquivir en respuesta a la ocupación francesa de Fez; las negociaciones que inició con los franceses conducirían, poco después de su muerte, al establecimiento de un protectorado conjunto en Marruecos.



Canalejas fue asesinado por el anarquista, Manuel Pardiñas, cuando miraba el escaparate de una librería en la Puerta del Sol, el 12 de noviembre de 1912, abriéndose desde entonces una larga pugna por el liderazgo del Partido Liberal. El atentado ponía fin a su obra de reformas, a su esfuerzo regeneracionista, truncando definitivamente, tal vez, la última de las oportunidades de reconducir la nave de la Restauración. Desde entonces, la lucha política se centró en alcanzar el poder y no en su ejercicio para modernizar al país, para conectar con sus problemas y procurarles soluciones que a corto o largo plazo resultasen válidas.





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