lunes, 31 de julio de 2017

Juan Prim y Prats


Nació el 6 de diciembre del año 1814, en Reus (Tarragona), recibiendo una esmerada educación. En 1834 ingresó, como voluntario, en el batallón franco de tiradores de Isabel II, y al cabo de dos meses con el grado de cadete. Tomó parte en diversas acciones militares durante la Primera Guerra Carlista tras la muerte de Fernando VII, concluyó la campaña como Teniente Coronel Mayor, siendo uno de los jefes militares más distinguidos.

En septiembre de 1840 el Coronel Juan Prim iniciaba su carrera política. Fue elegido diputado por la provincia de Tarragona, en el Congreso. El gobierno del regente Baldomero Espartero, que había sustituido en el cargo a la exiliada María Cristina de Borbón, no gustó a la mayoría del partido liberal y, en consecuencia, Juan Prim que militaba en sus filas, se integró como diputado en la oposición, donde desplegó talento y energía.

En 1843 marchó a Reus, donde fue nombrado presidente de la recién establecida junta de gobierno. El 11 de junio se puso al mando de la plaza para resistir el ataque del ejército regular que buscaba así impedir la extensión de la rebeldía. De Reus pasó a Barcelona, ciudad en la que recibió el nombramiento de Coronel Brigadier por aquella junta superior, otorgándole además, el título de Castilla con la denominación de conde de Reus, vizconde del Bruch, prosiguiendo en tierras catalanas su protesta armada. Hasta que, pronunciada la nación en contra de Espartero, formó gobierno el líder progresista Joaquín María López, con la intención de ascender a la jefatura de la Nación como reina a Isabel II.

Joaquín María López ratificó los empleos dados por las distintas juntas en España y, además, el 13 de junio de 1843 nombró a Juan Prim gobernador de Madrid y el 16 de agosto, del mismo año, gobernador de Barcelona. Al poco tiempo cayó el gobierno progresista, sustituyéndolo el formado por el Capitán General Ramón María Narváez, duque de Valencia, de corte moderado. Juan Prim rehusó el cargo de Comandante General de Ceuta que le ofreció Narváez, prefiriendo pasar a la oposición y viajar por Europa para ampliar sus conocimientos.



El 20 de octubre  de 1847, Juan Prim fue nombrado Capitán General de Puerto Rico, cargo que desempeñó hasta el 12 de septiembre de 1848, fecha en la que regresó a la Península. En Puerto Rico se hizo acreedor de la Gran Cruz de Dannebourg, concedido por el rey de Dinamarca, al haber sofocado la rebelión de la colonia danesa de Santa Cruz. En 1850 es nuevamente elegido diputado. En 1853 se le encomienda el estudio de las operaciones de los ejércitos en la guerra de Oriente, incorporándose a primeros de septiembre en el ejército otomano a las órdenes de Omer-Bajá, de quien Prim recibió continuas pruebas de deferencia, un sable de honor y la condecoración turca de Medjidie.

Hallándose en Paris camino de Crimea, sucedió en España en 1854, La Vicalvarada, pronunciamiento de Leopoldo O'Donnell contra el gobierno presidido por Luis Sartorius, conde de San Luis, que puso fin a la Década Moderada y dio paso al Bienio Progresista. Prim volvió a España y fue elegido diputado por Barcelona para las Cortes Constituyentes. Posteriormente se le encomendó la Capitanía General de Granada y fue ascendido, en 1856, a Teniente general. El 14 de julio de 1858 es nombrado Senador, siendo Presidente del Gobierno O'Donnell,  conde de Lucena.

