lunes, 31 de julio de 2017

GALEÓN SAN MARTÍN de España

El galeón fue el barco por antonomasia de la Armada española, al menos durante los años del comercio con América, cometido para el que nacieron. Los galeones españoles fueron diseñados en el siglo XVI y por su gran tamaño y poder destructivo, eran igualmente utilizados para el comercio transoceánico y la guerra. La idea era construir un barco con gran capacidad de carga que aunase un casco resistente y la máxima maniobrabilidad, capaz de realizar largas travesías.
Se empezaron a fabricar como barcos comerciales, hasta que en 1567 se construyeron los Galeones del Rey, típicos barcos de guerra, acorazados y armados hasta los dientes, aunque un tanto lentos en las maniobras de combate. Ya fuera como mercantes o como barcos de guerra, España empleó el galeón con asiduidad para garantizar las vías comerciales con las Indias, normalmente atestadas de piratas.
El galeón era una nave de casco reforzado y provisto de aberturas en los costados por las que asomaban los extremos de los cañones. También tenían un reducto en la popa denominado alcázar, zonas de acastillaje a proa y popa para posicionar a los tiradores y jaretas para proteger la zona central de la cubierta de los abordajes, además de un espigado espolón acostado sobre el bauprés que le daba a su proa un aspecto muy característico. Su peso oscilaba entre las 500 toneladas y las más de 2.000 que tenía el famoso galeón de Manila.
Fuera o no un invento nacional, el galeón español, fue el mejor ejemplar que surcó los mares en los siglos XVI y XVII. Las hazañas protagonizadas por algunos de estos barcos y por los avezados marinos que los dirigían son incontables. Una de ellas, curiosa y legendaria entre todas las demás, es la del galeón San Martín. Construido en los astilleros portugueses, el galeón San Martín pasó a manos españolas en 1580, cuando el rey Felipe II hizo valer sus derechos dinásticos sobre el país luso tras la muerte de Sebastián I.
La primera referencia que tenemos de él, con su casco de siete forros y sus 50 piezas de artillería es de 1574, frente a las costas de Marruecos, en aquella operación infructuosa que pretendía derrocar al sultán. A bordo del San Martín, la nave capitana, iba el rey portugués Sebastián I, que tendría que regresar a Lisboa sin su botín y por poco también sin la vida, pues al barco le sorprendió un temporal que no lo hundió de milagro. El barco participaría también en la batalla de Alcazarquivir, conocida como la de los tres sultanes y donde morirían todos ellos, el rey portugués Sebastián y los dos aspirantes marroquíes. La desaparición de Sebastián I, arquetipo del rey romántico y aventurero, dejó al país tan desconcertado y arruinado que se creó una corriente de tipo mesiánico conocida como ‘Sebastianismo’ que aspiraba al regreso mítico del rey fallecido para arreglar todos los problemas del país.
En lo que respecta a nuestro barco, el galeón San Martín pasó a formar parte de la Armada española justo después de enfrentarse a ella durante la defensa de Lisboa. Su primer servicio a la corona española fue precisamente frente a las fuerzas rebeldes portuguesas, lideradas por el prior de Crato, don Antonio, hijo natural de Luis de Portugal y por tanto nieto, como nuestro rey, de Manuel I, que había sido elegido rey por el pueblo llano, descontento con la invasión española. Álvaro de Bazán fue el almirante encargado de comandar la flota española desde el galeón San Martín, que partió a las Azores para enfrentarse al bastardo, que pretendía tomar aquellas islas para atacar a la flota de Indias.    
Así se produjo el combate naval de las Islas Terceras, donde Bazán hizo frente al almirante francés Strozzi con dos galeones, el San Martín y el San Mateo, 15 naos y 8 urcas flamencas, tripuladas por 4.500 infantes y artilleros. Otras 20 naos y 12 galeras aguardaban en Cádiz pero Bazán no quiso demorar el combate y partió sin ellas, pese a que Strozzi contaba con 60 buques de guerra para hacerle frente y 7.000 soldados embarcados. El 24 de julio de 1582 empezaron las hostilidades, aprovechando la flota francesa un barlovento que no le sirvió para hacer mucha sangre. El 26 retomaron el combate, esta vez en una lucha de poder a poder. Bazán avanzaba en línea con sus barcos más poderosos en punta, la retaguardia tenía orden de acudir allí donde hubiera combate. El San Mateo iba en vanguardia y era acosado por los franceses al comienzo de la batalla pero logró aguantar a duras penas hasta que el San Martín llegó en su auxilio con otros siete barcos.
La batalla era brutal, con doce barcos franceses protegiendo a su nave capitana y los mejores barcos españoles descargando andanadas sin descanso. No había cuartel y el San Martín, con un tremendo poder de disparo, se movía a sus anchas. Los franceses empezaron a recular y en su huida, no pudieron evitar separarse. Cuando trataba de seguir a los otros, el Saint Jean Baptiste, con el almirante Strozzi a bordo, fue interceptado por el San Martín y tuvo que rendirse. El resto de buques franceses, aquellos que tenían margen para hacerlo, salieron en desbandada y la batalla terminó con una rotunda victoria española. Los españoles lamentaron 224 bajas y más de 500 heridos pero no perdieron ningún barco mientras que los franceses se dejaron diez buques y cerca de 1.500 hombres.