La campaña militar de Marruecos de 1859-1860
Entre los jefes superiores nombrados para mandar los Cuerpos de Ejército, lo fue el teniente general don Juan Prim, a quien se le confió el mando de la reserva. Las primeras acciones de guerra, fueron dirigidas por el general José Ortiz Echagüe, en el Serrallo, donde cayó herido. En las jornadas del 22, 24, 25 y 30 de noviembre de 1859, reñidas y ensangrentadas, tomó parte la división de Prim, destacando en la del 9 de diciembre. El día 12 salió con su división del campamento del Serrallo con objeto de proteger los trabajos del camino que en dirección a Tetuán se estaba construyendo a fin de dar paso a la Artillería. Atacados por fuerzas numerosas, se trabó una sangrienta lucha; el general Prim ordenó estratégicamente una falsa retirada, dejando emboscada una parte de sus fuerzas. Engañados los marroquíes con esta medida se abalanzaron hacia el grueso de la división; momento que aprovechó Prim para cargar con la Caballería, poniéndoles en fuga y dejando el campo sembrado de cadáveres. Al lado de Prim murió el coronel de artillería Molins y fueron heridos su ayudante y otro oficial que iba a sus órdenes. El 15 del mismo mes se renovó el combate. El 17, protegiendo también los trabajos del camino de Tetuán, sostuvo otra acción en que rechazó a la morisma, causándole gran pérdida.



La simpática figura del general Prim, su amabilidad, su franqueza, su excesivo valor y su reconocida pericia, le habían granjeado el aprecio de todo el Ejército de África, cuyos soldados se creían invencibles si eran conducidos al combate por él. Pero el temporal de lluvia y viento, las enfermedades que diezmaban nuestros batallones, y la falta de caminos transitables, obligaron a nuestro ejército a estar a la defensiva.

El 1 de enero de 1860 emprendió el ejército la ofensiva, tomando el general Juan Prim el mando de la vanguardia: los triunfos en este día dieron un cierto renombre al bravo catalán e hicieron conocer al enemigo el ejército que tenían enfrente. Puesto en marcha el ejército en dirección a Tetuán, la división Prim se adelantó hacia los Castillejos, mortificada por el nutrido fuego enemigo, que ocupaba las gargantas del flanco derecho, dificultando el paso de nuestras tropas. Los hombres del general Prim los fueron arrojando de posición en posición hasta tomar la casa de Marabut, donde se parapetaron, siendo desalojadas por nuestros hombres, protegidos por los certeros disparos de la artillería. Concentradas las fuerzas árabes, fue preciso redoblar el ataque para arrojarlas de ellas.

Por tres veces la división de Prim dominó las posiciones del enemigo, y otras tantas tuvieron que retroceder y volver a avanzar para recobrarlas. Las muchas horas que llevaban de combate obligaron al general Prim a disponer que el Regimiento de Córdoba dejase las mochilas en un cerro para poder continuar la penosa tarea de subir a las posiciones más elevadas en medio de una nube de fuego y plomo. La morisma aumentaba a cada momento, el general Prim, coge la bandera del Regimiento de Córdoba y, volviéndose a sus hombres, les arenga con esta expresiva frase: "Soldados de Córdoba, en esas mochilas está vuestro honor, venid a recobrarlo; si no yo voy a morir entre los moros y a dejar en su poder vuestra bandera."



Las palabras del general hicieron mella en los soldados, que se lanzaron contra el enemigo. La bayoneta y la gumía eran las únicas armas que se oían en aquel desesperado combate en el que, acribillada a balazos la bandera que llevaba en la mano el conde de Reus y muerto su caballo, consiguió que el triunfo coronase a nuestras armas, que se hicieron dueñas de las posiciones que por tres veces habían sido disputadas por uno y otro bando. Esta memorable jornada hizo concebir al Ejército la idea de que el general Prim era invencible. Éste continuó avanzando con dirección a Tetuán, venciendo los grandes obstáculos que se le ofrecían y sin dejar un solo día de ser hostilizados, por el enemigo.

El 3 de enero realizó un reconocimiento, ocupando el 5 las alturas de la Condesa, y el 6 pasó a acampar en las faldas de Montenegrón, adelantándose el 7 hasta el río Capitanes. El día 14, el general Prim con su Cuerpo de Ejército, decidió la batalla alcanzada en los montes de Cabo Negro, arrojando al enemigo de todas sus posiciones con pérdida considerable. Dijo Leopoldo O'Donnell, General en Jefe y presidente del Gobierno, al respecto: "El general conde de Reus, con esa bravura que le hace siempre notable, se colocó al frente de sus tropas y dirigiéndolas marchó al enemigo resueltamente. Desplegó durante todo el día tanta inteligencia en dirigir los ataques como en llevarlos a cabo". El 23 y 24 de enero se combatió con pericia y singular bravura en las márgenes del río Guad-Elgelú (Wad-Elgelú).

Al amanecer del día 4 se dispuso el General en Jefe, a dar la batalla en Tetuán. Esta población se hallaba defendida por 78 piezas de artillería, teniendo además el ejército marroquí, atrincherado y distribuido en cinco campamentos en las inmediaciones de la plaza. Dada la orden de ataque, el general conde de Reus, con su ejército, fue el primero que rompió la línea enemiga penetrando en el campamento del príncipe Muley-Abbas, que resistió cuanto pudo el empuje de nuestros hombres; pero a pesar de su tenaz resistencia tuvo que abandonar el campo dejando en poder de nuestros valientes. Esta completa derrota hizo que una comisión de Tetuán suplicase al general en jefe tomara posesión de la plaza. El general Prim accedió a esta demanda haciendo su entrada en Tetuán sin oposición alguna. Posesionada de ella la división del general Ríos, acampó el ejército español en las afueras sin que nada ocurriese hasta la sangrienta acción de Wad-Ras, que puso fin a esta campaña.

Después de la batalla de Wad-Ras, Muley-Abbas, se apresuró a pedir la paz, acordando: dar cuatrocientos millones a España por gastos de guerra; dar parte de la Sierra de Bullones, con el Serrallo; dar terreno suficiente para seguridad de la plaza de Melilla; asegurar no cometer nuevos insultos a nuestro pabellón; darnos un puerto en la comarca de Santa Cruz de Mar Pequeña, antiguo enclave español en el siglo XV; abrir a nuestro comercio las puertas como a la nación más amiga. Estos preliminares fueron firmados por los enviados del emperador y el general en jefe Leopoldo O'Donnell, tras lo cual con parte del ejército regresó a la Península, dejando una guarnición en Tetuán hasta que se llevaran a efecto los tratados en los que Marruecos reconocía las posesiones españolas de Ceuta y Melilla, además de adquirir España el enclave de Ifni.

Leopoldo O'Donnell, en su calidad de General en jefe del ejército, Presidente del Gobierno y a la sazón Ministro de la Guerra, el 19 de marzo de 1860 nombró a Juan Prim y Prats Grande de España de primera clase con el título de marqués de los Castillejos, por sus cualidades militares y méritos en campaña, en especial la del sitio de la memorable batalla de los Castillejos.


Terminada la guerra, desembarcó Juan Prim en Alicante, desde donde se trasladó a Aranjuez, donde por aquel entonces residía la Corte. A los pocos días también llegó a esta ciudad el duque de Tetuán, quien nombró al conde de Reus Ingeniero General, o sea Director General del Cuerpo de Ingenieros y Plazas fortificadas. Desde Aranjuez, tras haberse presentado ante la Reina, Juan Prim se trasladó a Madrid con el propósito de reunirse con su familia. Pocos días después tuvo ocasión el desfile militar de las tropas victoriosas en la campaña africana, presidido por Isabel II, que recorrió desde la Puerta de Atocha al Palacio Real, engalanadas las calles.  

En 1861 se hallaba la República de México, de nuevo,  en el más completo desorden, consecuencia que arrastró al Gobierno a inferir los diferentes agravios y atropellos a los súbditos ingleses, franceses y españoles que residían en la convulsionada República. Las tres potencias agraviadas exigieron una satisfacción y la correspondiente indemnización por los daños causados. Como no fue posible alcanzar ni lo uno ni lo otro por instancias diplomáticas, hubo la necesidad de enviar una expedición militar conjunta, el 13 de noviembre de 1861. El mando del contingente español recayó en el general Juan Prim, al que se añadió las competencias de un ministro plenipotenciario. Prim con una vanguardia de las tropas expedicionarias, se dirigió a Veracruz, puerto en el que el 10 de diciembre, habían desembarcado la mayor parte de las fuerzas, a las órdenes del general Gasset, transportadas por la flota del almirante Gutiérrez de Rubalcaba. En enero de 1862 desembarca en Veracruz, aclamado por la multitud que acude a recibirle como un héroe de guerra.