Tras aquella rotunda victoria el San Martín se preparó para el asalto a la isla, que tendría lugar al año siguiente. De nuevo Álvaro de Bazán comandó la misión y lo hizo a bordo del galeón, acostumbrado a llevar la insignia de nave capitana. La conquista fue un gran éxito, se tomaron las Azores una a una hasta la derrota francesa y se garantizó una plaza vital para proteger y abastecer a los barcos que marchaban o regresaban de las Indias. El clima era tan optimista que la siguiente misión de envergadura sería la más ambiciosa de la historia: la conquista de Inglaterra.
Nos referimos a la Armada Invencible. El galeón San Martín fue también la nave capitana de aquella conquista imposible. El San Martín, al menos, regresaría para contarlo, lo que no pudieron hacer muchos otros. Los continuos ataques ingleses hostigando a los barcos españoles sin declaración de guerra de por medio irritaba sobremanera al monarca español, que envió a su mejor almirante, Álvaro de Bazán, a combatir al pirata Drake en las Azores. Sin embargo los planes del rey prudente eran mucho más ambiciosos y ya estaba armando la ‘Grande y felicísima Armada’, que sólo se empezó a llamar invencible cuando se demostró que no lo era.     
Bazán tenía a su disposición 130 buques que armaban 2.431 cañones y más de 25.000 tripulantes en lo que era la mayor flota reunida hasta el momento, pero falleció antes de que partiera hacia Inglaterra. Fue sustituido por Alfonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, hombre de gran autoridad y valía pero mucho menos avezado en la guerra naval. El 31 de julio entabló combate por primera vez el San Martín ante la flota inglesa, que ya había salido del puerto y se desplegaba frente a los españoles. En dos hábiles maniobras, Drake tomó barlovento y atacó la retaguardia mientras Howard daba un rodeo y entraba por el centro de la formación española, que a pesar de la jugada repelió bien el ataque.
El duque estuvo desafortunado en el mando, quizás mal aconsejado por sus lugartenientes. Sus improvisaciones sobre el plan inicial terminaban siempre con pérdidas y en una de ellas, acudiendo en auxilio del galeón San Juan, abrió la formación y dejó solo al San Martín, buque insignia de los españoles que fue rápidamente acosado por un atento almirante Howard, que lanzó sobre él a los mejores navíos ingleses. El galeón español no rehuyó el combate, sino que sujetó la marcha para aguardar la llegada de los ingleses, que se cruzaron con él en fila de a uno. El San Martín respondió con bravura y si los primeros barcos pasaban a tiro de mosquete los últimos, persuadidos por su potencia de tiro, lo hacían desde distancias considerables. Tras 120 cañonazos disparados y más de 500 recibidos, de los que unos 50 hicieron blanco, el San Martín recibió el auxilio de su flota y dio por finalizado el combate con dos bajas y una vía de agua que fue reparada por los buzos con planchas de plomo.
El día 4 regresó el galeón a primera línea enfrentándose de nuevo a Howard y su Ark Royal, según las crónicas a menos de veinte pasos el uno del otro, aunque el cruce de fuego entre ambos fue pronto auxiliado por otros galeones que prolongaron la escaramuza durante toda la jornada con un resultado de dos bajas para el San Martín. La noche del día 7 fue la famosa jornada de los brulotes, barcos incendiarios arrojados como misiles contra formaciones compactas para separarlas y atacarlas después, una estrategia que resultó tremendamente exitosa para los ingleses pese al sacrificio de ocho barcos.
El San Martín no participó en aquella acción porque había fondeado en Calais a la espera de acontecimientos, pero sí lo hizo en la batalla posterior de las Gravelinas, donde los ingleses derrotaron a la dispersa flota española que ya se batía en retirada. El San Martín fue hostigado duramente, rodeado por cuatro barcos que le causaron graves daños y fue un auténtico milagro que no lo hundieran allí mismo, si bien ninguno de ellos marchó indemne. El galeón se defendió valerosamente ganando fama de indestructible e incluso auxilió a otros barcos en los días siguientes, que no fueron sino la confirmación del desastre de la Gran Armada, que vagaba sin rumbo por el Canal de la Mancha presa de los ataques ingleses.
Los que regresaron con vida, entre ellos el rocoso galeón, tuvieron que rodear las islas y regresar por Escocia e Irlanda, navegando por rutas desconocidas y expuestos a múltiples penalidades que esquilmaron los restos de la flota. El San Martin regresó a España el 21 de septiembre de 1588, tocando puerto en Santander, con el duque de Medina Sidonia a bordo, exhausto y derrotado. El San Martín fue reparado y aún salió en julio del año siguiente para proteger a la flota española que se había enfrentado a Drake en Galicia, donde el pirata, que venía a devolvernos la invasión, sufrió un descalabro.

En cualquier caso, sus mejores días habían pasado ya. La última acción de mérito del incombustible galeón fue apresar al buque Revenge, uno de los más importantes de la flota inglesa que había acudido a hostigar a los españoles en las Azores, aquellas aguas donde el San Martín había vivido sus mejores glorias. En 1592 fue devuelto a la corona portuguesa y un año después sería desguazado por viejo, un final un tanto gris para un barco que habría merecido otros honores pero que pagó con la indiferencia el haber alcanzado sus mayores glorias ondeando el pabellón español. 

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