Unidas las tropas de ambos generales, al mando de Prim los españoles se dirigieron a Orizaba, punto de encuentro con los contingentes restantes de la misión internacional. Fue aquí donde Juan Prim conoció las verdaderas intenciones de los franceses, que aspiraban a cambiar la forma de gobierno que en adelante decidiría Napoleón III. Se opuso Prim, considerándolo un desprecio a España e Inglaterra, y así se lo hizo saber al general francés. Aún más, escribió al ministro competente del gobierno francés y a Napoleón III dándoles cuenta de lo desacertado e inconveniente del proyecto. Como no cediera en sus pretensiones el gobierno francés, el general Prim firmó el 19 de febrero de 1862 en Veracruz la denominada Convención de la Soledad y reembarcó al contingente español con rumbo a la Patria poniendo fin a la aventura que políticamente se había iniciado el 31 de octubre de 1861. Los hechos confirmaron los presagios del marqués de los Castillejos, ya que dieron por resultado la insurrección mejicana contra Maximiliano, su fusilamiento y la total independencia de México.

Pasaron unos años de controversia política entre los moderados de Narváez, los unionistas liberales de O'Donnell, los liberales progresistas de Prim y los demócratas de Castelar. Juan Prim, integrado en la minoría liberal progresista, vive la caída de la Unión Liberal de O'Donnell. A este gobierno le sustituye uno moderado presidido por Manuel Pando Fernández de Pinedo, marqués de Miraflores, que dura hasta el 17 de enero de 1864, sustituido al frente del Partido Moderado y del Gobierno por Lorenzo Arrazola, cuyo gobierno alcanzó los cuarenta días. Alejandro Mon fue el siguiente en presidir un gobierno, reunió a moderados y unionistas para obtener sustento parlamentario, pero al cabo sucumbió al declive que Juan Valera resumió en un texto lapidario: "La corona estaba sin norte, el gobierno sin brújula, el Congreso sin prestigio, los partidos sin bandera, las fracciones sin cohesión, las individualidades sin fe, el tesoro ahogado, el crédito en el suelo, los impuestos en las nubes, el país en la inquietud".

Volvió Ramón María Narváez, presidiendo entre 1856 y 1868 tres gabinetes, desde los cuales ejerció una política represiva de cualquier manifestación, a la vez que trataba de introducir medidas reformistas. Su fallecimiento, el 23 de abril de 1868, ocasionó el resquebrajamiento del Partido Moderado. Sólo cinco meses más tarde, el 19 de septiembre de 1868, se produce el cuartelazo que pone fin a la monarquía constitucional de Isabel II. Pero antes, el 2 de enero de 1866, el general Prim a la cabeza de los regimientos de Caballería Bailén y Calatrava, salió de Aranjuez pronunciándose contra el gobierno presidido por el general O'Donnell, pero los comprometidos en aquel pronunciamiento de Villarejo de Salvanés, dejaron solo a Prim que marchó a Portugal. De vuelta a España, participó en la organización de la sublevación de los artilleros del cuartel de San Gil el 22 de junio de 1866, a cuya cabeza se puso el general Blas Pierrad, pero no en la ejecución que fue un fracaso.

Los movimientos del 2 de enero y el 22 de junio, no fueron secundados por ninguno de los que se habían comprometido, cosa advertida por Prim, por lo que decidió poner tierra de por medio para coordinar un movimiento liberal con visos de triunfo. Por aquel entonces, Ramón María Narváez, duque de Valencia, y tras su fallecimiento Luis González Bravo, su sustituto al frente del Gobierno, dirigían la política nacional en el sentido del absolutismo modelo Fernando VII y su primer ministro Francisco Tadeo Calomarde, duque de Santa Isabel; lo que contrariaba a los liberales de los partidos progresista y demócrata.

Juan Prim se presentó en la Bahía de Cádiz el 17 de septiembre de 1868, junto al almirante Juan Bautista Topete y Carballo, experimentado marino. Rindieron la ciudad gaditana que vitoreó a la soberanía nacional que encarnaban estos dos prestigiosos militares. Dos días después llegaron de las islas Canarias los generales Francisco Serrano y Domínguez, duque de la Torre, Antonio Caballero y Fernández de Rodas, Francisco Serrano Bedoya y Domingo Dulce y Garay. Al alzamiento gaditano se unió Sevilla con el general Izquierdo, y toda la Marina y Cuerpos del Ejército de aquel distrito se unieron con entusiasmo al glorioso alzamiento nacional. El itinerario marítimo de Prim comprendió Ceuta, Málaga, Cartagena, Alicante y Barcelona; luego Lérida y Zaragoza por tierra. Mientras, el capitán general duque de la Torre organizaba rápidamente, un ejército de siete mil hombres, bien equipado, al frente del cual alcanzó Córdoba con objeto de cortar el paso al general Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches, que con diez mil hombres se dirigía a batirle, hallándose ya en El Carpio. El general Serrano lo esperó en el puente de Alcolea, situado entre las localidades de El Carpio y Córdoba, y allí se dio la gran batalla en la que triunfó de la revolución y cayeron los Borbones y los moderados.

Se presentó el 7 de octubre en Madrid, constituyéndose el Gobierno Provisional, compuesto por unionistas liberales y progresistas, cuyos integrantes fueron Francisco Serrano y Domínguez (Unión Liberal), Juan Prim y Prats (Partido Progresista), Práxedes Mateo Sagasta (Partido Progresista), Juan Bautista Topete (Unión Liberal), Laureano Figuerola (Partido Progresista), Juan Álvarez de Lorenzana (Unión Liberal), Antonio Romero Ortiz (Unión Liberal), Manuel Ruiz Zorrilla (Partido Progresista) y Adelardo López de Ayala (Unión Liberal). En el general Serrano, duque de la Torre, recayó la regencia del Reino, y en el general Prim, conde de Reus, el ministerio de Guerra.



Durante el ministerio de Prim en la cartera de Guerra, se alzaron en algunas provincias varias partidas carlistas y de republicanos federales. A unos y otros venció el general en poco tiempo, sin apenas derramamiento de sangre ni dispendio económico. Pero el movimiento republicano cobraba auge impulsado por el concepto revolucionario que había destronado a la dinastía borbónica. Los encontronazos entre las diversas facciones del progresismo y el federalismo pasaron a choques fuertes y abiertos, cada uno aspirando a erigirse como guías de un nuevo orden bajo un régimen republicano de muy variable factura en su definición y metas inmediatas.

En las Cortes constituyentes, Prim defendió que el nuevo régimen quedara establecido como una monarquía democrática, lo que fue plasmado en la Constitución de 1869. Juan Prim sustituyó a Francisco Serrano en la presidencia del Gobierno el 18 de junio de 1869. Tras una intentona de los republicanos para apoderarse del gobierno, el general Prim pensó en poner fin a la interinidad del Gobierno en virtud de la elección de un monarca. En septiembre de 1869 manifestó con contundencia que la cuestión de la candidatura al trono: era para él lo principal.

La guerra franco-prusiana, con la caída de Napoleón III y la consiguiente instauración en Francia del sistema republicano, hicieron pensar a los políticos galos lo que frente a la invasión germana, podría significar España. Por lo que Emilio Kératry, delegado del Gobierno de la Defensa nacional francesa, llegó a Madrid el 19 de octubre de 1870 con una embajada extraordinaria a proponer a Prim lo siguiente: "Sed el representante genuino de los liberales españoles. Avanzad un paso más y seréis el presidente de una República basada sobre la Unión Ibérica, fundada con el asentimiento de dos pueblos; porque, como sabéis, el partido antiunitario de Portugal sólo se compone de los príncipes de Braganza y de los empleados celosos de sus prebendas. Si os decidía, yo os prometo, debidamente autorizado, el apoyo del Directorio republicano y del Gobierno francés. En cuanto a la pobreza momentánea de la España, tan rica en recursos no explotados, recordad que nunca habéis acudido en vano a nuestra Hacienda y, a cambio de ochenta mil hombres en aptitud de entrar en campaña a los diez días, os prometo su paga y un subsidio de cincuenta millones a vuestra libre disposición, los buenos oficios y buques de Francia para asegurar la posesión de Cuba y no omitir nada para hacer de la España y la Francia dos verdaderas hermanas unidas por el espíritu de la libertad”. Como Prim contestara que España no quería República, Kératry volvió a insistir en su pretensión. El final de la conversación se hizo con la frase de Kératry de que "acaso tuviera que lamentarse de  esta actitud". A lo que Prim recalcó: "Mientras yo viva no habrá República en España".

Las creencias liberales del general acababan de sufrir un duro choque, sabía lo que podría producirse y estaba dispuesto a evitarlo. La actitud contraria de Prim a instaurar una república fue muy recordada en aquellas jornadas que iniciadas el 11 de febrero de 1873, tuvieron término el 3 de enero de 1874. El cantonalismo, la piratería, la indisciplina y el permanente motín, fueron los hechos constatados de la Primera República. La idea de que Prim fuera presidente de la República no era exclusiva de los franceses, un importante grupo masónico la alentaba, estimando que si sus ambiciones personales le llevaban hacia tal camino, la República sería un hecho.

El republicanismo contaba en España con bastantes adeptos. Desde principios de febrero de 1870 que designaron presidente a Francisco Pi y Margall, no dejaron de trabajar, consiguiendo atraer a sus filas un buen número de elementos de acción. Aquella asamblea eligió un directorio formado por Pi y Margall, Figueras, Orense, Castelar y Barberá, suscribiendo un manifiesto redactado por Pi y Margall con el que pretendía aglutinar a unitarios y federales. La actitud de éstos no fue alentadora y echaba por tierra la fraternidad republicana, surgiendo la titulada "Declaración de la prensa", que, manteniendo la idea unitaria, admitía dentro de ellas las autonomías provincial y municipal en sus rama económico-administrativa y política, pero siempre en franca pugna con los partidarios del cantonalismo. Fue autor de la declaración Sánchez Ruano, publicándose el 7 de marzo de ese 1870 en los periódicos. Pero el Directorio lanzó su anatema sobre la "Declaración" y el republicanismo quedó grandemente escindido.

Tampoco iban mejor los monárquicos, las candidaturas de aspirantes al trono de España provocaban encendidas discusiones difíciles de atajar; al extremo que en la sesión del Congreso del 19 de marzo Prim exclamó: "¡Radicales, a defenderse! ¡Los que me quieran que me sigan!".

Ya se había aprobado en el Parlamento la ley para la elección del monarca; quedó solventado el espinoso asunto el 11 de junio. El discurso del general Prim, del que ofrecemos un fragmento, manifestó su parecer sobre la casa de Borbón: "La restauración de don Alfonso jamás, jamás, jamás... Podéis, señores diputados, marchar tranquilos y decir a vuestros electores que, con rey o sin rey, la libertad no corre ningún peligro. En este asunto recinto dejáis la bandera de la libertad; aquí la encontraréis cuando volváis; yo os lo ofrezco por mi honor y por mi vida... La práctica, señores, que es el gran libro de enseñanza para la humanidad, me ha hecho conocer lo difícil que es hacer un rey. (Varios diputados, entre ellos Emilio Castelar gritan: "¡Muy bien!"). Indudablemente que es difícil hacer un rey; pero el señor Castelar, que me ha aplaudido, y yo se lo agradezco, no ha tenido presente que mi contestación habrá de ser muy explícita: algo más difícil es hacer la República en un país donde no hay republicanos”.

Los empeños de Prim de dar a España un nuevo monarca, ajeno a la casa de Borbón, tuvieron remate el 16 de noviembre de 1870, al ser proclamado por las Cortes Amadeo de Saboya por 191 votos, de los 311 sufragios emitidos. Con tal resultado las cosas quedaron airosas para el duque de Aosta, que el 2 de noviembre de 1870 había escrito una carta al marqués de Montemar, comisionado para la búsqueda de un rey, en la que figuraba el siguiente párrafo: "Aceptaré la corona si la voluntad de las Cortes me prueba que esa es la voluntad de la nación española”. Amadeo de Saboya quedó satisfecho por esa mayoría de sufragios, que celebrada el 16 de noviembre de 1870, fue como sigue:

Duque de Aosta: 191 votos
República federal: 60 votos
Duque de Montpensier: 27 votos
Votos en blanco: 19 votos
General Espartero: 8 votos
República unitaria: 2 votos
Don Alfonso de Borbón: 2 votos
República sin definir: 1 voto
Duquesa de Montpensier: 1 voto

Una vez efectuado el escrutinio, el secretario de la Cámara, Manuel de Llano y Persi, declaró: "El número de señores diputados admitidos es de 344 y la unidad más uno, 173. Ha obtenido, por lo tanto, más de la mayoría el señor duque de Aosta”. Y el presidente del Congreso, Manuel Ruiz Zorrilla, sancionó: "Queda elegido rey de España el señor duque de Aosta”.

El general Juan Prim pudo sentirse satisfecho y recordar las palabras con que comentó al embajador Kératry su negativa de erigirse en presidente de la República: "He preferido el papel de Monk al de Cromwell, y no habrá en España República mientras yo viva. Esta es mi última palabra”.
Antes y después de aquella jornada parlamentaria que otorgó el trono de España a Amadeo I de Saboya, la agitación política reinante imponía una sentencia cercana. Emilio Castelar acusó a Prim de usurpador de poderes; Francisco Pi y Margall, cabeza del Partido Republicano Democrático Federal, le tachó de inconsciente y de carente de pudor político; José Paúl y Angulo, diputado republicano radicalizado, que culpaba al general de sus desgracias personales, le tildó de cobarde en las columnas de su periódico El Combate, amenazándolo con matarle en la calle como a un perro.



Juan Prim es un personaje trascendente en el siglo XIX, culto, inteligente, brillante, militar de valía y prestigio, político equilibrado en sus decisiones y patriota por encima de cualquier otra consideración. Cubierto de títulos y condecoraciones y reconocimiento social no pudo ver en vida a Amadeo I, duque de Aosta, porque acabó con su vida el atentado que el 27 de diciembre de 1870 inauguró la serie de asesinatos de presidentes del gobierno español. Despreciaba las camarillas de los republicanos y de los partidarios de Montpensier, como despreciara en los campos marroquíes las balas. Desdeñoso contra el miedo a un atentado y a las amenazas de los contubernios, su espíritu se recoge en esta letra que corría por las calles, como otra que sonó a raíz de su asesinato en la madrileña calle del Turco: "Si me quieren herir o me quieren matar, yo entregaré mi espada a otro general”.



Reseña de las Cruces Laureadas de San Fernando concedidas a Juan Prim:
Cruz de 1ª clase, Sencilla, ganada durante la Primera Guerra Carlista siendo Teniente del 3º Batallón de Voluntarios de Cataluña. Concedida por las acciones de San Feliu de Saserra y de San Miguel de Terradellas, el 18 de julio de 1837.

Cruz de 2ª clase, Laureada, ganada durante la Primera Guerra Carlista siendo Capitán del 3º Batallón de Voluntarios de Cataluña. Concedida por el sitio y toma de Solsona, provincia de Lérida, del 21 al 27 de julio de 1838. En este hecho de armas también destacó el entonces coronel Manuel Pavía Lacy, que ganó la Cruz de 2º clase, Laureada.

Cruz de 1ª clase, Sencilla, ganada durante la Primera Guerra Carlista siendo Comandante del Regimiento de Zamora núm. 8. Concedida por las acciones de Peracamps, provincia de Lérida, del 14 al 16 de noviembre de 1839.

Cruz de 5ª clase, Gran Cruz, ganada siendo Brigadier. Concedida por el asalto y toma de Mataró, en la provincia de Barcelona, el 24 de septiembre de 1843. 



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